José Carlos Yrigoyen


Álbum familiar





Regresando tarde a casa, ya entregado
a los favores de la hierba quemada y a las horas de trabajo,
volviendo entre la dispersa luz de una calle desierta,
hoy he sentido, y no sé por qué, algo que me arrastra
a escribir la historia de la pareja que duerme a cinco pasos
de mi cuarto: hombre y mujer que tiempo atrás
se dispusieron en medio de una gran cama, cercándome
con el rumor de sus cuerpos, siguiendo con los ojos
y con las manos el recorrido de un río blanco y caliente
por el que yo pasé, sigiloso entre ellos, orgulloso
como un muerto que a besarlos se niega.
Quizá sea hora de volver a sumergirme en ese río.
Quizá ha llegado, pienso, el momento de ser bueno,
de salir a la noche y liberar el corazón
del mismo modo en que la mano suelta al pájaro,
de apartar por fin de mi mente este humo prohibido
donde mi cuerpo agotado casi siempre se extravía.
Pero hoy, con mi definitiva desnudez entre los dedos,
sentado en el suelo, frente a la ventana, escribiendo
bajo una luna que no tiene ninguna intención de perdonarme,
prefiero contar la historia que comenzaba todos los domingos
cuando él la recogía en su auto, a las cuatro de la tarde,
en una esquina cercana a su casa, esperando verla llegar,
y ella aparecía con la sonrisa del acróbata que no le teme al cielo.
Sin embargo su alma temblaba tanto como el caballo
a punto de saltar a través del aro ardiendo.
Pero por ese entonces lo único que les importaba                                          
era llegar a ese hotel barato cercano al aeropuerto.
Dentro del cuarto, una mesa de palo y un áspero lecho
eran testigos de sus ceremonias, sucio asunto de blancos.
Ella se desnudaba. Bajo el vuelo de los aviones.
Luego retorcía su cola de mono entre las piernas de mi padre.
Y su cuerpo como un libro que no se me ha permitido leer.
Y un par de horas después debían vestirse de nuevo y salir,
dejar el cuarto para alguna otra pareja que, como ellos,
hizo guardia esperando su turno en el frío de las afueras.
Volvieron a ese lugar un par de veces más, eso es seguro,
sucedieron cosas que he olvidado, que han preferido
no contarme, sino guardar para el tiempo de alabanza.
Pero ahora les digo que ese tiempo nunca llegará,
y es a este lejano lugar levantado para el reposo debido
que hace más de veinte años ustedes esperaron,
padre Jorge, madre Marisol,
donde he vuelto para que miren a su hijo nacido en un cuarto de hotel,
para que lo miren a los ojos y acepten juntos estas palabras,
manos pálidas que a través del aire nos trajeron compasión,
                                                                           misericordia,
y otras cosas que aún no hemos entendido.


José Carlos Yrigoyen (1976, Lima, Perú)
De: www.circulodepoesia.com

Imagen: elhablador.com

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Notas

//Un poco de narrativa a los poemas. Nilton Santiago me desintoxica.

//Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER

(fragmento)
Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.