Manuela R. Fernández

Mujer creciente





la habitación
parece achicarse
sus paredes firmes
me dejan sin opciones

entonces recuerdo
un hormigueo va creciendo
y me empuja

la veo
apenas perceptible
me convoca

entonces salto
me expando
y respiro

toda esa luz
me define.




//




Tuve miedo de perder mi libertad
pero esta vez fue diferente
el temor se coló por mi espalda
en un escalofrío interminable

Es algo normal
dicen los ecos

algo muere
y algo nace
a cada segundo
pero esta vez
es en mí.





//





Tengo frío
estoy sola
y me duele

llegan, hacen preguntas
rostros ajenos me callan

alrededor, vacío
paredes desnudas
una luz inmaculada
me perfora los ojos
en esta cama de piedra
no me puedo mover

entonces, sin preguntar
me oprimen
me cortan
mi cuerpo parece no servir
y ya va siendo hora

solo quiero despertar
y tenerte conmigo.






Manuela R. Fernández (1979, Buenos Aires, Argentina)
De: "Ecos en bermellón", Barnacle Libros, 2016

Envio de Alberto Cisnero

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Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.