Elena Anníbali



Cuando di el salto del tigre, ¿no deseaba yo el radioso azul, tocar

la carne de la cerradura, en la cerradura, e inacabable
el candor del cuerpo primitivo, el mono,
el lagarto? ¿No deseaba, yo, escuchar
el desplome de la garza cuando, en lo oscuro,

baja al río, y la sibilancia del pez, y su ir hacia el no?
¿Quería el no o el todo y yo horadando el todo con la palabra?
¿Sabía, presentía, acaso, que mi mano, mi lengua, iban al tope,
y que más allá, no hay, ya, lo dado, si no
un escurrimiento, el puro
ser de las cosas venciendo?
¿Atrapé algo más que el acuoso lirio del pensamiento,
una derrota, el escombro, el trapo, el herrumbre
de lo eterno?
¿Puse, entre mis manos, algo más que un diario mojado,
la imagen de la cosa retorcida en el tiempo, y en el espacio
la cosa, ambigua, ya yéndose, dejando de ser lo que era, en el
momento, también perdido, en que todo no era más eso?
El pliegue del yo, mas no el yo, tal vez
su carnadura, espejado el ser en el sucio vidrio de lo que,
corrompido, mutante, anda,
mirando las cosas ir y perderse, devenir
en lo que siendo, ya no es y no será?
El pliegue del yo, entonces, mirando el remolino
del todo irse, junto a sí, pero expectante, y deseoso de juntar
el palito de la eternidad, pidiendo
una verdad, aunque fugaz, en la casa
del viento?
¿Sed del remolino, sed del ser yo perdiéndose, entero?

¿Qué he ganado en el salto más que la caída?




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