Manuel Ruano



(Un cuadro de San Martín rondaba tu fecha de nacimiento)



Eras el único pasajero de mi Simbad de plata.
Siempre supe que estabas del lado herido de mi coraza tornasol.
Tus pasos eran clandestinas digitales que ponían luz en las escaleras
e iluminaban la tierra en la que los vientos de febrero
rompían sus soles luminosos, con sus cometas de la nada...
Y mi espejo Ferdidurke, llevaba la  cuenta de tus desvelos,
en el que un tío comprensivo te encomendaba sacar a pie
/     una valija enorme,
desde una bodega de hechizados seres del mar y de piratas,
con remos guarnecidos en islas verdes,
en faroles que encendían tu cráneo Tannhaüser,
para que fueran después las mañanas de Praga,
las torres de Moscú o de La Habana,
las caminatas de Florencia, las discusiones de París...
Pero enardecido siempre en el  bronce trágico de su clave de fa




(No penetres jamás la laguna dorada)



Ni pienses en las salamandras de índigos extraños,
que brillan como diamantes en la ensoñación.
Sus mágicos colores, no figuran en el mapa,
ni en las galerías de arte,
ni en los ojitos de una muñeca
pueden ser recompensados jamás en una subasta escolar,
de buhonero o gitano o tahúr,
para terminar la función en una tarde de cine.

Se compran las historietas como una barajita infantil
que iluminan la memoria como gemas falsas,
de pájaros parlantes de lo que no son,
desplumaderos inservibles del canto de anteayer.

No. No penetres jamás la laguna dorada,





Manuel Ruano (Buenos Aires, Argentina, 1943)

Imagen: eolurbana.com

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Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.