Rodolfo Edwards


el pasaje Obelisco




en el pasaje Obelisco
solía tomar cervezas
con mis futuros enemigos

en el pasaje Obelisco
mientras me lustraban las botas
con un lápiz de oro trazaba
una larga línea
entre absurdas combinaciones de subtes
que me llevaban a ninguna parte
se hundía en la noche
mi alma
como un fantasma visible
que no pudo eludir
el peso de la materia
esperaba súbitos acontecimientos
un relumbrón
una luz cegadora
o sea:
un golpe de la suerte

en el pasaje Obelisco
una vez compré
un teléfono blanco
un Gráfico
con Bochini en la tapa
y un reloj de juguete
que marca siempre
la hora más querida


Rodolfo Edwards (1962, Buenos Aires, Argentina)
De. "Diario de poesía N° 82, Junio a Diciembre 2011


Imagen: alcoyanaalcoyana.blogspot.com

1 comentarios

  1. me imagino transitando el pasaje en mi caminar hacia al subte...muy vivido!!!gracias!!!!

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Notas

//Un poco de narrativa a los poemas. Nilton Santiago me desintoxica.

//Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER

(fragmento)
Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.