Reynaldo García Blanco



Mi mujer pide que le haga una fotos






Es sábado
estoy  harto de las músicas del vecino
de la televisión
y el hedor de las piedrecillas sanitarias del gato

Mi mujer pide que le haga unas fotos
cruza las piernas
mueve la cabeza y se despeina

Llovió en la tarde
el olor del pasto sube cuatro pisos
se arremolina y mueve los tapices

Me siento en el piso
busco el ángulo inesperado

Al fondo la pared blanca
y mi mujer ahí
como si octubre fuera eso
una mujer sentada
convertida en píxeles mientras allá afuera
los vecinos hacen la vida
otras fotos.




Hoy amanecí sin entusiasmo





No puedo con el hervor de la calle
ni Borges
ni Fran Chopra
ni Mao Se Tung
Dicen que es luna llena
que vendrá el equinoccio
que regresan los presidentes
Me detengo en la guía telefónica
en un manual de Hata Yoga
en los pasos peatonales
Soy un cero a la izquierda
un patriota sin aviso
una cerveza caliente
Hoy amanecí sin entusiasmo
como si tuviera gripe
o fuera un pelotero
que disfruta del hastío en terreno impropio. 





Reynaldo García Blanco (1962, Venegas, Cuba)

Jack Gilbert


En Umbría




Un día estaba en el café, sentado afuera,
mirando el crepúsculo en Umbría, cuando una niña
salió de la panadería con el pan que su madre le pidió.
No sabía qué hacer. Ya confundida
por tener trece años y justo aquel verano hacerse mujer,
ahora tenía que pasar por delante del americano.
Pero lo hizo muy bien. Pasó por delante y dobló la esquina
con gracia, sin prestarme atención. Casi perfecto.
En el último instante no pudo resistir
mirarse fugazmente sus pechos nuevos. Suelo recordar
aquella inclinación de su cabeza cuando la gente habla
de tal o cual de las grandes beldades.






Ir  ahí



Por supuesto fue un desastre.
El más preciado, insoportable secreto
ha sido siempre un desastre.
El peligro cuando tratamos de irnos.
Revisando más tarde, una y otra vez,
lo que debimos hacer
en lugar de lo que hicimos.
Pero en esos breves momentos
parecíamos vivos. Engañados,
maltratados, mentidos y traicionados,
seguramente. Sin embargo, por ese
corto tiempo, visitamos
nuestra vida posible.





Otros poemas de Jack Gilbert, aquí
Traducción: Gerardo Gambolini

Imagen: The Guardian

Robert Hass



Soneto





Un hombre habla con su ex mujer por teléfono.
Ha amado su voz y escucha con atención
cada modulación de su tono. Lo conoce
en la intimidad. No sabe qué quiere
de ese sonido, de su amable urbanidad.
Estudia, por la ventana, las formas de las semillas
de las vainas partidas de los árboles ornamentales.
La especie crece en todos los jardines, nadie sabe su nombre
salvo los horticultores. Cuatro recámaras con arcos
de verde pálido, diminutos arcos de un proscenio vegetal,
un par de encogidas semillas negras alojadas en cada recámara.
Una geometría de deseo, miniatura, india o persa,
amantes o dioses en sus habitaciones. Afuera, animales blancos,
pacientes, y vidas enredadas, y lluvia.





De: "Home movies", Zindo & Gafuri, 2016
Traducción de este poema: Liliana García Carril

Otros poemas de Robert Haas, aquí

Enlaces: 



Sonnet


A man talking to his ex-wife on the phone.
He has loved her voice and listens with attention
to every modulation of this tone. Knowing
it intimately. No knowing what he wants
from the sound of it, from the tendered civility.
He studies, out of the window, the seed shapes
of the broken pods of ornament trees.
The kind that grow in evereyone`s garden, that no one
but horticulturists can name. Four arched chambers
of pale green, tiny vegetal proscenium arches
a pair of black tapening seeds bedded in each chamber.
A wish geometry, miniature, Indian or Persian,
lovers or gods in their apartments. Outside, white,
patient animals, and tangled vines, and rain.




Imagen: poetryfoundation.org


Cesare Pavese



El vino triste





Lo difícil es sentarse sin hacerse notar.
Lo demás viene por añadidura. Tres sorbos
y retorna el deseo de imaginarse solo.
Se abre de par en par un fondo de zumbidos distantes,
todo se dispersa y haber nacido y contemplar la copa
constituye un milagro. El trabajo
(el hombre solo no puede dejar de pensar en el trabajo)
vuelve a ser el antiguo destino que es hermoso sufrir
para poder pensar en él. Después los ojos clavan
su mirada en el aire, dolientes, cual si estuviesen ciegos.

Si este hombre se alza de nuevo y va a acostarse a su casa,
parece un ciego que ha extraviado el camino. Cualquiera
puede salir de un rincón y machacarlo a golpes.
Puede salir una mujer y tenderse en la calle, 
joven y bella, bajo otro hombre, gimiendo
igual como gimió una mujer con él hace tiempo.
Pero este hombre no ve. Va a su casa a acostarse
y la vida no es más que un zumbido de silencio.

Al desnudar a este hombre, se encuentran miembros exhaustos
y pelo brutal, aquí y allá. ¿Quién diría
que por este hombre circulan venas tibias
en que hace tiempo quemaba la vida? Nadie creería
que una mujer hubiese acariciado, hace tiempo,
aquel cuerpo y besado aquel cuerpo, que tiembla,
y lo hubiese bañado con lágrimas, ahora que el hombre,
que ya ha llegado a su casa, no consigue dormir, pero gime.





El paraíso sobre los tejados





Será un día tranquilo, con una luz fría
como el sol que levanta o que muere, y el cristal
cerrará el aire sucio del cielo exterior.

Nos despertarán un día, de una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra
será tal la tibieza. Llenará la habitación,
por el gran ventanal, un cielo aún más grande.
Desde la escalera que se subió un día para siempre
no llegarán más voces ni más rostros muertos.

No será necesario abandonar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará la ventana para vestirlo todo
de una tranquila claridad, casi como una luz.
Pondrá una sombra pálida sobre el rostro supino.
Los recuerdos serán como grumos de sombra
aplastados igual que vieja brasa
en el camino. El recuerdo será como una llama
que aun hasta ayer mordía los apagados ojos.




Otros poemas de Cesare Pavese, aquí
Enlaces: http://www.materialdelectura.unam.mx/images/stories/pdf5/cesare-pavese.1-1.pdf

Miguel Ángel Petrecca



Estudios






El fruto desmenuzado de estos árboles  
va dejando en la vereda una capa gruesa 
graffitis ilegiblessuperpuestos, escudos  
de clubes de fútbol y leyendas de cumpleaños  
en la pared se han ido sumando de a poco,  
sobre la mano de pintura que cada enero 
en unas horasformatea la entera superficie.  
La cruz de la farmacia titiló un instante  
antes de prenderse y el custodio una vez más  
como la figura dentro de un reloj cucú  
salió y volvió a entrar. De punta a punta  
del dial paso agarrando pedazos de canciones 
Aunque una especie de empate hegemónico  
mantiene así por el momento en equilibrio   
las trincheras opuestas de la enfermedad  
y la salud, la bisagra nunca está en realidad  
tan lejos como uno piensaparece decir  
la chica que atraviesa ahora el espejo retrovisor  
con unas radiografías o algo así en un sobre,  
como los mensajeros que llevaban entre sus cartas,  
sin saberlouna con su propia sentencia. 






Otros poemas de Miguel Ángel Petrecca. aquí

Imagen: www.clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com.ar