Anejo de Kim Addonizio

Basura /





No sueles pensar a dónde va
después de que amarras la bolsa blanca y la lanzas
al contenedor que se encuentra en la calle. No piensas
en la pestilencia del camión al retroceder,
o en los hombres con sus asquerosos guantes
colgándose de los lados, maldiciendo desde la cercana
oscuridad de un nuevo día
en el cual, de alguna forma, alguien será lanzado
dentro de una celda
del mismo modo en que la basura es lanzada
dentro de un agujero profundo para quemarse,
del mismo modo en que los cuerpos son lanzados
para que los sepulten.
No piensas en los basureros, en las ratas que la hurgan,
en las malolientes pilas dentro de los túneles
- los zapatos gastados,
las muñecas con los ojos salidos, los centavos,
el anillo de bodas
que se perdió, cualquier cosa que haya encontrado
su lugar hasta ahí y que no va a regresar
más que como una mancha, un mal olor en el aire, veneno
sembrado en las nubes hasta que llueva de nuevo. Pero hoy
el clima es precioso; mira al cielo, su pureza,
su nulidad, sólo hay gaviotas cruzándolo en su transcurso
hacia las playas. No dejes que las gaviotas te recuerden
cómo se zambullen por peces con el pico,
cómo los peces flotan en las aguas residuales.
Especialmente no pienses en cosas muertas,
o en buitres, en cómo esperan de un modo tan paciente
mientras algo sangra en la tierra, y después
se empujan unos a otros
mientras se encorvan, vestidos de negro,
alrededor del cuerpo, alimentándose de la manera
en que todos se alimentan;
oh, no pienses ahora en toda la comida
que has desperdiciado,
en los platos que desechaste o se pudrieron
en la alacena, en el refrigerador,
no pudiste evitarlo, tu intención era salvarlos a todos,
a los niños especialmente,
pero la basura sigue llenando la casa; la impresión negra
de los periódicos,
las peticiones de dinero con listas de nombres, sus caras actuales,
ellos siguen vivos, están allá afuera con los guardias
y los soldados y las moscas, así que no te preguntes si tu casa
está limpia, no pienses ni por un minuto que lo tienes todo,
mira tus manos, están cubiertas de ella, puedes intentar
lavarlas o sumergirlas en cualquier otra cosa;
incluso un solo dedo, tómalo y raspa
un poco de la mugre, del estiércol y el hedor de los humanos,
siente cómo la más mínima esperanza se aferra ahí.




Traducción de Andrea Muriel
Fuente: Facebook de Luciana J. Coronado, Poemas de Luciana Jazmìn coronado, aquí


Oscureciendo, luego clareando





El cielo sigue mintiéndole a la granja,
alineando sus pesadas nubes
sobre la sombrilla de mesa azul
para luego lanzarlas sobre el río.
Y el día se siente desesperanzado
hasta que observa unos árboles
dejando caer delicadamente sus pétalos blancos
sobre el pasto junto a la casa de pájaros
posada en su poste de madera,
atiborrada de polluelos parpadeantes
como prendas en una maleta pequeñita. Al principio
deambulaste solitariamente en el jardín
y no ayudó en nada saber que Wordsworth
se sintió igual, pero entonces Whitman
te consoló un poco, y viste
el pasto como cabello sin cortar, anhelante
del producto que le da brillo.
Ahora estás recostada en el sofá bajo el tragaluz,
el cielo empieza a limpiarse,
mezcla su coctel de tristeza y resplandor,
un diluvio y luego una excavación
y luego suficiente tiempo para un
baile o un beso más antes de que empiece otra vez,
oscureciendo, luego clareando.
Escuchas el alto reloj de madera
en la cocina: su péndulo chasquea
de un lado al otro todo el día, y repica
con un sonido puro, cada hora a la hora,
aunque siempre a la hora equivocada.





Divino




Carajo, aquí está ese bosque oscuro otra vez.
Creíste que lo habías atravesado—
la mitad de tu vida, el ogro convertido en un ratón
de corazón detenido, la vieja bruja casi acabada,
los monstruos replegados en sus cuevas
a martillazos, rebasados los hombres
-lobo.
Habías salido de todo eso para encontrarte en un claro.
Había un hombre parado en él.
Tendió sus brazos.
Ping hizo tu iHeart
así que te quitaste toda la ropa.
Ahora había dos de ti
o quizás uno, aplastados juntos de nuevo
como mitades de un sándwich,
supurando mayonesa.
Viviste de uvas y antidepresivos
y de los ocasionales pequeños mamíferos marinados.
Miraste los DVD que cayeron
del árbol de DVDs. Nada
tenían prohibido, así que nada de qué preocuparse.
Llovió mucho.
Plantaste jitomates.
Algo malo tenía que pasar
porque sin conflicto no hay historia, así que
Chíngate, está bien, lo que sea,
aquí vienen más árboles negros
decorados con murciélagos dormidos
como feos adornos de Navidad.
¿No odias estas fiestas?
Todo ese dar. Todos los pesebres
artificiales, los falsos témpanos plateados.
Si tuvieras uno real podrías apuñalar
a tu muerto amor viviente en su enorme
corazón maldito. Pero, no, tienes un fideo plateado
con el que debes desollarte.
Negación del placer,
muerte antes de la muerte,
sola en los bosques con un par de murciélagos
desplegando sus alas chirriantes.






Kim Addonizio (1952, Betsheda, Maryland, Estados Unidos de Norteamérica)
Traducción: Martha Rodríguez Mega
Fuente: http://www.puntodepartida.unam.mx/images/stories/pdf/pp193.pdf



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Imagen: metroactive.com

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