Mi relación con Dios: entre la devoción y la duda.

Por Diego Muzzio

Unas semanas antes de tomar la primera comunión, mi padre se desmayó en la ducha. Aneurisma cerebral. Lo internaron. Estuvo hospitalizado una semana. Una de esas noches, recé. No para que se salvara: recé para que se hiciera la voluntad de Dios. Si su voluntad era que mi padre viviera, mucho mejor. Pero lo que yo quería era una resolución a tanta incertidumbre. La angustia me aplastaba el pecho y yo quería volver a respirar. A la mañana siguiente, Dios había expresado su voluntad: mi padre estaba muerto.
Yo tenía diez años; comulgué por primera vez viendo la imagen del ataúd de mi padre, que no podía borrar de mi cabeza. El mundo, de pronto, se había vuelto pura intemperie.
Mi familia era católica como suelen serlo la mayoría de las familias de clase media, es decir, de la boca para afuera. Mis padres no eran practicantes. Sin embargo me bautizaron y, más tarde, me mandaron a hacer la primera comunión. Era una tradición, una obligación social.Solo que yo me tomé las cosas en serio. La muerte de mi padre profundizó la fe que ya sentía y, a los diez años, creía con la convicción y la pureza propias de la infancia.
Hasta empezar el secundario, fui católico. Tomé la confirmación, iba a misa, me confesaba, comulgaba. Cinco años en un colegio religioso pulverizaron totalmente mi catolicismo. Las autoridades y profesores responsables de nuestra educación religiosa parecían ensañarse especialmente con las enseñanzas de Jesús. En esas aulas se seguía una doctrina ciega, fascista, muy alejada del amor y de la misericordia cristiana. El cura, que también era el director, aprovechaba la confesión para sonsacar a los alumnos información sobre quién se copiaba en los exámenes. Si alguien se atrevía a discutir los axiomas religiosos que alguna profesora intentaba meternos a la fuerza en la cabeza, era inmediatamente tildado de imbécil o expulsado del aula. Pero, además de eso y seguramente lo más importante, a esa altura yo ya conocía todas las atrocidades cometidas por la Iglesia a lo largo de la historia.
Resultado: en cinco años me transformé en un acérrimo enemigo de esa Iglesia de la que había formado parte. Ingresé a ese colegio siendo un católico convencido y egresé dispuesto a ridiculizar a cualquiera que dejara en el aire el más leve tufillo de incienso.
Desde los catorce o quince años escribía poesía, pero debe haber sido a los veinticinco que leí por primera vez al poeta norteamericano T. S. EliotLos hombres huecos y La tierra baldía me deslumbraron, pero Miércoles de ceniza me abrió todo un nuevo campo de lectura. Por esas páginas luminosas andaban dando vueltas el Antiguo y el Nuevo Testamento, la liturgia de la misa, Dante, temas centrales de mi formación como creyente; y, aunque hacía ya varios años que pensaba haberme sacado de encima la pesada mochila religiosa que cargaba desde la infancia, la lectura de Eliot me sacudió como ningún otro autor volvió a hacerlo, antes o después. No solo me proyectó de nuevo al interior de ese mundo que yo creía haber dejado atrás, sino que me autorizó a replantearme el tema de la fe.
En esa época, trabajaba como cadete en una agencia de turismo, en el centro, y pasaba el día caminando y leyendo. Si tenía que hacer la cola del banco o en alguna compañía aérea –de hecho mi trabajo consistía básicamente en hacer filas– sacaba un libro del bolsillo y me ponía a leer. Cuanto más larga la cola, más tiempo de lectura. Pero lo mejor que me podía pasar en la semana era tener que llevar un pasaje a algunos de nuestros clientes en Flores o en Pompeya. Eso significaba que tenía aproximadamente cincuenta minutos de viaje en colectivo de ida y cincuenta de vuelta: más de una hora y media para leer sin interrupciones.
Gracias a T. S. Eliot empecé a interesarme en los místicos, teólogos y escritores religiosos. En esos viajes en colectivo, en esas largas filas frente a la ventanilla de algún banco –los bolsillos cargados de cheques y dinero en efectivo–, leía a San Juan de la Cruz, a San Agustín, al Maestro Eckhart, a Pascal, a Merton, a Bloy. Cuando me tocaba el turno y levantaba los ojos del libro que estuviese leyendo y avanzaba hacia la ventanilla para cobrar un cheque o depositar una suma de dinero, sentía una especie de golpe, una ducha helada de realidad. El mundo en el que había estado sumergido hasta ese momento, las ideas y sentimientos que me habían tenido absorto eran tan distintas de mi rutina laboral que, de pronto, al emerger, me sentía agobiado, exhausto por el peso tenebroso e inútil de lo cotidiano.
A veces, en el camino de regreso a la oficina, pasaba por la puerta de una iglesia. Nunca había estado tentado de volver a entrar en una. Sin embargo, de un tiempo a esta parte –seguramente a causa de ese abismo que se abría cuando cerraba cualquiera de mis libros y volvía a la “realidad” o al presente, como se quiera–, me sorprendía con un pie en el umbral, aunque siempre lograba rechazar la tentación y rápidamente daba media vuelta y volvía a internarme entre la muchedumbre. Hasta que, un día, atravesé la puerta y me senté en uno de los bancos del fondo, y allí me quedé un rato, en la penumbra, lejos del ajetreo de la calle.
A partir de entonces, entrar un rato a la iglesia se volvió una costumbre. Mientras estaba allí no rezaba, no pensaba en nada en especial. Sólo me quedaba unos minutos y volvía a trabajar.
Poco a poco, gracias a esas lecturas, empecé a darme cuenta de que podía creer en Dios sin adherir a la Iglesia Católica y sin sentirme irremediablemente estúpido. Esto, que para muchos tal vez parezca una obviedad, no lo es tanto cuando se ha formado parte de la Institución. Por otra parte, si hombres tan inteligentes como los físicos Max Planck –quien afirmaba, al igual que los místicos judíos, que la materia no existe–, Albert Einstein o Blaise Pascal, habían creído en Dios: ¿por qué yo no podía creer a mi modo? ¿Por qué no podía reconciliarme con mi fe, aunque no volviera a confesarme, a comulgar o a ir a misa nunca más?
Los Pensamientos de Blaise Pascal (1623-1662) era uno de los libros que más leía. Con apenas veinticuatro años, Pascal era ya un renombrado matemático. Para ayudar a su padre, Comisario Real y jefe de recaudación de impuestos de Normandía, Blaise inventó la «rueda de Pascal» o Pascalina, considerada como una de las primeras calculadoras. Su conversión súbita y definitiva, una noche del año 1654, a raíz de un accidente en el que pudo haber perdido la vida, me interpelaba constantemente. Pascal escribió enseguida su experiencia y, durante el resto de su existencia, llevó abrochado aquel “memorial” en el interior de su jubón. No sabemos exactamente en qué consistió esta visión, pero sí que duró un par de horas. El escrito comienza con la palabra FUEGO, en grandes letras mayúsculas, y en el mismo se repiten las palabras “certidumbre, sentimiento, gozo, paz”.
También leía mucho a León Bloy, sobre todo su libro La sangre del pobre. La sangre del pobre es el dinero, afirmaba el francés, y desarrollaba la idea de que hay una maldad inherente en la riqueza, ya que el que tiene mucho es porque se lo está quitando a muchos otros. Ahí veía yo la utilidad de ese fuego, escrito con mayúsculas, en el memorial de Pascal, aunque para él fuera otra cosa. En mi concepción cristiana, el dinero era el mal absoluto, el verdadero enemigo de Cristo.Jesús había abominado de los ricos y echado a los mercaderes del Templo. “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el Reino de los Cielos”, había dicho Jesús, según el evangelista Mateo. Había que quemar el dinero, abolirlo. El egoísmo, la codicia, el ansia de enriquecerse, era para mí la peor aberración y el motivo de la mayor parte de los males del mundo (sigo pensando lo mismo, aunque hoy puedo vivirlo de otra manera). En aquel momento, sin embargo, mi trabajo me obligaba a estar a diario en contacto con dinero. No me pertenecía, pero lo transportaba, debía cuidarlo y ponerlo a buen recaudo para que su dueño, con mi aceptación tácita, continuara perpetuando un sistema injusto e inhumano. En esos desplazamientos constantes entre el banco y la iglesia en la que me recluía durante algunos minutos al día, pensaba en lo contradictorio, lo paradójico que era el hombre, yo el primero: cuanto más abstracto era aquello que adoraba –ya se llamara Dios o Dinero–, más monumentales eran los edificios que levantaba para simbolizarlo.
Muchas veces pensé en deshacerme de la plata que llevaba encima, dársela a alguien que de verdad la necesitara. Como ese dinero no me pertenecía, como no podía quemarlo, empecé a deshacerme del mío. Lo regalaba, lo perdía, me lo sacaba de encima. Mi sueldo ya era escaso pero, cuando adopté dicho comportamiento, no llegaba ni a la mitad del mes. Comía poco, no compraba nada que no fuera indispensable. Al mismo tiempo, volví a rezar. Como había sucedido con la enfermedad de mi padre, no rezaba para pedir nada en especial. Yo sabía que no se reza para pedir, sino sólo para agradecer. Así que oraba. No lo hacía de manera automática, no era la mera repetición de ciertas frases en determinado orden. Oraba consciente de lo que hacía, pensando en el sentido y en la profundidad de cada palabra.
Mis actividades básicas se resumían a caminar, leer, escribir poesía y orar.
Ahora tengo que explicar lo más difícil. Al cabo de unos meses de esta vida, empecé a sentir un cambio. Era una sensación física, un estado de alegría profunda. Alegría, esa es la única palabra que puedo invocar, aunque era algo más que eso, también era una especie de paz que me asaltaba en cierto momentos del día, momentos siempre breves pero muy intensos.
Un día, ese estado me sorprendió caminando por una calle del microcentro. Esta vez fue más fuerte que otras. De pronto, dejé de escuchar el ruido alrededor, todo adoptó otra velocidad, y sentí una fuerza que me agarraba de la nuca y me tiraba hacia arriba, suave, literalmente; duró apenas segundos. Después, abruptamente, terminó.
Durante un tiempo, seguí leyendo a los místicos, pero luego la poesía me llevó hacia otros lugares, otros autores. Sin embargo, nunca pude olvidar esos meses. No volví a experimentar nada igual. Nunca supe qué nombre darle a esa fuerza que, durante unos segundos, me levantó del piso.
Tal vez era la mano de mi padre.

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