enero 24, 2018

,   |  0 comentarios  |  

Sonja Åkesson



Poesía sueca


Una carta


¡Hasse!
¡Hans Evert!
¿Te acuerdas de mí?
No fui tu primera chica
claro
pero tu fuiste mi primer chico.
Ibas constantemente en la bici, una Rambler,
y llevabas la gorra en la nuca
y yo iba en la barra con mi abrigo rojo
y a veces en la parrilla.

enero 21, 2018

,   |  0 comentarios  |  

Jorge Ortega


Poesía mexicana


Subida al monte Urgull




Al fondo el mar, el sobrio mar
 de fondo 
que se nos desdibuja.

Entre robles y helechos
 la espiral de piedra no pulida,
 las furtivas
 y onduladas
 terrazas del musgo.

La espuma de la hiedra
trepando por los troncos,
los cauces de hojarasca 
crujiendo bajo una pisada en falso.

Rampas. Escalones
pacientemente relamidos
por el inofensivo alud del vaho.

Y el final en dónde o para cuándo:
la cumbre se escabulle a nuestros ojos,
pirámide borrada por la selva 
en una distracción.

A mayor esfuerzo, menor la extenuación, 
mejor la claridad de los confines
o pronta la llegada.

El poema se hace en el trayecto,
trata lo que tardamos
en alcanzar la cima 
y descubrir ahí lo perseguido en vano,
la veleidad del aire, el resbaloso pez de las alturas.

enero 19, 2018

,   |  0 comentarios  |  

George Franklin



A la izquierda del noveno hoyo    



El viento sopla a través del campo de golf en sombras.  
Nadie juega a esta hora. Ningún carro se abre paso 
por el verde. El verde ni siquiera es verde sin la luz del sol.   
Más allá de la reja, bolas de golf extraviadas 
se hunden cada vez más en la tierra. 
Con cada aguacero desaparecen un poco más. 
La luna ilumina la boca blanca de la trampa de arena. 
Parece que se hablaran entre ellas en un idioma íntimo. 
Algo acerca de la filosofía y la dificultad de sentirse en casa. 
A la izquierda del noveno hoyo, un estacionamiento 
divide el universo en líneas paralelas y delimita espacios.  
Aquí y allá, una lámpara define los espacios de otra manera 
Este oscuro, aquel claro. Desde dentro de una casa, 
la música suena y las sombras se alejan 
y regresan a través de la cortina de una ventana.  
Podrían estar danzando o tratando de evitar rozarse entre sí. 
De luchar o abrazarse. Luego una sombra cubre a otra 
y la luz de un televisor oscila en colores apagados.   
Afuera, todas las cosas los miran: 
el campo de golf, el estacionamiento, la luna. 




Luchas de arañas 



En los campos de trabajo del norte, hay luchas entre arañas 
Me lo dijeron mis estudiantes la semana anterior 
Como los presos cazan arañas, las almacenan 
en botellas de vidrio, las ceban con polillas e insectos 
hasta el día en que cada una de ellas trata 
de arrancar a mordiscos la cabeza de la otra 
mientras los prisioneros hacen apuestas y miran. 
Esto me recordó de inmediato al Conde Ugolino 
En Dante, que roía la espalda del esqueleto 
de su enemigo Ruggiery, como si el hambre y la ira 
jamás se satisficieran. Eso es estar en el infierno 
Pensé, pero no estaba totalmente en lo cierto 
También pensé en Tertuliano, en la manera en que describió   
uno de los placeres en el cielo, que sería mirar hacia abajo 
el sufrimiento de los condenados. Mis estudiantes 
se han reunido en círculos junto a sus literas, en el verano 
del norte de la Florida, un clima bastante similar al infierno 
y miran hacia abajo, dos arañitas  que se desgarran 
la carne entre sí. Durante unos minutos 
estaban en el cielo. 




Left of the Ninth Hole 

   

The wind blows across the golf course in the dark. 
No one is playing now.  No carts edge their way 
Around the green.  Even the green is not green 
Without sunlight.  Beyond the fence, lost golf balls 
Sink incrementally into the ground.  With each rain, 
They disappear a little more.  The moon illumines 
The sand trap’s white mouth.  They seem to be speaking 
To each other in a private language.  Something about 
Philosophy and the difficulty of feeling at home. 
To the left of the ninth hole, a parking lot divides 
The universe into parallel lines and defined spaces. 
Here and there, a lamp defines the spaces differently: 
This one dark, that one light.  From inside 
A house, music is playing, and shadows move back 
And forth across a curtained window.  They could be 
Dancing or even trying to avoid each other’s touch, 
Fighting or embracing.  Then one shadow covers 
Another, and the light of a television flickers 
In muted colors.  Outside, everything is watching them: 
The golf course, the parking lot, the moon. 

   


Spider Fights 

  

In the work camps up north, they have spider fights. 
My students told me this last week, how 
The prisoners catch spiders, keeping them in 
Glass jars, feeding them insects and moths 
Until the day when two spiders will each 
Try to chew off the other’s head, while 
The prisoners place bets and watch. 
It reminded me at first of Count Ugolino in 
Dante, gnawing at the back of his enemy 
Ruggieri's skull—hunger, like 
Anger, never satisfied. That’s what it means 
To be in hell, I thought. But, I wasn’t entirely right. 
I also thought about Tertullian and how he described 
That one of the joys of heaven would be to look down 
On the suffering of the damned. My students 
Had gathered in circles by their bunks in the North 
Florida summer, a climate close enough to hell, 
And stared down on two small spiders tearing 
At each other’s flesh. For a few minutes, 
They were in heaven. 

  

George Franklin
Traducción: Ximena Gómez
Fuente: www.alastorliterario.com
,   |  0 comentarios  |  

Diego L. García



el aire acondicionado zumba y corta
en breves fracciones de tiempo. estoy
inmerso en esa similitud animal (recuerdo
las palomas en la casa vieja). constante
custodia de objetos sucios, fuera de sitio.
si hubiera visto un cuadro con un paisaje
de ríos y árboles y hubiera intentado

entrar en él hasta hallarme sumergido
en sensaciones realísimas, sé
que el aire acondicionado sería siempre
el fondo, el telgopor raspado en la base
de la caja. digo: fracciones. y hay
ahí una ventana. quién está del otro lado?
ya sé la respuesta. pero la pregunta se escurre:
quién está del lado en el que estoy?
no alcanzaron los pájaros ni el arrullo de
la palabra “arrullo” en medio de una escena
pintada a la perfección. el cartón soporta
un viaje de encomienda hacia cualquier parte
y así el corazón llega dejándose nombrar



Otros poemas de Diego L. García, aquí

Imagen: Foto M Biaggini

enero 15, 2018

,   |  0 comentarios  |  

Ricardo Costa

Una naranja



El cuchillo recorta circularmente la naranja
bajo su cáscara.
Hace correr el jugo entre el filo y la pulpa,
marcando el cauce de un camino líquido
que rodea a la fruta para venirse a tu mano.
Viéndote ejecutar esa maniobra, pienso que
algo terrible ocurriría con mi corazón
si tu apetito cayera en desgracia.
Ese movimiento giratorio, ese descascarar
en crudo para llegar al brillo de la pulpa,
daría con la parte más débil de un hombre
y la desnudez de su sangre brotaría hasta
manchar sus ojos de la manera más vergonzosa.
La diferencia la marcaría el ángel que mueve
tus manos.
Porque la fruta gira entre tus dedos para que
su carne se abra por entero a la luz.
En cambio, un corazón se pudre si no se lo corta
en el momento preciso.
Queda dudando lejos, cavado en una ruina oscura,
a treinta y cinco centímetros por debajo
de la boca.



Otros poemas de Ricardo Costa, aquí


enero 11, 2018

, ,   |  0 comentarios  |  

Señalador: Milo de Angelis

Milo de Angelis / Ginebra Magnolia




Todo estaba ya en camino. Desde entonces hasta aquí. Todo

el tiempo, luminoso, rozaba los labios. Toda
la respiración se concentraba en el collar. Las sombras
de Lambrate cerraron la puerta. Toda la habitación,
absorta, se convirtió en el primer latido. El negro
de tus cabellos contra el amarillo del último rayo.
Desde entonces hasta aquí. Era el primer día del verano.
El silencio nos llenaba la frente. Todo estaba
ya en camino, desde entonces, todo estaba aquí, único
y perdido, nuestro y remoto. Todo pedía
permanecer a la espera, de volver a su verdadero nombre.




enero 07, 2018

,   |  0 comentarios  |  

Amelia Biagioni

Oh, Infierno...



Oh, Infierno,

te agradezco
la causa perdida,
la tiniebla entre los dientes,
las manos de humo
y esa espalda acosándome.
Te agradezco
el crepúsculo de piedra que no cesa.
Te agradezco
que existas cuando respiro.
Porque eres el recinto
donde encuentro,
retenidos por el ojo y el fuego,
los nombres y las formas
de la dicha.



Cada día, cada noche



Cada día
me levanto sin nombre,
y en la nuca
una sombra
tenaz, ajena, a filo,
me acusa desde siempre;
y la culpa
total, indescifrable,
entera, me usurpa,
no sé quién soy, me oculto, huyo,
y me pierdo extranjera.
Hasta sentir,
cada noche,
una luz
fiel, entrañable, mansa,
que vuelca desde siempre
río, libélulas, sol, trébol
en mi cabeza más lejana,
y le apoya
alguna, aquella mano;
y cuando empiezo a recordarme,
un ruido sucio, espeso,
de sombra,
se interpone en la nuca
y despierto
sin nombre.






Amelia Biagioni (1916, Gálvez, Santa Fe / 2000, Buenos Aires, Argentina)
Fuente: Facebook de Jonio González. Poemas de "Poesía completa", Adriana Hidalgo, 2009


FIN DEL EPISODIO

FIN DEL EPISODIO
Mis textos