1 de octubre de 2017

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Anne Michaels: "A la verdad le gusta ocultarse en lo abierto. Ya por entonces, a solas en el puente, en la soledad del deseo, nuestra luna inundaba los desfiladeros de Truyère."




Segunda búsqueda


Ayer, en el cementerio, no podía entender las palabras "Pierre Curie" grabadas en la lápida.

Marie Curie, 1906 



A la verdad le gusta
ocultarse en lo abierto. Ya por entonces,
a solas en el puente, en la soledad
del deseo, nuestra luna inundaba
los desfiladeros de Truyère.
El músculo satinado de una melodía
serpenteaba por el agua reclamando
atención: por el Wisla, el Biévre,
el Sena. La lluvia tiraba con manos invisibles
de la barba de los cedros, socavaba la ribera de los ríos,
apretaba los puños con el olor de la tierra,
como si supiera que algún día yo metería
las manos entre el pardo polvo de la mena
salpicado de agujas de los pinos de Bohemia,
que estaría cuarenta y cinco meses bajo el paraguas o empapada
bajo el sol, avivando el espíritu azul
del amargo aliento de la pechblenda.
Tantas cosas consumidas, años, para alcanzar
ese color. Como si la lluvia polaca ya conociera
nuestro jardín inundado de París: esperaba
mientras te traían
a casa desde la rue Dauphine, medio cerebro
secándose en el pavimento; la cuchilla de la luna
en la garganta de las flores, carne fresca empapada,
sus bocas amoratadas y abiertas,
sus gritos deshaciéndose en el polvo en la garganta.
Una humedad sepia como la de los bosques de Miniére y Port Royal 
que tú me describiste, me ayuda a dormir: ya en aquel tiempo 
me enseñó a no tener miedo
de la tierra, a agradecer 
los retorcidos senderos 
del fracaso que nos juntaron, 
a rechazar el sudario y en vez de eso 
cubrirte con espinos, iris, el paño negro 
de tierra que tanto amabas. 

Antes de casarnos 
permanecía con el río 
fluyendo por mis manos 
como si la pérdida de algo hermoso 
me hubiera manchado la piel. Qué parecido 
un brinco de esperanza a un brinco 
de miedo. Mientras, un pájaro 
firmaba su nombre en el cielo. Ya entonces 
te sentía por mis ropas, como el beso del radio 
en el bolsillo del chaleco de Becquerel, el beso que nunca olvidó, 
abrasando su vientre.

Aparté tu chaqueta
para verte. Besé la túnica de sombra que te cubría y no quité 
tu sangre de mis uñas. Le grité a Irene 
por cerrar un libro que habías dejado abierto sobre la mesa. 

Cuanto más avanzaba nuestra vida en común 
más te amaba. Día tras día 
vertía mayor pureza 
en vasijas y tarros. Te observaba 
inclinado sobre la mesa como un relojero, 
engastando lo que no es visible. El regocijo 
de la concentración, el amor
la sustancia precipitante. Nuestras manos
nunca dejaban de moverse, piel
de zalea, largos guantes devorándonos
hasta el hueso. Abrimos la puerta a
la aurora boreal, a los icebergs, a lejanas
montañas alineadas en las repisas. 
El residuo azul que se pega como un olor
lo empaña todo con su aliento. 
Por la noche, trabajando, nos sentábamos igual
que bajo las estrellas. La destilación reluciente
del tiempo. 

Te reías cuando, subrayaba los libros de cocina 
con el mismo cuidado que las notas de laboratorio 
pero para mí era lo mismo: el mismo 
proceso del amor, disolver, filtrar, reunir 
hasta que la verdad sea tan pequeña que se palpe 
en la lengua. Mi cuerpo dolorido de permanecer de pie 
en el patio, removiendo. O de tenderme 
debajo de ti. 
Los sonidos de la noche en el césped
de Sceaux, los faroles del porche,
las patas de madera arañando los baldosines
cuando tu padre seguía a la luna con la silla. 
Escuchaba en la oscuridad la canción de la corriente
sabiendo que no había diferencia, tu mano
adormecida a mi lado, estuvieras pensando
en la esencia de las sales, en guarismos del átomo o en los efectos 
secretos de la luz de la luna: se trataba del mismo amor,
radiante en la memoria, sencillo como la piel. 

Todo lo que tocamos 
arde a lo lejos, nos hayamos entregado 
o no, el mismo día de abril se alarga hasta la delgadez,
la misma tarde de invierno 
se espesa hasta la oscuridad. Tenía treinta y ocho años.
Cada vez que la puerta se abría 
esperaba que hieras tú. Durante meses guardé tu ropa
acartonada por la sangre. 
Solamente la calle me entendía. Caminaba
y cerraba los ojos encomendándome al Dios
de los tranvías, de los caballos, de los cabriolés. 

Eres el cristal que silencia 
las hojas mojadas, el silencio del río en invierno. 
No puedo ver el mundo 
con tus ojos, pero puedo verte a ti 
en el mundo: la invisibilidad que inclina la rama; 
la reverberación de la luna al seccionarse; 
la piel desvaneciéndose bajo los rayos. 
Cuando Albert, en mitad de una prueba, 
arrojó de repente su mochila 
para amedrentar los acantilados de Engadine, 
agarrándome del brazo, histérico; “Necesito saber 
qué les ocurre a los pasajeros 
cuando el ascensor cae al vacío” — 
y yo cogiendo a las niñas, temerosa 
de que empezaran a reírse allí mismo - 
era lo que tú habías estado pensando 
cuando atravesamos el Paso de Majola.

Llevo a nuestras hijas
a los ríos que amabas. 
Paseamos por la ribera del Biévre
donde pasabas noches enteras
pescando ideas en el agua. 
Pienso en su piel de plata
invisible en la corriente, 
separando aún la sangre fría y brillante 
del río incoloro. Invisible 
como el oxígeno que sella el agua y el hielo 
de modo que la línea entre río y cielo 
no se rompa, el hidrógeno alineándose 
en una sola dirección, bajo las cuchillas de los patinadores. 
Moviéndose más rápido a cada lenta zancada. 
Nada mejor para entrar en calor que el movimiento,
la velocidad en nuestros muslos. 

Sólo puedo encontrarte 
buscando en lo más profundo, así es como el amor
nos marca el camino en el mundo. 

Mis manos arden
todo el tiempo. 




De: "Buceadores de la piel", Bartebly Ediciones, 1999
Traducción: Jaime Priede. Epílogo: Jordi Doce

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