21 abril 2017

Manuel Podestá




Una canoa naranja y gris





Después de remar durante dos horas por el río,
de pasar por arriba de las piedras negras
sumergidas en el agua turquesa,
de esquivar un par de remolinos pequeños,
llegamos al puerto donde los nenitos
juegan sobre la arena sucia,
sus papás pescan sobre la costa,
los más experimentados sobre el muelle 
a pesar de la crecida.
Por la noche, rojos por el resplandor del sol,
me despierto quejándome,
no tanto por las quemaduras,
más que nada por los dolores en las muñecas.
Me das una pastilla para calmar mi malestar;
debería agradecértelo aunque haya pasado tanto tiempo.
Remar pegados a las costas nos costó el doble:
no sabíamos que ir por el lecho facilitaba las cosas.
Mi única seguridad durante el trayecto
fue el temor de morir a una edad donde viajar
y charlar le da sentido a nuestro tiempo.





Trabajos de plomería





Un cordón negro de zapatillas
atado a la base de una canilla plateada.
La idea es direccionar la pérdida
hasta el pico, que el agua baje
y no se salga por los costados. 
Una hora antes, todo era un enchastre;
un gran charco sobre las baldosas
rojas, marrones, naranjas. 
Algún día te vas a tomar un colectivo
para reinventarte,
y yo seguiré haciendo mínimos
trabajos de plomería.





Emparejar los bordes





Trabajar el poema como un bloque.
Agarrar una masa y golpear varias veces.
Así se emparejan los costados.
La base es de cemento.
Sabemos que el helecho 
siempre crece verde.
Los que osen romper este poema
se van a quebrar las manos. 





Manuel Podestá (1984, La Paz, Entre Ríos, Argentina)

Imagen: Sites Google