julio 30, 2010

,   |    |  

Waldo Rojas
















Mercado de carnes









Mediodía de un Viernes y en el Mercado de Carnes

el agua se une en las aceras a la sangre

camino de las alcantarillas.

Mezclándose con todo, por los ojos,

luminosidades que ascienden por su luz,

y asciende el eco sucio de esa agua envilecida.

El resto es permanencia y prolongación.

Toda la ciudad de apacibles cadáveres colgantes

oscila con sus oscilaciones

bajo un sol que surge nuevo de los colores que establece.

Esplendor de una mañana que hurga en los comestibles,

la carne inerte revive en la agilidad de los dedos

que la agitan

como piezas desmontadas de un puente herrumbroso.

Entonces un comercio de muecas y de voces

a golpes de compás del filo de las dagas:

en el mercado de carnes a esta hora

la luz y el fervor son el Orden Inmanente.

La muerte no se halla a ningún precio.











Waldo Rojas (Concepción, Chile, 1944)

De: "El puente oculto", Michay, 1981 



Imagen:beethoven.fm


julio 28, 2010

, ,   |    |  

Horacio Salas
















Más allá del bien y del mal








"Se dice que Nietzche, después de haber roto con Lou Salomé, en una soledad definitiva, aplastado y exaltado al mismo tiempo por las perspectivas de esa obra inmensa que iba a llevar a cabo sin ninguna ayuda, se paseaba por las noches entre las montañas que dominan el golfo de Génova y allí encendía grandes hogueras de hojas y ramas, que él contemplaba consumirse"

                                       Albert Camus









Cuando sopla los rescoldos de las primeras luces

sus ojos continúan escondidos -cada vez más pequeños-

entre bocanadas de humo y ese rayo que penetra oblicuo

-me atrevería a decir que inúltimente-el dormitorio

con una precisión de geometría euclidiana

la memoria regresa desde habitaciones acolchadas

donde el alcohol repite sus ojeras

porque el oceáno se ha encargado de inundar las bodegas

y los caballos locos arrasan los cultivos

tan amoramente trabajados

y los espectros de las primeras noches se han hecho familiares

y cambiaría toda su biblioteca por una simple sonrisa

por el roce de su mano en sus manos

por la paz de las tardes de octubre

en la ciudad lejana que ocuparon los tártaros

Pero todo está dicho

y hasta los esqueletos de las catacumbas

parecen los muertitos de azúcar de Querétaro



            (apenas una fórmula de tiza

             trazos favorecidos del Testut de 1921

            ¿o era aquella madrugada entre lágrimas y frases

                     de ternura

            capaces de marcar el escudo de una ganadería en pleno pecho?)



Y teme a esas palabras que caen de los balcones

igual que enredaderas

cuchillos que cuelgan como arañas

y poco a poco volverá el fuego a su memoria

al contraluz de una hoja de otoño en la barranca

a una casa abandonada al lado de las vías

a ese ruido de platos y cubiertos que se chocan

mientras el satélite cruza por el cielo

detrás de un farol rojo

donde Liza Minelli y Judy Garland cantan Swannie

una vez

y otra vez

y para siempre











Horacio Salas (1938, Buenos Aires, Argentina)

De. "Custiones personales", Torres Aguero Editor, 1985



Imagen: palabravirtual.com

julio 27, 2010

,   |    |  

Lawrence Ferlinghetti

Lawrence Ferlinguetti

I



En las más grandes escenas de Goya nos parece ver
                                                                       a la gente del mundo
exactamente en el momento en que
               consiguieron el título de
                                                 "sufriente humanidad"
Se contorsionan sobre la página
                                en una verdadera furia
                                                                de adversidades
Apilados
           gimiendo con niños y bayonetas
                                             bajo cielos de cemento
en un paisaje abstracto de árboles marchitos
         estatuas dobladas alas y picos de murciélagos
                             horcas reabalosas
        cadávares y gallos carnívoros
        y todos los monstruos finales
                  de la
                         "imaginación del desastre"
ellos son tan barbaramente reales
                   es como si aun realmente existieran

Y existen
    sólo el paisaje ha cambiado

Todavía están en línea en los caminos
         plagados de legionarios
                          falsos molinos de viento y gallos dementes

Es la misma gente
                          aunque más lejos de casa
en carreteras de cincuenta hileras de ancho
                                   en un continente de concreto
                            espaciado con carteleras blandas
                      ilustrando imbéciles ilusiones de felicidad

La escena muestra menos artillería
          pero más ciudadanos mutilados
                                        en autos de colores
              Y ellos poseen extrañas licencias
Y motores
                 que devoran a América   



Lawrence Ferlinghetti (Nueva York, 1919, Estados Unidos de Norteamérica)
De: "Antología", Ediciones del Medioddía, 1969. Traducción de Marcelo Covián
,   |    |  

Lawrence Ferlinghetti

Lawrence Ferlinguetti

I



En las más grandes escenas de Goya nos parece ver
                                                                       a la gente del mundo
exactamente en el momento en que
               consiguieron el título de
                                                 "sufriente humanidad"
Se contorsionan sobre la página
                                en una verdadera furia
                                                                de adversidades
Apilados
           gimiendo con niños y bayonetas
                                             bajo cielos de cemento
en un paisaje abstracto de árboles marchitos
         estatuas dobladas alas y picos de murciélagos
                             horcas reabalosas
        cadávares y gallos carnívoros
        y todos los monstruos finales
                  de la
                         "imaginación del desastre"
ellos son tan barbaramente reales
                   es como si aun realmente existieran

Y existen
    sólo el paisaje ha cambiado

Todavía están en línea en los caminos
         plagados de legionarios
                          falsos molinos de viento y gallos dementes

Es la misma gente
                          aunque más lejos de casa
en carreteras de cincuenta hileras de ancho
                                   en un continente de concreto
                            espaciado con carteleras blandas
                      ilustrando imbéciles ilusiones de felicidad

La escena muestra menos artillería
          pero más ciudadanos mutilados
                                        en autos de colores
              Y ellos poseen extrañas licencias
Y motores
                 que devoran a América   



Lawrence Ferlinghetti (Nueva York, 1919, Estados Unidos de Norteamérica)
De: "Antología", Ediciones del Medioddía, 1969. Traducción de Marcelo Covián

julio 25, 2010

, ,   |    |  

Irene Frydenberg










Nos visitó la buitre





                                        a Martín Sorter





No se reivindica la palabra, consonante

que viniendo del infierno araña costas

porque deja

heridas –malas heridas- a cada rebelión de los insomnes.

Si, corazón, nos visitó la muerte

mordiendo

lo que fueron tardes de fútbol. Nos visitó

bruja / alada / buitre

cargándose a uno de los buenos.

Si, corazón, es verdad el dolor amortiguado;

es verdad pelear por desligarse

pero mientras cada cosa de la vida se nos viene con los platos sucios

la casa ahonda soledad y lágrima

peleando por hacer volver las fiestas donde fuimos tan

                       felices / charlando sobre nada en la cocina los

                       hombres y en el living,

en el living las mujeres.





Fuí feliz







Este no es el momento,

pero quién puede quitarme el placer de ver sobre un plano inventado lo

                  que descubro con un leve golpe de párpados antes de dormir:

personajes que nunca se sabrán nombrados cada noche

rondando mi cama.



Y después enredo máscaras que no hablan mi idioma,

o me agobia el dolor de los muertos y los vivos,

o lastimo los recuerdos de una doble identidad

reconociéndome atada a un final sin testigos:

corriendo por la culpa de la vida olvidada de vivir.



Cuando debería saltar no encuentro espacio,

estará la roca que tallé mostrando su frase:

"hace tiempo fuí feliz".





Irene Frydenberg (1956, Buenos Aires, Argentina)





julio 24, 2010

,   |  1 comentario  |  

Giacomo Leopardi




El infinito



Siempre amé esta colina,
y este cerco que la vista me impide ver
más allá de su horizonte.
Mirando los interminables espacios de allá a lo lejos,
los silencios sobrehumanos y su profunda quietud,
yo estoy con mis pensamientos,
aunque mi corazón no se asusta.
Escucho los susurros del viento detrás de las plantas,
y en el infinito silencio mido mi voz:
y me subyuga lo eterno, y las estaciones muertas,
y el presente real y el sonido de todos ellos.
Así a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
y el naufragar me es dulce en este mar.



Giacomo Leopardi (Recanati, 1798 / Nápoles, 1837, Italia)
De:www.epdlp.com
Imagen: es.wikipedia.org
,   |  1 comentario  |  

Giacomo Leopardi




El infinito



Siempre amé esta colina,
y este cerco que la vista me impide ver
más allá de su horizonte.
Mirando los interminables espacios de allá a lo lejos,
los silencios sobrehumanos y su profunda quietud,
yo estoy con mis pensamientos,
aunque mi corazón no se asusta.
Escucho los susurros del viento detrás de las plantas,
y en el infinito silencio mido mi voz:
y me subyuga lo eterno, y las estaciones muertas,
y el presente real y el sonido de todos ellos.
Así a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
y el naufragar me es dulce en este mar.



Giacomo Leopardi (Recanati, 1798 / Nápoles, 1837, Italia)
De:www.epdlp.com
Imagen: es.wikipedia.org

julio 23, 2010

  |    |  

Roberto Bolaño








En Damen











En Damen hay un bar

donde los empleados se aflojan las corbatas

y beben cervezas junto a muchachas que se roban

los libros de la librería de la esquina.



Sentado ahí escribí un poema

que me gusta mucho.



A la semana volví e intenté

escribir otro poema

sin resultado alguno.



Y es como hace unos días

que vi una puesta de sol en la ciudad

y me dije tengo que escribir un poema.



O el lunes que vi un pájaro chocar

una y otra vez contra el cristal de la oficina

y prometí dedicarle un poema.



O cuando perseguí a la muchacha

que se pinta el cuerpo de naranja

en Michigan Avenue

y ella se dio cuenta y corriendo detrás de ella

le grité tengo que escribir un poema.



Y llego a la mitad de este poema sentado

frente a la bartender que ríe y fuma y los empleados que ríen y fuman y las muchachas que ríen y fuman con sus volúmenes robados de Bataille en las carteras y todos ríen y fuman pendientes a lo que escribo.



Y a medida que escribo, este poema se va llenando de gente que no conozco, de lectores que nunca he

visto, de lectores europeos, mis lectores chinos, argentinos, árabes… de repente el poema es como un bar donde la gente fuma y grita y la única persona que no pertenece ahí soy yo.



John Keats escribió que no hay nada menos poético que un poeta.

El poeta no es la poesía, el poeta sólo escribe,

utiliza las palabras, las sube aquí, allá,

las baja, las roza,

al igual que un albañil levanta blocks y empañeta,

ya que el poeta con las palabras construye casas

para los lectores, esos que son unos hipócritas y se van sin pagar y que a veces se meten en la boca una escopeta tan sólo porque les falta lo que hay dentro de un poema, y a los que buscan y sufren y a los desahuciados el poeta les da cobijo en sus poemas,

a melancólicos, a amantes, a putas, a locos,

a policías retirados…

y tan pronto el poeta acaba su casa

ya esta no le pertenece

y se marcha a levantar más casas a otro barrio y a otro pueblo.



Ahora en Damen anochece.

Afuera el viento juega empujando

los columpios del parque.

Las luces tras las ventanas se encienden.













Roberto Bolaño (Santiago, 1953, Chile / Barcelona, 2003, España)

De: Punto en línea



Imagen: caras.cl





julio 22, 2010

, ,   |    |  

Raúl González Tuñón







Poema en la muerte de una librería de lance y un librero



                           ("La Incógnita" - Sarmiento al 1400)





El se borró primero. "La incógnita" increíble

se deshizo tras él. Su desplomada magia

desparramó un olor de olores diferentes,

a humedades recónditas de patio clausurado,

a azotea que oteaba la luna de otros techos,

las vecinas ventanas grises del Instituo Otorrinolaringológico;

el letrero llovido del viejo cine;  plantas

que solamente crecen en los balcones tristes.

Un olor a subsuelo de sastre pobre.

A casa que habitaron largamente

la soledad y la madera.

Un olor a almacén de ultramarinos.

A bodegón que invaden los ratones y el tedio.

A ese polvo que cubre en los desvanes

las cosas olvidadas, y en el otoño.

Y era como una selva de papel pensativo,

con horizonte de cartón pintado.

O era un buque de carga silenciosa,

preso en los arrecifes de ladrillo.

(Los libros como viajes, como apilados sueños.

                                   Tanto fervor reunido...)



Pasión amontonada, máscaras del desvelo,

campana de la niebla, laberinto,

intrincado país de rara atmósfera,

espesa, grave, lenta,

y el librero salido de un relato de Dickens,

y desde el fondo un tufo

de frías viandas y de ásperos vinos.

O era como restos que trajo una marca

subterránea, insistente, madre de las vigilias.

O una trastienda honda, un agujero

gigante, en el que alguien, por siglos, fue dejando

rollos cifrados de antiguas pianolas,

amarillos infolios, gárgolas desvaídas,

excitantes quimeras, desusados grimorios,

contrabando de lámparas prohibidas.



O como catedral de los ritos bibliómanos,

del librero de viejo que convoca

zaquizamiés y chamarileros,

puestos descoloridos de muelles y recovas,

mercado de las pulgas, compraventas,

                               cabeceras del rastro...

Y era una puerta estrecha y un corredor sombrío

y un mostrador sin nadie, al socaire del muro

de papel; escaleras de libros hasta el techo

y en un ángulo, el dueño, impasible, mirando,

con párpados pesados de recuerdo, poblándose

de voces, gestos, rostros de gente que vinieron,

y se llevaron libros, todos, todos los libros,

el gorrión, los tranvías, el verano.

Pero aquella montaña de papel no cedía;

como en la pesadilla del delirio, aumentaba.

Y lo veo acordándose de gentes que pasaron,

se marchaban, volvían, y un día no volvieron.

Novión, Emilio Becher, Luis Góngora, Taborda,

Pacheco, Issac Morales, Enrique, de la Púa...

-Cuando yo regresé, con las sienes plateadas,

Don Costantino preguntó quién era.



Y éste es el epitafio

para una librería de lance derramada,

para la tumba de un librero de viejo,

usado, releído, consumido, empolvado,

que se quedó una tarde sin paloma dormido,

entre portadas, entre ex-libris,

entre viñetas, entre colofones,

diminutos cadáveres de grillos,

flores y mariposas secas entre las páginas,

tanto amor distraído, tanta vigilia anclada...



Y cuando despertó ya estaba muerto.





Raúl González Tuñón (1905 / 1974, Buenos Aires, Argentina)

De: "A la sombra de los barrios amados", Editorial Lautaro, 1957



Imagen: ik-callepoesia.blogspot.com

julio 20, 2010

,   |  1 comentario  |  

Sam Shepard





Sam Shepard













Por qué pienso

“Este tipo está completamente loco”

Sentado en un bar de pueblo

Vestido con un traje de terciopelo negro, con chaleco

Oliendo a Marica de la Calle Catorce

Con un tic nervioso en unos ojos pardos

En los que casi no se ve la pupila?





¿Por qué pienso


“Este tipo está chiflado”


Cuando pregunta si ha nevado alguna vez en San Francisco


Si Herb Alpert toca a veces música clásica?





¿Por qué pienso


“Este tipo está majara”


Cuando me dice que tiene muchísimo talento

Pero le falta tiempo para desarrollarlo?





¿Por qué pienso


“Este tipo está como una chota”


Cuando coge la jarrita de la leche


Y la llama “Esta vaquita tan mona”?



Sé por qué

Porque no oculta

La desesperada distancia que lo separa de la gente










Sam Shepard (1943, Ft Sheridan / 2017, Kentucky, Estados Unidos de Norteamérica)

De: .www.lexia.com.ar

julio 14, 2010

  |    |  

Escritores malos y memorables por Enrique Vila-Matas






No se trata de la moderna y tan manoseada mística del perdedor, sino de la mística del peor, que es bastante diferente. Gracias a la excelente película de Tim Burton, se considera a Ed Wood "el peor director de cine de toda la historia". En junio de este año nos enteramos, coincidiendo con la final del Mundial de futbol, de que la selección de la isla caribeña de Montserrat se confirmó como la peor del mundo, 203 y última clasificada de la lista de la FIFA, tras ser goleada por Bután, la 202 del mundo. No crean que no tiene mérito ser la peor selección. Lo mismo digo para el cine. No es sencillo ser el peor director de toda la historia del cine. A veces, entre amigos, hemos jugado a dar nombres sobre el peor escritor español contemporáneo. ¿Quién es el Ed Wood de nuestra literatura? Naturalmente, han salido muchos nombres, el lector seguro que ya ha pensado en alguno. Sí, lector. Estamos pensando en el mismo. O en aquel otro. O en aquella. La verdad es que son muchos los aspirantes a ese título.







Mientras se agolpan los nombres de candidatos a ser el peor de nuestros escritores he leído en un periódico chileno una noticia de la agencia Reuters titulada así: "El peor poeta del mundo logra inmortalidad en Escocia." Informa la agencia que William Topaz McGonagall, muerto en 1902, ha obtenido reconocimiento póstumo en la ciudad escocesa de Dundee, que tiene previsto conmemorar el centenario de su muerte grabando uno de sus poemas en uno de los puentes sobre el río Tay.





"Su poesía es tan mala que es memorable", ha dicho Niall Scott, director de City of Discovery Campaign, la organización responsable del homenaje de Dundee a McGonagall. "Nadie puede superarle como el peor poeta", ha dicho Mervyn Rolfe, miembro de la Sociedad de Agradecimiento a McGonagall, con sede en Dundee. "A él no le importaba cuántas palabras tuviera el verso, ni cuán largas fueran para obtener las rimas, y la métrica era espantosa", indicó.





Que era malísimo como poeta era algo muy sabido por los contemporáneos de McGonagall, que hasta inventaron el poet-baiting, una forma de entretenimiento público en el que el poeta leía sus versos mientras la gente se mofaba con ganas, se moría de risa dándose de tanta carcajada y alegría golpetazos contra las paredes de los locales donde actuaba. McGonagall, que recitaba con falda escocesa y acompañado siempre de una gaita, fue víctima de muchas bromas y maldades, entre ellas una carta del "Rey Theebaw de Birmania" que le concedía el título de Caballero del Elefante Blanco, que él utilizó toda su vida. Tal vez el momento estelar de su carrera poética tuvo lugar cuando hizo a pie el largo trayecto que separa Dundee de la residencia de la reina Victoria en el castillo de Balmoral, en el norte de Escocia. Convencido de que al Caballero del Elefante Blanco la reina lo iba nombrar Caballero del Imperio Británico, se quedó helado cuando en las puertas de palacio no sólo le prohibieron tajantemente que diera un solo paso más sino que le dieron una patada en el culo, haciéndole rodar por la hierba. Enfadado y confundido, McGonagall viajó entonces a Estados Unidos, donde no pudo vender un solo poema. Uno de ellos, escrito en Wall Street, es muy célebre entre sus admiradores, muy famoso entre todos cuantos le han convertido en una figura de culto. Es ese que empieza así: "En Nueva York comí salchichas de pork ..."





En Nueva York tuvo que pedirle prestado a un oriundo de Dundee dinero para regresar a Escocia, donde ahora se acuerdan de él y de su pésimo talento literario y van a grabar en piedra algunos de sus horripilantes versos. "Se trata", ha dicho el alcalde de Dundee, "de rendir homenaje a un hombre que dedicó su vida al arte de la poesía horrible."





Este año 2002, McGonagall es a Dundee lo que Gaudí a Barcelona.





"Es el reverso de Rimbaud, aunque su trayectoria fue la misma, pues como autor llevó al límite más extremo su poesía, hasta el punto de que llegó un día en el que ya no podía ir en ninguna otra dirección poética, en el caso de McGonagall ya no podía empeorar más", ha dicho muy orgullosa una sobrina-nieta de McGonagall.





Reímos. Pensamos que es un caso extravagante y posiblemente único, creemos que sólo en Dundee son capaces de la excentricidad de encumbrar a un poeta malísimo que encima —porque ahí viene tal vez lo más sorprendente— no nació en Dundee, sino que era de Edimburgo, donde siguen sin apreciarlo ni quererlo. Pensamos que se trata de un caso más bien peculiar ese homenaje de Dundee al señor de la poesía de las salchichas de pork. Pero no es así. Si lo pensamos bien, veremos que, sin ir más lejos, en España continuamente estamos grabando en piedra, dándoles premios nacionales o rindiéndoles grandes homenajes a escritores malísimos. En España es una práctica habitual ese continuo rendir culto y homenaje a ineptos, jaleados por la televisión, la crítica y la Academia. Pero estamos tan acostumbrados a ello que lo encontramos normal y ni siquiera nos reímos ni nos extraña. Aplaudir o buscar la firma de nuestros más pésimos escritores es una arraigada costumbre nacional. Y es que, como decía Oscar Wilde, nuestro público lector tiene una insaciable curiosidad por conocerlo todo, excepto aquello que verdaderamente merece la pena. ~





Extraído de Letras Libres


Imagen: Monografias






El cerdo, si es que no estoy equivocado,

Nos da salchicha, jamón, tocino ahumado.

Por mucho que los demás no estén de acuerdo,

Me parece muy estúpido este cerdo.



William Topaz McGonagall

julio 11, 2010

, ,   |  5 comentarios  |  

Dolores Etchecopar















































el cielo grita a veces como un solo pájaro

y me acuerdo

                       un oscuro jardín estoy desbrozando

espero un sonido de su raíz

                            que me dé una flor al fin

y una confianza



Dolores me llamaron     dolores

                me cubro mientras caducan mis verbos

y nada puedo hacer sin que me duela



me duele cada tramo   cada hijo

           cada corazón y negligencia

me duele la infancia    su pueblo

                me duele cada superficie

cada mañana venturosa que sucumbe a mi tristeza



ésta es mi condición: remover

                               tierra atribulada

darle atrevimiento y paz

                        aunque yo no pueda

leve madre    clavecín que me aflora

y no sé tocar











Dolores Etchecopar (1956, Buenos Aires, Argentina)

De: "El comienzo" (inédito)



Imagen: Analecta literaria

Enlaces: Poéticas






julio 10, 2010

, ,   |  1 comentario  |  

Fernando Pessoa

Fernando Pessoa

Tabaquería



No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
De mi cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quien es
(Y si supieran quién es, ¿Qué sabrían?)
Dais hacia el misterio de una calle cruzada constantemente por gente.
Hacia una calle inaccesible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
Con el misterio de las cosas debajo de las piedras y de los seres.
Con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
Con el destino conduciendo la carroza de todo por el camino de nada.

Estoy vencido hoy, como si supiese la verdad.
Estoy lúcido hoy, como si estuviese por morir,
Y no tuviese más hermandad con las cosas
Que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
La hilera de carruajes de un convoy, y un silbato de partida
Dentro de mi cabeza,
Y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al salir.

Estoy perplejo hoy, como quien pensó y hallo y olvidó.
Estoy dividido hoy entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fracasé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
La enseñanza que me dieron,
Descendí de ella por la ventana de detrás de la casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Pero allí encontré sólo hierbas y árboles,
Y cuando había gente era igual a la otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Qué sé yo lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¿Genio? En este momento
Cien mil cerebros se conciben en sueño genios como yo,
Y la historia no señalará, ¿quién sabe?, ni uno,
Ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos pensativos con tantas certezas!
¿Yo, que no tengo ninguna certeza, soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuántas bohardillas y no-bohardillas del mundo

No hay a esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas,
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas,
Y hasta realizables,
Nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de gente?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que Napoleón.
He apretado a un pecho hipotético más humanidades que Cristo.
He hecho filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la bohardilla,
Aunque no viva en ella;
Seré siempre el que no nació para eso;
Seré siempre sólo el que tenía cualidades;
Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta,
Y cantó la canción del Infinito en un gallinero,

Y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derramemé la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
Su sol, su lluvia, el viento que me busca el cabello,
Y el resto que venga si viniere, o tuviera que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
Pero lo miramos y es opaco,
Nos levantamos y es ajeno,
Salimos de casa y es la tierra entera,
Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, pequeña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates.
Mira que las religiones todas no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Pudiese comer chocolates con la misma verdad con que tú los comes!
Pero yo pienso y, al tirar el papel de plata, que es hoja de estaño,
Echo todo al suelo, como he echado la vida.)

Pero al menos queda la amargura de lo que nunca seré
La caligrafía rápida de estos versos,
Pórtico partido para lo Imposible.
Pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
Noble al menos en el ademán ancho con que arrojo
La ropa sucia que soy, sin orden, para el decurso de las cosas,
Y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
Diosa griega, concebida como estatua que fuese viva
Patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
Princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
Marquesa del siglo dieciocho, escoltada y distante,
Cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
No sé qué moderno —no concibo bien qué—,
Todo eso, sea lo que fuera, que seas, ¡si puede inspirar qué inspire!
Mi corazón es un balde vaciado.
Como los que invocan espíritus me invoco
A mí mismo y no encuentro nada.
Llego a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo los paseos, veo los carros que pasan.
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
Veo los perros que también existen,
Y todo esto me pesa como un condena a la deportación,
Y todo esto es extraño, como todo.)

Viví, estudié, amé y hasta creí,
Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Le miro a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,
Y pienso: tal vez nunca vivieses ni estudiases ni amases ni creyeses
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan la cola
Y que es cola para acá del lagarto revolviéndose.
Hice de mí lo que no supe,
Y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El disfraz que vestí era equivocado.
Me tomaron luego por quien no era y no desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme la máscara,
Estaba pegada a la cara.
Cuando la tiré y me ví en el espejo,
Ya había envejecido.
Estaba ebrio, y no sabía vestir el disfraz que no había tirado.
Acosté fuera a la mascara y dormí en el guardarropas
Como un perro tolerado por la gerencia
Por ser inofensivo
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
Quién me diera encontrarte como algo que yo hiciese,
Y no quedase siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
Calcando a los pies la conciencia de estar existiendo,
Como un tapete en que un ebrio tropieza
O una espuerta que los gitanos robaron y no valía nada.

Pero el Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta y se quedó en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza mal doblada
Y con la incomodidad del alma mal entendiendo.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, y yo dejaré versos.
A cierta altura morirá el letrero también, y los los versos también.
Después de cierta altura morirá la calle donde estuvo el letrero,
Y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto se dio.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente
Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como letreros,
Siempre una cosa enfrente de la otra,
Siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño de misterio de la superficie,
Siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿para comprar tabaco?),
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me yergo a medias enérgico, convencido, humano,
Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia,
Y gozo, en un momento sensitivo y competente,
La liberación de todas las especulaciones
Y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de estar indispuesto.
Después me echo para atrás en la silla
Y continúo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, continuaré fumando.

(Si me casase con la hija de mi lavandera
Tal vez fuese feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Voy a la ventana.

El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.
Me dijo adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
Se reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.



Fernando Pessoa (Alavaro de Campos) (Lisboa, 1888 /  Lisboa, 1935, Portugal)
De. ""Fernando Pessoa, poemas", Cia. General Fabril Editora, 1972. Traducción: Rodolfo Alonso
Enlaces:  Poéticas  Escribirte
Imagen: ananaarendtcenter.org

, ,   |  1 comentario  |  

Fernando Pessoa

Fernando Pessoa

Tabaquería



No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
De mi cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quien es
(Y si supieran quién es, ¿Qué sabrían?)
Dais hacia el misterio de una calle cruzada constantemente por gente.
Hacia una calle inaccesible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
Con el misterio de las cosas debajo de las piedras y de los seres.
Con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
Con el destino conduciendo la carroza de todo por el camino de nada.

Estoy vencido hoy, como si supiese la verdad.
Estoy lúcido hoy, como si estuviese por morir,
Y no tuviese más hermandad con las cosas
Que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
La hilera de carruajes de un convoy, y un silbato de partida
Dentro de mi cabeza,
Y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al salir.

Estoy perplejo hoy, como quien pensó y hallo y olvidó.
Estoy dividido hoy entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fracasé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
La enseñanza que me dieron,
Descendí de ella por la ventana de detrás de la casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Pero allí encontré sólo hierbas y árboles,
Y cuando había gente era igual a la otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Qué sé yo lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¿Genio? En este momento
Cien mil cerebros se conciben en sueño genios como yo,
Y la historia no señalará, ¿quién sabe?, ni uno,
Ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos pensativos con tantas certezas!
¿Yo, que no tengo ninguna certeza, soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuántas bohardillas y no-bohardillas del mundo

No hay a esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas,
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas,
Y hasta realizables,
Nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de gente?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que Napoleón.
He apretado a un pecho hipotético más humanidades que Cristo.
He hecho filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la bohardilla,
Aunque no viva en ella;
Seré siempre el que no nació para eso;
Seré siempre sólo el que tenía cualidades;
Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta,
Y cantó la canción del Infinito en un gallinero,

Y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derramemé la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
Su sol, su lluvia, el viento que me busca el cabello,
Y el resto que venga si viniere, o tuviera que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
Pero lo miramos y es opaco,
Nos levantamos y es ajeno,
Salimos de casa y es la tierra entera,
Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, pequeña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates.
Mira que las religiones todas no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Pudiese comer chocolates con la misma verdad con que tú los comes!
Pero yo pienso y, al tirar el papel de plata, que es hoja de estaño,
Echo todo al suelo, como he echado la vida.)

Pero al menos queda la amargura de lo que nunca seré
La caligrafía rápida de estos versos,
Pórtico partido para lo Imposible.
Pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
Noble al menos en el ademán ancho con que arrojo
La ropa sucia que soy, sin orden, para el decurso de las cosas,
Y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
Diosa griega, concebida como estatua que fuese viva
Patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
Princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
Marquesa del siglo dieciocho, escoltada y distante,
Cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
No sé qué moderno —no concibo bien qué—,
Todo eso, sea lo que fuera, que seas, ¡si puede inspirar qué inspire!
Mi corazón es un balde vaciado.
Como los que invocan espíritus me invoco
A mí mismo y no encuentro nada.
Llego a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo los paseos, veo los carros que pasan.
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
Veo los perros que también existen,
Y todo esto me pesa como un condena a la deportación,
Y todo esto es extraño, como todo.)

Viví, estudié, amé y hasta creí,
Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Le miro a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,
Y pienso: tal vez nunca vivieses ni estudiases ni amases ni creyeses
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan la cola
Y que es cola para acá del lagarto revolviéndose.
Hice de mí lo que no supe,
Y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El disfraz que vestí era equivocado.
Me tomaron luego por quien no era y no desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme la máscara,
Estaba pegada a la cara.
Cuando la tiré y me ví en el espejo,
Ya había envejecido.
Estaba ebrio, y no sabía vestir el disfraz que no había tirado.
Acosté fuera a la mascara y dormí en el guardarropas
Como un perro tolerado por la gerencia
Por ser inofensivo
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
Quién me diera encontrarte como algo que yo hiciese,
Y no quedase siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
Calcando a los pies la conciencia de estar existiendo,
Como un tapete en que un ebrio tropieza
O una espuerta que los gitanos robaron y no valía nada.

Pero el Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta y se quedó en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza mal doblada
Y con la incomodidad del alma mal entendiendo.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, y yo dejaré versos.
A cierta altura morirá el letrero también, y los los versos también.
Después de cierta altura morirá la calle donde estuvo el letrero,
Y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto se dio.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente
Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como letreros,
Siempre una cosa enfrente de la otra,
Siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño de misterio de la superficie,
Siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿para comprar tabaco?),
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me yergo a medias enérgico, convencido, humano,
Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia,
Y gozo, en un momento sensitivo y competente,
La liberación de todas las especulaciones
Y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de estar indispuesto.
Después me echo para atrás en la silla
Y continúo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, continuaré fumando.

(Si me casase con la hija de mi lavandera
Tal vez fuese feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Voy a la ventana.

El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.
Me dijo adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
Se reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.



Fernando Pessoa (Alavaro de Campos) (Lisboa, 1888 /  Lisboa, 1935, Portugal)
De. ""Fernando Pessoa, poemas", Cia. General Fabril Editora, 1972. Traducción: Rodolfo Alonso
Enlaces:  Poéticas  Escribirte
Imagen: ananaarendtcenter.org