octubre 29, 2017

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Laura García Del Castaño

El sabor de lo desecho



ahora que vacilamos
como dos trozos de madera en el mar
el oleaje nos distancia
a una medida en la que podemos sentir
la resignación
una fuerza de tempestad mayor
a nosotros mismos
la respiraciòn del destino
que nos quiebra
algo insiste entre nosotros
y con esa ansiedad
alimenta este muerto
porque lo perecedero se impregna mejor
en el vacío
lo sabemos nosotros y ese perro callejero
que desgarra
el sabor de lo desecho

De: "Los demonios del mar", Ediciones del Dock,  2015
Otros poemas de Laura García del Castaño, aquí


octubre 28, 2017

octubre 27, 2017

octubre 26, 2017

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Carlos Barral

Poesía española

A veces




A veces cuando era
temprano todavía para verte
o cuando la ventana
se abría a la distancia y al sonido
de tanto hierro puesto y tanta arena
que cruje a tierra extraña en los caminos
remoto a la esperanza
me volvía a aquel sitio en que dejamos
las soledades juntas y las voces.

Te hallaba limitada
de corazón disperso y de alegría
por todos los costados y flotando
en la noche segura y abundante
que nunca se consuma.

Sin embargo a lo lejos
tan pronto me acogías con los nombres
de las cosas comunes, en sigilo
sentía que tu isla no estaba ya a mi alcance.

Entonces por entero
reincorporado al límite del cuerpo
volvía a la certeza de la espera.







Carlos Barral (1928 / 1989, Barcelona, España)
Enlaces: A mediavoz

Imagen: El Periódico

octubre 21, 2017

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Claudia Prado: Lo primero es la casa y la voz de su madre ¿la voz de su madre y la luz? ¿el golpe de luz al levantar la persiana?

pájaro azul. Ariel 



Lo primero es la casa 
y la voz de su madre ¿la voz  
de su madre y la luz? ¿el golpe de luz 
al levantar la persiana?  
Nos despertaba y siempre 
decía algún verso. Él habla rápido  
y, en lo que va del por ejemplo 
al ejemplo de lo que ella  
podía decir una mañana  
espero las palabras que hicieron  
de mi amigo el que conozco, este  
que camina por una ciudad mediana  
este que incendia después la soledad 
llenando con letra manuscrita sus papeles.  
El ejemplo llega y no son versos.  
Mientras la primera luz  
entraba al cuarto 
su mamá decía: A levantarse 
que pájaro azul ya está en el mate. 
Supe después que pájaro azul  
era una yerba. Y cuando la vi 
por supuesto, me compré un paquete. 
No explica más, pero yo entiendo: 
Si la poesía 
es en parte convicción,  
por qué no serían versos  
los de la publicidad de yerba. 
A una línea la sigue otra línea, 
una vida de escribirlas, la letra  
manuscrita en el cuaderno. 


las cuentas. Emiliano 



Les hace dar tantas vueltas a la casa 
como errores en las cuentas  
hayan cometido. 
El hombre manda sin moverse 
la gordura incrustada en el asiento  
en el cuerpo un temblor 
que viene de su brazo, de la mano  
con que agita su sombrero en abanico. 
Ellos corren y la tierra  
se les pega a los mocos, en las lágrimas.  
Cansados, se quedan un ratito 
del otro lado de la casa 
ahí no puede verlos, hermanos  
compartiendo una vergüenza  
ni se miran. 
Pero el niño comerciante  
hace otras cuentas en silencio 
a cada vuelta sumas largas sin errores 
cuánto alambre, latas, chapa 
podría vender a los gitanos 
si espera a que regresen, si acumula    
todo el año. Podría incluso 
huir con la ganancia. ¿Y si no vienen? 
El hombre ahora está quieto, está dormido 
ellos siguen dando vueltas a la casa 
después se sientan a la sombra 
al otro lado.  



Otros poemas de Claudia Prado aquí

octubre 17, 2017

octubre 16, 2017

octubre 14, 2017

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Juan Carlos Moisés

Un pollo mojado



Amor, humor, dolor: palbras de uso
común, qu en el poema buscan
tener ocupación cuando lo leas.
No de otro modo es posible admitir
que los sustantivos también contemplan
un punto medio y justo de las cosas.
Tu cuerpo ya había recibido las descargas
de fondo, con sus detonaciones,
y algo cambió para siempre cuando
el bisturí en la mano del cirujano,
bajo la luz irreal del quirófano,
se deslizó desde la axila hasta el centro
de tu mano, indoloramente,
y no sólo porque nos habiámos
propuesto desestimar la congoja.
El pelo te había crecido de nuevo
y fue una sorpresa la aparición
de unos rulos entrometidos
con los que nos permitimos
especulaciones chistosas.

De regreso a nuestra casa del sur,
donde pies y pensamientos se aparean
de igual modo, al final del día,
en la curación de cada noche, trataba
de que no me temblaran las manos
en el momento de ayudarte
a cambiar la gasa de los drenajes.

Hoy, durante la mañana, volví a pensar
en la otra escena teatral que anoche
nos tuvo de protagonistas exclusivos
en la intimidad del baño de la casa.

¡Ay, mi amor, mi amor!, dijiste,
como queja, cuando entraste decidida
a no salir. Y mientras te desnudabas
frente al espejo con un pudor
que no conocíamos y me preguntabas
cuánto iba a tardar en la ducha,
podía ver a través del vapor
la imagen mutilada de tu cuerpo
que devolvía el reflejo empañado.

¡Toda la vida te amaré!, dije, cantando.
¿Te parece poco? (no hacía falta decir más),
y te reclamaba para que te unieras
bajo la lluvia caliente como antes.
Tu respuesta fue salpicarme con gotas
de agua fría que en la canilla del lavatorio
juntaste en el cuenco de tus manos.

¡Soy un pollo mojado!, dije, tiritando.
Giré la canilla y salí con los pies
resbaladizos fregándome los ojos para ver
que me esperabas con una mueca
en tu cara al alcanzarme la toalla como si
fueras Eva recibiéndome en el paraíso.
Te asusté cuando di ese grito en el espasmo:
¡Aaah, esto sí que es el amor!



De: "El jugador de fútbol", Ediciones La carta de Oliver, 2015



Un bar en el camino



Cuando entré a ese baño de bar
del camino y la puerta se trabó
sin explicación, creí encontrarme
en el mismo infierno; no advertí
que hubiera lo que estrictamente
se llama fuego, crepitaciones,
gritos de dolor, sólo unos pocos malos
olores que me envolvieron
y la lamparita que no prendió.
Para estar en medio de la pampa alta
y desmesurada ese baño era un lugar
demasiado pequeño, sucio, opresivo.
Ni las frases chistosas escritas
en la pared con letra despatarrada
fueron capaces de provocarme
la mueca de una risa.

En las manchas de humedad
del revoque descascarado
vi con horror la sombra del que soy,
vi rostros no amados,
vi todo lo que no se desea ver:
de mí, de los otros, de lo otro.
Dije es el fin, ahora sé cómo es
la última visión de una persona.

Mi única esperanza fue
el ventanuco; después de forcejear
en lo alto durante unos momentos,
el hierro viejo, debilitado, carcomido
por el óxido, cedió,
y cielo y nubes entraron
increíblemente a tiempo.



Flamencos en la laguna



Esos flamencos todo
el día al sol sumergen
la cabeza movediza en el agua
apoyados en el firme equilibrio
de una de sus patas; están clavados
en la laguna, tallados en el aire.
Cada tanto rompen la monotonía,
curvan el fino pescuezo, el pico se levanta,
estiran la pata encogida y dan un paso largo
y lento que se hunde y se clava
como la pata anterior,
que ahora se pliega y espera
mientras bajan la cabeza a bucear.
Todo el interés está ahí, en la turbiedad
del fondo, en los pequeños hallazgos nutritivos.

Ninguno de esos actos minuciosos
me incluye, ni soy de la familia de esas aves;
tampoco soy lo que se dice trigo limpio
para acercarme a refrescar mis pies
sin que algo no deseado ocurra
en el plan trazado por los flamencos.

Y aunque no son mis ojos los que ven bajo esa agua
ni tengo plumas rosadas, no me aguanto: mordido
por las hormigas de la curiosidad
que siempre me empujan a donde no me llaman
me acerco a la orilla
todo lo que más puedo,
hasta que en el límite de la confianza
los flamencos levantan vuelo
con tres o cuatro aletazos,
las flacas patas colgando sobre la laguna.

Si yo fuera ellos
daría un rodeo largo y sin pausa
con la esperanza de que se fuera el entrometido
y entonces volvería lo más campante
con las alas desplegadas
a posarme otra vez en medio de la laguna,
una sola pata apoyada
en la turbiedad del fondo.

Pero se ve que esos flamencos
tienen otros planes para resolver el dilema,
y acribillados inútilmente
por la doble intención de mi mirada
siguen adelante y se pierden en el cielo
capaces como son de ver a lo lejos
adónde lleva el camino.



De “Animal teórico”, Ediciones del Dock, 2004


Otros poemas de Juan Carlos Moisés, aquí


octubre 12, 2017

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Wallace Stevens



Estudios de dos peras

I

Oposculum pedagogum.
Las peras no son violines,
desnudos o botellas.
No se parecen a ninguna otra cosa.


II

Son formas amarillas
compuestas de curvas
combándose hacia la base.
Son toques rojos.


III

No son superficies planas
de curvados perfiles.
Son redondas, 
ahusadas en el vértice.

octubre 04, 2017

octubre 01, 2017

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Anne Michaels: "A la verdad le gusta ocultarse en lo abierto. Ya por entonces, a solas en el puente, en la soledad del deseo, nuestra luna inundaba los desfiladeros de Truyère."




Segunda búsqueda


Ayer, en el cementerio, no podía entender las palabras "Pierre Curie" grabadas en la lápida.

Marie Curie, 1906 



A la verdad le gusta
ocultarse en lo abierto. Ya por entonces,
a solas en el puente, en la soledad
del deseo, nuestra luna inundaba
los desfiladeros de Truyère.
El músculo satinado de una melodía
serpenteaba por el agua reclamando
atención: por el Wisla, el Biévre,
el Sena. La lluvia tiraba con manos invisibles
de la barba de los cedros, socavaba la ribera de los ríos,
apretaba los puños con el olor de la tierra,

FIN DEL EPISODIO

FIN DEL EPISODIO
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