25 noviembre 2018

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Elisa Molina

Fantasma



Despierta de la pesadilla de no saber
quién es, cuánto tiempo ni qué hizo de su vida.
Afuera, todavía no empalidece el cielo,
por eso las cosas apenas proyectan sombras.

Se inquieta en el segundo de no entender
que son casi las siete de una tenue mañana
de invierno -otra más- y vacila entre la mano
que le tiende desde su orilla el saber del día

y la visión aérea de la ciudad del sueño.
Pero se desleen las imágenes, se licuan,
le quedan las palabras, algunas frases sueltas,

y la operación de traducir que la define
como un fantasma que no puede vivir más
que oscilando en el vacío de ambos lados.



El ángel de lo diminuto



El ángel de lo diminuto sueña
en pequeño. Vive en el ojo

de una aguja de coser.

La aguja está en una lata que fue
de galletas. La lata, en un cajón.
El cajón en un mueble de la casa.

Antes de dormirse, en el capullo
de su oscuridad, enciende en la noche
un cigarrillo para ver el hilo

de humo rodar más allá del delgado
óvalo de acero que es su morada
y la ínfima brasa y a sí mismo

como si estuviera al borde del tiempo.

En el otro borde, el mundo y sus cosas
terribles pasan todo el tiempo, deja
a veces niños muertos en la arena.

Cosas que, aun para su eternidad
de ángel son monstruosas y se ciernen
sobre las ciudades caparazones

de los hombres y mujeres a quienes
ha visto deformarse de dolor
de ira, de espanto, de aburrimiento.

A fuerza de impotencia ahora es
un artista contemplativo, que une
lo útil a lo agradable: el humo

y un dolor que piensa pero no siente.


VIII



Ahora que me acuerdo, ayer creí
comprender cabalmente lo que había
pasado. Quizás fue casualidad:
como un cormorán de instinto certero
empalmé la corriente por el ángulo
que veloz desciende al centro… ¿de qué
que comprendí el día de ayer? No sé.
Siempre retengo el cómo, nunca el pez



XIII



La gata gris se duerme en su rincón.
Una última luz se apaga y se cierra
una última puerta y me disgrego
en el motor que oigo en la calle, lejos,
en el crujir de ramas cuando pasa
una comadreja y en el telón
del silencio. No duermo: mi oración
va sin palabras y consiste en esto.



Mañana en Cape Cod (1954)   

“…in the act of entering a meaningless future”      Mark Strand  


Estoy viendo a una mujer en su casa
desde afuera o un lugar que no está
en ningún lado. Va de una ventana
a otra. La luz de esos interiores
cálidos la recorta en su rutina.

Abril, mayo, junio, el tiempo tiene
lindos nombres, como de hilos de agua,
debe pensar, porque se queda quieta
mirando y se la lleva la corriente.



Te oí decir


A pocos días del comienzo
del invierno presumimos
que, como siempre pasajero,
la estación quieta de la niebla
se abriría a nuestra habitual
preferencia por lo verde
y sin embargo, no. Me fui
apagando y no sé por qué.

Un silencio de blanca cuando
veíamos salir la luna
y un vacío de gravedad
justo en la boca del estómago
incluso en las noches más frías.
Esos minutos pueden ser
la vida y sin embargo, no.
Me fui apagando y no sé.



Elisa Molina
Elisa Molina (1961, Argüello, Córdoba, Argentina)
De: "Cormorán", Alción Editora, 2018







4 Comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustan estos poemas. La ficción que presentan es enigmática. La voz que dice en ellos permanece velada. Expresan un indescifrable naufragio admirablemente escrito. Abrazo a la poeta que los hizo y deshizo.
Alicia Silva Rey

Anónimo dijo...

muy lindo Eli.... me gustaron Fantasma y El angel de lo diminuto... felicitaciones!!! te mando un beso
Gustavo Exequiel Molina Gómez

Martín el del violín dijo...

La primer estrofa de "Te oí decir" está cargada de significado para mí, por lo menos hoy. Preciosos poemas Elisa...

Elisa dijo...

Gracias Martín, Gustavo y Alicia. Es importante para mí (y calculo que para cualquiera) que algo de lo escrito llegue a otro.
Elisa

FIN DEL EPISODIO