23 febrero 2018

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Juan José Rodinás

Poesía latinoamericana


Teorema de la bolsa de compras 





La vida es esa lotería donde todos pierden. 

Un hipódromo en tu cerebro- 
y le apuestas siempre al caballo incorrecto. 
La vida llama por teléfono y le contestas en un país remoto. 
No respiras sino en esta línea invisible que va de un eucalipto a otro. 
Y no entiendo qué significa eso. 
Los niños comen sin hablar, ni sentir. 
Hay una casa dentro de la casa. 

Hay una casa dentro de la mente. 
Un corazón dentro de la nevera está sangrando.

Y eso debería decirnos algo de los hombres que lloran 
mientras hacen ejercicio. 

Una figura transparente cuyos recuerdos son latas como sueños 
que, ni siquiera como broma cósmica, estaban por cumplirse. 

Esto deberías tatuartelo: 

“un niño que se corta los dedos por fabricar cometas 
aprende igual a volarlas sin los dedos”. 

La mente cuida al que cuida la mente: 
arrulla al loco que se encierra. 

Soy un niño feliz solo mientras el hombre adulto que seré 
me cubra los ojos con una venda roja. 

¿Te recuerda esto a una película italiana? 

Entonces quizás eres de mi época, 
y veías cine italiano pasado por el ojo de Hollywood, 
imaginando que las vendas tenían amaneceres dorados 
(o gafas de realidad virtual). 

Entonces quizás eres de mi época. 
O quizás no: ya me veo a la distancia. 

Hay trenes. Hay teléfonos, trenes. 

Una tijera sirve para cortarse el pelo pero también podría 
servir para que la persona correcta 
decapite una flor en el camino a casa. 

Una flor amarilla, pero negra y quizás un juguete imposible. 

La casa retrocede. 

Yo soy una persona que solo puede comunicarse con los demás 
alejándose de ellos. 

Hay colmenas de luz en el camino que lleva del camino 

al camino. Y no hay casa, pero hay colmenas de luz y un jardín 
donde ves bolsas de basura y un magnolio que parece 

el rostro de un niño que cae por la pendiente y sangra. 

¿No será que estoy muerto y que esto es un monólogo 
desde una urna cineraria sueño? 
Quizás en algún lado me espera mi silencio, se propaga, 
se presenta en flores, girasol, amarillísimas. 

He sido este cuerpo que, lejos de defenderse, 
me ataca. Enfermedad de tantas personalidades 
donde las células se comen todo proyecto y destino. 
Y canta un tango sideral, mi sueño, 

un tango infinitesimal en ángulos de luz chorreada 
que lentamente caen en una botella transparente. 

Pertenezco a varios universos, pero claramente no a éste. 
Señorita realidad, le pido incluirme en su historia de límites 
donde hay personas que me atacan a la hora precisa, 
donde los árboles me atacan o me sobreprotegen 
como a ese perro negro que cuenta las estrellas. 




Pequeña vida no disponible 




Tras una hilera de álamos, 
un hombre enciende el motor de un Volkswagen naranja. 
Allí se van personas, juguetes, varias bolsas de plástico.

Muchas cosas se alejan, llevándose gente en el núcleo de su materia oscura. 

Estoy en muchas partes: ligero, inofensivo. 
(Esa falta de peso en el centro de mi esqueleto). 

Lo que no fui: una vieja fortaleza en el desierto. 
Lo que fui: una hoja luminosa y frágil.

Un cráneo pensativo y una fortaleza de hojas 
resistiendo los círculos de un tornado invisible. 

Así, inmaterial, el mundo crece 

como las olas de un lago sobre la nieve de un sueño. 
Y tú eres aquel sueño.

Y tú estás llorando la sed que destruye los países que añoramos, 
esas cosas con nombre de lugar, 
esos lugares con nombre de persona y animales muertos (o vacíos). 

Entonces,
¿por qué te esconderías en un bunker, 
si la guerra está dentro del bunker?. 
Esa lucha donde el único enemigo eres tú mismo. 

Igual es la belleza de un mundo inexistente. 
Inexistente como la foto de mi barrio 
con varios setos en forma de persona 

como si las explicaciones de toda destrucción 
estuvieran en manos de una herida de perímetro escaso, 
pero marcada hondura:

y jamás del olvido. 

Todo se trataba de un río de peces muertos 
y algo hermoso que nos desmoronaba. 
Aquellos árboles con demasiada historia: 
¿qué saben de nosotros? 

Soy mis pies sobre la carretera. 

Soy los pasos a desnivel por los que suben 
motocicletas ante avisos de tráfico sobre una eminencia de terreno. 
Soy mi ciudad devastada y esa devastación llena de flores negras. 

Yo no sé del paisaje.

Aquí hay un avión y un árbol despedida. 
Lo único que sé: mi desaparición depende 

de que estas cosas huyan 

y de que no se me ocurra llorar mientras mi mundo muere. 
Saco una fotografía sobre la colina. 
Y todo es todo en el llanto. 

Desmoronado yo y el verano sobre la muerte

se trata de bromas ante mezcladoras de cemento 
y motocicletas que circulan ante

mezcladoras de cemento ante 

los edificios de gobierno. 

Edificios desiertos, mis tres vidas 
y un vaso de cerveza 
donde la noche ha sida abandonada 
por la última persona que quiso saber algo de mí, 
que se preguntó, lejana, dónde estaba,
o cómo era lo que me destruía. 





Rapsodia del pub Turk’s Head 




Yo solamente he narrado mi estrella. 
Mi casa es tu casa y también del viento. 
Amargo, nada es mío, excepto: 

1. Un campo de trigo en una estrella distante.

2. Bob Dylan acostado en ese campo.

3. Bob Dylan entonando la canción del final de los tiempos. 

El médico me dice:

Creo que vives en una escena imaginaria. 
Creo que vives en una célula degenerativa. 
Como esos productos congelados

que, de pronto, se ponen en el microondas: 
y resultan magníficos.

Pero no vienen de ninguna parte. 

Cambias de lugar:

¿De dónde vienen tus sueños, sino de esas latas 
que alguien abre dentro de tu mente?

Alguien proyecta la estrella: un holograma. 
Alguien proyecta la casa. 
Alguien proyecta este hombre que escribe 
dentro de la casa bajo la estrella: un holograma 
que escribe una serie de objetos destruidos. 

También tú: a menos que uses una tijera 
para explorar tus límites

y deduzcas que puedo estar equivocado. 

Llevas una montaña

entre el corazón y la cabeza. 

Cambias de lugar:

y la montaña es tu madre 
y la montaña termina. 

Lloras con la cabeza enterrada

y es irónico:

la realidad es borramiento

de cosas que se pliegan,

mientras el universo se destruye. 
Algo que simplemente está tardando. 

En la casa, en esta habitación sin casa, 
hay un niño que reclama 
su lenguaje roto:
lo busca en el lugar donde todo se ha ido. 





Juan José Rodinás (Ambato, Ecuador, 1979) 

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Imagen: El Telégrafo

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