24 septiembre 2016

Anne Michaels

Fontanelas




Cuando ha de ser olvidado excepto el amor,
cuando ha de ser perdonado, incluso el amor.

W.H. AUDEN "Canción"



Greda y hayas. El mar de invierno
se busca a sí mismo en la nueva oscuridad
volviéndose casi incoloro.

Trajimos a nuestra hija aquí
antes de ser mortal. Antes de saber yo
que una persona puede ser una oración. Antes de
haber bañado alguna vez a un niño, antes de
sentir que la muerte de otro
podía ser la mía propia.

Hemos avanzado, cada año
un poco más adentro, hasta el lugar
donde la tierra es geología, donde los objetos se definen
por el espacio que les ocupa.
Donde las proteínas se ensamblan
en las almas. Hemos venido en invierno,
bajo la lluvia. A las islas, a la abadía, siempre
con frío, siempre mirando
para recordar. Fotografiando las ruinas
cerca de Roan Fell. En North. Beach y
en Melmerby Fell. Todos los lugares donde la tierra
se desmigaja por los bordes.
Parajes que vimos
desde el amor. Desde el amor
a la hierba alta de un arenal que ruge bajo dos mil
millas atlánticas de luz de luna, su olor borrado
por la sal como si una mujer invisible
nos abrazara en la oscuridad; el rastro
del trébol en el aliento de la vaca, en la dulce leche,
trenzado por el viento en la hierba alta,
sus raíces anudando arena. Islas fértiles
de lava porosa e islas tan secas que la lluvia
abolla la turba, huellas
parietales en la gneis
como apacibles lagos
en un cerebro infantil.

Islas ulteriores. No áridas
sino meticulosas. Ni una flor silvestre
marchita.

El angosto cauce un desfiladero de dos mil
millones de años. Las recónditas islas de basalto
un verde de cincuenta millones de años donde los pavos
fertilizaban jardines frondosos y alzaban rápidamente
el vuelo desde macizos setos de rododendro,
mientras los azúcares y fosfatos, la timina
y citosina, la guanina y adenina
se alineaban y dividían en sus tres grados de fluidez;
en el invierno, bajo la lluvia.

No hay canción que el mar
no tuviera en su boca.


*


El color de la mermelada
en las montañas de noviembre,
sombras minerales. Un hilo de carretera se pega a la costa.
Tienda, hotel, destilería.
Los misteriosos senderos de la turba
pueden volcar un camión como si fuera de juguete;
las mareas tragan un barco en segundos.
Un mar glacial mordisquea las cuevas y deja atrás
playas fermentadas para varar todo su grosor por encima de
                                                                                         [las olas.
Desde Ardlussa, donde termina la carretera,
siete millas por el bosque tupido de robles
hasta la mortecina granja de Orwell,
los silenciosos ojos de cinco mil ciervos rojos
cercándole en la noche.

Desde Ardlussa, donde termina la carretera.


*

Juntos hemos velado por la caliza y la apoptosis,
por las teorías refutadas y los abates Gloria y
Breuil, que iban tras la pista de niños en las cuevas pintadas
de Altamira y Lascaux. Por Jaques Loeb y
Jaques Monod, cuya fe era la biología,
sabedores de que el temor es como una manzana,
más dulce allí donde se recoge la luz,
bajo la piel. Por todo
lo que la ciencia abre para saber
lo que hay dentro, Iréne Carie buscando la verdad
en una placa de parafina. Por pruebas tan increíbles
como la propia muerte de uno. Por icebergs
tan viejos como la piedra. Por la esfinge de granito
y por los doscientos cincuenta kilos de sacerdote
de Isis,
izado en la oscuridad
del puerto de Alejandría tras un baño en el mar
de seiscientos años.
Y por todo cuanto
la huella de una mano ha trazado en la cueva,
y por los nueve meses, y el doble
de tiempo que tardan las fontanelas en cerrarse.

He observado a una mujer mientras nadaba
en North Beach, su vientre rosa
un eclipse surgiendo de las olas; más tarde,
la historia que contó, tan cerca de mí
el olor del café, el ruido del hielo, el suave chasquido
de los billares a lo largo de su Europa y sus bosques,
con prisa por hablar antes de que el amor le hiciera olvidar
por dónde empezar. Mucho antes de
las primeras veinte células, antes
del cuerpo lúteo, antes
del corazón microscópico,
mucho antes de las manos y los ojos.

Regresé a North Beach y a
sus palabras, en el lago
el vacío invernal, la marea arrastrando una rama
por la arena mientras los nérveos pliegues
se derretían. Antes del cerebro, antes de que las branquias
se convirtieran en huesos y orejas; "la primera
información genética compartida con los peces".


La distancia que recorre un niño,
decenas de miles de años
una célula. Células que saben
cómo cicatrizar una herida de lado a lado,
desde el interior. Células que saben
ensamblarse o volver a
ensamblarse unas a otras.
Para regenerar la sangre y la piel,
como una estrella de mar que pierde sus brazos
y los hace brotar de nuevo.
El cuerpo es un palacio de la memoria;
como la "escritura interior" de Simónides,
donde cada detalle de cada estancia se corresponde
con uno de los novecientos setenta versos
de la Eneida de Virgilio,
o como las tribus que utilizan todo el Sáhara
para recordar una historia.

Catálogo de la entropía.

La huella primitiva, las islas de sangre.
Proteína sagrada.


*


Vinimos a la fotografía de la noche. Al desfiladero,
a la pelicula ennegrecida por los últimos átomos
del dia. Luego miraremos con el rostro
casi en el papel para ver las olas,
pliegues de sombra más oscuros que la oscuridad
revelada. Anula nuestra
invisibilidad el blanco
del aliento.

Tarea difícil, este aguardar
la oscuridad, la lenta disgregación
de la luz del sol, imposible registrar
el instante que sucede al anterior
como lo es nombrar el instante en que el embrión
se convierte en feto; el único momento del día
en que la teoría del quantum parece razonable. Cuando la
                                [clave
es una sensación. Pienso en el crepúsculo de Heisenberg,
su paseo por Faelled Park con la intención fija
de liberar el universo de las olas,
apretando la cabeza con las manos, concentrado
en sus p's y q's. O en su paseo por el puerto
de Copenhague contemplando un carguero "fabuloso
e irreal en la brillante tiniebla azul...
las leyes biológicas ejerciendo su poder
no sólo en las moléculas proteinicas sino
en el acero y la corrientes eléctricas..."
O a las cuatro de la mañana leyendo
en el suelo el Timeo de Platón, ni
de día ni de noche, el instante en que comprendió
"que las más pequeñas partículas de materia
deben reducirse a una fórmula matemática."
Como lugares sagrados levantados con
piedras laicas — el priorato devastado del Muro de Adriano
o el monasterio cisterciense levantado entre altares
paganos a Júpiter y Silvano —
el espíritu se enreda en el mecanismo del quantum.
Células hijas, organelos, mórula.
La forma del vientre
prefigura la forma de la cabeza.
Desde Ardlussa a North Beach.
Desde la piedra al átomo.
Desde el átomo a la piedra.

La química de la observación;
Mirar hasta que el río
nos trague, hasta que la rojez
de la piedra colme nuestras venas.
Mirar hasta que seamos
vistos. Pero esto es sólo un deseo.
Abandonamos el calor de nuestras sombras
en el musgo conmocionado por la helada.
Incluso tu cámara
ve más; el detalle que ansías.
Nos forzamos a ver
lo que ve la cámara, lo que el ojo no puede; y es tan válido
como una filosofía. Un abrazo
del fracaso, como si
en el mismo instante, es imposible,
atrapáramos el reflejo visible
de lo que es invisible.
El blanco de nuestro aliento en la oscuridad.

Cómo fotografiar esto,
la oscuridad cuando uno ha hablado
demasiado. La oscuridad
de un sentimiento repentino. La oscuridad
del amor.

El mar un papel desplegado;
la lluvia colmando cada pliegue.
Un surco brillante de sal,
un surco de espuma.
Fosfeno.

Oscuridad con esperanza.


*

Un domingo de invierno.
En la superficie,
peregrinando por la caliza, los espeólogos se tumban,
el aliento de la tierra en el pelo,
el aliento de la profundidad oscura,
diez metros y treinta mil
años. De cabeza
se sumergen en la corriente del aire.

Dieron un grito en una estancia
demasiado profunda para el alcance de las lámparas,
el sudor mineral de un espacio
de la blancura de una película proyectada en la oscuridad.
Desplegaron un sendero de plástico negro
a lo largo del suelo reluciente de calcita;
así su andadura no perturbaría
los huesos esparcidos, los dientes y
huellas de animales arcanos.

Bisontes y mamúts en carbón de leña y ocre.
En el pasadizo de los caballos
se quedaron sin palabras,
un regocijo
impronunciable.

Al lado de sus pies,
bajo la mirada fija de los melancólicos caballos,
la huella de dos manos.

Ascendieron hasta el limpio
escalofrío del desfiladero, a oscuras,
la afilada luz de las estrellas
cristalizando su aliento.
Aturdidos, no podían sino descender otra vez.
Y otra vez más al olor del lodo húmedo;
esa tercera vez a través del pasadizo,
casi a medianoche, al final
llevando a alguien que no se lo creería
sin verlo por sí misma


la hija de un espeólogo.

«Habíamos perdido toda noción del tiempo."

*


Llevas tu cámara
bajo tierra.
La lluvia hiere la nieve. Largos cortes de lodo
ennegrecen el sendero. Encendemos las lámparas
y bajamos. Tus sesenta trillones de células
y los míos. En las cuevas de Aldéne y de
Fontanet los niños del paleolítico jugaban
mientras sus padres pintaban. Pequeñas huellas
de sus pies y sus rodillas en el Iodo.
Miles de años después, los niños regresan:
Maria, que encontró el bisonte
en el cielo de piedra de Altamira;
Marcel que siguió a su perro, Robot,
hasta la boca de Lascaux.


Ocho semanas después, las manos.
Una boca sin labios.

Veinticinco semanas después, los filamentos
siguen un rastro de aliento
químico en la corteza del cerebro
y conectan orejas y ojos.
Treinta semanas después un susurro del quantum:
el pensamiento.


A ligera diferencia
del tiempo geológico,
lleva generaciones
convertirse en isleño.
Sólo los espíritus se ganan un sitio.

El viento restriega el aire, tan limpio
que incluso el corazón más abrumado
recuerda todo lo que ama.

*


Bañamos a nuestra hija,
una oración de cada lado,
como si la laváramos
con una canción.
Dedos tan frágiles como cuchillas de hierba.
Miles de huevos
ya en su interior.


*

Amar como si también
hubiéramos elegido el dolor.


*

Todo amor es un viaje por el tiempo.

Orilla pulida, cuevas pintadas,
desfiladeros de caliza.
Ciruelas y agua fría en el desierto.


El río en invierno. Esta lejanía.



De: "Buceadores de la piel", Bartebly Editores, 2003
Traducción: Jaime Priede



Los huesos del amor, por Javier Rodríguez Marcos en El País

Los poemas de Anne Michaels (Toronto, 1958) parecen escritos con los ojos cerrados. Es decir, su lectura produce la sensación de las voces oídas en la oscuridad: suenan más claras que a la luz del día y a la vez más secretas, más severas y también más cercanas, como una confidencia. Con la publicación de Buceadores de la piel (Skin divers en el original, que remite también a la modalidad de buceo a pulmón libre, sin traje y sin botellas de aire), toda la obra de Michaels está ya traducida al castellano: sus dos primeros libros de poemas, El peso de las naranjas y Miner's pond (ambos en Bartleby), y su única novela, Piezas en fuga (Alfaguara). Cabría decir que esa novela es el mayor poema de la escritora canadiense, una intensa mezcla de narración, reflexión y poesía en torno al Holocausto, el exilio y la memoria y en torno al drama de expresar todo eso. "Ninguna palabra tiene tanto sentido como una vida, / solamente el cuerpo pronuncia perfectamente el nombre de otro", se leía en el poema que cerraba El peso de las naranjas, y esa certeza es la que recorre este tercer libro, marcado de principio a fin por un erotismo que conlleva a su vez toda una teoría del lenguaje. Una teoría, por cierto, que se remonta al momento en que no existía la palabra teoría. Por eso este libro habla del alma y de los genes, de la noche oscura y de la noche de los tiempos. No hay, pues, división entre razón y sentimiento; los huesos también piensan. Y la carne: "Entonces, el amor, / tan alejado del cuerpo, se alcanza sólo / por vía del cuerpo. El tiempo es el alambique / que transforma lo conocido / en misterio". Así, si la piel es para Michaels un yacimiento arqueológico, el cuerpo es como el tronco de un árbol que guarda en sus anillos la memoria de todo lo que ha sido, incluido el sonido del hacha que lo corta: "En tus manos todo lo que has perdido, / todo lo que has tocado. / En un rincón de tu cabeza / cada promesa y / cada promesa rota. En tu piel, / cada vez que fuiste rechazado, / cada vez que fuiste aceptado". En cierto sentido, la escritura de Michaels funciona por acumulación, como las capas del subsuelo, mezclando elementos orgánicos y minerales, topónimos y términos científicos. De ahí que sean los suyos poemas llenos de gente, de tiempos, de lugares, poemas atravesados no por una idea del amor, sino por la experiencia física y química del amor ("Tus sesenta trillones de células / y los míos"). Narrativos pero no prosaicos, los versos de este libro -traducido con solvencia por Jaime Priede en una edición que lamentablemente no reproduce el texto original- parten de la certeza de que, como se apunta en el monólogo dramático que la poeta ha puesto en boca de Marie Curie, a la verdad le gusta ocultarse en lo abierto 

Imagen: bookfans.net

Otros poemas de Anne Michaels, aquí

Se denomina gneis a una roca metamórfica compuesta por los mismos minerales que el granito (cuarzo, feldespato y mica) pero con orientación definida en bandas, con capas alternas de minerales claros y oscuros. (Wikipedia)

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