23 julio 2016

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Un poema extraordinario de Raymond Carver traducido por Adam Gai

Traducción de Adam Gai


En Suiza 



Lo primero que hay que hacer en Zurich
es tomar el trolebús No. 5 al zoológico
hasta el fin  del recorrido
y bajarse. Ir sabiendo
lo de los leones. Cómo  sus rugidos
pasan desde el complejo del zoológico
al cementerio de Flutern.
Allí camino por
el hermosísimo sendero
que lleva a la tumba de James Joyce.
Siempre fue un hombre de familia, está aquí
con Nora, su mujer, por supuesto.
Y su hijo, Giorgio,
que murió hace unos años.
Lucía, su hija, el gran dolor de su vida,
aún vive, aún confinada
en un sanatorio psiquiátrico.
Cuando le trajeron la noticia
de la muerte de su padre, dijo:
¿Qué está haciendo ese idiota  bajo tierra?
¿Cuándo le va a dar por salir?
Nunca nos quita el ojo de encima.
Me quedé un rato. Creo
que le dije al señor Joyce alguna cosa en voz alta.
Debo haberlo hecho. Sé que debí hacerlo.
Pero ahora no recuerdo qué
y tengo que dejar las cosas así.

Una semana después de aquel día, partimos
de Zurich en tren a Lucerna.
Esa mañana temprano, tomé
el trolebús No. 5 una vez más
hasta el final de la línea.
El rugido de los leones cae sobre
el cementerio, como la vez anterior.
El césped ha sido  cortado.
Me siento allí por un rato y fumo.
Uno se siente bien estando allí,
junto a la tumba. Yo no tenía
nada que decir esta vez.


Esa noche jugamos  en las mesas
del Grand Hotel-Casino
en  la costa misma del lago Lucerna.
Más tarde fuimos a ver un espectáculo de striptease.
¿Pero qué hacer con el recuerdo
de aquella tumba que me venía a mí
en  medio del espectáculo,
bajo la luz rosada,  muda, del escenario?
No hay nada que hacer.
O sobre el deseo que vino después,
que desplazó todo lo demás
como una ola.
Más tarde, nos sentamos en un banco
debajo de algunos tilos,  bajo las estrellas.
Hicimos el amor.
Metiéndonos uno  dentro de la ropa del otro.
El lago a unos pocos pasos.
Después, nos mojamos las manos
en el agua fría.
Entonces, volvimos a nuestro hotel,
felices y cansados, dispuestos a dormir
ocho horas.

Todos nosotros, todos nosotros, nosotros todos,
tratando de salvar
nuestras almas inmortales, ciertos caminos
aparentemente  más indirectos
y misteriosos
que otros. Estamos pasándola
bien aquí. Pero esperamos
que pronto todo sea revelado.


In Switzerland


First thing to do in Zurich is take the No. 5 "Zoo" trolley  to the end of the track, and get off. Been warned about the lions. How their roars  carry over from the zoo compound to the Flutern Cemetery.  Where I walk along  the very beautiful path to James Joyce's grave. Always the family man, he's here with his wife Nora, of course. And his son, Giorgio, who died a few years ago. Lucia, his sorrow,  still alive, still confined  in an institution for the insane.  When she was brought the news of her father's death, she said: What is he doing under the ground, that idiot? When will he decide to come out?  He's watching us all the time.  I lingered awhile. I think  I said something aloud to Mr. Joyce. I must have. I know I must have.  But I don't recall what, now, and I'll leave it at that.   A week later to the day, we depart Zurich by train for Lucerne.  But early that morning I take  the No. 5 trolley once more to the end of the line. The roar of the lions falls over  the cemetery, as before.  The grass has been cut. I sit on it for a while and smoke.  Just feels good to be there, close to the grave. I didn't  have anything to say this time.   That night we gambled at the tables at the Grand Hotel-Casino on the very shore of Lake Lucerne. Took in a strip show later. But what to do with the memory  of that grave that came to me in the midst of the show,  under the muted, pink stage light? Nothing to do about  it.  Or about the desire that came later,  crowding everything else out,  like a wave.  Still later, we sat on a bench under some linden trees, under stars.  Made love with each other.  Reaching into each other's clothes for it.  The lake a few steps away. Afterwards, dipped our hands into the cold water. Then walked back to our hotel,  happy and tired, ready to sleep  for eight hours.   All of us, all of us, all of us trying to save  our immortal souls, some ways  seemingly more round- about and mysterious  than others. We're having a good time here. But hope  all will be revealed soon. 



Otros poemas de Raymond Carver, aquí

Adam Gai nació en Argentina y vive en Israel. Es Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires y Doctor en Letras por la Universidad Hebrea de Jerusalén. Fue catedrático de literatura española y latinoamericana en la Universidad de Tel Aviv y en la de Jerusalén. Publicó en diversas revistas digitales y en las antologías Grageas (Ediciones Desde la Gente, Buenos Aires, 2007), La monstrua: Narraciones de lo innombrable (Vavelia, México, 2008)  y Otras miradas (Ediciones Desde la Gente, Buenos Aires 2008).

Referencia: es.paperblog.com


2 coment�rios:

Diana Laurencich dijo...

Increíble, increíble la belleza de este poema. Carver sigue siendo en algunos casos inalcanzable. Gracias Pedro.

Pedro Donangelo dijo...

El gran número

Entre la lluvia/y las luces/vi el número 5/dorado/sobre el/rojo/camión de bomberos/avanzando/tenso/sin prestar atención/a los/tañidos de campana/los aullidos de sirena/y el retumbar de ruedas/por la oscura ciudad.

William C. Williams