20 de noviembre de 2017

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Jorge Aulicino

Nueva Caledonia



Nada quedaba ya de Troya
ni de Babilonia ni de todas las ciudades del oriente,
incluida Samarcanda y Labuán,
ni siquiera de los suburbios de Buenos Aires,
donde anduvo la sombra de un imperio.
Nueva Caledonia era el refugio natural.
Alzaste allí versos y columnas ecuestres,
y con soldados de plomo y desguaces militares
formaste tu ejército blindado.
Inútil.
Es sabido que los versos no admiten defensa.
Caen y renacen como esas plantas
entre los rieles que viste tantas veces,
durante tus esperas en estaciones del abandonado ferrocarril
bonaerense.

Antes de los zumbantes camiones, los contendores, antes
de las autopistas que cintilan.





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