mayo 31, 2011

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Jack Kerouac y Gary Snyder



Sobre "Mente salvaje(poemas y ensayos)", de Gary Snyder (Madrid, Árdora Exprés, 2000; traducción de Nacho Fernández) por Thais Morales










Gary Snyder y Lawrence Ferlinghetti

Jack Kerouac y Gary Snyder, vagabundos del Dharma







Aunque Snyder ya no quiere hablar de aquella época, su relación con la generación beat es innegable, e incluso  mantuvo una larga amistad con Ginsberg hasta el día de su muerte. Sin embargo, fue su relación con Kerouac la que ha dejado una huella más profunda, al menos a nivel literario. Durante los meses en que se conocieron, a mediados de los años cincuenta, el autor de En el camino esbozó su segunda gran novela,  Los vagabundos del Dharma, y una pequeña joya poética, un sutra llamado «The Scripture of the Golden Eternity». Con el tiempo, un Jack Kerouac repleto de contradicciones y alcoholizado acabó por demonizar a Snyder (igual que al resto de sus compañeros de generación) por sus tendencias anarquistas y, supuestamente, comunistas. Por su parte, el poeta zen percibió «alrededor de Jack una vena autodestructiva, un aura de fama y de muerte».





            Pocas veces se lee a un poeta sabio, un poeta embarcado en la búsqueda del silencio a través de las palabras, en un mundo en el que todo fluye constantemente, en un mar de prisas, giros inesperados, angustias, relojes, motores en marcha... Una de esas raras ocasiones se produce cuando se abre un libro de Gary Snyder, de quien se acaba de publicar, por primera vez en castellano, una breve antología: Mente salvaje (poemas y ensayos). Los trabajos de uno de los poetas norteamericanos más importantes de las últimas décadas reflejan el momento de la pausa, de la quietud, el instante en el que la mente se vacía, el ego desaparece y lo concreto y puntual se revela como universal.  Así son los poemas de Snyder, un veterano de la palabra, heredero de los trascendentalistas Henry David Thoreau y Ralph Waldo Emerson, un zen lunático, un ecofilósofo, uno de los fundadores de los movimientos biorregionales y budistas de Norteamérica, precursor en temas como la reducción del uso del combustible fósil, el reciclaje y, según dicen, un beat, que cargó con esta etiqueta a raíz de su relación con Allen Ginsberg y, sobre todo, con Jack Kerouac, al que inspiró Los vagabundos del Dharma.


            A pesar de su indudable influencia sobre Kerouac, Snyder no es beat.«Se puede hablar de mí como amigo de la generación beat en sus primeros tiempos, pero no formo parte de esa generación», aclara el poeta en una entrevista que publicó el periódico El Mundo en diciembre de 1992. Así pues, ¿cómo fue esa relación entre los dos escritores, y por qué aún hoy, cuarenta años después de que se conocieran y treinta después de la muerte de Jack, se sigue relacionando a Gary con el autor de En el camino?


            «Le debo mucho a Snyder por sus enseñanzas de Buda. Por estar aquí, a mi lado, y darme la oportunidad de aprender alguna cosa de todo esto. Pero nunca me lo tomé en serio. No. Nunca he pensado en Buda como una parte real de mi religión. Nací católico y es la única cosa que me importa. Jesús es lo único en lo que he estado interesado», le comentó Kerouac a Charles E. Jarvis en el transcurso de unas conversaciones que mantuvieron en Lowell y que dieron pie al libro Visions of Kerouac. Snyder le enseñó al gurú beat técnicas de escalada, algunas ideas básicas acerca del budismo y le transmitió su fascinación por la naturaleza, si bien con un ligero matiz que lo diferencia de Thoreau y compañía: para Snyder, como budista que era, no había diferencia -como enseña “El Sutra del Diamante”- entre seres sensibles y seres no sensibles.


            En septiembre de 1955, cuando Allen Ginsberg conoció en Berkeley a Gary, dijo de él en la biografía de Kerouac escrita por Ann Charters: «Está estudiando lenguas orientales y dentro de poco se va a Japón:  quiere ser monje zen. Es lacónico, de corazón cálido; está bien, tiene una pequeña barba, es delgado, rubio, va en bicicleta por Berkeley con sus Levi´s, está colgado de los indios ... y escribe bien. Una persona interesante». A Jack, que acababa de llegar de México, Allen le aseguró que Snyder era la única persona a la que realmente valía la pena conocer en la universidad porque poseía una inteligencia «auténtica e iluminada».


            Con estas referencias, Kerouac -que había empezado a interesarse por el budismo en 1954, a través de Thoreau- conoció a Gary en octubre de 1955, la noche de la famosa lectura poética en la Six Gallery de San Francisco, en la que Ginsberg leyó por primera vez en público su mítico «Aullido». De inmediato quedó fascinado por la personalidad del poeta que tantas cosas iba a enseñarle acerca de las filosofías orientales, la meditación y la vida en las montañas. Kerouac inmortalizó a Snyder en Los vagabundos del Dharma, una novela que anunciaba, con un toque visionario, los rasgos principales de la generación que estaba a punto de llegar, la de los años sesenta, la de la revolución de las mochilas.







«Todo el mundo vive atrapado en un sistema de trabajo, producción, consumo, trabajo, producción, consumo... Tengo la visión de una gran revolución mochilera, miles y miles, incluso millones de americanos yendo de aquí para allá, vagabundeando con sus mochilas, escalando montañas para rezar, alegrando a los viejos, provocando la felicidad de las jóvenes y las viejas, y todos son lunáticos zen que escriben poemas que brotan de sus cabezas sin razón...» (Los vagabundos..., Barcelona, Anagrama, 1996; trad. de M. Antolín Rato).





           Quien así habla en la novela es Japhy Ryder, el alter ego de Gary. Y Ryder-Snyder no hablaba porque sí, ya que su primer «contacto» con Kerouac fue a través del artículo «Jazz of the Beat Generation», publicado en la revistaNew World Writing en la primavera de 1955, que lo impresionó por su prosa espontánea.




            Aquel otoño, Kerouac, Ginsberg, Snyder y también el poeta y orientalista Philip Whalen pasaron la mayor parte de su tiempo juntos en San Francisco, “yendo a cenar, escribiendo, charlando, bebiendo y pasándolo bien”, recuerda Whalen –el Warren Coughlin  de Los vagabundos- en The Beats, de Ann Charters. Todos sentían una gran atracción por el budismo; de hecho, era su único nexo de unión, si bien entendido de maneras muy diferentes. Para Jack Kerouac, el budismo -una excusa literaria más que otra cosa, ya que jamás renunció a su catolicismo- era lo mismo que decir: no hagas nada. Para Snyder, en cambio, budismo significaba actividad, y siempre reservaba tres momentos al día para sentarse a meditar. Jack admiraba esa dedicación, aunque siempre criticó lo que él llamaba «efectismo intelectual» del Zen. Él era un budista Mahayana, no Zen: «Lo que realmente ha influido en mi trabajo ha sido el budismo Mahayana, el budismo original de Gotama Sakyamuni, el Buda de la India de los antiguos...», afirma Kerouac (Emanuele Bevilacqua, Guía de la generación beat, Barcelona, Península, 1994; trad. de Edgardo Dobry).


            En 1956, Jack y Gary compartieron durante unos días una cabaña en la ladera del monte Tamalpais. Fue en ese magnífico lugar donde Jack Kerouac escribió «The Scripture of the Golden Eternity».  «Gary Snyder me dijo: muy bien, Kerouac, es hora de que escribas un sutra, que es un discurso, una escritura. El sabía que yo era un Bodisatva y que había vivido 12 millones de años en 12 millones de direcciones ... Al final escribí un sutra en la cabaña ... Lo escribí a lápiz, lo corregí, lo repasé y todo eso porque era una escritura. No tenía derecho a ser espontáneo», leemos en la biografía firmada por Ann Charters.


            Kerouac buscaba respuestas y no le importaba encontrarlas en cualquier lugar, aunque sólo la religión católica contaba con su incondicionalidad. El resto eran excusas literarias. “No me importa una mierda ni la mitología ni todos los nombres y vertientes del budismo, sólo me interesa la primera de las cuatro verdades: toda la vida es sufrimiento”, le dijo Jack a Snyder. Pero Kerouac, además de chocar por sus diferentes ideas e intereses budistas, acabó enfrentándose a Gary por otro motivo: el joven poeta zen era un activista político, un ferviente anarquista, una actitud que Jack no compartía en absoluto. Hasta tal punto, que en Desolation Angels escribió que Snyder no pudo reincorporarse a su trabajo como guarda forestal porque lo habían etiquetado de comunista . Gary diría que, a pesar de su encanto y su dulzura, Jack podía comportarse a veces como un borracho maleducado, capaz de herir y ofender a sus amigos más íntimos.


            La relación de Jack y Gary fue breve, pero marcó la época más religiosa del escritor de Lowell y dejó una huella imborrable en Los vagabundos del Dharma y en «The Scripture of the Golden Eternity». En mayo de 1956, Gary embarcó hacia Japón para proseguir sus enseñanzas zen en el monasterio rinzai de Daitoku-ji. Kerouac permaneció en Estados Unidos hasta 1969, año de su muerte. 





De: www.barcelonareview.com

Imagen: environmondo.blogspot.com

mayo 30, 2011

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Gary Snyder

















Qué decir, todavía









Leyendo las páginas de prueba tipográfica de los Poemas completos de Laughlin

con miras a escribir un comentario,

qué afectuosamente habla J. de Pound,

          recuerdo un momento cuando…–


A los veintitrés me sentaba en una cabina de vigía con un viento gris

      azotando

en el extremo  norte de las Cascadas del norte,

por encima de  rocas y hielo, preguntándome

          si debería ir a visitar a Pound a Santa Elizabeth.


Y estudié chino en Berkeley, fui a Japón, en cambio.


J. expresa su amor  por las mujeres,

su amor por el amor, su dedicación , su haber causado el dolor,

          allí mismo.


Tengo 63 años ahora,  y voy de camino a recoger a mi hijastra

     de diez años y conducir el automóvil;

acabo de terminar una carta de cinco páginas para los supervisores del condado

     con relación a un supervisor

anterior,

          ahora perteneciente a un grupo de presión política pagado,

que ha tergiversado los hechos, a quien le pagan por  sus mentiras. ¿Tengo que tratar con este canalla? Sí.


El manuscrito de James Laughlin está en mi escritorio.

Anoche a altas horas leyendo sus poemas nítidos-

y el volumen de Burt Watson de las traducciones de Su Shih,

          próximo en la cola para un comentario en la solapa.


Calor de septiembre.

El Instituto Watershed se reúne,

         para organizar más trabajo con B.L.M.

Y tenemos visitantes de China, ingenieros forestales,

       que quieren ver cómo nosotros los palurdos,  seguimos con nuestro

       plan.

Los editoriales del periódico  están en contra nuestra,

       un botánico está examinando las plantas raras de los pantanos.


Pienso en  cómo J. escribe historias de sus amantes en sus poemas–

       pone mucho,

       me llega al alma,


¿Tan imprudentemente atrevido –tonto–?

para escribir tanto de sus amantes

cuando llevas casado tanto tiempo. Después pienso,

¿qué sé yo?

          Sobre qué decir

          o no decir, qué contar, o no, a quién,

          o cuándo,


          todavía.







En memoria de James Laughlin   (1993)





       






Gary Snyder (1930, San Francisco, Estados Unidos de Norteamérica)


De: el adelantado de Indiana


Traducción: Emilia del Río








mayo 25, 2011

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Coral Bracho






Terminal de autobuses del sur
















Fieles al agua tensa que los sostiene

avanzan bajo la superficie sin alterarla.

De ella asumen los tonos,

en ella se hunden entre espejos;

son pasajeros

que se empalman y mezclan

frente a la puerta cuatro.



Han llegado hasta ahí

sin desprenderse de las formas constantes

que los guían sin mirarlos. Ignorados,

unidos entre brillos y objetos,

las siguen desde la hondura

y son su apoyo,

fluido modo de ver y desplazarse,

en ese espacio invertido

de reflejos y evidencias cambiantes.



Ahí, entre el piso de mármol

recién pulido, con una afable y abierta ligereza



se funden. Algo jovial despliegan esas sombras;

algo profundo advierten.
















Coral Bracho (1951, Ciudad de México, México)




De:  laestafetadelviento.es










Imagen: ernestogarcialopez.blogspot.com

Enlaces: Letras Libres


mayo 22, 2011

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Juan Pablo Salinas





Mesa 3







El espaldar de la silla saborea sus vértebras

acaricia sus costillas en cada movimiento





Bate las manos confundido

atrapado en las telarañas que los gritos tejen por los costados

Mientras arquea los hombros

seguro de vivir entre estos ruidos.





Un insecto cae en espiral

un insecto expulsado de su conciencia flota

posa en las paredes

copula sobre las mesas

y solo son moscas las que frecuentan sus días

coinciden a cada instante con su mirada

en cada banca

a toda hora

y es el tedio día a día





Se desplaza al baño y pronto a la mesa

todo se hace inaprensible

sus ojos se vuelcan y se mira en medio de un anfiteatro

sentado

automatizado sobre un sillón

con un control pegado a la mano y su dedo cambiando y cambiando

y pronto el zapping diario

y es Tele-Vida todos los días

efímeras escenas de felicidad

indigestiones de hambruna inmortalizada en spots de Herbalife

noticias rebosantes de fatalidad

y muertos, vidas, historias

una mancha

una suma de píxeles en la pantalla.





Juan Pablo Salinas (1986, Cochabamba, Bolivia)

De: "Moscardón Bistrot", Editorial Yerba Mala, 2010





Imagen: http://antologiatemporal.wordpress.com/

mayo 20, 2011

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José Watanabe







El ciervo











El ciervo es mi sueño más recurrente.

Siendo animal de manada aparece mirándome con alzada

y orgullo

de hombre solo.

A media distancia pasta en un espacio pequeño, y alrededor

todo petrificado, ningún cuerpo

de carne

que se le compare.

El ciervo se mueve como articulado por fuertes elásticos

internos

que convergen en un poderoso órgano desconocido y central.

De allí su caminar gracioso

que disimula su enorme fuerza

elástica, su potencial

de vuelo.

Imaginemos la eventualidad de un cazador y de un certero disparo,

ya el ciervo está desarrollando su instantáneo salto

en el cielo.

La jauría sólo llegará a su primera sangre, a la sorprendida,

y luego no lamerá

ninguna

porque en el ascenso

el ciervo curará su herida

con simple

saliva.

Y aterrizado y salvo aparecerá otra noche en mi sueño.

de hipocondriaco

Mi miedo volverá a cubrirlo de atributos

de inmortal y así mirándolo

yo mismo me miro

pero sólo en mi sueño

porque la voz de mi vigilia no entra allí, y el ciervo

nunca oye

mi cólera:

No eres de vuelo y vivirás en el suelo, mordido

por los perros.











José Watanabe (1945 / 2007, Trujillo / Lima, Perú)

De: "Elogio del refrenamiento", Editorial Renacimiento, 2003





Imagen: adondevamos.pe

Enlaces: DramaTeatro, revista digital: entrevista a José Watanabe

mayo 17, 2011

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Silvia Camerotto, inédito





Resabios


















Cómo es esta noche todavía


Si las noches


si los momentos van a alguna parte


donde lo encuentre como se encuentra su voz


en mi cabeza con sus altos y sus bajos


con su voluntad inocua para semejantes fauces


La intolerancia metida dentro de una botella


que perfuma mi estudio cuando trabajo


cuando marco un número de teléfono


para pedir ayuda pero nunca lo que deseo que ocurra


Es extraño mirarse después de que ha pasado el lugar


y ver que en el lugar ya no está la persona


pero el hueco que ocupaba sigue lleno


como si fuera posible estar al mismo tiempo


en el norte y en el sur


como si los débiles marcos que contienen las miradas


hubieran crecido de golpe


amontonados en el mismo centro de la cosa


Tanta incontinencia


Tanto asombro.




















Silvia Camerotto (1959, Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires)













mayo 16, 2011

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Sergio Kisielewsky







Abotonado





















Ponía las llaves en la biblioteca


y vos llevabas tu guardapolvos al armario.





Yo amaba saber que te iba a querer toda la vida.





Desplegaba el sofá cama y nuestra hija


no llegaba a los dos años.





Te amaba.


Amaba verte en Valeria, sabía que tu padre


combatió a los que odiaba mi padre.





Luego vino el mar, los tullidos,


la sombra de la sombra en el país del trabajo no fijo.


Me pudrí y te cansaste.





Pero yo me cansé de mí.





Y aquí estoy.


Miro por la ventana de una habitación ajena.


Vivís a ocho cuadras como mi hija


y te ponés a soñar


que alguien te querrá.





Las comidas, los hoteles, los pocos asados y tus canciones de Baderek.





Todo ocurre alrededor del fuego.


El fuego en que nos quemamos.
















9













Tu belleza es un campo minado.





Un poste en la calle Valle.


Son los adoquines del atardecer


que se llueven a si mismos.








10













¿Qué ve el poeta?





El poeta se ve a si mismo


como peste.





El inservible escuchando la Spika en el umbral.


Pide un trabajo.


Pide candelabros.


Un hijo.


Calles que no, papá.


Un figura sólida que estremece.





Es un silbido deshilachado por las calles.


No me verás irme, papá.


No me verás con el hijo.


No me verás trayendo un objeto desde el desván.





No me verás papá.


Un trozo de luz que lastima el paisaje.


Un embarcadero. Un puerto.


Una sombra


en la casa de Quequén.


















Sergio Kisielewsky (1957, Buenos Aires, Argentina)


De: "La belleza es un campo minado", Alcion Editora, 2006






Foto: "Los poetas de Mascaró, Centro Cultural de la Cooperación. Sergio Kisielewsky en el centro



















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Blues del blog, por Damián Tabarovsky

Al final, era cierto o no que cualquier boludo tiene un blog, como predijo un intelectual orgánico… del Grupo Planeta? (¿Creyeron que iba a decir orgánico del kirchnerismo? Eso es apenas un detalle. La realidad, en un caso como el suyo, está en otro lado: en el mercado como única verdad.) Pensaba en estas cuestiones, mientras leía una nota en The New York Times, en la que se afirma que por primera vez son más los blogs que se dan de baja, que los nuevos que se crean. ¿El blog ya fue? Según informa la nota, el éxito de las autodenominadas redes sociales (Facebook, Twitter, etc.) tendría mucho que ver con la decadencia del blog que, en comparación, habría quedado viejo, lento, y previsible. El blog sería hoy un asunto de treintañeros, mientras que las redes sociales expresarían la potencia adolescente, su frescura, su gusto por el desorden, su experiencia de lo descentrado. Por razones estrictamente profesionales, hace un tiempo entré a Facebook (estaba interesado en conocer cómo aparecen allí ciertas editoriales independientes, cómo se promocionan, qué estrategias de comunicación utilizan). Después de haber saciado mis inquietudes laborales en el ámbito local, pasé a buscar varias editoriales extranjeras, entre ellas una de las editoriales independientes francesas más prestigiosas (que publica a más de un escritor argentino). Pero no la encontré. Entré entonces a su página web, pero en ningún lado había un link a Facebook o Twitter. Tiempo después, casualmente me encontré con su editora, también propietaria de la empresa. Y le pregunté por qué no estaban en Facebook. Con total naturalidad, me contestó: “¿No estamos? Ni idea. Dejame que les pregunte a las chicas de prensa para averiguar”. Y después me obsequió la edición de Le bruit du temps, de Ossip Mandelstam, que acababan de reeditar en su hermosa colección de bolsillo. ¿A cuenta de qué venía todo esto? Ah, sí: que en ese desdén de la editora hay una enseñanza profunda para la literatura. Una sutil respuesta crítica a una pregunta clave: ¿sobre qué conversamos? ¿De qué hablamos?
Pero también venía a cuenta de la nota de abajo, siempre en The New York Times, que versaba sobre la relación entre tiempo de espera, impaciencia y tecnología. Era un artículo interesante, porque concebido desde una perspectiva pragmática y positivista (es decir, desde la única desde la que habitualmente se presenta a la tecnología en los medios y en el sentido común, valga la redundancia), estaba llena de datos susceptibles de convertirse en agradables temas de conversación. Por ejemplo, un psicólogo conductista afirmaba que si el ascensor tarda más de 19 segundos en llegar, los usuarios tienen tendencia a tocar nuevamente el botón de llamado. Y que a los 32 segundos, ya se empieza a tener una cierta actitud de fastidio. Luego, un especialista en “nueva dinámica social”, señalaba los momentos en que las computadoras “se ponen lentas” como una de las principales causas de estrés y violencia laboral. Algo de esto debe ser cierto: mi máquina andaba muy lenta, y entonces decidí llamar a un técnico. Según parece, era simplemente mugre, archivos grabados en cualquier lado, y ausencia de conocimientos (e incluso de vocabulario: en un solo trámite, aprendí la palabra y la acción de desfragmentar el disco duro). Ahora con la computadora hecha un avión, no sólo ya casi no tengo estrés, sino que me reencontré con viejos artículos míos, mal guardados en unos llamados “archivos temporales” (grave error: todo escritor debe guardar sus notas en archivos llamados póstumos). En especial, con varias notas de la época en que me dedicaba a escribir reseñas del libros de saldo en un desaparecido suplemento cultural. Ahora que lo recuerdo, sobre esas viejas notas se iba a tratar esta columna.


Nota de Damián Tabarovsky en Diario Perfil del 07/08/2011, Suplemento Cultura

mayo 13, 2011

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Jorge Santkovsky











Invisible















Todo parece en su adecuado lugar.


Los colores no se borronean.


Es el cielo de la cabeza


el más agraciado.


Una enorme actividad


invisible


un cosquilleo tenue.





Es la máscara,


una completa sonrisa


casi una locura.





Una intensa presión,


incontenible


denuncia el fin y el principio.





Es el fin del espanto


es por fin, un principio.














Radar















Por fuera


es el mismo día.


O la misma noche.





Sin causa aparente


retardo mi radar.


Indagando en rostros y balcones,


disfrutrando como todo


se articula merecidamente.





Me propongo


atrapar este paréntesis.


Revivirlo intenso


en mi cerebro.





Hacer la necesaria pausa


y reír como sólo rién los cuerdos.














Secreto















Los he engañado a todos.


He mantenido un secreto que me fortalece.


Estas palabras


son sólo mías.


Los que me ven caminar


no imaginan que vuelo.


Si me ven llorar


no sospechan que río.





Seguiré engañando,


año tras año


hasta que el propio peso de las palabras


doblegue mi cuello,


y haga inútil


todo engaño.














Jorge Santkovsky (1957, Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires). Reside en la Ciudad de  Buenos Aires


De: "Revelaciones", Huesos de Jibia, 2010






Imagen: facebook





mayo 11, 2011

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Raúl González Tuñón



















Clínica de muñecas



                                                                   (Villa Crespo)

                                          "Yo estaba frente al Edificio Nacional

                                           cuando empezó el tiroteo" (Paralelo 48).

                                                                                  Dos Passos





Tenía en su cara los colores

de la silvestre rosa rosa irlandesa,

y unos ojos verdes redondos

y bucles de oro la magnífica muñeca

y una cintura de ukelele

y un perfume tan penetrante de alhelí,

cuando fue

muerta entre el berrinche

en el bochinche que hubo allí,

la señorita Rumble Bumble Jumble Jinjiboo Jay O'Shea.



Ah, yo la hubiera paseado

bajo la Cruz del Sur en la Ribera

y yo le hubiera regalado

una fragata dentro de una azul botella

y un gran reloj que al dar la hora

toca una linda, una adorable musiquita

y una ventana con un puerto y un submarino en la pecera

y un trencito de chocolate que recorre un raro país,

a la pequeña Rumble Bumble Jumble Jinjiboo Jay O'Shea.



Ahora está la Bella Durmiente con las mejillas color cera

y ya no tiene los colores

de la silvestre rosa rosa irlandesa.

Ahora está blanca la yacente

adolescente en su cajita

y sobre ella la tristeza lanza su breve

transparente lluvia sutil

y el viento joven gime gime gime en la vidriera

porque está muerta en la cajita

la señorita  Rumble Bumble Jumble Jinjiboo Jay O'Shea.





¡Doctor Angélico! Estoy viendo

cómo trabaja en la trastienda el Viejo Gris

con instrumentos delicados

como los sueños del vagabundo y el poeta.

Cuando termine le daremos vino viejo y gefultefisch

y la antigua llave del barrio

y el secreto del gallito de la veleta

y una garita de confite donde se agite

un guerrillero de carmín

por salvar a la Señorita, por salvar a la Señorita,

por salvar a la Señorita, por salvar a la Señorita

Rumble Bumble Jumble Jinjiboo Jay O'Shea.











Raúl González Tunón (1905 / 1974, Buenos Aires, Argentina)

De. "A la sombra de los barrios amados", 1957






mayo 08, 2011

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Cangrejos y tortugas












Cangrejos en la playa de Armação







Al principio son invisibles como los cabellos

    rubios de un cuadro de Boticelli

    pero a la hora de la siesta empiezan a

    salir otros más grandes

    tiemblan al paso del turista desprevenido

y huyen se esconden rápidamente cobijados en

los parasoles: cada uno tiene su hoyo en la arena

en cuyo fondo oscuro cometen las torpezas de

cualquier ser viviente. ¿Ignoran el ruido del mar?

¿Ocultan claves esotéricas? ¿Se preocupan por

   el último best seller?

Lo cierto es que nos miran con dos enormes radares negros

y de costado utilizan la cámara fotográfica con

   un solo ojo electrónico compuesto por

   millones de células solares. En la playa

                     solitaria

                         de

                     Armação

hemos quedado este verano del 78

fotografiados por la vida, apenas levemente como la arena

hasta que la marea del invierno cubra esos

    desconocidos cráteres, borre las huellas

    de los cangrejos, transporte hacia las costas africanas

    mujeres en bikini, risas, y ¿por qué no?

la imagen de un árbol desconocido

a cuya sombra hablaban portugués nuestros amigos.











Alfredo Veiravé (1928 / 1991, Gualeguay, Provincia de Entre Ríos, Resistencia, Provincia del Chaco, Argentina)

De: "Historia natural", Editorial Sudamericana, 1980)









Documental









Los biólogos empeñados en repoblar de tortugas

las costas de Bermudas descubrieron

que los bebés de las tortugas

necesitan cruzar por sus propios medios

la playa del mar en el que se internan para crecer.

Observaron que de no cumplir esa travesía

no volverían al lar, maduros ya, y

fuertes de navegaciones. Pero

las playas de Bermudas están infestadas de cangrejos

prodigiosamente blancos y feroces

en cuyas pinzas perecen algunos bebés tortuga

como tributo al medio atroz donde nacieron.

Los cangrejos tal vez pueblan en exceso las playas

pero los biólogos lanzan a los bebés a horas tempranas

cuando el sol no despierta a los cangrejos

Es más que un acto de piedad burlar el sueño de las bestias











Jorge Aulicino (1949, Buenos Aires, Argentina)

De: "La caída de los cuerpos", El lagrimal trifulca, 1983  


mayo 07, 2011

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Néstor Groppa









"La provincia está destruida"






                                    
leyendo los diarios locales










Leía los diarios del día 9 de Diciembre

y no podía creerlo,

la vecina no podía convencerse ni convencerme

       yo

de tanto subjetiva excreta moral.

La provincia solamente retenía

el monumento a la Independencia (?), las estatuas

de Lola Mora (traídas por casualidad) y la estrella

       de Belén (en la Catedral)                                                  

la Catedral, también.

Lo demás, lo que suman y llaman patrimonio,

pasaba a bolsillos nacionales --¿unitarios o

       federales?–

y de ahí, a cuentas no registradas de nuevos ricos

       multinacionales:

la luz provincial, el agua de la provincia

a la sombra de la estrella polar,

las ventanillas y los libros rayados y las

       computadoras

y las cajeras del Banco de la Provincia de Jujuy, 

       los caminos, los silencios

del subsuelo, las rutas polvorientas del cielo, los

       últimos años,

la niñez de los jubilados, las viejas caritas de los 

       niños, el honor

del salón de la Bandera, las desencuadernadas

       páginas

de sus historias

pasarían a las cuentas de los nuevos ricos

       globales (¿o no?).

Sólo seguirían en la provincia las moscas del

       hambre,

la crónica altiva, inasible, siempre errabunda,

el hacer y las manos, que en vano habían

       trabajado.

Solamente quedarían en el mapa

uno que otro río,

uno que otro cerro

de la precordillera

en la geología con todas sus edades enajenadas

       por pedimentos.

Los hombres revolvían en la historia,

sacaban pedacitos de hazañas, cortaban instantes

       o años enteros.

Entre todos los miraban,

memoraban las oraciones y los ritos de otros

       pueblos,

sus altares, sus entregas, el lanzazo de sus

       miradas

y sus galopes de frontera a frontera.

Imaginaban el terreno provincial

con sus amores y aquellas primaveras

desmandadas, procreando a ras del raso

cuando una espuma rosa desborda los lapachos,

o esos ángeles azules se vuelan de los tarcos

en tardes derramadas de la cuarta estación,

donde ya suenan los pesebres y sigue un bombo

       pero indignado.

Ah! ministros, diputados con retroactividades,

       Sres. magistrados

y Sras. y Srtas. oyentes,

contadores públicos nacionales, y niños y niñas

       aquí presentes:

estamos vigilando lo mismo que una planta

atendiendo al sol,

al agua que baja con la lluvia

y a la sombra

que me peina y despeina.

Soy esa planta indefensa a merced

de pronto, de una mano cariñosa

o de una mariposa oficial

negra y dañina

que regala un polvillo lúgubre de heredadas

       muertes.

Tal la vida en este Diciembre

pesando los sueños del mundo por el mundo

decepcionado de lo que existe

tan de pronto con todos los colores de la vida

y muy de pronto en blanco

con ese blanco

de cuaderno nuevo

en que nos disponemos a escribir con dignidad

la continuación de la historia, zarandeando su 

       cronología

inmediata, para separar el cascajo de lo tolerable.

Que lo hay.






9 - 12 - 1995

















Néstor Groppa (1928/2011, Laborde, Provincia de Córdoba, San Salvador de Jujuy, Provincia de Jujuy)




De: www.elnuevocantaro.com






Imagen: sumiradapoetica.blogspot.com




mayo 05, 2011

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Mark Strand














Otro lugar















Entro en la luz

que hay






no enceguece

ni es suficiente para vislumbrar

lo que ha de venir






sin embargo veo

el agua

el único bote

un hombre que está de pie






es alguien que no conozco






este es otro lugar

la luz que hay cubre como una red

la nada






lo que ha de venir

había sido

esto antes:






el espejo donde el dolor duerme

el país que nadie visita.





















Mark Strand (1934 / 2014, Prince Edward Island, Canadá / New York, Estados Unidos de Norteamérica)

De: www.kalathos.com


Traducción: Juan Sanchez-Pelaez






Imagen: flirck