22 abril 2017

Kim Addonizio


Oscureciendo, luego clareando





El cielo sigue mintiéndole a la granja,
alineando sus pesadas nubes
sobre la sombrilla de mesa azul
para luego lanzarlas sobre el río.
Y el día se siente desesperanzado
hasta que observa unos árboles
dejando caer delicadamente sus pétalos blancos
sobre el pasto junto a la casa de pájaros
posada en su poste de madera,
atiborrada de polluelos parpadeantes
como prendas en una maleta pequeñita. Al principio
deambulaste solitariamente en el jardín
y no ayudó en nada saber que Wordsworth
se sintió igual, pero entonces Whitman
te consoló un poco, y viste
el pasto como cabello sin cortar, anhelante
del producto que le da brillo.
Ahora estás recostada en el sofá bajo el tragaluz,
el cielo empieza a limpiarse,
mezcla su coctel de tristeza y resplandor,
un diluvio y luego una excavación
y luego suficiente tiempo para un
baile o un beso más antes de que empiece otra vez,
oscureciendo, luego clareando.
Escuchas el alto reloj de madera
en la cocina: su péndulo chasquea
de un lado al otro todo el día, y repica
con un sonido puro, cada hora a la hora,
aunque siempre a la hora equivocada.






Divino




Carajo, aquí está ese bosque oscuro otra vez.
Creíste que lo habías atravesado—
la mitad de tu vida, el ogro convertido en un ratón
de corazón detenido, la vieja bruja casi acabada,
los monstruos replegados en sus cuevas
a martillazos, rebasados los hombres
-lobo.
Habías salido de todo eso para encontrarte en un claro.
Había un hombre parado en él.
Tendió sus brazos.
Ping hizo tu iHeart
así que te quitaste toda la ropa.
Ahora había dos de ti
o quizás uno, aplastados juntos de nuevo
como mitades de un sándwich,
supurando mayonesa.
Viviste de uvas y antidepresivos
y de los ocasionales pequeños mamíferos marinados.
Miraste los DVD que cayeron
del árbol de DVDs. Nada
tenían prohibido, así que nada de qué preocuparse.
Llovió mucho.
Plantaste jitomates.
Algo malo tenía que pasar
porque sin conflicto no hay historia, así que
Chíngate, está bien, lo que sea,
aquí vienen más árboles negros
decorados con murciélagos dormidos
como feos adornos de Navidad.
¿No odias estas fiestas?
Todo ese dar. Todos los pesebres
artificiales, los falsos témpanos plateados.
Si tuvieras uno real podrías apuñalar
a tu muerto amor viviente en su enorme
corazón maldito. Pero, no, tienes un fideo plateado
con el que debes desollarte.
Negación del placer,
muerte antes de la muerte,
sola en los bosques con un par de murciélagos
desplegando sus alas chirriantes.






Kim Addonizio (1952, Betsheda, Maryland, Estados Unidos de Norteamérica)
Traducción: Martha Rodríguez Mega
Fuente: http://www.puntodepartida.unam.mx/images/stories/pdf/pp193.pdf
Enlaces:
Imagen: metroactive.com