6 de octubre de 2016

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Claudia Prado


un ojo. Aidé, Jéssica, Daniella



El muñeco preferido, de trapo
o de peluche, envejece. Los colores
más lavados, las costuras flojas,
se lo nota desganado en el abrazo.
Un día pierde un ojo. Es difícil
sostener esa mirada
incompleta. Si le faltase
una cosa singular como la boca
lo hubiesen aceptado diferente.
Pero todavía
conserva el brillo de una cuenta
de plástico, ahora sola
y el otro lado de la cara liso.
El ojo que falta no aparece, no rodó
a ningún rincón, no está
debajo de la cama
donde comprueban,
de paso y con alivio, que no vive
ese espanto de mujer
la del rostro oculto bajo el pelo.
No, no hay nada brillante
en los rincones, nada oscuro
solo un poco de pelusa.



piedritas



Busco piedras lisas
para vos en la orilla del lago,
las busco con la vista
y estiro la mano hasta alcanzarlas
a través de la distancia
engañosa del agua.
De a ratos parece
que voy a descubrir el secreto
de la erosión y el moldeado:
las que necesito son verdes o esas
rojas que fueron ladrillos
o estas blancas de arcilla porosa,
piedritas iguales
a las que había cerca de casa.
Aparecen solas,
simples en su cama de arena
o en un montón variado, el borde
trabado bajo una roca grande.
A veces una lleva a otra, el color
empieza a repetirse
y no puedo detenerme
si no las alzo a todas, hago
movimientos rápidos
porque los dedos no toleran
la temperatura del agua,
pero sólo cuando la giro al sol
puedo saber si ésta
que brilla en mi palma
es la que buscaba,
una piedra tan lisa, tan plana
que pueda  volar
desde tu mano chiquita,
rebotar una, dos, cinco veces
y volver a perderse
en el fondo del lago



Claudia Prado (1972, Puerto Madyn, Chubut, Argentina)
Fuente: El infinito viajar, Bariloche 2000 / f Silvina López Medín

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