23 junio 2018

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John Burnside

John Burnside


Indeleble



Me gustaría mucho que De Hann viese un estudio mío de una vela encendida y dos novelas (una amarilla, otra rosa), colocadas sobre una silla vacía (precisamente la silla de Gauguin), lienzo de 30, en rojo y verde. Hoy mismo estuve trabajando en su equivalente, mi propia silla vacía, una silla blanca y barata con una pipa y un paquete de tabaco. En ambos estudios, al igual que en otros, he buscado un efecto de luz mediante un color claro. De Haan probablemente comprenderá exactamente lo que busco, si le lees lo que he escrito al respecto.

                                            Vincent van Gogh. “Cartas a Theo”, 17 de enero de 1889.



      Muerta hace cuarenta años, mi madre está cortando un corazón
      en la mesa de la cocina.
      Llueve en la puerta, aunque pronto va a ser aguanieve
      y después, de acá al bosque,
      va a nevar.


      Los ventanales de esa casa se empañarían
      en minutos,
      y podríamos haber estado solos todo el fin de semana;
      el resto de la ciudad, hasta donde sabemos, abandonada,
      sin nada del otro lado del jardín, ni iglesia, ni gente.

      Ahora está acá, en mi cocina, cortando un corazón:
      un platito con sal cerca del codo, un puñado de harina
      esparcida en la mesada, la radio encendida,
      ella trabaja igual que siempre, ensimismada,
      con el cuchillo de cocina que capta la luz de este mediodía invernal.

      Nunca creí en fantasmas y no tengo un especial interés
      de ver otra vez a mis muertos
      ¿pero cómo no aceptar lo que se niega a desvanecerse,
      como el borrón de la pintura en que una mano o un bol de porcelana
      oculta el pentimento de un pájaro cantor

      atado, o esa mancha color amapola
      que emerge una vez más
      cuando blanqueamos la pared del lavadero?
      ¿Cómo podría el niño que hay en mí
      poner en duda lo que me contaron

      del amigo de un amigo de un amigo
      que presenció esa luz que nadie podría explicar,
      un resplandor sobre el estanque donde, hace décadas,
      el hijo del panadero se cayó a través del hielo
      en el azul parafina de Año Nuevo, cuando nadie miraba?

      Recuerdo ese paseo de domingo
      cuando paramos en la niebla súbita, los árboles,
      una pausa en la blancura extensa como el cielo,
      y ella en aquel vestido verde que tanto le gustaba,
      tan vivaz que casi estoy ahí de nuevo

      aunque no es el vestido ni ella, simplemente
      es el color que me lleva hacia atrás,
      el verde que te quiero verde en este mundo que no
      cesa, mientras vamos pasando
      incesantes, pero siempre

      cambiando, verde que te
      quiero… Y sólo por un momento quiero
      detener su mano y decirle
      que ya no comemos corazón, o no
      en esta casa; no comemos

      hígado, tripas o patas de cerdo hervidas
      a fuego lento, durante horas, para extraer
      sus jugos, pero cuando giro hacia ella
      mi madre ya no está y la silla
      está vacía, como el espacio muerto en el bosque

      cuando talan un árbol, o para ser más preciso,
      la silla en el famoso “lugar vacío” de van Gogh
      que pintó al irse Gauguin, la luz de la lámpara de gas
      azul en la madera pulida y el cabo de la vela, clarísima
      y casi insoportable de tan viva.



Indelible



I should like De Haan to see a study of mine of a lighted candle
and two novels (one yellow, the other pink) lying on an empty chair
(really Gauguin’s chair), a size 30 canvas, in red and green.
I have just been working again today on its pendant, my own empty chair,
a white deal chair with a pipe and a tobacco pouch. In these two studies,
as in others, I have tried for an effect of light by means of clear colour,
probably De Haan would understand exactly what I was trying to get
if you read to him what I have written on the subject.                                   

                                                     Vincent van Gogh. Letter to Theo, 17th January 1889



Forty years dead, my mother is dicing a heart
at the kitchen table.
Rain at the door, but soon it will turn to sleet
and, later, from here to the woods
there will be snow.

In that house, the windows would cloud
in minutes,
and all weekend we could have been alone,
the rest of the town abandoned, as far as we knew,
nothing beyond the garden, no church, no people.

Now she is here, in my kitchen, dicing a heart:
a saucer of salt at her elbow, a handful of flour
sprinkled across the table, the radio on,
she works as she always did, absorbed in her task,
the chef’s-knife catching the light of this winter’s noon.

I have never believed in ghosts, and I’ve no great wish
to see my dead again,
but how could I not respect what refuses to fade,
like the blur in the paint where a hand or a porcelain bowl
conceals the pentimento of a tethered

songbird, or that poppy-coloured stain
emerging, once more,
when we whitewash the scullery wall?
How could the boy in my shoes quite disbelieve
what they told me about

the friend of a friend of a friend
who witnessed a light that nobody could explain,
a lucency over the pond where, decades ago,
the baker’s son fell through the ice, in the paraffin blue
of Hogmanay, when nobody was watching?

I remember us stopping one day, in a sudden fog,
out for a Sunday walk, the trees
a held breath in the sky-wide white of it
and she in that green print dress she loved to wear
so vivid I am almost there again,

but it isn’t the dress, or her, it’s purely
the colour that pulls me back,
the verde que te quiero verde in this world that never
ceases, while we go on passing through
as ceaselessly, though always

changing, verde que te
quiero – and, just for a moment, I want to stay
her hand and say
we never eat heart any more, or not
in this house; we never eat

liver or tripe, or pigs’ trotters simmered for hours
on low heat to draw
the juices – but when I turn to where she was,
my mother is gone and the chair
is empty, like the dead space in a wood

after a tree is felled, or to be more precise,
like the chair in the famous van Gogh, the ‘empty place’
he painted when Gauguin left, the light from the gas lamp
blue on the polished wood and the stem of a candle,
perfectly clear and almost too vivid to bear.
                                                            

Et canem meum



Recién cuando me levanto a despedirme
sabés que este perro es mío:

porque se cuida solo, en un rincón,
a menos que lo necesiten,

silencioso, invisible,
como medio dormido,

sombra ligeramente elaborada
entre las sombras

hasta que se levanta rápido
de un solo movimiento,

como un oso que emerge de los árboles
y extrañamente es más que cualquier cosa que hayas visto,

él va conmigo –y yo con él–
y lo que a mí me falta lo lleva en esa gran

cabeza negra, una reserva
llena de sueños

de los que no soy parte, aunque les sigo
el hilo, como el humo de un arma en un claro

o una hueste lejana de voces en lo oscuro, corriendo
hacia nosotros, arriesgando al viento su alegría

como si la tierra misma
estuviera hecha de deseo.



Et Canem meum



It's only when rise to take my leave,
you know this dog is mine:

for he keeps to himself, in the corner,
unless he is needed,

invisible, silent,
seemingly half-asleep,
a slightly elaborate shadow

amongst the shadows,
till, rising to his feet
in one swift move,

The way a bear, emerging from the trees,
is strangely more than anything you know,

He goes along with me - and I with him -
and what I lack, he carries in that great

dark head, a brimming
reservoir of dreams

I am not party to, although I catch
the drift of it, like gunsmoke in a clearing,

or some far host of voices in the dark,
running towards us, changing their joy to the wind,

as if the earth itself
was done with longing



Otros poemas de John Burnside, 
Fuente: Hablar de poesía / Jámpster
Traducción: Daniel Lipara

Imagen: Herald Scotland

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