María Cristina Santiago
















Vidrieras de Amsterdam



El empapelado tiene marcas
que a veces se ven

al descolgar un cuadro. Como si el pudor
de la señora desvistiera. Por eso considero
para tranquilizarme, imprescindible
repintar los muros. Aunque siempre
es el desasosiego quien se muestra.
¿Qué el ansia del estreno, la pared
sino restos tachados de alguien
que en el fragmento nadie nota?
Posesión de una zona:
Mejor a la utopía
consumarla en sueños.
Virtud o costumbre del deseo
no es deseo. ¿Está claro?
También resta otra forma,
una puede inventarse con destreza
acto de perfumes que matan
suavemente. Y demorarse allí.
Ver como la franja de tafetán crece
y decrece en la ventana.
Nadie revela la clausura
del papel en blanco, estancia cerrada
donde se alimenta lo inmutable
que es gesto repetido por la mano
en las piernas y el roce del satén.
Todo, ¿ese desengaño? y la pintura
el espectro del beso, la belleza
que con hábil oficio se suicida.
¿Nada más que eso? Cuestión de luces
y de sombras, al rojo desencanto de un foquito.
Confieso: lo único que no es ficción
es el poema. Asunto de cuerpos nada más
lo del llamado a lo admirable.


Lo otro, la ilusión
una mosca incómoda. Entra a la sala
cuando está en penumbras. Cuestión
no tan simple del deseo
rechazar este universo
cual cera derramado por los pisos.
Para evitar esas falacias
del pensamiento, algunas mujeres
mi querido,
en vez de traficantes de esclavos
nos hacemos señoras de la casa.


María Cristina Santiago (Buenos Aires, Argentina)
De: www.antologiapoetica.com.ar de Ketty Alejandrina Lis

Imagen: facebook

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Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.