Celia Clara Fischer


Ceguera




Y son fieras las manos atadas
en la cicatriz del tormento,
amurallando el vasto sueño
por donde vagan latidos desiguales
que dejó el espejismo de una noche
con el hombre royendo su congoja.
El terror anda por la voz como un peligro,
como un vértigo voraz
que pasa apoyado en la ceguera,
empuñando la sombra para descifrar el universo.
Y los ojos pierden su luz en el abismo
donde flota, desierta, la caricia.

A la vista del placer reposa el cautivo.
Una larga cabellera de relámpagos
atraviesa la calle interminable
y una mujer pierde la vida para siempre





Celia Clara Fischer (Buenos Aires, Argentina)
De: "Samotracia",  Tiago Biavez, 1999.

4 comentarios

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    Thanks for sharing!
    Saludos!

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  2. Querida Celia, un (otro) gran poema tuyo. Podria hablarnos de la soeldad de los ciegos, en el mas amplio sentido; o acaso de la forma verdadera de ver. Me hizo pensar en Borges, de entrada; y encuentro. Y son especialmente bellos el final de la primera estrofa y el verso final; ese golpe inesperado que remata esa soledad suprema, esa noche de intemperie del ser a solas con su ardua verdad.

    Gracias por todo eso, mi mejor abrazo
    Alejandro

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  3. Gracias Irene y gracias Alejandro por los sentidos comentarios. Celia.

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Notas

Los hijos de Bob Dylan, de Gordon McNeer, Valparaíso Ediciones
EASY RIDER


(fragmento)

Nadie sabe quién te hizo la foto
en la Paynes Prairie aquel día.
Podría haber sido Janabanana, Susan o Ron.
Desde este recóndito lugar pareces seguro,
como si tuvieras el control, y algo nostálgico.

La película salió en el 69, junto con todo lo demás.
Por aquel entonces, todos los políticos habían muerto.
JFK, Bobby y Martin ya no estaban,
víctimas los tres de un pistolero solitario.
La ofensiva del Tet seguía con nosotros,
como un mal viaje de ácido.
Nuestro gobierno asesinaba a sus niños: sé el primero
del barrio en tener a tu hijo de vuelta a casa en una caja.

Jime, Janice y Jimi aún estaban vivos.
A John le quedaban once años de vida.
Las palabras de Dylan, ¿qué se siente, ahhh,
qué se siente al estar solo,
sin camino a casa alguno, como un total desconocido,
como una bala perdida?,
prendían nuestros corazones. Estábamos listos
para cualquier cosa, excepto
para lo que nos esperaba.




ALICIA SILVA REY/ Una presentación solemne: Estábamos, unos 6 años atrás, en la Biblioteca Nacional de Argentina, un poeta notable, un sociólogo refinado y yo, presentando un libro de poemas de grande y querida poeta argentina. Comienza a leer su ponencia el poeta y mi celular, en el silencio de la sala, suena. El poeta hace gesto de repugnancia ante la interrupción inconcebible. Me río, pido "disculpas, disculpas" en tanto manoteo el celular en mi cartera y logro apagarlo. El poeta de marras recomienza su extraordinariamente bien modulada lectura. Yo no advertí la repudiable magnitud de lo "hecho" por mí en el marco de tal presentación. La distracción es mi casa y ahí soy y supervivo. Luego, notabilísimo narrador presente entre el público dictaminó que fue una presentación "solemne". Entonces me lo creí. Hoy, cuando la poeta amiga me llama para decirme que acaba de reencontrar mi lectura de ese libro y que le gusta más que entonces porque "está tan bien escrita", comprendo que la inteligencia sumada a la gracia sí pueden resultar divertidas. Y la distracción, bueno, es la sal de la vida.