Entrevista a Jorge Aulicino por Andrés Hax (fragmento)



Yo digo, la poesía consiste toda en eso, en ese pequeño salto de sentido en algo que parece lineal y lógico y que de pronto te lleva para otro lado, pero de manera inevitable, o que uno siente como inevitable

–¿Y cómo se sabe que uno escribe bien? 



–Vamos a lo más elemental. Hay una cuestión de manejo de sintaxis y vocabulario que muestra hasta dónde un tipo se metió en el lenguaje, en la lengua. Si es pobre la sintaxis, si es pobre el vocabulario, vos decís: “Bueno, sí, está imitando a Hemingway que escribía con frases cortas y muy elementales, está bien". Si lo puede mantener, bien, si no ya ves donde patina y te das cuenta que en verdad hace eso porque no sabe más que hacerlo eso, es decir, que sabe lo elemental y nada más… Entonces, bueno, uno le puede decir: “Lee un poco más, juntá más lenguaje, más literatura, más palabras en tu cabeza”,  porque le falta eso. Eso se puede obtener. Y después está el hecho de que, bueno... para mí lo bueno es cuando hay un salto certero dentro del poema, o muchos. Yo digo, la poesía consiste toda en eso, en ese pequeño salto de sentido en algo que parece lineal y lógico y que de pronto te lleva para otro lado, pero de manera inevitable, o que uno siente como inevitable, no que siente como caprichoso, porque si no sería todo cuestión de asociar cualquier cosa. No sé qué se produce primero. Si uno escribe la poesía para que se produzcan esos saltos, o buscando esos saltos, o esos saltos se producen casualmente cuando a uno menos se le ocurre. Yo a veces siento que ese proceso está en tu cabeza aunque no estés escribiendo. Ese proceso de saltos asociativos. No todo el tiempo, porque si no uno no podría salir a la calle ni se podría comunicar con nadie. Pero está ahí dando vueltas, y de vez en cuando pega pequeños saltos. Pero yo creo que uno lo que intenta, volviendo a tu pregunta, es eso, reproducir ese proceso que se te da en tu cabeza. O sea, el poema en realidad trataría de reproducir eso que previamente se produce. En otros casos es al revés, se produce porque uno está escribiendo, si no estuviera escribiendo, no se produciría. Todo esto según el camino sea de ida y vuelta cada día, no sé, es un funcionamiento de la mente que casi no se puede controlar. Se puede controlar una vez que se desencadenó, ponerlo en caja y darle una forma. Con esto  no hago surrealismo, eh. Yo digo, el salto se da en lo lineal.



–Sí, puede ser un poema de Robert Frost como de Rimbaud. 



–Claro, exactamente. Yo creo que esa es la cuestión, primero hay que poner una frase. Es lo que decía Hemingway para la prosa: “Escribe la primera frase”, ese era su primer consejo. Cuando estás seguro de que es la primera frase, seguís. O sea, un procedimiento ortodoxo. Empecemos por el comienzo, y sólo cuando sepamos que el comienzo está, bueno entonces sigamos. Claro que eso a veces uno no lo puede hacer así, es un absurdo, pero lo hace después, una vez que tiene un texto dice: “A ver, volvamos a la primera frase: ¿es una primera frase? ¿está bien?”.



–Ahí volvemos a la narrativa, porque muchas veces de las grandes novelas nos acordamos de la primera frase porque es el ancla hasta el final. Melville hizo el truco que convierte la primera frase en la última y ahí cierra, y el principio es el fin. Es como que toda la novela es una justificación para esa  frase: “Call me Ishmael”. Después tiene que escribir toda una novela para justificar eso.



–Sí, seiscientas páginas. ¿Y por qué lo dice así? ¿Ves? Hay una traducción, de Enrique Pezzoni, creo: “Supongamos que me llamo Ismael”. Yo creo que ése es el sentido de la frase. La frase es “supongamos”, “pongamos que me llamo así”.



–Es brillante esa traducción.  Porque en Estados Unidos eso es como si vos estuvieras en un bar con un tipo que te pregunta cómo te llamás y respondes “decime tal”, significando: "No quiero tener intimidad con vos, pero te voy a contar mi vida entera". Es una mezcla entre distancia e intimidad que se da entre los gringos al beber en el bar, aunque no es el contexto de la novela.



–Pero podría ser, porque no se sabe dónde está contando eso Ismael. Se supone que Ismael cuenta eso después de sobrevivir a su aventura. Es el tipo que se cayó del bote a tiempo. Y no sabemos dónde lo está contando, se supone que puede estar en un bar. Pero ese doble juego de intimidad y de distanciamiento o de máscara, es decir: “Bueno yo te voy a contar mi historia, pero como no sabés si mi nombre es éste, en realidad no sabés si es mi historia o la de aquél, la de ese que se llama Ismael”. Ese juego ya es poético, y en realidad toda esa historia lo es.






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