agosto 31, 2010

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Rolando Merayo





















I











Hay multitudes

cayendo

detrás de ti

y hombres que desarman

los campos

viendo caer sus cuerpos

a la intemperie

de sí mismos.



Yo me arrincono en la distancia celeste

y me arranco la mirada

cada vez que piso el aire

o

la persiana desequilibrada

de tu belleza

inepta

frágil.



Me despierto herido

y nacen llagas

en las galaxias

mientras las estrellas

se precipitan

para volver a tu sombra

sangrando como animales.



Es la hora del insomnio

y la vida me mira

sin siquiera percibirlo.



Caen hojas

y cae el mar

y alguien lo barre

preguntándome

si las agujas del reloj

son tristes.



Yo solamente me callo

tacto lo puro

el mundo

el limbo.



Tú vas cayendo

como un ave sin pliegues en los ojos.



En la esquina del día

el carpintero de los leones

cierra la tarde

con un botón

al tanto

las agujas del reloj lo cosen

en el río.



Tú retornas

y preguntas la hora.



Y la hora fue ayer

mañana

o

quizá nunca.











Rolando Merayo (Turrialba, 1985, Costa Rica)

De: rolandomerayo.blogspot.com



Imagen: myspace.com

agosto 29, 2010

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Cesare Pavese





Atlantic Oil



El mecánico ebrio es feliz echado en un foso.
Desde la taberna de noche, en cinco minutos de prado,
uno está en casa; pero antes está el fresco de la hierba
para gozar, y el mecánico duerme cuando llega el alba.
A dos pasos, en el prado, se yergue el cartel
rojo y negro: y quien mucho se acerca, no alcanza ya a leerlo,
tan ancho es. A esta hora está todavía húmedo
de rocío. El camino, de día, lo cubre de polvo,
como cubre las matas. El mecánico, debajo, se estira en el sueño.
Es el silencio extremo. Dentro de poco, en la tibieza del sol,
pasarán los autos sin reposo, despertando el polvo.
Imprevistas sobre la cima de las colinas, aflojan un poco,
después se lanzan hacia abajo desde la curva. Alguno se detiene
en el polvo, frente al garage, que lo embebe de litros.
Los mecánicos, un poco atontados, estarán de mañana
sobre los  bidones sentados, esperando un trabajo.
Da gusto pasar la mañana sentado a la sombra.
Aquí el hedor de los aceites se mezcla con el olor del verde,
del tabaco y del vino, y el trabajo los viene a buscar
a la puerta de casa. Cada tanto, hasta hay de qué reirse:
campesinas que pasan y echan la culpa, de animales y de esposas
espantadas, al garage que mantienen los que pasan;
campesinos que miran de costado. Cada uno, de vez en cuando,
hace una rápida bajada a Turín y vuelve más tranquilo.
Después, entre la risa y la venta de litros, algunos se detienen:
estos campos, al mirarlos, están llenos de polvo
del camino y, al sentarse en la hierba, hay que huir enseguida.
Entre las cuestas, siempre una viña gusta más que las otras:
hasta que el mecánico termine esposando a la viña que gusta
con la querida muchacha, y deba salir al sol,
pero a zapar, y se ennegrezca el cuello
y beba de su vino, encorvado en las noches de otoño en la bodega.
También de noche pasan autos, pero silenciosos,
tanto que al ebrio, en el foso, no lo han despertado.
En la noche no levantan polvo y el haz de los faros
descubre de lleno el cartel sobre el prado, en la curva.
Bajo el alba transcurren cautos y no se oye ruido,
sino brisa que pasa, y alcanzada la cima
se diluyen en el llano, hundiéndose en la sombra.




Cesare PaveseCesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 / Turín, 1950, Italia)
De: "Trabajar cansa", 1936)
Imagen: lacomunidad.elpais.com
Enlaces: Vendrá la muerte... por Esteban Nicotra en La máquina del tiempo

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Cesare Pavese





Atlantic Oil



El mecánico ebrio es feliz echado en un foso.
Desde la taberna de noche, en cinco minutos de prado,
uno está en casa; pero antes está el fresco de la hierba
para gozar, y el mecánico duerme cuando llega el alba.
A dos pasos, en el prado, se yergue el cartel
rojo y negro: y quien mucho se acerca, no alcanza ya a leerlo,
tan ancho es. A esta hora está todavía húmedo
de rocío. El camino, de día, lo cubre de polvo,
como cubre las matas. El mecánico, debajo, se estira en el sueño.
Es el silencio extremo. Dentro de poco, en la tibieza del sol,
pasarán los autos sin reposo, despertando el polvo.
Imprevistas sobre la cima de las colinas, aflojan un poco,
después se lanzan hacia abajo desde la curva. Alguno se detiene
en el polvo, frente al garage, que lo embebe de litros.
Los mecánicos, un poco atontados, estarán de mañana
sobre los  bidones sentados, esperando un trabajo.
Da gusto pasar la mañana sentado a la sombra.
Aquí el hedor de los aceites se mezcla con el olor del verde,
del tabaco y del vino, y el trabajo los viene a buscar
a la puerta de casa. Cada tanto, hasta hay de qué reirse:
campesinas que pasan y echan la culpa, de animales y de esposas
espantadas, al garage que mantienen los que pasan;
campesinos que miran de costado. Cada uno, de vez en cuando,
hace una rápida bajada a Turín y vuelve más tranquilo.
Después, entre la risa y la venta de litros, algunos se detienen:
estos campos, al mirarlos, están llenos de polvo
del camino y, al sentarse en la hierba, hay que huir enseguida.
Entre las cuestas, siempre una viña gusta más que las otras:
hasta que el mecánico termine esposando a la viña que gusta
con la querida muchacha, y deba salir al sol,
pero a zapar, y se ennegrezca el cuello
y beba de su vino, encorvado en las noches de otoño en la bodega.
También de noche pasan autos, pero silenciosos,
tanto que al ebrio, en el foso, no lo han despertado.
En la noche no levantan polvo y el haz de los faros
descubre de lleno el cartel sobre el prado, en la curva.
Bajo el alba transcurren cautos y no se oye ruido,
sino brisa que pasa, y alcanzada la cima
se diluyen en el llano, hundiéndose en la sombra.




Cesare PaveseCesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 / Turín, 1950, Italia)
De: "Trabajar cansa", 1936)
Imagen: lacomunidad.elpais.com
Enlaces: Vendrá la muerte... por Esteban Nicotra en La máquina del tiempo

agosto 25, 2010

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Frank O'Hara

Frank O'hara



Poema personal



Cuando camino por ahí a la hora de comer
tengo solo dos amuletos en mi bolsillo,
una vieja moneda romana que Mike Kanemitsu me dio
y una cabeza de tornillo que se rompió de un empaque
cuando estaba en Madrid. Los otros nunca
me trajeron mucha suerte aunque sí
me ayudaron en Nueva York a protegerme contra la
manipulación,
pero ahora estoy feliz por un tiempo, e interesado.
Camino por la luminosa humedad
pasando la Casa de Seagram con su agua
y sus vagos y la construcción a la
izquierda que cerró la acera. Si
algún día llego a ser trabajador de construcción
me gustaría tener un casco plateado, por favor.
Y llego a donde Moriarty, donde espero a
LeRoi y oigo quién quiere ser una persona de
influencia los últimos cinco años mi promedio de bateo
es de .016 eso es todo, y LeRoi entra
y me dice que Miles Davis fue garroteado 12
veces anoche afuera de Birdland por un policía.
Una señora nos pide una moneda para una terrible
enfermedad, pero no le damos una. No
nos gustan las enfermedades terribles. Entonces
vamos a comer pescado y una cerveza. Está
bien, pero lleno de gente. No nos gusta Lionel Trilling,
decidimos, nos gusta Don Allen, no nos gusta
Henry James tanto, nos gusta Herman Melville,
no queremos estar en el paseo de los poetas en
San Francisco, incluso solo queremos ser ricos
y caminar en vigas en nuestros sombreros plateados.
Me pregunto si alguna persona de las 8,000,000 está
pensando en mí al estrechar la mano de LeRoi
y me compro una cinta para mi reloj de pulsera y voy
de vuelta al trabajo feliz con la idea de que posiblemente
así sea.



Frank O'Hara (Baltimore, 1926 / Long Island 1966, Estados Unidos de NA)
Traducción de Iván Rodríguez
Facultad de Filosofía y Letras/Universidad Autónoma de Chihuahua
Imagen: bookeywookey.blogspot.com
Enlaces: Universidad Autónoma de Chihuahua
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Frank O'Hara

Frank O'hara



Poema personal



Cuando camino por ahí a la hora de comer
tengo solo dos amuletos en mi bolsillo,
una vieja moneda romana que Mike Kanemitsu me dio
y una cabeza de tornillo que se rompió de un empaque
cuando estaba en Madrid. Los otros nunca
me trajeron mucha suerte aunque sí
me ayudaron en Nueva York a protegerme contra la
manipulación,
pero ahora estoy feliz por un tiempo, e interesado.
Camino por la luminosa humedad
pasando la Casa de Seagram con su agua
y sus vagos y la construcción a la
izquierda que cerró la acera. Si
algún día llego a ser trabajador de construcción
me gustaría tener un casco plateado, por favor.
Y llego a donde Moriarty, donde espero a
LeRoi y oigo quién quiere ser una persona de
influencia los últimos cinco años mi promedio de bateo
es de .016 eso es todo, y LeRoi entra
y me dice que Miles Davis fue garroteado 12
veces anoche afuera de Birdland por un policía.
Una señora nos pide una moneda para una terrible
enfermedad, pero no le damos una. No
nos gustan las enfermedades terribles. Entonces
vamos a comer pescado y una cerveza. Está
bien, pero lleno de gente. No nos gusta Lionel Trilling,
decidimos, nos gusta Don Allen, no nos gusta
Henry James tanto, nos gusta Herman Melville,
no queremos estar en el paseo de los poetas en
San Francisco, incluso solo queremos ser ricos
y caminar en vigas en nuestros sombreros plateados.
Me pregunto si alguna persona de las 8,000,000 está
pensando en mí al estrechar la mano de LeRoi
y me compro una cinta para mi reloj de pulsera y voy
de vuelta al trabajo feliz con la idea de que posiblemente
así sea.



Frank O'Hara (Baltimore, 1926 / Long Island 1966, Estados Unidos de NA)
Traducción de Iván Rodríguez
Facultad de Filosofía y Letras/Universidad Autónoma de Chihuahua
Imagen: bookeywookey.blogspot.com
Enlaces: Universidad Autónoma de Chihuahua

agosto 22, 2010

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Czeslaw Milosz


La berlina detenida en la noche



A la espera de las llaves
-él las busca sin duda
entre las ropas
de Tecla, muerta hace treinta años-
escuchad, señora, escuchad el viejo, el sordo rumor
nocturno de la alameda...
Tan pequeñuela y débil, envuelta dos veces en mi capa,
yo te llevaré a través de las zarzas y de la ortiga de las ruinas
hasta la alta y negra puerta
del castillo.
Así el abuelo, antaño, regresó
de Vercelli con la muerta.
¡Qué recelosa y muda, y negra mansión
para mi criatura!
Ya lo sabéis, señora, es una triste historia.
Ellos duermen dispersos en países lejanos.
Desde hace cien años
un lugar señalado los aguarda
en el corazón de la colina.
Conmigo su raza se extingue.
¡Oh Dama de estas ruinas!
Visitemos el bello aposento de la infancia: allí
la hondura sobrenatural del silencio
es la voz de los retratos oscuros.
Arrebujado en mi lecho
como en el hueco de una armadura,
yo escuchaba por la noche latir sus corazones
en el ruido del deshielo, detrás de los muros.
¡Para mi criatura temerosa, qué patria salvaje!
La linterna se apaga, la luna se ha velado;
llama el alucón a su cría en el boscaje.
A la espera de las llaves
dormid un poco, señora. duérmete, mi pobre criatura, duérmete,
paliducha, apoyando sobre mi hombro tu cabeza.
Verás cuán bello es el bosque ansioso
en sus insomnios de junio, ataviado
de flores -¡Oh criatura mía! -, como la hija predilecta
de la reina loca.
Envolveos en mi capa de viaje:
la espesa nieve de otoño se funde sobre vuestro rostro
y tenéis sueño.
(en el haz de luz de la linterna ella gira, gira con el viento,
como giraba en mis sueños de niño
la vieja -¿recordáis
la vieja hechicera? -.)
No, señora, nada escucho.
Él es muy anciano,
su cabeza está trastornada;
apostaría a que ha ido a beber.
¡Para mi criatura temerosa, una mansión tan negra,
en lo hondo, en lo hondo del país lituano!
No, señora, nada escucho.
Mansión negra, negra.
Cerraduras mohosas,
enredadera muerta,
puertas aherrojadas,
postigos clausurados,
hojas sobre hojas desde hace cien años en las alamedas.
Todos los servidores han muerto.
Yo he perdido la memoria.
Para mi criatura confiada, ¡qué mansión más negra!
Ya no recuerdo sino el naranjal
del tatarabuelo y el teatro:
los pichones del búho comían allí en mi mano.
La luna miraba a través del jazminero.
Eso era antaño
Oigo un paso en el fondo de la alameda.
Sombra. Aqui llega Witold con las llaves.



Czeslaw Milosz
Czesław Miłosz (Szetejnie, Lituania, 1911 / Cracovia, Polonia, 2004)
De. "Antología poética", Compañía General Fabril Editora, 1961)
Enlaces: Czeslaw Milosz por Seamus Heaney
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Czeslaw Milosz


La berlina detenida en la noche



A la espera de las llaves
-él las busca sin duda
entre las ropas
de Tecla, muerta hace treinta años-
escuchad, señora, escuchad el viejo, el sordo rumor
nocturno de la alameda...
Tan pequeñuela y débil, envuelta dos veces en mi capa,
yo te llevaré a través de las zarzas y de la ortiga de las ruinas
hasta la alta y negra puerta
del castillo.
Así el abuelo, antaño, regresó
de Vercelli con la muerta.
¡Qué recelosa y muda, y negra mansión
para mi criatura!
Ya lo sabéis, señora, es una triste historia.
Ellos duermen dispersos en países lejanos.
Desde hace cien años
un lugar señalado los aguarda
en el corazón de la colina.
Conmigo su raza se extingue.
¡Oh Dama de estas ruinas!
Visitemos el bello aposento de la infancia: allí
la hondura sobrenatural del silencio
es la voz de los retratos oscuros.
Arrebujado en mi lecho
como en el hueco de una armadura,
yo escuchaba por la noche latir sus corazones
en el ruido del deshielo, detrás de los muros.
¡Para mi criatura temerosa, qué patria salvaje!
La linterna se apaga, la luna se ha velado;
llama el alucón a su cría en el boscaje.
A la espera de las llaves
dormid un poco, señora. duérmete, mi pobre criatura, duérmete,
paliducha, apoyando sobre mi hombro tu cabeza.
Verás cuán bello es el bosque ansioso
en sus insomnios de junio, ataviado
de flores -¡Oh criatura mía! -, como la hija predilecta
de la reina loca.
Envolveos en mi capa de viaje:
la espesa nieve de otoño se funde sobre vuestro rostro
y tenéis sueño.
(en el haz de luz de la linterna ella gira, gira con el viento,
como giraba en mis sueños de niño
la vieja -¿recordáis
la vieja hechicera? -.)
No, señora, nada escucho.
Él es muy anciano,
su cabeza está trastornada;
apostaría a que ha ido a beber.
¡Para mi criatura temerosa, una mansión tan negra,
en lo hondo, en lo hondo del país lituano!
No, señora, nada escucho.
Mansión negra, negra.
Cerraduras mohosas,
enredadera muerta,
puertas aherrojadas,
postigos clausurados,
hojas sobre hojas desde hace cien años en las alamedas.
Todos los servidores han muerto.
Yo he perdido la memoria.
Para mi criatura confiada, ¡qué mansión más negra!
Ya no recuerdo sino el naranjal
del tatarabuelo y el teatro:
los pichones del búho comían allí en mi mano.
La luna miraba a través del jazminero.
Eso era antaño
Oigo un paso en el fondo de la alameda.
Sombra. Aqui llega Witold con las llaves.



Czeslaw Milosz
Czesław Miłosz (Szetejnie, Lituania, 1911 / Cracovia, Polonia, 2004)
De. "Antología poética", Compañía General Fabril Editora, 1961)
Enlaces: Czeslaw Milosz por Seamus Heaney

agosto 21, 2010

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Paul Eluard
















Primeramente







Yo te lo he dicho por las nubes

Yo te lo he dicho por el árbol del mar

Por cada ola por los pájaros en las hojas

Por los guijarros del ruido

Por las manos familiares

Por el ojo que se vuelve rostro o paisaje

Y el sueño le devuelve el cielo de su color

Por toda la noche bebida

Por la reja de los caminos

Por la ventana abierta por una frente despejada

Yo te lo he dicho por tus pensamientos por tus palabras

Toda caricia toda confianza sobreviven





De: "El amor la poesia", 1929







Yo no estoy solo







Cargada

de frutos ligeros los labios

Ataviada

de mil flores distintas

Gloriosa

en los brazos del sol

Dichosa

con un pájaro familiar

Feliz

con una gota de agua

Más bella

que el cielo matinal

Fiel



Yo hablo de un jardín

Yo sueño



Pero exactamente es que amo.





De: "Mediadoras", 1939





Paul Eluard (seudónimo de Eugene Grindel, Saint Denis, 1895 / París, 1952, Francia)

Editorial Lautaro, 1957. Versión de María Teresa León y Rafael Alberti



Imagen: biografiayvidas

Enlaces: La poesía de Paul Éluard...por Luis Quintana Tejera

agosto 20, 2010

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Irene Gruss


Irene Gruss


Pesca en el lago


Al lado de los patos

(una familia de pequeños patos salvajes)
navega una botella de lavandina,
de plástico, amarilla.
Para algunos filósofos y poetas / esto fue
una imagen de lo real miserable.
Creián que
había sido puesta
precisamente ahí, junto
a patos salvajes, en le lago,
para regocijo y reflejo casual
del desencanto.
El plástico amarillo navegó
hasta detenerse en una isla artificial.
Los patos dieron la vuelta y
siguieron su camino.
Patos hambrientos, pensé, van a comer
la carnada perdida
por esas cosas de la corriente.
Los chicos veián cómo se alejaba su botella
hacia el centro del lago,
maldijeron al viento
y sólo atinaron a sufrir
y a sonreir.



Irene Gruss (Buenos Aires, Argentina, 1950/2018)
De: "La calma", Libros de Tierra Firme, 1991)
Imagen: biografiadelosautores.blogspot.com

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Salomón de la Selva












Noticias de Nicaragua









Puesto que Nicaragua entró en la guerra,

lo justo es que el obispo diga misas

por el triunfo de las armas aliadas.



En las tertulias y en las barberías

se malgasta saliva

defiendo "la causa".



Ya no pueden los periódicos

con los sonetos a Bélgica

y las odas a Francia.



Pero cuando supieron

que venía a la guerra yo,

nicaragüense,

a pelear por Nicaragua,

los beatos,

y los discutidores en público,

y los hacedores de versos,

convinieron en que yo estaba loco.









Granadas de gas axfisiante









Plo-plo-plo-plo hacen las granadas,

y cuando caen, plum.

Y en los días de sol su humo es una nube amarillenta,

y en los días de lluvia de una blancura esplendorosa.

¿Quién no se acuerda de los cuentos de hadas?

¿De los genios, de los duendes, de los gnomos?

¡Plo-plo-plo-plo...plum!

¡plo-plo-plo-plo...

plo-plum-plo!



El gas que he respirado

me dejó casi ciego,

pero olía a fruta de mi tierra,

unas veces a piña y otras veces a mango,

y hasta a guineos de los que sirven para hacer vinagre

y aunque de sí no me hubiera hecho llorar,

sé que hubiera llorado.









Salomón de la Selva (León, 1893, Nicaragua / París, 1959, Francia)

De: "El soldado desconocido", 1922)



Enlaces: Anales de literatura hispanoamericana / José E. Arellano

agosto 15, 2010

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José Lezama Lima










La madre











Vi de nuevo el rostro de mi madre.

Era una noche que parecía haber escindido

la noche del sueño.

La noche avanzaba o se detenía,

cuchilla que cercena o soplo huracanado,

pero el sueño no caminaba hacia su noche.

Sentía que todo pesaba hacia arriba,

allí hablabas, susurrabas casi,

para los oído de un cangrejito,

ya sé, lo sé porque vi su sonrisa

que quería llegar

regalándome ese animalito,

para verlo caminar con gracia

o profundizarlo en una harina caliente.

La mazorca madura como un diente de niño,

es una gaveta con hormigas plateadas.

El símil de la gaveta como una culebra,

la del tamaño de un brazo, la que viruta

la lengua en su extensión doblada, la de los relojes

viejos, la temible

y risible gaveta parlante.

recorría los filos de la puerta,

para empezar a sentir, tapándome los ojos,

aunque lentamente me inmovilizaba,

que la parte restante pesaba más,

con la ligereza del peso de la lluvia

o las persianas del arpa.

en el patio asistían

la luna completa y los otros meteoros convidados.

Propicio era y mágico el itinerario de su costumbre.

Miraba la puerta, pero el resto del cuerpo permanecía en lo restado

como alguien que comienza a hablar,

que vuelve a reírse,

pero como se pasea entre la puerta

y lo otro restante,

parece que se ha ido, pero entonces vuelve.

Lo restante es Dios tal vez,

menos yo tal vez,

tal vez el raspado solar

y en él a horcajadas el yo tal vez.

A mi lado el otro cuerpo,

al respirar, mantenía la visión

pegada a la roca de la vaciedad estética.

Se fue reduciendo

a un metal volante con los bordes

asaltados por la brevedad de las llamas,

a la evaporación de una pequeña

taza de café matinal,

a un cabello.















José Lezama Lima (Campamento de Columbia, 1910 / La Habana, 1976, Cuba)

De: "Fragmentos a su imán", Editorial Lumen, 1977

Enlaces: La jiribilla



Imagen: elpais.com


















agosto 14, 2010

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Friedrich Hölderlin









Edades de la vida







¡Oh, urbes del Eufrates!

¡Oh, calles de Palmira!

¡Oh, bosques de columnas sobre el llanto desierto!

¿Qué sois?

De vuestras coronas,

al haber traspasado los límites

de aquellos que respiran,

por el humo de los dioses

y su fuego fuisteis despojadas;

pero sentado ahora bajo nubes ( cada

cual reposando en su propia quietud)

bajo robles hospitalarios, en

la umbría donde pacen los corzos,

extrañas se me hacen y muertas

las almas venturosas.





Friedrich Hölderlin (Württemberg. 1770 / Tübingen, 1843, Alemania)

De: A media voz / Versión de Nicolás Suescún





Enlaces: Holderlin: La noche sagrada por Javier Galarza

Imagen: manuelcortesblanco.blogspot.com

agosto 12, 2010

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Jorge Luis Borges










Buenos Aires







Antes yo te buscaba en tus confines

que lindan con la tarde y la llanura

y en la verja que guarda una frescura

antigua de cedrones y jazmines.

En la memoria de Palermo estabas,

en su mitologia de un pasado

de baraja y puñal y en el dorado

bronce de las inútiles aldabas,

con su mano y sortija. Te sentía

en los patios del Sur y en la creciente

sombra que desdibuja lentamente

su larga recta, al declinar el día.

Ahora estás en míi. Eres mi vaga

suerte, esas cosas que la muerte apaga.







Buenos Aires







Y la ciudad, ahora, es como un plano

de mis  humillaciones y fracasos;

Desde esa puerta he visto los ocasos

y ante ese mármol he aguardado en vano.

Aquí el incierto ayer y el hoy distinto

me ha deparado los comunes casos

de toda suerte humana; aquí mis pasos

urden su incalculable laberinto.

Aquí la tarde cenicienta  espera

el fruto que le debe la mañana;

aquí mi sombra en la no menos vana

sombra final se perderá, ligera.

No nos une el amor sino el espanto,

será por eso que la quiero tanto.







Camden, 1892







El olor del café y de los periódicos.

El domingo y su tedio. La mañana

y en la entrevista página esa vana

publicación de versos alegóricos

de un colega feliz. El hombre viedjo

está postrado y blanco en su decente

habitación de pobre. Ociosamente

mira su cara en el cansado espejo.

Piensa, ya sin asombre, que esta

es él. La distraída mano toca

la turbia barba y la saqueada boca.

No está lejos el fin. Su voz declara:

casi no soy, pero mis versos ritman

la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.





Jorge Luis Borges (Buenos Aires, Argentina, 1899 / Ginebra, Suiza, 1986)

De: "El otro, el mismo", 1964



Imagen: azullilebula.wordpress.com

agosto 05, 2010

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Gerardo Gambolini


























Declive de aspiraciones















Entender el arjé,

las vías de la ascensión

refutar a Protágoras

abarcar las herejías

el mundo de lo visible

y lo invisible



Discernir


los rostros de la Odisea

los mares y las sagas y los infiernos

libros de los cinco continentes

todos los excesos

de la belleza



Tocar Voodoo Child

amar como Casanova

cantar Acalanto, Don Gayferos

Romaria

oír música de cámara

sin aburrirme



Tener plata

ver a mis hijos contentos

recordar

olvidar

saber qué negocio van a abrir

en el local de la esquina





(De: "Declive de aspiraciones")











Perfiles














Un grupo de jubilados sube en Embalse al micro semivacío.


Su manera viscosa de avanzar por el pasillo;


los bolsos, los alfajores,


las bromas de contingente.




Volvemos a la negrura de la ruta


apenas alterada cada tanto


por las luces de un auto.


Almas en tránsito





o mero pasaje de la carne.


Una especie de Brueghel;


el silencio del sueño nos concede


alguna dignidad.






(De: "Arañas", Libros de Tierra Firme, 2006)















Tokai















El gran terremoto de Tokai ocurre –decían– cada setenta años.


En 1911 destrozó Tokyo.

Yo estaba en Tokyo en 1981. Recuerdo las advertencias

en el lobby del hotel, en el Times, los baños, las escaleras,


los ascensores vertiginosos.



Por la ventana del cuarto, atemporal e impasible,


la imagen recortada del Palacio Imperial, copiándose a sí mismo.


(Siempre guardé papeles, folletos de tren, tarjetas postales, mapas,


cosas que leer o releer, entregado alguna vez al placer de la nostalgia,


con una ciega confianza en el futuro).





Por lo demás, caminé durante un mes


por calles de símbolos inescrutables


e intercambié reverencias hasta el cansancio,


separado de la realidad.





La insistencia de ese recuerdo –han pasado veinte años–


sólo responde a la simpleza de la metáfora:


un hombre en el mundo, sin entender los signos,


esperando un terremoto.









(De: "Arañas", Libros de Tierra Firme, 2006















Gerardo Gambolini (Buenos Aires, Argentina, 1955)










agosto 03, 2010

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Daniel Martínez



















Metafísicas cotidianas













a Diego Rosake








1



La luz del baño

ilumina en la pieza

la cuna de mi hijo menor



lo bueno de los hijos

es que uno deja de ser el nudo de la cuestión



desde la penumbra

la única respuesta posible es la luz



así seré yo

dentro de algún tiempo:

esa parte de la memoria

que los observa desde la oscuridad









Filosofía barata











Los estudios dicen que la hipófisis

produce demasiado tsh en la sangre



diagnóstico

la glándula tiroidea y los neurotransmisores

dejan mucho que desear



hace 20 años que peleo

con este depresivo cansancio vallejano



sé más del dolor gratuito

que cualquier telenovela berreta

de esas que navegan a media tarde



suponiendo que todo cambiara de una vez por todas

con una pastilla más o una pastilla menos

queda la conclusión tanguera

de que el mundo siguió andando

y seguirá así

a pesar de mi entropía personal



en la parte que a mí me toca de la cuestión

queda el sabor de mis limitados recursos naturales

como el mejor gurú

a la hora de elegir que parte del mundo es la que quiero vivir











Daniel Martínez (Provincia de Río Negro, Argentina, 1963)

De: "Circo de los pobres sueños"



Imagen:  Facebook