Liliana Celiz, inéditos





como pasto desglosado en las entrañas de otro viaje/ el viraje
hacia el discurso en  tornación del hombre (el hombre pleno en
su declive) la sapiencia/ la marca de su género en la sapiencia
¿él vendrá? una alución a cara en la pregunta: vuelve
(la enésima pregunta por el nombre) tal vez la tarde en plena
enunciación del nombre: vuelve/ plena alusión a la pregunta
en lo mordaz del pasto (como eje)
la sucesión del nombre por el nombre

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"tan fuerte que los hacía abrirse y cerrarse un poco" como manos
a la altura del abismo y no cantar del canto que él despliega como
voces en sordina (la voz plegada de la voz y en la conciencia
pura de los nombres, la estadía de los nombres como borras del
oráculo inferior en la escala de los tiempos) -no vendrá-/ y apaciguar
su nombre entre escaleras que atribuyen una escena a la escondida/


Liliana Celiz (Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina 1956)
De: "El quiebre allá en el agua" (inédito)

Imagen: foto Colman

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Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.