septiembre 30, 2011

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Daniel García Helder




















Hombres sin porvenir











Los árboles de La Invernada,

que perdieron sus hojas

torcidas por marzo, en abril,

antes que el viento tumbara

las frutas con gusanos,

podridas, y el cereal almacenado

en silos y galpones

fuera destinado a la exportación,

vistos desde la orilla opuesta

por la ventana

mientras me sirvo una taza de té,

se parecen, con sus ramas

en punta, peladas

a los hombres sin porvenir

que miran de otro modo el cielo.







Una bañista











El aire que el Paraná reenvía,

esporádico, bajo la forma

de una ráfaga humectante

al banco de arena, desciende

sobre los cuerpos

expuestos a este sol,  cenital,

doblado por el agua

y los puestos de gaseosas.

Hacia esa bañista,

que reposa sobre un rectángulo

de lona y mira a lo lejos,

en direción a

El Espinillo, no siento atracción

o repulsión; apenas

interrumpida por las piezas

del biquini, la superficie

de su piel cintilla aquí y allá,

difunde, como algo de bronce,

relumbrones que quiebran

la opacidad de la mirada.











Daniel García Helder ( 1961, Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina)

De. "Diario de poesía N° 4, 1987



Imagen: del palenque y para...

septiembre 29, 2011

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Diario de Katherine Mansfield








8 de diciembre. Esta mañana pensé y pensé pero sin mucho provecho. No sé porqué, pero mi inventiva parece casi desertarme cuando deseo bajar a la tierra. Estoy perfectamente allá arriba. Incluso en mi cerebro, en mi cabeza, puedo pensar y realizar y escribir maravillas...maravillas; pero en el momento en que realmente trato de escribirlas, fracaso miserablemente.










septiembre 26, 2011

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Sylvia Plath: vestida para la ceremonia, por Javier Galarza







«especie de milagro andante mi piel
destella como una pantalla de lámpara nazi»

La escena podría comenzar de esta manera: una niñita rubia adoradora del sol, que cree en la existencia de las sirenas, cuidando con ternura a una estrella de mar sin brazos. Pero toda biografía es falsa y parcial puesto que la vida misma tiene una inmensa carga de irrealidad. Vuelven algunas preguntas: ¿Hay olvido posible? ¿Hay perdón? ¿Solo la belleza nos redime del horror?

Sylvia Plath nació en Boston, Massachussets, el 27 de octubre de 1932 bajo el signo de Escorpio, fuerza rectora de Eros y Tanatos (sexualidad y muerte). Dos animales simbolizan el poder dual del poder de este signo: el escorpión (representación del mundo psíquico subterráneo, así como de la capacidad de herir o herirse) y el águila (símbolo místico de la trascendencia al mundo cotidiano: la resurrección). Crece cerca del mar junto a Warren, su hermano menor. Su madre, Aurelia Schober, era de origen austríaco, y su padre, Otto Plath, un entomólogo polaco. En 1940, cuando Sylvia tiene 8 años (edad en la que publica su primer poema en el Boston Sunday Herald, sobre grillos y luciérnagas), su padre muere de embolia pulmonar. Al día siguiente de su fallecimiento, su madre reúne a los dos hijos para darles la noticia.



«Nunca volveré a hablar con Dios»— dice la pequeña Sylvia. No superará esta pérdida. La imponente figura del ausente regresará por siempre en sus poemas.
(«Nunca podré reunirte íntegramente/ juntar las piezas, pegarlas, unirlas bien»— escribe en «El Coloso»). Años más tarde y en su hora más desesperada, dedica un poema a la figura de su padre en el que no sólo funde su imagen con la del esposo del que se acaba de separar, sino también la representación de las botas, el atropello, el patriarcado: la manifestación de todo autoritarismo. El poema se llama simplemente «Papi»:

«... No Dios sino una svástica
tan negra que tapaba el cielo
toda mujer adora a un fascista
la bota sobre la cara, el bruto
bruto corazón de alguien como tú...»

"... Papi, papi, bastardo. Estoy acabada
."

Pero hablábamos de 1941 y la niñita de trenzas, la señorita dientes de conejo, se dispone a ser perfecta.

«... No es un buen abrigo un atado de sombras. Vivo
en la imagen de cera de mí misma, un cuerpo
de muñeca...»

Como estudiante es brillante (con tal grado de obsesión y autoexigencia que un nueve podía representarle un frustración). Ya en la universidad gana una cantidad asombrosa de premios y menciones (esto será una constante en su vida y, años después de su muerte, también obtendrá el premio Pulitzer, cuando se editen sus poemas completos). Escribe artículos, relatos y poemas. Vive una gran cantidad de romances y sus diarios describen un conflicto clásico de los años '50. Siente que su vocación literaria y su fuerte personalidad entran en contradicción con el deseo de casarse y tener hijos.
En 1953, a los veinte años, es becada por la prestigiosa revista Mademoiselle y se traslada a trabajar una breve temporada a New York. Pero de vuelta a casa atraviesa una grave crisis, insomne y agotada. «¡Tu prisión no es tu cuarto! ¡Tu prisión eres tú!» escribe en su diario. Una mañana de julio su madre le descubre cortes en las piernas. Sylvia toma sus manos y grita: «—¡Oh, madre, el mundo es demasiado corrupto, deseo morir! ¡Hagámoslo juntas!». Bajo una deficiente supervisión psiquiátrica es sometida a electroshocks por primera vez. Una tarde de ese verano «plácido» (así lo describió, no sin su habitual ironía, en una carta a un amigo), vuelve de una de sus sesiones de shock. Entonces le deja una nota a su madre: «Salgo a dar un largo paseo». Se encierra en el sótano y toma tal cantidad de somníferos que permanece más de dos días encerrada allí. Se dice que el exceso de pastillas la salvó al obligarla a vomitar. Todos los vecinos de la zona se habían movilizado para buscarla. La encontraron herida, más muerta que viva. Hundida en la depresión más absoluta pasa dos días internada sin poder reaccionar. Vuelven los electroshocks. Escribe en una carta: «Lo que necesito es alguien que me ame, que esté conmigo cuando me despierto de noche gritando de horror y miedo a los corredores que llevan a la sala de shock, alguien que me consuele y me dé la seguridad que ningún psiquiatra logra darme».Ya recuperada, la estudiante brillante, alta, bella e inteligente, tiene algo más que agregar a su aura intrigante y misteriosa: un intento de suicidio. Les cuenta a sus compañeras de su miedo a «el dios azul de los voltios», las descargas que borran días, años, personas. Les dice «—Estar loca es horrible. Una sólo está preocupada por estar loca». Y les da una siniestra profecía: «—Si vuelvo a estar loca me mato».
«En mí vive un grito
Por la noche aletea
buscando con sus garras, un objeto de amor
me aterroriza el algo oscuro
que duerme en mi interior»



UN PAIS TAN LEJANO COMO LA SALUD
En 1955, sin discontinuar su tradición de premios, le es concedida una beca para ampliar sus estudios en Cambridge (Inglaterra). Se embarca hacia ese país de clima demasiado frío pero de incomparable tradición literaria. Un año después conoce a Ted Hughes.
Deslumbrada por ese intelectual prestigioso y atlético que parecía haber pasado por todas las aventuras posibles, se casan prontamente. Viven un romance de lecturas compartidas, aventura intelectual y pasión.
Pronto Sylvia está más ocupada en cambiar botones que en su carrera literaria (no poseer tiempo para escribir la fastidia profundamente). Aunque parezca mentira, hay parejas del mundo literario que cenan con ellos y no se enteran de que Sylvia «también» es escritora. Durante algún tiempo, quizás por obra de alguna de esas extrañas operaciones alquímicas que el amor suele ejercer, Sylvia consideró la obra poética de su marido mucho más importante que la suya y lo ayudó convirtiéndose en su «agente literario», al tiempo que llevaba la casa, estudiaba y escribía. El primero de abril de 1960 nace su hija Frieda. Este acontecimiento lógicamente movilizante, se suma a la publicación de su primer libro: «El Coloso y otros poemas». En 1961 se suceden la pérdida de un embarazo y una operación de apendicitis, situación descrita en el sobrecogedor poema «Tulipanes». Son años cruciales donde redacta su estupenda novela «La campana de cristal. »
Quizás el nacimiento de su hija, junto al embarazo perdido, nombró como nada la gloria y el abismo de su feminidad. Sus poemas empiezan alejarse de la cárcel técnica y la formalidad («la perfección es horrible: no puede tener hijos»). Su voz se mueve entonces hacia un lugar donde articular su intimidad, una exposición que la acerca a la desnudez.
El 17 de enero de 1962 nace Nick, su hijo varón. La rutina transcurre entre poemas y pañales hasta que un hecho altera la calma: Ted tiene una amante; Assia Wevill, amiga del matrimonio. Una tarde, Sylvia Plath, intercepta una llamada furtiva de «la rival». Al otro día, con su hijo Nick en brazos y la pequeña Frieda contemplando, hace una gigantesca hoguera con la nueva novela que estaba escribiendo (dedicada a su esposo), las cartas de amor y diferentes manuscritos. Es el momento, entre el fuego purificador y el humo que se eleva, en que una persona rompe con su pasado. Cuando la incertidumbre se abre ante el camino y todo es maravilloso y aterrador. Quizás la estudiante perfecta no había aprendido la lección más importante: no había aprendido a perder. Todo había fallado. Sólo le quedaban fuerzas para la gloria.


TODA MUJER AMA A UN FASCISTA Es fácil culpar a Hughes. Demasiado fácil. El hombre que destruyó los últimos diarios de Sylvia Plath con un argumento estremecedor: «El olvido es una condición imprescindible para la supervivencia. »El hombre cuya amante, Assia Wevill, se suicidó de la misma manera que Sylvia: metiendo la cabeza en el horno. Como si el horror no bastara con llegar tan sólo una vez en la vida, sino que retornara por siempre para multiplicar la tragedia, para recordarnos que aún no hemos transitado a fondo el camino del error.Es fácil culpar a Hughes. Demasiado fácil. El hombre que poco antes de morir, en 1998, dedicó un libro de poemas a la memoria de Sylvia (Birthday letters), hablándole como si ella nunca se hubiera ido. El libro, donde, rompiendo su silencio de años, le dice: «Volví a ver el mundo a través de tus ojos/ como volvería a verlo por los ojos de tus hijos./ A través de tus ojos era extraño. »(«... SOY YO. NO ES SUFICIENTE»). ATROCIDAD DE LOS CREPÚSCULOS.Separada de su marido se muda con sus hijos a Londres. Es el invierno más frío en años. La casa que habitan se encuentra en condiciones sumamente precarias. Está más pálida y pierde varios kilos.
Escribe en la madrugada con los dedos entumecidos. Como todo lo que brilla enfermo y muere dulcemente comienza a alumbrar sus mejores poemas.
Hace suya aquella máxima de Nietzche «escribir con sangre» o, yendo a un ejemplo más cercano, el credo pizarnikiano de «hacer el cuerpo del poema con el cuerpo». Es el momento de la redacción de «Ariel», su libro póstumo, donde al fin se alzará su voz, con ironía, con odio, con humor; donde grita de una vez por todas su mundo femenino herido para siempre. Está dada a su abismo, al intento desesperado de mantener en pie una felicidad que se le escurre, que no está, que nunca estuvo, la tensa calma que precede a las tormentas, el viento furioso del invierno a la entrada del espanto, donde su sueño de frágiles bordes toca a su fin y la soñada perfección o completud del cuerpo se alcanza en la instancia de la aniquilación.

Entonces, sólo entonces, caen las máscaras, todos y cada uno de los personajes o sujetos poéticos que le permitieron seguir viviendo: la nenita de Auschwitz, la imprecadora, la mística, la Marylin del intelecto, el maniquí de Munich, la señora Lázaro que ya se había encargado de decir «morir es un arte/ como cualquier otro/ yo lo hago excepcionalmente bien.»
Es un invierno demasiado frío. Todo le resulta difícil, hasta el más mínimo quehacer cotidiano le parece un obstáculo insalvable. Vestir a los niños para salir, cuidarlos, todo es una complicación. Su adorado sol cada vez se ve más lejos. Ha disuelto sus «enaguas de puta» y cantado a la «tristeza de lo que nace». Entonces ve a Dios. («Y una vez que uno ha visto a Dios ¿qué remedio hay?», se pregunta en uno de sus últimos poemas). Ya está situada fuera de este mundo y escribe desde ese lugar de no retorno. Es dueña de una revelación siniestra y helada. Se acerca el momento de la consumación. Está vestida para la ceremonia. Lo dice en su último poema:

«La mujer alcanzó la perfección.
Su cuerpo
muerto muestra la sonrisa de la realización;
la apariencia de una fatalidad griega
fluye por los pergaminos de su toga
sus pies
desnudos parecen decir:
hasta aquí hemos llegado, se acabó»

Luego de una noche insomne deja vasos de leche para sus hijos. Sella la puerta de la cocina. Abre la llave de gas. La encuentran pocas horas después con la cabeza sobre el horno.
Es el 11 de febrero de 1963. Pronto llegarán la fama, el comienzo de la leyenda, la inútil gloria de la posteridad, las banderas, la lluvia de los días, como si la muerte, la locura o el martirio tuvieran el poder de legitimar una obra o una vida. («¿Son así los rostros del amor, tan pálidos e irrecuperables?») ¿Habrá vidas o sólo fantasmas en este absurdo juego de espejos?
En el final, vuelven algunas preguntas. ¿Hay perdón? ¿Hay olvido posible? Quiero decir: ¿puede la breve luz de un poema redimirnos del horror?


UN POEMA DE SYLVIA PLATH

«Una madre atiende a su hijo a la luz de una vela: encuentra en él una belleza que si no va a bastar para guardarlo de los males del mundo, sí, por lo menos, la redime a ella de su parte en esos males.» (declaración de Silvya Plath a la BBC)

« ...no es tuyo ese miedo al que despiertas... »NICK Y EL CANDELABRO

Soy un minero. La luz arde azul.
Estalactitas de cera
Gotean y se hacen espesas, lágrimas


Un vientre terrenal
Exuda desde su mortal aburrimiento.
Negros aires de murciélago


Me envuelven, chales andrajosos,
Fríos homicidios.
Se pegan a mí como ciruelas.


Vieja cueva de carámbanos
De calcio, vieja cueva que hace ecos.
Hasta los tritones son blancos,


Esos mojigatos.
Y el pez, el pez-¡Cristo!
Son hojas de hielo,


Un vicio de cuchillos,
Una religión
De pirañas, tomando


Su primera comunión de los dedos de mi pie.
La vela
Traga y recupera su pequeña altura,


Y sus amarillos se arman de valor.
Oh, amor, ¿cómo llegaste hasta acá?
Oh, embrión


Recuerdas, hasta en sueños,
tu posición cruzada.
La sangre florece limpia


En vos, rubí.
El dolor
Al que despiertas no te pertenece.


Amor, amor,
Adorné nuestra cueva con rosas.
Con alfombras suaves


Lo último en detalles victorianos.
Dejá que las estrellas
Se desplomen en su oscura dirección,


Dejá que los átomos
De mercurio que te lisian caigan
Gota a gota en el terrible pozo,


Tu eres el sólido
En el que los espacios se apoyan, envidiosos.
Eres el bebé en el pesebre.


FRAGMENTOS DE DOS CARTAS DE SYLVIA PLATH A SU MADRE. Carta de Plath adolescente y universitaria
30 de septiembre, 1950
Querida mama:
...mi examen físico... consistió en envolverme en una sabana e ir pasando de una habitación a otra completamente desnuda. Me ha acostumbrado tanto a que me digan « quítate la sábana», que tengo que andar con cuidado para que no se me olvide ponerme la ropa. Mido 1,75 de altura, peso 61 kilos y mi postura es correcta aunque cuando me hicieron la foto, estaba tan preocupada de mantener las orejas y los talones en la misma vertical que no me acordé de enderezarme. Lo cual me valió el siguiente comentario: «Estas bien alineada pero permanente peligro de caerte de bruces»Mièrcoles 19 de enero de 1963, poco antes del suicidio y en plena redacción de sus mejores poemas:
«...¡Cuanto me gustaría poder vivir de lo que escribo!
Pero necesito tiempo. Creo que lo que me hace falta es que alguien me anime diciéndome que hasta ahora lo he hecho todo muy bien...» 


UNO DE LOS POEMAS DEDICADOS A SYLVIA PLATH POR TED HUGHES 

LA LECHUZA




Volví a ver mi mundo a través de tus ojos
como volvería a verlo por los ojos de tus hijos.
A través de tus ojos era extraño.
Los espinos comunes eran raros forasteros,
un misterio de fábulas y hechos raros.
Cualquier ser salvaje, con patas, en tus ojos
emergía como un signo de admiración,
cual si hubiera aparecido ante unos comensales
en el centro de la mesa. Los patos silvestres
eran artefactos venidos de algún mundo sobrenatural,
sus galanteos eran un film hipnagógico
desenrollado por el río. Imposible
comprender el placer de sus patas
en el agua gélida. Tú eras una cámara
registrando reflexiones para ti insondables.
Yo hice que mi mundo se desviviera por ti.
Tú lo acogiste por entero con una alegría incrédula,
como una madre recibe a su hijo
de manos de la partera. Tu frenesí me aturdía.
Despertaba mi infancia taciturna y extática
de quince años atrás. Mi obra maestra
advino aquella negra noche en el camino a Grantchester.
Sorbí el débil quejido gutural de un conejo
de mi nudillo mojado, junto a un matorral
donde había una lechuza leonada, inquisitiva.
De pronto, levantó vuelo desplegando las alas
sobre mi rostro, tomándome por un poste.

Ted Hughes




De: http://javiergalarzants.blogspot.com/2007/04/sylvia-plath-vestida-para-la-ceremonia.html



Imagen: citaenhawaii.wordpress

Enlaces: Poéticas

septiembre 25, 2011

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Alberto Girri



El poema como idea de la poesía













                Que la finalidad

sea provocar el sentimiento

de las palabras

                      y alcanzar

el desafío de la expresión,

perseguir objetos

hasta la emoción adecuada,

                                         está probado,



y tanto, probado y probado,

como no lo está

el que en esos tránsitos

la tendencia madre sea

por dónde va la inspiración

                                  "si en frío o en caliente",

y no lo está

que haya que seguir a Homero

entre las Musas, su rogar que lo asistan,

                                                           y a Platón

saludando hermosos versos

más en mediocres pero iluminados

que en sagaces y hábiles exclusivamente

al amparo de sus propias fuerzas

                                        y a Dante, el reclamar

la intervención de los dioses

acaso sin creer en ellos:

                            O buono Apollo, all'ultimo lavoro

fammi del tuo valor...



Pero tampoco ninguna

terminante prueba hacia lo opuesto

                                                  que el poema

se conduzca en la mente como un

experimento en una ciencia natural, y que la aptitud

combinatoria de la mente sea

la sola inspiración reconocible.











Alberto Girri (1919 / 1991, Buenos Aires, Argentina)

De: "El motivo es el poema", 1976 



Imagen:  http://bibliotecaignoria.blogspot.com/2010/07/alberto-girri-pascal.html


septiembre 20, 2011

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Alicia Genovese













Fragmentos







la belleza es un eslabón

perdido

el mar es ajeno y da vueltas



el llanto puede

componer esa distancia

y tal vez la búsqueda pueda

y tal vez la caída

                          no sé



el mar es también la presencia

de unos brazos que se acercan

para abrazar

               suele ser

el eslabón perdido



pero cómo afirmarlo ahora

que la calma es un pantano

la lógica

una torpe certidumbre

y las palabras

cansan






Parole






lo que no sirve mencionar

                    no se mencione

y tan poco

                    entonces

fuera la noche menos húmeda

si duele el estómago

de decir sí

cuando no

pero no

si conmoviera verse sola

con un lirio

                    para secar

si conmoviera

con visceras del uno o del otro

                    para deglutir

             no diría

y si las tazas se marchitasen

y las mesas se estrujaran

al menos

una ayuda

pero cada cosa

en su sitio






Alicia Genovese (1953, Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires)

De: "El mundo encima", Editorial Rayuela, 1982



Imagen: Facebook de AG



septiembre 19, 2011

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Juan Cameron















Nos habíamos amado tanto





Urdimos el jurel con los dedos junto al Estero de Castro
la Chica ríe y besa a Manuel mientras las gotas
de una lluvia que no existe sino en ese recodo
quiere borrar el fuego

Enfrente no están los palafitos cortados por la dictadura
Apenas un motor que zumba mientras la llama
cruje y el pez se multiplica en la lima de uñas

¿Cruje aún? ¿Sigue el motor camino hacia las islas?
¿Existe Castro sino en nuestra memoria?
Ella también me amó -es cierto- cuando Manuel había huido
así Manuel la amó y levantó los brazos en el orgasmo
y Gonzalo y yo aplaudimos borrachos en el patio

¿La amó Gonzalo? ¿Compartió esos jureles rescatados 
          bajo su piel de agua?
¿Deslizó sus piernas como la marea?
No escucho la respuesta     Quedó allá lejos     en la otra estación
junto a mi copa
Manuel libró de cárcel y atravesó los mares y vive     lo sé
vociferando en su guitarra por Perth o Sidney     no importa
La Chica quedó en su barrio     un pasaje llamado olvido
o encalló en la familia     tal vez haga el amor
con un buen hombre y rían de haber vivido así nosotros tanto

De mí nada pregunten     sería
como ver el color de las aguas en la imagen del fondo
donde un motor jadea y se pierde allá lejos
hacia
          vaya
                    a saber
                              uno
                    donde.












Juan Cameron (1947, Valparaíso, Chile. Reside En Estocolmo, Suecia)

De: Video Clip, Bikupa, Estocolmo, 1989



Imagen: rileditores.cl




septiembre 16, 2011

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Celeste Diéguez



Los fragmentos en cursiva pertenecen al Manifiesto Comunista, texto compuesto por Carlos Marx  y Federico Engels en 1848








un espectro


se cierne sobre europa


contra este


han conjurado en santa jauria todas


las potencias el papa y el zar


los radicales y polizontes





contra este y su oeste han cernido conjurado estos


aquellos


santa jauria despendejada belfast


dentella destellos chapas vacias


pinzas inmobiliarias


todas las potencias


amontonada montonera


bigote falso radio operador


espia.





los horizontes se han redistribuido


los bordes


camarada herr profesor


no es tan facil hoy mensurar


de donde esta viniendo la santa


la jauria


el tropel del oropel


de estancia y papua los radicales


zalema ¿ azar? la ultraderecha


 y la policia federal


de espolon y  boca abierta.











y el espectro de diente


cariacontecido de epilepte baba


de paco engendrado en pestilente prole patria


pus de la poderida infeccionante patria


patre que escalpe escinde descuaja


persigue


en patota nocturna a las zarandeadas esquirlas de su radiante bomba


latino liberal.





todas las potencias mediaticas medeas


todos los tubos fluorestaticos de alta tension tiritantes


babean de esponsores multiplicarios arghhh


empujan sonrientes la ficha del borde


 caemonos arrastrando el integro mantel


desintegrados.





y los medios las vedettes


los conductores la ultraderecha los social democratas


los comerciantes la policia el ejercito


 los represores las modelos los secuestradores


los dueños de casas de fin de semana los veraneantes


los jueces los dueños de casas los intelectuales los colectiveros


 los docentes los cantantes de rock las vecinas los bienpensantes


los politicos los gobernantes


 los periodistas serios


los porteños


los dueños de casa.








(Fragmento de La Capital, libro en preparación por Editorial Vox)











Viajes III






El motel
bosteza su aburrimiento fuera de temporada
Reposeras junto a una piscina
ya cubierta de algas y hojas
El viento empuja papeles y nylon hacia los rincones de la galería
-Hay habitaciones-dice un llavero de madera terciada
Abrimos
La ultima luz de la tarde
chorrea las persianas.
Envueltos en la vieja colcha
Comemos emparedados de salami.
Un lavabo herido musicaliza el fin.
Cansados de pelear, nos dormimos.
El, antes que yo.








De: poetasalvolante.blogspot.com














Resultado de imagen para celeste diéguez





Celeste Diéguez (1979, Chascomús, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Reside en la ciudad de Buenos Aires)









septiembre 13, 2011

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Gerardo Deniz






Mariposas







Y en los vasos empañados un gusto distante como en frío 

    crisol del alba. Qué afán incurable de hojas secas en las 

    luces, ahí arriba, 

de antifaces marcados con polen y ceniza 

de otra lumbre. Del susurro a las pausas, toda la noche 

un quehacer inacabable —jirones cobrizos, zozobra rumbo a 

    las grandes lluvias 

siempre posibles.

                          Dijera el día 

en qué cortezas o sinsabores,

en qué ciudades hindúes devoradas hace siglos por la selva 

son a las alas oscuras clemencia los derroches del sol

    egoísta, y al rumor

medida cierta este lance de espadas que empieza.









Gerardo Deniz, seudónimo de Juan Almela Castell (1934 / 2014, Madrid, España / Ciudad de México, México)

De: Material de Lectura UNAM

Imagen: www.epdlp.com

septiembre 11, 2011

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José María Pallaoro



Cortejos











En mi despedida

no hay llanto

La liberación se mide

en las derrotas

El ojo policial

está por todos lados

El cortejo

se disuelve

en grupos pequeños

para que no se lleven

los cajones de madera

La ciudad calla

y respira

el humo de las ruinas











Carne podrida











Mirada miope

de lo que aún

no pasó

Nada de ganancias

compartidas

Y los trabajadores

que se pudran

al costado de las autopistas

que conducen

a los campos de sol











José María Pallaoro (1959, La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina)

De: Setenta y cuatro, El suri porfiado, 2011



Imagen: facebook. JM Pallaoro (derecha) con Carlos J.Aldazábal

septiembre 09, 2011

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Rogelio Ramos Signes









Paredes de la prisión








En las oscuras márgenes de esta estrofa o de otras

descansa el universo.

Yo (nieto de inmigrantes)

tiendo las camas,

perfumo los ambientes,

busco en vano quien despierte tanto sueño,

pero nada es campana

en este cuarto empapelado de imprudencias.

Tiritando de envidia

desmadejo conceptos que a todos pertenecen

y es muy burdo mi plagio

entre ancianos dementes que suplican ver un nuevo día.

En las escalinatas travertinas que conducen Allá Afuera

agoniza la lluvia.

Yo (pequeño comerciante)

levanto cielos imaginarios

en honor a imaginarios temporales,

pero es poca pantorrilla

esta columna que sostiene los Tinglados.

Presintiendo truculencias,

monto guardia con armas antiquísimas

que habrán de llevarme a la derrota,

mientras alguien suspira en la borrasca

y yo me entrego.

Agrietando las paredes de la prisión donde sucumbo

sólo viene a consolarme

                                        prepotente

el eterno rock & roll de los que siempre esperan.





(Del libro “Soledad del mono en compañía”)









Cuando aúlla el viento zonda








Recostada a oscuras sobre la cama de siempre

      sin blusa

      sin revólver

      sin proyecto

teme que el techo se derrumbe en su ombligo

y la tía dormida se largue a los gritos.



Contra las paredes calientes que miran al campo

      y a la altura donde los murciélagos

      prueban la eficacia de sus radares

imagina en detalle la taza de café

derramándose sobre el libro de Pavese.

“Viento maldito” dice entre dientes.

“Viento de fuego”

pero ni siquiera intenta cerrar las ventanas.



Fingiendo no saber que ya es la medianoche

      hora en que la soledad se define por sí misma

descubre que no tiene los dedos suficientes

como para una contabilidad exacta

de sus arrepentimientos.

“Mamá, mamá

      -susurra mirando el techo donde crujen las vigas-

aquel muchacho no era lo que parecía.

El amor toma formas caprichosas

cuando el calor es tanto”

pero tampoco le alcanzan los dedos

para contar los años que su madre

ya no está en este mundo.



Recostada a oscuras sobre la cama de siempre

      sin blusa

      sin revólver

      sin proyecto

(si se quiere, a resguardo de una ciudad mortecina

sitiada de crímenes)

mide en kilómetros

la distancia que la separa del cajón de los remedios

      simple cajón desbordado de trágicas propuestas

junto a la puerta donde sólo llama

el viento zonda que aúlla enardecido.





(Del libro “Soledad del mono en compañía”)









Ojos claros








Buscando el fresco en las partes más umbrías del viejo edificio

(como a una cápsula de vida en medio del infierno de la siesta)

la carnosa novicia se masturba por segunda vez en el día.

Lo ha conversado con Dios, y al parecer le ha dicho que bueno,

por lo que ya no es un secreto.

“Los hombres son bestias que suceden en el mundo”

se dice mientras trabajan sus dedos laboriosos

“energúmenos que se ufanan hasta de su ignorancia,

seres horizontales que se cotizan por centímetros,

¡Escoria y carne!” grita, y cuando grita “¡Carne!”

sus nalgas tiemblan sobre la fría textura de las mayólicas.

Es un poema que ella improvisa para ayudarse:

sin poema no habría orgasmo y sin orgasmo no habría ella,

así de simple.

Frente al espejo donde sus superioras ya ni se miran

la carnosa novicia ensaya gestos que pertenecen al mundo,

minuciosa exploración de sus senos

(este ganglio, aquel poro dilatado),

axilas depiladas hasta el límite

en que el terciopelo se transforma en seda.

En lo lento de sus parpadeos, en cada beso suyo sobre su propio brazo

los hombres de la tierra (esas bestias carnívoras que viven en los sueños)

inclinan sus cabezas, uno a uno, frente a la misma guillotina,

frente al mismo almanaque de Los Alpes nevados

donde ella seca su transpiración mientras resuella.



Ya se sabe que las mujeres de ojos claros también se quedan solas.





Reescritura del poema perdido “Reflejos de una monja orinando en un balde”

(Del libro “La casa de té”)









La mirada cómplice








Párate frente al espejo

sin miedo, sin ropa, sin complejos.

Acomoda el orden vanidoso de tu pelo

con algún ademán copiado de tu padre.

Como si fueses tu hermano,

ensaya un gesto de vigor.

Aspira profundo. Mira de soslayo.

Perfúmate las axilas y no sufras.

Es tu madre quien te mira desde el espejo.

Todo está en orden.





(Del libro “El décimo verso”)









Pin up siglo XXI







Le pregunté qué vamos a hacer esta noche. Ella dijo: “Cahuenga

Langa-Langa-Shoe Box Sopa”. Pienso que será mejor seguir intentando

hasta que lo hagamos bien. Tala mala Sheela Jaipur dhoop.”

(Traveling Wilburys, en “Margarita”)









Ella era una de esas chicas que tararean canciones

mientras uno les habla, que a veces mastican chicles

o escriben mensajitos en el teléfono móvil

o escuchan música en el MP3 mientras uno les habla.

Ella era una de esas chicas que tienen 40 pares de zapatos

en una caja bajo la biblioteca,

que se acuestan con un hipopótamo de peluche

cuando hay tormenta eléctrica y llueve a lo pavote,

que todavía están comiendo su tarta de verduras

cuando los mozos del bar ya han comenzado a apilar las sillas

y bostezan con el repasador colgado en el hombro.

Ella era una de esas chicas que reproducen diálogos

de vaya uno a saber quién demonios

le dije y me dijo y me dijo y le dije

hasta que cualquier balcón te viene bien para saltar al vacío.

Ella era una de esas chicas que necesitan hablarlo todo

casi 90.000 palabras del diccionario

para hablarlo todo, mientras tropiezan, caen,

compran terrenos al decir de las viejas

en cualquier camino que se les ponga por delante.

Ella pensaba en la muerte pero hablaba de la vida,

para disimular.

Ella era una de esas chicas que suelen cambiarle el compás al corazón

y sueñan con un estetoscopio.

Ella, exactamente ella, era una de esas chicas.





(Inédito)









Gente que va por lana









Pido por tus mayores lo que nunca pedí por los míos

y el desierto se vuelve más desierto en la mesa familiar de los domingos.



Desciendo a la tumba de quienes nunca resucitan

sólo para ver qué pueden necesitar para un nuevo evangelio

y las damas del templo levantan un iglú alrededor de mi equipaje.



Expulsado del pueblo, revendo estampitas en las afueras;

esas que dicen “Escóndeme bajo la sombra de tus alas”.



Pasadas las fiestas, cuando el viento de la ciudad se transforme

en un fantasma sin resuello corriendo por las azoteas,

volveré a ocupar la tierra abandonada por simple cobardía,

volveré a orinar el territorio donde pastaban los corderos,

regresaré a la fuente de la perdición, donde se laven los platos

de cualquier cena de trece comensales que no intente ser la última.



Todo será desolación en las vidrieras que reflejan el parque

cuando el sol decolore los carteles que anuncian la cerveza de moda.



Creo que veranear en la cornisa ya no tendrá encanto para mí.





(Inédito)















Rogelio Ramos Signes (1950, San Juan, Provincia de San Juan, Argentina. Reside en Tucumán)

Enlaces: El poeta ocasional



Imagen: Facebook de RRS