George Franklin



A la izquierda del noveno hoyo 
  

  
El viento sopla a través del campo de golf en sombras.  
Nadie juega a esta hora. Ningún carro se abre paso 
por el verde. El verde ni siquiera es verde sin la luz del sol.   
Más allá de la reja, bolas de golf extraviadas 
se hunden cada vez más en la tierra. 
Con cada aguacero desaparecen un poco más. 
La luna ilumina la boca blanca de la trampa de arena. 
Parece que se hablaran entre ellas en un idioma íntimo. 
Algo acerca de la filosofía y la dificultad de sentirse en casa. 
A la izquierda del noveno hoyo, un estacionamiento 
divide el universo en líneas paralelas y delimita espacios.  
Aquí y allá, una lámpara define los espacios de otra manera 
Este oscuro, aquel claro. Desde dentro de una casa, 
la música suena y las sombras se alejan 
y regresan a través de la cortina de una ventana.  
Podrían estar danzando o tratando de evitar rozarse entre sí. 
De luchar o abrazarse. Luego una sombra cubre a otra 
y la luz de un televisor oscila en colores apagados.   
Afuera, todas las cosas los miran: 
el campo de golf, el estacionamiento, la luna. 
  


Luchas de arañas 
  


  
En los campos de trabajo del norte, hay luchas entre arañas 
Me lo dijeron mis estudiantes la semana anterior 
Como los presos cazan arañas, las almacenan 
en botellas de vidrio, las ceban con polillas e insectos 
hasta el día en que cada una de ellas trata 
de arrancar a mordiscos la cabeza de la otra 
mientras los prisioneros hacen apuestas y miran. 
Esto me recordó de inmediato al Conde Ugolino 
En Dante, que roía la espalda del esqueleto 
de su enemigo Ruggiery, como si el hambre y la ira 
jamás se satisficieran. Eso es estar en el infierno 
Pensé, pero no estaba totalmente en lo cierto 
También pensé en Tertuliano, en la manera en que describió   
uno de los placeres en el cielo, que sería mirar hacia abajo 
el sufrimiento de los condenados. Mis estudiantes 
se han reunido en círculos junto a sus literas, en el verano 
del norte de la Florida, un clima bastante similar al infierno 
y miran hacia abajo, dos arañitas  que se desgarran 
la carne entre sí. Durante unos minutos 
estaban en el cielo. 
  
  


Left of the Ninth Hole 


  
The wind blows across the golf course in the dark. 
No one is playing now.  No carts edge their way 
Around the green.  Even the green is not green 
Without sunlight.  Beyond the fencelost golf balls 
Sink incrementally into the ground.  With each rain, 
They disappear a little more.  The moon illumines 
The sand trap’s white mouth.  They seem to be speaking 
To each other in a private language.  Something about 
Philosophy and the difficulty of feeling at home. 
To the left of the ninth hole, a parking lot divides 
The universe into parallel lines and defined spaces. 
Here and there, a lamp defines the spaces differently: 
This one darkthat one light.  From inside 
house, music is playing, and shadows move back 
And forth across a curtained window.  They could be 
Dancing or even trying to avoid each other’s touch, 
Fighting or embracing.  Then one shadow covers 
Another, and the light of a television flickers 
In muted colors.  Outsideeverything is watching them: 
The golf coursethe parking lotthe moon. 
  

  
Spider Fights 

  
In the work camps up norththey have spider fights. 
My students told me this last weekhow 
The prisoners catch spiders, keeping them in 
Glass jarsfeeding them insects and moths 
Until the day when two spiders will each 
Try to chew off the other’s head, while 
The prisoners place bets and watch. 
It reminded me at first of Count Ugolino in 
Dante, gnawing at the back of his enemy 
Ruggieri's skullhungerlike 
Angernever satisfiedThat’s what it means 
To be in hell, I thoughtBut, I wasn’t entirely right. 
also thought about Tertullian and how he described 
That one of the joys of heaven would be to look down 
On the suffering of the damnedMy students 
Had gathered in circles by their bunks in the North 
Florida summer, a climate close enough to hell, 
And stared down on two small spiders tearing 
At each other’s fleshFor a few minutes, 
They were in heaven. 
  


George Franklin
Traducción: Ximena Gómez
Fuente: www.alastorliterario.com

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