enero 27, 2019

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Claudia Masin: un poema inédito

Claudia Masin

Salvaje


Todas las cosas buenas son salvajes y libres 

Henry David Thoreau

Un cachorro de jaguar abre los ojos
cuando la luz empieza
a retirarse y es la hora del hambre, de aprender
a procurarse el alimento
por sí mismo. Cierra
los ojos cuando el sol aparece,
en medio de las hojas filtrándose,
tocándolo como se toca a un animal salvaje
aún pequeño: con suavidad,
con miedo, con prudencia. Yo te dije:
un jaguar no es hijo
de nadie, es siempre huérfano. Pero quisiste
darme casa y alimento, la domesticidad
que cura y tranquiliza a los serenos, que enloquece
y esclaviza a las fieras. No quiero
la familia, la casa, la luz demasiado brillante
sobre el cuero. Duele. El cuero está curtido
pero debajo hay lastimaduras y el calor
las trae de vuelta, me hace volver
a retorcerme, es la soga que me encorva
y me entristece. Yo te dije que no puedo.
No puede la bestia calmarse y condolerse
de sí misma, no puede desprenderse ya
de su fiereza que es amor
aunque aterre a todo el que se acerca: amor a la inestable
y violenta vida que encrespa los nervios,
amor a las silenciosas
ramas del álamo que espera la estampida
porque en su interminable estarse quieto es el momento
más precioso: el momento en que despiertan
las criaturas del bosque y se aparean y se matan
y se lamen las heridas mutuamente, una vez
terminada la batalla que siempre,
pero siempre, recomienza.


Otros poemas de Claudia Masin, aquí

enero 26, 2019

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Gerard Smyth

Gerard Smyth



Rendición




Tu viejo vestido de chiffon

cuelga como el fantasma de Emily Dickinson,
triste y desdichado en el cuarto del fondo. 

Un cuarto al que rara vez entramos.

Evoca recuerdos de una noche en los conciertos, 
un día en Rávena.

Ahí consignamos

a la pila de trapos y el revoltijo de cosas
tu ropa elegante, mi traje de tweed

grueso como una armadura.

Ahí en el armario con perchas de madera
está el sombrero de paja 

de tantos viajes, el ala estropeada; 

y la chaqueta suelta, que perdió algunos botones: 
en otro tiempo de moda,

ahora anticuada como el echarpe de Aran

o la camisa con vuelos, deshilachada lo mismo
que una bandera de rendición.



SURRENDER

Your old dress of full-length chiffon / hangs like the ghost of Emily Dickinson / looking forlorn in our backroom. // The room is one we seldom enter. / It prompts memories of an evening / at the proms, a day in Ravenna. // It is here that we consign / to the rag-heap and the jumble pile / your glamour frocks, my tweeds // as thick as body-armour. / The straw hat that has travelled far / is there in the closet of wooden // hangers, hems unravelling; / and the baggy jacket, some buttons gone: / once it was fashionable, / now it is dated like the Aran-shawl / and the shirt with flounces, / frayed like a flag of surrender.


Gerard Smyth (1951, Dublin, Irlanda)
Traducción: Gerardo Gambolini

enero 20, 2019

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Roberto Echavarren

Doble sueño


Llevabas el cabello suelto con meneo
que tus pasos exageraban a chasquidos.
Bajabas la calle. Nunca supe de ti.
Tu resplandor quedó prendido
al espejo convexo de un convertible estacionado.
Los árboles rompían el silencio con crujidos.
No era alegre la tarde
— no es alegre el silencio sino tranquilo
y fortificado en sí, cóncavo
en la palma de la mano. Después de tu pasaje
parecía que podías llegar. Alguien podía 
vernos a los dos — en otra parte, ni antes ni después
(al costado). Bajabas
del convertible con tricota rosada .
La portezuela al cerrarse implicó otras subidas y bajadas.
Habíamos estado juntos una vez. En la vida paralela
tuve el hábito de estar cerca de ti.



Nostalgia


Un pobre animal asustado
contra el rincón de la cabina
ya no sale al encuentro de alimentos;
preserva una semblanza,
una concordia, una visita.
El casi cadáver agoniza enfrente.
Podemos vivir solos
pero no sin compañía de los muertos.
Viento negro atraviesa
el boquerón desgarrado.
Entramos en la alberca; gotea lluvia cálida:
aquí ellos acompañan el eco y el silencio.
El casi cadáver, Berenice,
emergió con la tea de la luna 
para mirarte, buscarte todavía —
ojo vidrioso, muda
pero con el ademán
de quien hablará última.
Señala el cielo
con guante transparente que engloba el paisaje
y se ausenta en mitad del recuadro.
Vendrá la muerte, tendrá tus ojos:
avispas oscuras
entre el labio y el plato de fruta.
Habrá una atmósfera cálida.
¿Qué pasó con la visita?
No se transforma sino en ella
misma todo el tiempo:
le creció el pelo, se le mueve por la espalda
negra hasta los zapatos;
se volvió al costado para decir: lindo perro. 


El claro


Ahora puedo escribir en pleno día
sobre el acolchado de la llovizna nivosa.
No lleva a ninguna parte;
deja la luz en desbandada , los ojos
en barbecho. Esta vez
no es como las otras. Ahora
no se trata de escribir al costado del día.
Las trampas de cazar erizos traquetean 
en el vacío. El coto resuena
con el caballo que estuvo ayer.
El Invierno es la estación cuando el cielo, borrado de pájaros,
cruje de súbito junto a un banco de madera.
Fue un pájaro, me dirás; yo podré estar de acuerdo.
Ahora — de día — estamos recogidos
como a la noche.
Ahora sí estamos solos.
No se ve el tiempo en que te perdí.
Podremos tomar café
frente a una ristra de tablas empapadas, en vacaciones.
Ya no sé de ti
salvo en una conversación de cosas.
Ya no sé de ti
— pero el día no sabe nada de nada.
Disponibles, tranquilos
tenso el arco de caza,
esperamos las bestias que han de ofrecer
junto a la verja visitas
por el vapor borradas. 


Roberto Echavarren
Roberto Echavarren (1944, Montevideo, Uruguay)
Imagen: Héctor González De Cunco

enero 17, 2019

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Juan Liscano

Juan Liscano

Siempre


A Carmen Teresa

Decirlo
No se sabe sino ignorando
cuando se avizora
cuando se prueba el saber de sabores
cuando se levanta entre las sábanas
un feroz paisaje de olores y de lianas
cuando la desnudez
               frágil y poderosa
resplandece en la penumbra de la alcoba
y el tiempo grita 
               y se oyen nombres
palabras recortadas por tijeras de fuego
y se sabe y no se sabe
               y se es sabor
y todo sabe a cuerpos vivos fermentando
recobrados los instintos cazadores
iniciales
recobrada la virtud de estar
juntos solos
y en las axilas se besa un íntimo amargo
y lo oculto abre su interior
en la prueba de probarse
contra la muerte
                         que espera.



No pasa el tiempo


No pasa el tiempo
           pasamos nosotros.
El tiempo no tiene tiempo
mas hay el desgaste nuestro
los tajos
nuestro miedo
a ser devorados por el porvenir
y cabe decir que no hay muerte
porque la muerte no muere
mas hay nuestro pavor del vacío
del hueco
de ser borrados por la ausencia.

Tiempo y muerte: vocablos
nacidos de un pánico antiguo
nombres secretos
de la poda la cosecha los renuevos.
Están en la afluencia solar de la energía
en el movimiento de la vida
en el mínimo resplandor terreno
— esas uvas que relucen en el mediodía
con su promesa y su presencia. 



Juan Liscano (1915 / 2001, Caracas, Venezuela)
Fuente: Digital Commons

enero 16, 2019

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4 poemas de Diego Brando



Diego Brando


Ruido de ángeles cayendo en el patio
y de insectos tragados por las arañas.
Los frutos crecen y absorben la noche
y destilan el azul más bravo del universo.
He oído demasiado caerse
el mundo sobre la casa,
y cargar con sus cimientos sería
darle de comer a los chacales.
Se precipita la lluvia y las gotas golpean
sobre el cobertizo, como un oro pálido.
Huyo entre la bruma y pienso en no regresar;
detrás cuelgan las ropas de los muertos.
Qué loca idea fue nacer, madre,
en noche de tormenta y lloviznas.
Algo se quebró desde el principio.


enero 14, 2019

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Eleonora González Capria

Eleonora González Capria

Sábana


Volvimos en un taxi
y adentro lo que había
no conocía el cielo.
Algunas cosas tienen que viajar siempre en tierra
y las que no
nacen igual a veces en cuartos bien cerrados.

Quizás el cielo le llegó entre sueños como una sábana
azul que se alejaba siempre, y al final
despertaba temblando, pesadilla crónica
del deseo o del instinto.

Después soñé también mis propias pesadillas
el arrepentimiento
lo que nadie me supo explicar de guardarse
lo que debiera andar alto.
Ya en casa por las noches
le cargábamos una manta encima
para que no soñara feo o despertara llorando.

Pero eso fue más tarde.

Primero nos lo dieron pájaro
adentro de una caja.

enero 13, 2019

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John Burnside: Aprender a dormir

John Burnside

UN ENSAYO SOBRE EL DUELO

                                                                para Lucas

I Al cavar una tumba para Oxy, un gatito negro atigrado, Octubre 2016

"Es muy amargo", respondió;
pero me gusta
porque es amargo
y porque es mi corazón".
Stephen Crane


Lindo día, para esta época del año,
sol en los árboles del seto, un solo
gavilán vuela sobre el potrero.
Es difícil cavar esta tierra, y cada vez cuesta más:
quince centímetros y tengo que volver a buscar el pico

para sacar las piedras grandes de la arcilla
y después, con la manta que vamos a usar de mortaja tendida en el pasto,

terminamos  en silencio la tarea, parando
solamente  una o dos veces
a calcular la profundidad y recuperar el aliento.


Sin nada que decir, desmigajás un puñado de tierra
para que se entibie en tus manos
y espolvoreás la tumba que improvisamos
con esas migas frescas, negras;
y después  de un momento sigo yo, respetando el silencio.

Nada que decir, pero me viene a la cabeza, desde lejos,
la voz de una vieja publicidad que me hace acordar
a la Nueva Jerusalén de cada canción
que mis padres me hicieron bailar, papel picado
rosa en mi camisa, la chica de moda,

una quimera de lentejuelas en mis brazos;
nada que tenga sentido, y sin embargo suficiente
para oponerme a ese relato tan de los años cincuenta
de lavanda y naftalina
en el vestido de novia de mi madre, las mangas huecas

más fantasmales que la novia que no tuve.
Tanto que lamentar, ahora,
que apenas doy abasto:
despierto con mis libros hasta tarde, a la luz de la lámpara,
el corazón en un anzuelo, me alimento de todo lo que encuentro,

después duermo hasta tarde, un Neanderthal
contemporáneo, las planicies
implícitas en mis ganglios basales,
polvo que flota en el hall, el sol del mediodía,
y una suerte de dolce stil nuovo en la punta de la lengua.

Tanto que lamentar, y todo eso
casualidad,
esa maldita vocación de defender lo mío
toda la vida, mientras lo que creía sólido se deshacía
como nieve en el calor de una parrilla hibachi.

Veo que parecidos somos, qué distintos;
y que llegaste a ese estado en el que ser incomprendido
también es una especie de vocación, un árido refugio
al que vos te aferrás porque es duro
y porque es tuyo;

pero debo aceptar que sos propenso al dolor:
y no es un don, en absoluto, sino un tesoro que cuidar
como al latido de un pájaro cantor
que se cayó, y es levantado y protegido
hasta que se anima y vuelve a volar.

En general, como sabemos, esa presencia se disipa
hasta volverse un pedacito de calor en una caja de zapatos forrada de musgo,
pero de vez en cuando levanta vuelo desde tus dedos
abiertos y se abandona suavemente al aire,
mientras se va oscilando hacia los árboles.

De ahí en más
ya no hay canción que vuelva a ser la misma;
te pones a escuchar, a la espera de alguna
señal de curación en los dialectos varios
del zorzal y el petirrojo.

Recuerdo la mañana en que nos fuimos caminando
desde Leuk Stadt a Susten:
después de la primera nevada, tu hermano y yo
y vos, adelantándote para dejar huellas nuevas
en el sendero, entre las viñas.

Alguien se había marchado, o muerto, y sus uvas
estaban negras en el enrejado,
ya resecas por el frío pero aún
intensamente vivas, a su modo, una indeleble caligrafía
tiñendo los alambres con determinación y arrojo ciego.

Trepamos por la senda congelada hasta Alte Kehr, la nieve fresca
densa sobre los muros de piedra que rodean la ciudad,
y todo parecía descifrable,
el deshielo en las huellas de un gato que anduvo merodeando
y la luz de la nieve en sus caras, como una bendición.

Par esta zona, oí decir, de vez en cuando
una mujer se levanta de su cama sin hacer ruido,
y sale temprano a la nieve de la mañana
sin dejar huellas mientras camina hasta el final de la senda
sin vapor en el aire, sin sonido, sin rastro;

y aunque sea una de esas que imaginaríamos
como una madre digna y fiel, prudente y amorosa, también sabemos
que ha viajado más allá de todo apego
por el Lugar que deja atrás, por los que siguen
adelante ya sin ella:

una mujer al atardecer, de blusa blanca y sandalias borravino,
que canta porque piensa que está sola
o que acaricia al gato mientras las nubes se amontonan
y lo que parecía seguro se prepara para la oscuridad que se acerca,
hojas de parra y aguanieve, setos en flor, sangre y espina de pescado


AN ESSAY ON MOURNING
for Lucas
I ON DIGGING A GRAVE FOR OXY, A BLACK TABBY KITTEN, OCTOBER 2016
"It is bitter - bitter;" he answered; "But I like it because it is bitter, And because it is my heart."
STEPHEN CRANE

A fair day, for this time of year/ sun on the hedge trees, a lone /sparrow-hawk over the paddock./ Digging on this ground is hard, and then it gets harder: /six inches down, I have to go back for a pick //to prise the larger stones out of the clay;/ and then, with the blanket-weave shroud laid out in the open, /we finish the job in silence, only/ stopping once or twice/ to estimate the depth and catch our breath. //With nothing to say, you crumble a fistful of loam/ so it warms in your hands,/ and sprinkle the grave we've contrived/ with the raw, dark crumbs;/ and, after a moment, I follow, respecting the silence.//Nothing to say, but far at the back of my head,/ a voice from an old commercial, calling to mind/ the New Jerusalem of every song/ my parents made me dance to, pink/ confetti on my shirt, the latest girl//a chimera of sequins in my arms - nothing that made/any sense, but just enough/ to contradict the '50s narrative/ of lavender and naphtha in/ her wedding dress, the hollow of her sleeves //more ghostlike than the bride I never saw./ So much to grieve for now,/ I can barely keep track:/ sitting up late with my books, in the anglepoise light,/ heart on a fish-hook, I feed on whatever I can,//then sleep late, like a latter-day/Neanderthal, the plains/ implicit in my basal ganglia,/ a dustfall in the hall, the noonday sun,/some dolce stil nuovo, of sorts, at the tip of my tongue.//So much to grieve for - and all of it/ happenstance,/ the curse of a lifelong vocation for standing my ground/ while all that I once thought solid frittered away/ like snow on a lit hibachi. //I see how alike we are, and how unalike;/ and I see you have reached that condition where misunderstood/ is also a kind of vocation, the hardscrabble refuge/ you ding to because it is hard, and because it is yours;//yet I have to accept that you are inclined to grief:/ by no means a gift, but a treasure that must be/ guarded, like the heartbeat of a fallen/ songbird, gathered up and carried home/ to safety, till it dares to fly again.//More often than not, as we know, that presence fades/ to a morsel of warmth in a shoebox lined with moss,/ but once or twice it soars from your parted/ fingers, soft surrender to the air,/ as it flickers away to the trees. //From that point on,/ no song will be the same;/ you listen for yourself, for some thin trace/ of healing in the varied dialects/ of mistle thrush and robin.//I remember the morning we walked/ from Leuk-Stadt to Susten:/ lost the first quick snow, your brother and I/ and you, running on ahead, to make/ new footprints on the path between the vines.//Someone had left, or died, and their grapes/ were black on the trellis,/ shrivelling, now, in the cold, but still/ so fiercely alive, in their way, an indelible script/ of purpose and blind resolution inking the wires.//We climbed the icy track at Alte Kehr, the new snow/ thick on the dry-stone walls around the town,/ and everything, it seemed, was legible,/ meltwater filling the tracks where a cat had lingered,/ the snow-light on your faces, like a blessing.//In these parts, I've heard it said that, now and then,/ a woman will leave her bed without a sound/ and go out early in the morning snow,/leaving no prints as she walks to the end of the track,/ no vapour on the air, no sound, no stain;//and though she is one of those we would surely imagine/ as loyal and decent, a careful and loving mother, we also know/ she has travelled beyond any strong/ attachment to the place she leaves behind, or those/ who carry on without her://a woman at dusk, in a white shirt and wine-coloured sandals,/ singing, because she thinks she is alone,/ or bending to fuss the cat, while the snow-clouds gather,/ and all that seemed sure stands poised for the darkness to come,/ vineleaves and meltwater, hedge-blossoms, fish blood and bone. 


De: "Aprender a dormir", Audisea, 2017
Traducción: Daniel Lipara
Otros poemas de John Burnside, aquí
Imagen: Getty Images

enero 10, 2019

enero 03, 2019

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Massimo Gezzi

Massimo Gezzi

Una despedida


Se paró a observar los últimos destellos
de luz que ahondaban detrás de los montes.
«No mienten nunca, los niños,
cuando pintan el sol rojo y las nubes
rosa sobre un fondo azul cobalto. Quizás sean
los únicos que todavía saben mirar algo».
Apoyó el vaso en la mesa,

enero 01, 2019

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Andrea Cote Botero

Andrea Cote Botero

Lección única sobre las cosas viejas


Ya dije:
no sé quién inventa el olor de la casa,
no sé.
Más aún si lo que te gusta es
la vista ruinosa de los tejados
y la pared deslucida, el muro demolido
y su puerta que ya no tiene afuera.
Más aún,
si ya no recuerdas que no es el olor,
sino la bondad de las cosas
al exhibir su derrota.


FIN DEL EPISODIO

FIN DEL EPISODIO
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