julio 31, 2018

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Daniel Freidemberg

Abril   



Acá la noche. La  
        hilera de luces 
de la avenida, atrás,  
y acá, ahora, alta, en la 
noche, una estrella.  
               ¿La misma? 

No sé: una es- 
trella, al- 
go ahí, en  
           lo alto 
del mundo, en  
el mundo,  
que brilla, 

como si  
fuera a irse,  
o no alcanzara  
del todo a llegar. 
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"La greca nítida de sombras..." (Anthony Hecht)

Una greca, palabra proveniente del Latín graeca​ es un ornamento que consiste en:
  • Franjas donde se repite un mismo motivo. Se usaban en Grecia como ornamentos, tanto en arquitectura como sobre utensilios de cerámica, y probablemente también en el vestido. De allí su nombre. Sin embargo, se las encuentra también en la egipcia y asiria, así como en la de los mixtecos.
  • una faja más o menos ancha en forma de cadena por la continua repetición de un mismo dibujo
  • líneas o listas que van tomando diversas direcciones, especialmente aquéllas que forman siempre ángulos rectos.
  • es una especie de cuadro en el que su contenido es un mismo dibujo realizado muchas veces.
Ha tomado el nombre por considerarse este adorno originario de la arquitectura griega, aunque cabe destacar que su nombre original en dicha cultura es el de Méandro (Μαίανδρος). El meandro es un ornamento griego que se compone de una U encadenada mientras que dibuja un trazado más complejo incluyendo una retroalimentación al volver.​
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Greca

Una excusa para reproducir este hermoso poema:


Una colina



En Italia, donde estas cosas pasan,
tuve una vez una visión —se entiende:
no como las de Dante, no la visión de un santo,
quizá ni una visión de veras. Con mis amigos
curioseaba en la plaza soleada
muy de mañana. La greca nítida de sombras
de las grandes sombrillas cubría el pavimento:
bajíos relucientes en que anclaba la breve
armada de carretas. Libros, monedas, mapas,
paisajes burdos, feas estampas religiosas,
todo en venta. Colores, ruidos,
manos al vuelo: gestos exultantes;
aun el regateo

julio 29, 2018

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Ida Gramcko


No, la tierra no podrá ser la tierra,
ni la muerte podrá ser la muerte,
ni la vida la vida,
hasta que mi alma no haya conocido toda
la espantosa pesadilla,
y no se haya internado hasta la entraña
del hondo, humano abismo.
¡Ah! ¿Qué valen aquí, sobre este mundo,
mi espíritu y mi instinto,
si aún tienen un temblor de ensueños claros
que son claras mentiras?
No, no, no puede ser, ni puedo
tampoco ser yo misma,
hasta que no haya saboreado toda,
toda la hiel amarga y el acíbar.



Ida Gramcko (1924, Puerto Cabello / 1994, Caracas, Venezuela)
Enlaces:
http://www.otroparamo.com/2016/09/06/poemas-de-ida-gramcko-seleccion-de-ediciones-letra-muerta/


julio 28, 2018

julio 26, 2018

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Alicia Genovese


La obturación



más tarde volverá
a escribir
lo que ahora tacha
dejará de pelear
quizá olvide lo tachado
pero no aquel movimiento
donde la memoria
empuja ciega
sobre el silencio de lo borrado
se reanuda
hojas retoñan
en el tallo del rosal
la poda dejó cortes al sesgo
la luz del jardín amplifica
no selecciona
no descarta.



Poetas argentinosOtros poemas de Alicia Genovese, aquí

julio 24, 2018

julio 21, 2018

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Roni Margulies


Roni Margulies

Planta Baja



Nuestro ascensor me habla, mientras subo
o bajo, con tono protector y amable.
“Aquí estamos”, me dice “puedes bajarte”.
Me dice el piso al que hemos llegado,
siempre me hace saber dónde estoy.

Pero todas las veces que bajo para salir
a las calles, a las que no pertenezco,

entona “Begane grond” con una voz
que me suena levemente preocupada,
“He aquí”, creo que me dice, “he aquí el mundo,

abre la puerta, sal. Y no te inquietes,
todos aquí son extranjeros como tú.
Nadie pertenece. En ninguna parte.”

julio 20, 2018

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Mircea Ivănescu

Poesía rumana


el bosque de abedules



vivir en un bosque – como en un cuento romántico
alemán – mas reescrito por un ruso, pues hay un bosque blanco,
de abedules – con un silencio luminoso, un poco
triste – como una primavera, que en ese collar
de cuentas ambarinas de los días, de las noches, deslizas
entre tus dedos – y ya no sabes si no te repites
hasta al infinito, o si has llegado al final, con frías
tardes, cuando vuelves a la casa de madera, con lentos pasos
– retrasar la llegada y la luz plateada.
morar en un bosque – en un tiempo de abedules
y que cada mirada cuando alces hacia los árboles los ojos sea
verdadera, decirte – mira, éste es un instante ralentizado y le
seguirán otros, asímismo lentos y verdaderos.
y aquí, por un lado, por el otro, entre estos árboles plateados
que sea tan sencillo todo – y maravillosa
la luz, como si no lo vieras en un libro plasmado
y no estuviera en una parábola sobre la muerte todo basado.

julio 18, 2018

julio 17, 2018

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Irene Frydenberg

El trono familiar



Ya sabés, no es indolencia.
Anudada la anatomía y perdido el destino en el mareo y el insomnio
descubrís que el trono familiar también se sostiene sobre tus hombros.

El futuro se abotarga y nadie dará hosannas por tu nombre.
El peso cargado no tiene beneficios,
es una mole de desaliento en cada inspiración y es hipo de hielo en los latidos.

¿Acaso es posible andar así?
Cada herida abre un río de aguadija
que irá a dar nuevamente en la misma herida o en otra de igual tenor.

Sería prodigioso que las cosas fueran de otro modo.
Los tronos,
cayendo a plomo sobre nosotros,
a menudo detienen nuestro paso
o nos condenan a mirar la vida sin poder hablar con ella.



El vikingo



moldeaba el vaso como para elixires de primer orden
acariciaba como un vikingo
y se reía de cara a la ventana como en un barco

nada lo hacía retroceder –solo su madre-
y mientras tomaba el tren para su yugo
daba tres palmadas al aire como diciendo: el día es nuestro

se había dejado crecer las patillas
fumó una tarde cuando tuvo sed y cosquillas
amasó un pan con sabor a torta frita y esperó la lluvia

nos acurrucamos
eso fue todo




Nacida en julio de 1956 y sin saber mucho qué hacer llegué al Taller Mario Jorge De Lellis con unos recién estrenados 19 años. Después de eso la poesía se convirtió en algo serio. Libro editado, "Nosotros los lúdicos". sin editar cuatro o cinco, el último de los cuales se llama "El arsenal de las uñas". Mientras tanto, la vida. cantar y enseñar a cantar. Un disco grabado, A tientas. Además, un hijo y una casa que siempre he cuidado amorosamente.

Otros poemas de Irene Frydenberg, aquí

julio 15, 2018

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Alejandro Cesario

¿Progreso?




Se parte con escarcha del suburbio,
con ahogo correoso,
con bocas de tormenta tapadas,

el oído percibe
el olor del chiflido sordo,

la canilla de cálidos veranos aún está goteando,
me empecino en entrar.

A metros de la puerta de mi casa,
pequeñas criaturas beben la leche cuarteada de sus madres.

A la madrugada cruzamos
al Gran Buenos Aires,
los pastos de los terrenos baldíos están crecidos
y los perros flacos,
una vaca se inclina a beber el moho
y una mujer panzona con sus siete niños a un costado.
El chasquido del látigo golpeando
sobre el lomo del caballo.

Expulsada criatura
juega en los canales de desagüe.

En el portón de la ex fábrica la ex algodonera
se amanece golpeado y meado.

Aquí se calló la voz
y calló sin convicción,
aquí se orina sin resureccíon.

Pábilo aliento se desase en el puño del deseo,
en el intento de ser un barrio.

En la casilla de madera del guardabarrera se apagó la luz.

Los pastizales bordean las vías.
Tres vagabundos sentados se pasan la ginebra, también el cigarrillo,
lentamente se duermen en un entramado de probreza.

Sobre la loza, la única loza negra de la cuadra,
tres pibes juegan, remontan ilusiones.

Un hombre corre por el puente que cruza el arroyo,
intenta alcanzar el tren que llega a la estación.


De: "La última sombra", Ediciones la yunta, 2015



Desentierro de mis sueños


a Matilda

Los vi lejos,
a pesar de que Matilda me los hizo ver de cerca.

Uno paleaba
y el otro preparaba la talega negra,

al rato,
ambos la llenaban de huesos.



Recuerdo



Me mira, me habla
en esta noche de insomnio.

Yo escucho, escucho
pero sólo oigo su risa
que sale del espejo.

Sus labios se mueven
Hablan y son los míos.


Camino del Buen Ayre



Orillan con la piel rojiza resignados,
quebrados al amparo de la lluvia punzante.

Como aves de rapiña
retuercen sus tripas
sosegando la gusa,

no la desidia


De: "El bruto muro de la casa propia", Ediciones la yunta, 2018



Alejandro Cesario (1967, Buenos Aires, Argentina)
Imagen: Moebius en la radio


julio 05, 2018

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Añosluz Editora presenta "Apolo Cupisnique", de Mario Montalbetti

Mario Montalbetti

Himno


Todavía quedan días en los que me digo:
hay un lugar que puedo hacer mío,
un café, por ejemplo, que puedo reclamar
como propio, luego de tantos excesos

o un terreno baldío en las afueras.
Pero eso sólo quiere decir que hay objetos
que me encuentran familiar, inanimado.
Mi anhelo es retórico: no espero afecto

de las cosas. Por eso mismo admiro
dos incomodidades: las sillas de madera
y las letras. En cambio, los poderes y la lujosa
circulación del guiso me dejan indiferente.

No en la explicación sino en la soledad
deseo usar estas palabras: yo no soy de acá.



Como Walcott



Escribo a mano con un lápiz Mongol No. 2 mal afilado
apoyando hojas de papel sobre mis rodillas.

Ésa es mi poética: escribir con lápiz es mi poética.

Si alguien pregunta como quién quiero escribir
respondo «como Walcott». Ésa también es mi poética.

También, esperar a que ella me muerda el cuello
es mi poética. La salobre oscuridad del mar, la insistencia
de sus golpes y el aire húmedo encima, lleno de pliegues,
es mi poética. Ella pregunta como quién quiero escribir

y yo respondo «no sé, como Walcott». O más bien
mi poética es di algo visceral de una buena vez,
como en la ópera, sin esperar que ocurra una muerte
especialmente interesante al final: es mi poética.

Lo del lápiz mal afilado es indispensable para mi poética.

Sólo así quedan marcas en las hojas de papel
una vez que las letras se borran y las palabras ya no

se entienden o han pasado de moda o cualquier otra cosa.



Traducción radical



Enseñarle castellano a un perro
es la verdadera enseñanza.
«Nunca va a aprender», dicen.
¿Por qué? ¿Acaso el castellano
es cuestión de inteligencia? Tal vez
sería mejor aprender a ladrar entonces.
¿Por qué no lo podemos hacer?
¿Porque somos demasiado inteligentes?
Me gustaría decir «Yo te quiero»
ladrando. Un perro es un verdadero
otro. Alguien que no comparte
mis reglas. Casi ninguna. A veces
decimos algo y el perro acude.
A veces el perro ladra y lo ignoramos.
En comparación, aprender aymara
(dialecto moqueguano, digamos)
es sencillo. Se puede hacer.
Tal vez la pronunciación no sea
perfecta, pero nos dejamos entender.
¿Cómo será ladrar con acento humano?
Los perros reirían sin parar.
«Y éste ¿de dónde salió?» dirán.



Otros poemas de Mario Montalbetti, aquí

julio 04, 2018

julio 01, 2018

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Milo de Angelis

La lentitud




"Quería que todos se detuviesen"
dice
con la bufanda apretada
mientras cruzamos los charcos
“no quería volverme distinta"
y son confusas las palabras, entre los pasos, hoy,
en los bordes de la acera
“Jiskova está lejos
y nunca se nada de los demás” y mientras tanto
empieza este campo, en el fondo de la avenida
el olor de los patios
después de los últimos tranvías “...cuál alegría... de qué
hablas... te alcanza este...
...este amor lleno de deberes... donde
como máximo se es perdonado... los que pueden...
...te conformas con esto...”
pero hay demasiado viento, y palabras llenas de consonantes
para decir que se acaba
y silabeamos “nerozumìm, nerozumim”
en la mañana como en el rubio pálido
una cosa inaferrable
que resbala sobre el asfalto, una vez sola
"...pero ahora la prueba es para nosotros...
nosotros que no podemos ver...” los camiones
pasan lentamente, cargados,
en el fondo de la curva
y los muros de estas casas, el olor a cocina
"dónde estás" me pregunta, en un idioma
indemostrable, y no habla.



La lentezza



“Volevo che tutti si fermassero"
dice con la sciarpa stretta
mentre attraversiamo le pozzanghere
"non volevo diventare diversa”
e sono confuse le parole, tra i passi, oggi,
ai bordi del marciapiede
“Jiskova è lontana e non so mai degli altri” e intanto
inizia questa campagna, in fondo al viale
l'odore dei cortili dopo gli ultimi tram "...quale gioia... di cosa
parli... ti basta questo...
...questo amore pieno di doveri... dove
al massimo si è perdonati... quelli che possono...
...ti accontenti di questo..."
ma c'è troppo vento, e parole piene di consonanti
per dire che finisce
e sillabiamo “nerozumim, nerozumim”
nel mattino come nel biondo pallido
una cosa imprendibile
che scivola sull'asfalto, una volta sola
"...ma ora la prova è per noi...
noi che non possiamo vedere...” i camion
passano lentamente, carichi,
in fondo alla curva
ei muri di queste case, l'odore di cucina
“dove sei” mi chiede, in una lingua
indimostrabile, e non parla.



Otros poemas de Milo de Angelis, aquí
Traducción: Javier Barreiro Cavestany
Fuente: Fondo Hugo Gola

Imagen: Alchetron

FIN DEL EPISODIO

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