abril 30, 2014

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Glyn Maxwell






Dunwich







Dunwich











Ni siquiera viejas, hay historias que ya no cuento.

No puedo asegurar a qué chica fueron contadas.

Chicas. Ceno y me pregunto dónde están los demás

Y tú,



¿significa qué? Los meses pasan y tú con ellos –

trigueña, petite, licenciosa, procaz, joven –

elige tres de cinco pero tú te vas,

alguien,



que mientras leo aquí como un paciente

entre lámparas que se inclinan adelante, para estar

dentro y fuera de una oscuridad que se oscurece (¡no

me digas!)

y ya sé a dónde va todo esto porque he visto

a la habilidosa anciana en su laboratorio, la he visto

cortar el grisáceo milhojas de un cerebro nuevo

«recién llegado»



que me dejó ver de cerca y pudiste ver el problema.

La erosión como en East Anglia… el agua

rellena las grietas, el agua busca

mejorarlo,



siempre con la esperanza, una plegaria donde se puede nadar.

Mujeres. Y me pregunto dónde están los demás.

Pienso en llamarte pero ya lo hice, y tú

no



me contestaste, ¿por qué lo harías cuando no sabes

cuál de todas las chicas eres? El agua busca mejorarlo,

rellenar gritas. Cuando nos encontremos de nuevo

nos encontramos



en la iglesia de Dunwich bajo el salado azul

que flota hacia nuestras esperanzas. Vistas desde la altura

como la anciana habilidosa en su laboratorio,

estas luces



de domingo se fusionan en un núcleo blanco,

mientras en los bordes manchas de rojo y verde,

cabañas periféricas en la que puedes imaginar

tu vida



e historias siendo contadas, aparecen.

Una imagen-eco violeta florece y ahora

nada. Los meses pasan y tú con ellos.

Algo se detiene. Despierto. Me pregunto dónde están los demás.

Búscame un lunes, tú, en el mercado.

Nunca me has conocido, conóceme bien, sé nadie

más.












Glyn Maxwell (1962, Welwyn Garden City, Inglaterra)

Traducción de Hipatia Argüero con colaboración de Gabriela Silva Rivero

Fuente: www.cuadrivio.net

Imagen: www.exeter.edu

abril 28, 2014

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Leonardo Sinisgalli: "Strepita la campana al capolinea."






Leonardo Sinisgalli








La campana clama al final de la línea








La campana clama al final de la línea.


El viento norte barre contra el río


el polvo de las casas arruinadas.


Te encuentras sola, y la plaza te deja


en una encrucijada, ya no sabes


ni vivir ni olvidar.


Era verde el saúco aquella tarde,


frescos los montículos de tierra


fuera de la ciudad, por la pendiente


que baja de Santa Sabina


hasta la Bocca della Verità.


Ay, ay, perdida (hoy el año nos pilla


tan separados, en calles aparte)


caminas, te llamo.  La
lluvia


golpea oblicuamente las ventanas.


Tú te levantas el pelo abundante


por sobre las orejas, sacudiendo


recuerdos perdidos: una nube


de cuervos de mi cielo


se te posó esta tarde en el espejo.






Traducción: Fernando Pérez







Alborota la campana de la terminal







Alborota la campana de la terminal.


El cierzo barre contra el río


El polvo de las casas en ruina.


He aquí que estás sola y la plaza te pierde


En el cruce de calles, y tú no sabes


Ya más vivir, no sabes olvidar.


Verde estaba el saúco aquel anochecer,


Eran frescos los túmulos de tierra


Fuera de la ciudad por la pendiente


Que de Santa Sabina


Baja hasta Bocca della Veritá.


Ay, ay, trastornada (hoy nos sorprende el año


Tan distantes, por caminos atravesados)


Tú caminas, yo te llamo. En las ventanas


Pega al sesgo la lluvia.


Y te alzas la masa de cabellos


De las orejas, te sacudes de encima


Los perdidos recuerdos: una nube


De cuervos de mi cielo en tu espejo


Se ha posado en este anochecer.








Traducción: Pablo Williams








Leonardo Sinisgalli (1908, Montemurro / 1981, Roma, Italia)


Imagen: Dante Alighieri Society of Canberra








Strepita la campana al capolinea.







La tramontana spazza contro il fiume

La polvere delle case in rovina.

Eccoti sola e la piazza ti sperde

Al bivio, e tu non sai

Più vivere, non sai dimenticare.

Era verde il sambuco quella sera,

Freschi I tumuli di terra

Fuori della cittá lungo il declivio

Che da Santa Sabina

Scende a Bocca della Verità.

Ahi, ahi, stravolta (oggi l’anno ci coglie

Così distanti per le strade traverse)

Tu cammini, io ti chiamo. Alle finestre

Scroscia a sghembo la pioggia.

E ti sollevi l’ammaso di capelli

Dagli orechi, scrolli

I perduti ricordi: una nube

Di corvi dal mio cielo

Sè posata stasera nel tuo specchio.

Strepita la campana al capolinea






abril 27, 2014

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Mariana Suozzo




























Bahía
















Nos alejamos mordiendo la banquina

dejando atrás las dunas de azúcar impalpable

montículos de arena que a lo lejos

se desarman como la nieve

atrás quedan también los coqueiros

enormes hojas de palmera que lo cubren todo

la mata verde impenetrable

al costado de la ruta se disuelve

y una fila enorme de ladrillos huecos

se eleva en pequeñas construcciones

asomando sus ventanas al camino

dejamos atrás la costa

la insistencia del mar sobre las rocas

la sombra de nuestros cuerpos

derribados por la violencia de las olas

la playa que no tiene fin, la bahía

donde ninguno de nosotros se salvará.








Mariana Suozzo (1982, San Justo, Provincia de Buenos Aires, Argentina)


Imagen: Facebook

abril 26, 2014

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Alicia Millán







no existe
redención



en el vacío de
tallar besos


unos con otros

en esculturas de
alabastro


   
       (qué tendrá de especial la vida)


para que mis
unicornios sean


ojos azules

y las mudanzas de
sentir pasen a ser




sorda danza de
piernas rotas


o arcenes llenos

de gatos muertos


















Ser charco sin frontera

















Siempre llueve


llueve para todos





pero 


los charcos se evaporan 





más lentamente a la sombra.





Quítame mi sombra,


bésame tu sol.

















A primera hora







Esta mañana



la gente en el
metro huele bien.


Absorbo su ausencia

como un desayuno
sin azúcar.


Demasiada soledad

en un espacio
comprimido


pero al menos



huele bien.
















Alicia Millán (1981, Madrid, España)


De: www.aliciamillanpoemas.blogspot.com


Imagen: Facebook




abril 25, 2014

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Miguel Gaya, un poema inédito













































De todas las cosas del mundo,

prefiero el mundo.

De todo mundo
posible,


prefiero las cosas. 

Hay en mí un apego
ramplón a lo que existe


que elimina toda
prevención en el mirar, se desguarece

frente al universo

que se extiende impávido ante mí

y más frío 

que el frío de las estrellas

cuando mueren y caen

sobre mi cabeza, incesantes,

polvo cósmico al que saludan mis huesos

como a viejos conocidos,

como a miembros de la familia que vuelven fatigados

junto al fuego

y se persignan

antes de comer. 



Es posible, finalmente, que hable solo,

que no reciba visitas, ni los rayos

de las luces de las estrellas me atraviesen el
pecho


bajo la bóveda celeste.

Yo sin embargo los saludo y, la verdad, los
aguardo,
 

pero como si fueran,

como si el universo fuera,

apenas la pátina aceitosa y leve

de un lago oscuro

escondido en un bosque

y donde brilla la luna y, apenas,

las estrellas fugaces. 












Enlaces: El poeta ocasional

Imagen: Facebook




abril 24, 2014

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Anne Sexton










La furia de las tormentas











La lluvia tamborilea como hormigas rojas,


rebotando cada una en mi ventana.


Esas hormigas tienen mucho dolor


y gritan mientras golpean,


como si sus pequeñas patas sólo estuvieran


cosidas y sus cabezas encoladas.


Y oh, traen a la mente la tumba,


tan humilde, tan deseosa de ser fustigada


con su desagradable letrero y


el cuerpo tumbado bajo la tierra


sin un paraguas.


La depresión es aburrida, creo,


y sería mejor hacer




una sopa y alumbrar la cueva.











Anne Sexton:(Anne Gray Harvey, 1928, Norton, Massachusetts / 1974, Boston, Estados Unidos de Norteamérica) 


Traducción: Reina Palazón

Fuente: www.elcultural.es


Imagen: tumblr


abril 23, 2014

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Eugenio Montejo










La vela

















Escribo al
lado de esta vela,


de esta
vela que tiembla.


Le queda
llama, pero tiembla,


cree, como
yo, que ya no cree,


que alumbra
sola frente al universo.





Despacio cae
la indescifrable noche


con sus
astros girando.


La vela
erguida, contra el mundo, arde,


y en mi
cuaderno lenta se derrama


su luz
atea.


Estamos
solos uno frente al otro,


ella con su
temblor y yo, mirándola,


mientras en
derredor, junto a su lumbre,


van y
vienen los vuelos planetarios


de pequeños
insectos que dan vueltas,


la errante
lucha de una galaxia mínima


que quizás
gira porque cree, porque no cree,

que gira
porque gira…

















Eugenio Montejo (1938, Caracas / 2008, Valencia, Venezuela)


Imagen: www.eluniversal.com







abril 18, 2014

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Yves Bonnefoy




poesía francesa





Nombre verdadero













Al castillo que fuiste lo llamaré
desierto,


a tu rostro, ausencia, noche a tu voz,


y cuando te derrumbes sobre la tierra
estéril


al fulgor que te trajo lo llamaré la
nada.


Morir es un país que amabas. Vengo


desde la eternidad por tu senda sombría.


Destruyo tu deseo, tu forma, tu memoria.


Soy tu enemigo, no tendré piedad.


Guerra te llamaré y probaré en ti


las libertades de la guerra, tendré en
mis manos


tu rostro oscuro, traspasado, y en mi
corazón


ese país que alumbra la tormenta











Yves Bonnefoy (1923, Tours / 2016, Paris, Francia)




Fuente: www.leyendopoesia.blogspot.com




Imagen: zenda







abril 17, 2014

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Gabriel García Márquez (1927 / 2014)





1927, Aracataca, Colombia / 2014, Ciudad de México, México

Discurso de Gabriel García Márquez al recibir el premio Nobel en 1982















“Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.





Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.











La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.





Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.





De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.





Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.





Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.








No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.





América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.





No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.





Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.





Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.





Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.





Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.





En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias”.





Imagen: www.wikipedia.org





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André Breton













Unión libre

















Mi mujer con cabellera de llamaradas de leño


con pensamientos de centellas de calor


con talle de reloj de arena


mi mujer con talle de nutria entre los dientes de un tigre


mi mujer con boca de escarapela y de ramillete de estrellas


                                                                   
/de última magnitud


con dientes de huella de ratón blanco sobre la tierra blanca


con lengua de ámbar y vidrio frotados


mi mujer con lengua de hostia apuñalada


con lengua de muñeca que abre y cierra los ojos


con lengua de piedra increíble


mi mujer con pestañas de palotes escritos por un niño


con cejas de borde de nido de golondrina


mi mujer con sienes de pizarra de techo de invernadero


y de cristales empañados


mi mujer con hombros de champaña


y de fuente con cabezas de delfines bajo el hielo


mi mujer con muñecas de cerillas


mi mujer con dedos de azar y de as de corazón


con dedos de heno segado


mi mujer con axilas de marta y de bellotas


de noche de San Juan


de ligustro y de nido de escalarias


con brazos de espuma de mar y de esclusa


y de combinación de trigo y molino


mi mujer con piernas de cohete


con movimientos de relojería y desesperación


mi mujer con pantorrillas de médula de saúco


mi mujer con pies de iniciales


con pies de manojos de llaves con pies de pájaros en el


                                                            
/momento de beber


mi mujer con cuello de cebada sin pulir


mi mujer con garganta de Valle de Oro


de cita en el lecho mismo del torrente


con senos nocturnos


mi mujer con senos de montículo marino


mi mujer con senos de crisol de rubíes


con senos de espectro de la rosa bajo el rocío


mi mujer con vientre de apertura de abanico de los días


con vientre de garra gigante


mi mujer con espalda de pájaro que huye en vuelo vertical


con espalda de azogue


con espalda de luz


con nuca de canto rodado y de tiza mojada


y de caída de un vaso en el que acaban de beber


mi mujer con caderas de barquilla


con caderas de lustro y de plumas de flecha


y de canutos de pluma de pavo real blanco


de balanza insensible


mi mujer con nalgas de greda y amianto


mi mujer con nalgas de lomo de cisne


mi mujer con nalgas de primavera


con sexo de gladiolo


mi mujer con sexo de yacimiento aurífero y de ornitorrinco                           


mi mujer con sexo de alga y de viejos bombones


mi mujer con sexo de espejo


mi mujer con ojos llenos de lágrimas


con ojos de panoplia violeta y de aguja imantada


mi mujer con ojos de pradera


mi mujer con ojos de agua para beber en prisión


mi mujer con ojos de bosque eternamente bajo el hacha


con ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de
fuego














André Breton (1896, Tinchebray / 1966, París, Francia)


De: "Antología de la poesía surrealista, Compañía General Fabril Editora, 1961


Traducción: Aldo Pellegrini





Imagen: www.gisele-freund.com

abril 16, 2014

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Ana María Rodas

Poemas de la izquierda erótica







I





Amante nuevo:

quiero explicarte bien que entre tus ojos

y mis ojos

sólo hay deseo.

Que tu piel blanca a veces se oscurece

porque aquél que me marcó sigue aquí dentro.



Que quisiera decir tu nombre y no puedo

porque al abrir la boca yo recuerdo

una cama distinta

otros labios bebiéndose mis pechos



Y cuando lloro

y me prendo a ti con tanta fuerza

no es de alegría, amante.

Es de recuerdo.









De acuerdo...











De acuerdo

soy arrebatada  celosa

voluble

y llena de lujuria



¿Qué esperaban?



¿Que tuviera ojos

glándulas

cerebro  treinta y tres años

y que actuara

como el ciprés de un cementerio?

















Ana María Rodas (1937, Ciudad de Guatemala, Guatemala)






abril 14, 2014

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Batania

Batania



La abeja reina



Tantos panales de plata, canela y estaño
y tantas abejas de antenas moradas
brillando y batiéndose cerca de ti,

sus alas nerviosas como un tren eléctrico,

y fuiste a enamorarte de la abeja reina,
tenías que prendarte del plutonio
de la abeja reina,

amarla
como aman las moscas los ojos de las vacas,
con un amor mezquino y magnífico,
tan bello y miserable que mejor no decirlo

ahora que te ha dejado,
a quién se le ocurre enamorarse
de la abeja reina,

te echó de sus mieles a trompa y garrotazo,
apenas te dio tiempo a decir

qué espanto de amor, y qué grande.



Fuente: www.neorrabioso.blogspot.com
Imagen: www.revistaindiscretos.com

abril 13, 2014

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Rita Kratsman, poemas inéditos
















































y todas
las voces son de agua





y fue de
agua esa voz


sacudida
por las ramas


donde el
sol había hecho


lo que
pudo cuando


estallamos
sin comprender


bajo el
éter de los cítricos





oscuridad
derramada


en la
letra sobre el labio


si hasta
el perro


había
dejado de ladrar





pronto,
quedamos en que


la
penumbra de cada uno


se iría
con el gris mismo de la nubes


con el
pretérito perfecto








































de la
lluvia











//











palabras
escondidas en un viejo cuaderno


y la
fiebre de junio que las animaba, las convertía


en acordes
liberados sin aviso


como en un
impromptu





y todo
para atenuar


la llama
atroz ¿eh? madre


para
atraer el vuelo de los pájaros


sobre la
espesura


abandonada





palabras
escondidas en lo que tiene


la muerte
de sincera: un aire


de ruedos
descosidos





junio de
lágrimas aquí


y acaso
allá, sin perder a pleno


el trazo
de los vuelos

en la
ausencia













Rita Kratsman (1940, Buenos Aires, Argentina)


Imagen: Facebook