17 diciembre 2016

Wallace Stevens




El Emperador de los Helados





Llama al que lía gruesos cigarrillos,
al forzudo, y ofrécele batir
en tarros de cocina las concupiscentes                    cuajadas.
Deja que las sirvientas huelguen con los                mismos vestidos
que suelen llevar, y deja que sus galanes
lleven flores envueltas en periódicos del mes        pasado.
Deja que ser rime con parecer.
El único emperador es el Emperador de los             Helados.

Llévate algo del aparador
donde faltan tres borlas de cristal, aquella               sábana
donde ella bordaba una vez fantasías
extendiéndola luego para ocultar su cara.
Si sus callosos pies quedan fuera, llegan
a mostrar qué fría y muda está ella.
Deja fijar la lámpara a su viga.
El único emperador es el Emperador de los              Helados.





Otros poemas de Wallace Stevens, aquí
Traducción: Daniel Chirom

Imagen:youtube











Dominio del negro





De noche, junto al fuego,
los colores de los arbustos
y de las hojas caídas,
repitiéndose,
giraban en el cuarto
como las mismas hojas
girando en el viento.
Si: pero el color de los pesados abetos
entró a grandes pasos.
Y recordé el grito de los pavos reales.

Las tonalidades de sus colas
eran como las mismas hojas
girando en el viento,
en el viento del crepúsculo.
Se arrastraban por el cuarto,
así como descendían volando desde las ramas
de los abetos hasta el suelo.
Los oí gritar...los pavos reales.
¿Era un grito en contra del crepúsculo
o en contra de las mismas hojas
girando en el viento,
girando como las llamas
giraban en el fuego,
girando como las colas de los pavos reales
giraban en el sonoro fuego,
sonoro como los abetos
plenos del grito de los pavos reales?
¿O era un grito en contra de los abetos?

Ventanas afuera,
vi como los planetas se agrupaban
a semejanza de las hojas
girando en el viento.
Vi como llegaba la noche,
a grandes pasos, como el color de los pesados       abetos.
Sentí miedo.
Y recordé el grito de los pavos reales.

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