enero 31, 2015

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Pedro Serrano

Peregrinaje











Ya no estamos esos cuatro que viajamos

en busca de la claridad y salvación.

La vida ha ido apegándose a sus muros de cal, a su paso.

Mi padre no tenía aún mi edad, mi madre era muy joven.

Como una burbuja de esperanza íbamos

en peregrinación hacia el norte,

Houston, Nueva York, Montreal, trenes, aviones,

hoteles metafísicos con vacas alzadas en la entrada,

albercas a los pies de la cama,

cuerpos negros brillantes y sedosos.

Todo era novedad.

Ana Luisa en su jirafa con ruedas, pequeñita,

persiguiendo un mundo que ya no alcanzaría

y en el que me conduce.

Cruzamos por el cañón del Empire

arreando un sol entre los desfiladeros de Nueva York

hasta caer dormidos en cabeceras oscuras

y en el envés mis padres

relucientes y aéreos en la ciudad adulta.

Hacia el amanecer juntos de nuevo.

Agua de infancia.

Todo el itinerario en mi regazo

como el tren a Montreal,

en un último vagón por bosques aprehendidos,

viendo cómo se iba el paisaje

desde la barandilla

hacia lo que ya fue y sigue siendo.











Otros poemas de Pedro Serrano, aquí

Fuente: www.luvina.com

enero 28, 2015

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Denise Levertov
















La carretera Merritt

















Como si se tratara


de moverse
continuamente, de


mantenerse en
movimiento sin cesar.


Bajo un pálido cielo
donde,


cual la luz encendida
de una estrella,


vamos atravesando la
neblina, e incesantemente


perseguimos fijamente
una constante


más allá de nuestros
seis carriles


en un ensueño
permanente…


Y la gente –nosotros
mismos-


los seres humanos dentro
de


los vehículos
haciéndose visibles


solamente al parar en
las estaciones de gasolina,


inseguros,


mirándose los unos a
los otros,


bebiendo
precipitadamente el café


de la máquina
automática y, de prisa,


regresar a los coches


y desaparecer


en ellos para siempre


continuando el
movimiento.


Casas y más casas, más
allá de


la asfaltada pista,
árboles, árboles, arbustos


que pasan y pasan.


Los autos que


siguen avanzando,
delante de


nosotros, junto a
nosotros,


presionando detrás de
nosotros


y


en la parte de la
izquierda, los que vienen


hacia nosotros con sus
deslumbrantes brillos


moviéndose sin  descanso,


por seis carriles,
deslizándose


al norte y al sur,
sumamente veloces,


con un sordo rumor.
















Otros poemas de Denise Levertov, aquí

Fuente:  Cuaderno de poesia critica Nº 25 



Imagen: www.coh.arizona.edu












enero 22, 2015

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Ángel Faretta, poemas inéditos

















Tras reeler la "Consolación" de Boecio











No callar una vez, callar dos veces,


la razón enaltece


al silencio un tiempo


y luego lo desdeña


sabiéndolo su misma entraña y peña,


y a otro lo abisma


en modo halagüeño


tornándolo ensueño,


espuma, mar, figura,


coto, albergue, clan, llama, nieve, pan,


lamia, mal; impura forma del hablar


y errado de creer que todo cura.











Sobre la prohibición del incesto











Un mismo deseo va desde


la mirada del padre


hasta la del ajeno.


El mismo deseo corre


del ojo paterno


al externo.


No hay curva, pliegue


que el ojo no desee


aunque altere


el entendimiento.


Es que asintiendo


la mirada acepta


que la visión repta


a la misma meta.


Miramos lo mismo


sobre un abismo


que el ojo detalla


y que la boca calla.


No hay nada sin embargo,


tan sólo un encargo


de millones de años atrás


llegando con nuevo disfraz


en su propio Alcatraz


tan fiero como férreo


y tan prieto como hórreo


donde se cuece el grano


del propio molino


que vuelve tan fino


algo tan grueso.


Mira y mira el ojo


y recrea a su antojo


lo que ve.


Ya sé. Ya sé.


Contrario a la fe


es a veces,


con creces


desea lo que mira


y no se anima


a pedir a la mano


lo que el ojo


ofrece esa vez


en el doblez


o en la tirante forma


y en la repetida norma


de mirar perplejo


en un espejo


que es su propio ser.


Porque si cesara de ver


sería nada y no él.











El saber del cuatro 










El espejo no te da su reflejo


sino lo que ponés en él;


te devuelve a vos, perplejo,


en el cuarto de un hotel,


la apariencia fugitiva


de tu imagen unitiva,


mientras en otra pieza,


a kilómetros de distancia,


con igual, la misma ansia,


la pareja imitativa


de ese otro se refleja


circunstancialmente


en otro, raudamente.


Y ese otro se asemeja


al reflejo de un tercero,


y así el entero


que forman -cuarto,


espejo, imagen,


son -al margen- cuatro











Niño mimado











Ay Dios santo este chico,


decía la madre mirando al cielo


preocupada y en continuo desvelo


por su retoño y polluelo


al que notaba algo inquieto


últimamente.


Será que el antes recoleto


repentinamente


ha madurado


¿O no se dice así?


Se dice alienado


que suena mejor


y no dice mucho


será por el chucho


que provoca


en la madre


que al niño toca


y no siente en él


la carne de aquél


con quien creó el troquel


de esto que ahora


busca sin demora


partir cuanto antes.


¿Con otros infantes?


Seguramente


tan contestes


como el suyo


en salir de apuro


a los agrestes


prados y senderos


de la vida.











Nuestros supuestos amigos











Nuestros supuestos amigos


no hacen otra cosa


que llamar cuando tienen ganas,


contarnos alguna novedad


de sus chatas vidas,


que por lo general consisten


en repetirnos una y otra vez,


que como tantas veces,


están en algo, nuevo, distinto,


que seguramente no habrán de
terminar


como las veces anteriores.


O que han enlazado pene o vagina


en hoyo o falo maravilloso, único,


que por ello mismo deben nimbar


de características éticas,
anímicas,


o espirituales imposibles de ser


justificadas más allá de la cama


o del baño y bidet donde nos
lavamos


de tales revelaciones y epifanías.


Otras veces nos incordian


con sus súbitas conversiones


y entonces serían capaces


de hacer teología con Agustín


y con el propio Papa.


Más de las veces tenemos


que tolerarlos por sus
inquietudes,


y preguntarnos por éste autor


o por aquella cita.


Nada les importa,


sólo lo que desean


saciar en ese momento.


Así pasan los años,


ellos siguen con lo mismo.


Sentimos abrirse el abismo


y temer no llegar a la meta,


no terminar la obra o novela,


completar teoría o poema.


Les hemos avisado,


una y mil veces,


les hemos dicho


de todas las maneras posibles,


hemos gritado, llorado, avisado,


pero nada. Tenaz como el mal
aliento,


allí esperan del otro lado


del teléfono o acechando en el
correo


cibernético. Siempre con sus
novedades


repetidas y con sus instantes
eyaculatorios


u orgásmicos que pasan por
revoluciones,


y nada de nosotros que pueda
advertirles,


que nos roban tiempo y no dan
nada,


pero nada, a cambio del nuestro.


Y encima -¡ja!- nos llaman
maestro.










Individuación










Cuando de chicos vemos


sentado a nuestro lado


feliz en su banco escolar


a cualquier animal


al que creemos


más feliz y dotado


de sabrá Dios qué dones,


nos sentimos desdichados


y decimos ¿por qué


no estaré en su lugar?


Así otros que nos vieron


entonces, y ahora nos ven


desde su puesto respectivo,


dirán una vez más


¿Por qué no soy yo ese capaz


de no ser y sufrir lo que yo?


Así, una vez más, cuándo no,


se repite el carrusel de visiones


donde cada quién


desea ser otro y este otro


no es más que ilusiones


que le facilitan nuestro deseo


y ojo dirigido a su vicaria
cualidad


efímera, que la vuelve eternidad


nuestro desconsuelo de ese día,


y creemos ver pura algarabía


en la simple y chata otredad.











Autoconciencia











De nuevo
esto está bien y ahora qué hago


se dice
todo artífice ante el halago


de su
propio elogio y conciencia


que es
toda, pero toda la ciencia


de la
que disponer pueda


ante el
girar de la rueda


de su
hacer periférico


y del
andar meteórico


de la
obra al fin terminada.


¿Y ahora
de nuevo esa nada


en el
estómago y en la mollera?


¿De
nuevo la más que huera


ausencia
de deseo por aquello


por lo
que antes dio el pellejo?


¿Qué
hacer entonces ahora


que el
pincel ya no dora


superficies,
ni el lápiz crea


seres de
artificio y de cera


que
fabrica en su interior


el
primer y segundo motor


de la
imaginación rampante


que es
-sabe- la voz cantante


vuelta a
reclamar acción,


correr
de nuevo ese maratón


del ser
buscando el artificio


y
paralelo eludir el maleficio


cuando
pone manos a la obra


y ve que
la duración no sobra.











Didáctica: epigrama











No te confíes del que asiente


que tal vez con su mirada miente;


es que impotente en la disputa


calla y actúa como una puta


que ablanda a su premioso cliente


con pose astuta y reticente;


asienten con la fría mirada


a una lección que les sabe a nada.










Ángel Faretta (1953, Buenos Aires, Argentina)


De: “Donde hay una adivinanza" (Inédito)




Imagen: www.datuopinion.com







enero 19, 2015

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Ilya Kaminsky













El tango de mi madre













Veo sus ventanas abiertas en la lluvia, ropa lavada en las
 


               
             ventanas—


ella monta un poni en mi cumpleaños,

un poni blanco en el séptimo piso.





“¿Y dónde lo dejamos?” “¡En el balcón!”

el poni relincha en el balcón por siete semanas.

En el centro de mi vida: mi madre baila,





sí, aquí, como en la infancia, mi madre

me pide que describa las etapas de mi felicidad—

ella habla de sopas, que son su tema:





entre los regimientos de platillos y de paños,

se mueve tan rápido—se queda estática,

abriendo y cerrando puertas.





Pero, ¿qué era la felicidad? ¡Un poni en el balcón!

El pasado de mi madre, una capa que usaba en los hombros.

Yo dibujo un eje a través de la tarde





para verla, a sus sesenta, cortejando una lengua
extranjera—joven, no tan joven—mi madre

galopa sobre un poni en el séptimo piso.





Se convierte en una extraña y actúa como ella misma,

abre lo que está cerrado, cierra lo que está abierto.

















Ilya Kaminsky (1977, Odesa, Ucrania)


Traducción: G. A. Chaves


Fuente: http://poesiamedellin.tumblr.com/



Imagen: www.spierpoetryfestival.co.za





enero 16, 2015

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Antjie Krog

Canción de amor africana



ni la húmeda intimidad de tus párpados aromáticos como el hinojo
ni la violencia de tu cuerpo resistiéndose entre las sábanas
ni lo que viene hacia mí como tu vida
tendrá tanta menuda piedad de mí

como verte durmiendo
tal vez a veces te veo
por primera vez
tú con tu pecho de guayaba y uva

tus manos frías como cucharas
tus grandes penas altivas manchan de azul cada parte

nos soportaremos uno a otro
incluso si el sol abraza los techos
incluso si el estado cocina lugares comunes
llenaremos nuestros corazones de color
y nuestras trifulcas de pinzones

incluso si mis ojos ascienden hasta el horizonte
incluso si la luna viene con la espalda desnuda
incluso si las montañas forman una conspiración contra la noche
persistiremos cada cual
a veces te veo por primera vez.



Antjie KrogAntjie Krog (1952, Kroonstad, Estado libre de Orange, Sudáfrica)
Traducción de Nicolás Suescún
Imagen: www.wknofm.org










enero 13, 2015

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Carlos Alcorta, cuatro poemas inéditos







Parte de la historia















Un día como éste, también ventoso


y húmedo, cuando apenas faltaban unas horas


para embarcar con rumbo


a la Península y era el uniforme


militar, restituido ya al celoso furriel,


un colgajo arrugado y maloliente,


baqueteado en marchas nocturnas y maniobras


intimidatorias en la frontera;


un doce de febrero por la tarde,


de hace ya más de treinta años organizaba


mi equipaje y decía adiós al campo


de instrucción, a los gritos del oficial


al mando ― Joseph Roth las describió


en Puesto de vigía como “amargas 


vejaciones” ― y al miedo acuartelado


en el cuerpo de guardia, persuadido


de que finalizaba una etapa superflua


de mi vida. Tricornios, metralletas,


amenazantes ráfagas de fuego amotinado


dentro del hemiciclo me sorprenden


varios días después, mientras reparo


algunos desperfectos en mi casa


con más voluntad que pericia. Vuelve 


el tiempo de la espada y la cruz. Oficiales


conjurados y guardias civiles a sus órdenes


pretenden convertir la faz de España


en un cuartel inmenso sometido


a sus delirios. Tengo frío, el pánico


no me deja pensar con claridad.


Mis ojos no se apartan


de la pantalla del televisor.


Pasé la noche en vela hasta que supe


que habían fracasado. No podía


imaginar entonces que la suerte


de poeta joven que estrené meses 


después me atribuiría responsabilidades


futuras en el curso de la historia,


y en mi propia manera de entenderla.
















San Zeno Maggiore













Era casi de noche. Lloviznaba


la última vez que estuve en esta plaza,


mientras porfiados reflectores


percutían sobre la fachada


de la basílica abrillantando


impunemente un toldo pintado, un trampantojo.





Como un gato nocturno, 


cegados construyeron mis ojos un precario


armazón para el pensamiento.





Ennoblece hoy el amortiguado sol


columnas, arcos, toba, el mármol rosa


de pilastras y leones, aunque su potestad


no alcanza los rincones de la explana más sombríos,


en donde permanece


despreocupada la resbaladiza


escarcha de la noche precedente.





El agnóstico nada más observa,


aún no saca conclusiones.





La iglesia está vacía. En un pequeño


locutorio, lacrado como un confesionario,


dormita el vigilante que me vende


la entrada. Casi a tientas desciendo hacia la cripta


donde Romeo desposó a Julieta


─la mortecina luz de candelabros


mugrientos crea junto a los ventanales


un mundo fantasmal, de evanescentes


apariencias, igual que si fueran actores


de cine, despojados de formas absolutas─,


subo y bajo peldaños, me demoro


como si obedeciera un precepto


que no acierto a personificar


ni cuando escribo, en un descansillo


no consagrado a la oración. 


No es un ultimátum divino 


o el despertar de una conciencia


religiosa lo que me inmoviliza,


sino la humana seducción del arte 


que convierte en prodigio un acto cotidiano,


el peso de una lágrima, el color


cárdeno de la toga, el ligero arco levitante.





Me postro ante el reclinatorio


como quien cumple una promesa,


hasta que me duelen las rodillas,


hasta que la circulación sanguínea


se paraliza y punzan en la blanda


piel mil cristales rotos, rasgándola,


como cuando pretendes


paliar la sed bebiendo agua muy fría. 


Un mudo habla de nuevo, recobra el ciego el don


de la vista. Suplican mis sentidos.


¿Es ahora el futuro del pasado?


¿Soy en este instante el niño


que fui después? ¿Es más grande el vacío


al recordarlo que antes, mientras lo percibía,


o quizá la escritura resucita


otros sentidos que ignoraba 


poseer? Asciendo hasta el altar despacio.


No deseo romper este silencio


místico, similar al que prolonga


el orgasmo. Examino el perímetro.


Hago cientos de fotos. Descompongo


el conjunto. Enmascaro mis creencias. No me mueve


fe alguna porque veo en las pinturas


más que fervor, idolatría, angustia


de vivir, servidumbres hereditarias, nada


que proporcione libertad al siervo


ante el destino. Desde lo más íntimo


de mi ser veo a ese hombre que aún quiere


encarnarse en un héroe abrumado


por un amor furtivo que parte hacia la guerra,


un Ivanhoe real, acerados


mis sueños, más letales que su espada.





Entre mi mundo y el suyo no hay paz


posible. Son los muros de la historia,


sutiles, invisibles los que logran


distanciarnos. Existen otras maneras de morir


más crueles que la espada, como el frío o el hambre.















White Horse Beach















Ensombrece la luz solar un brusco


movimiento de nubes


escalonadas que apuntalan


en las sombras mi pensamiento,


distraído hasta entonces en relampagueantes


charcos desperdigados por la arena


que escapan hacia el mar en tersos hilos


de agua, charcos accidentalmente 


recordados en el momento en el que escribo, 


porque un poema es una convención,


en él la realidad se reconoce


a sí misma inventándola al decirla. 





Dentro de la mochila 


se apiñan latas de cerveza, frascos


de loción hidratante, antiguos fuegos


debilitados por el desafecto


cotidiano que he acarreado dentro


del equipaje miles de kilómetros


ignorándolo, como si fuera ese parásito


intestinal que no consigo


exterminar. Mientras recojo piedras


deslavadas y conchas de moluscos


enmarañadas por el oleaje


en la caloca y mi hijo selecciona


emocionado las de irisaciones


más atrayentes, me detengo ajeno 


al paisaje, añorando otro momento


mejor, al otro lado del océano.





No dejo de pensar en lo distintos


que somos, en la forma tan opuesta


de expresar nuestras emociones, 


aunque sea el silencio ese espejo


desalmado que muestra las penurias


cotidianas que nos consumen.


La indiferencia no es la bienvenida


que esperaba. ¿Será este tu modo


de aferrarte a un pasado familiar


mitificado desde niña 


o una ocurrente táctica 


para romper ese eslabón 


imaginario que te ata a mi vida?












Cimez Lectularius












Notaste atolondrados movimientos


de origen animal aventurándose


por tus piernas, sagaces, obsesivos


igual que esa manada


de jadeantes felinos despiadados


atravesando la sabana ambigua


que viste en un documental nocturno.





Tus dedos rastrearon el centro del picor


sin encontrar a los parásitos


que pugnaban por su supervivencia.


Aparecieron manchas rojizas en tu piel,


espantosas, púrpuras en su cumbre,


como un volcán a punto de estallar.


Inspeccionaste con ahínco el campo


de operaciones. Cuerpos incansables


ocultos en las fibras capilares


ejecutan impunemente el plan


previsto sin que puedas hacer nada.





Restaste importancia a las picaduras


y te burlaste de ese insecto esquivo,


al que aún no ponías nombre, que la pasada


noche se alimentó de tus problemas,


de tu sangre doliente. Temías iniciar


otra disputa más y te esforzaste


por ver las cosas de la misma forma


que ella las percibía, con la incómoda


sensación de que formular alguna


queja a los empleados del hotel


quebrantaba su escaso sentido del ridículo, 


algo que no podía permitirse


ni a miles de kilómetros de casa.





Ya intuías, sin duda, gracias a su naturaleza


precavida, a su exacerbado


solipsismo que no conviene decir toda


la verdad, ni siquiera a los más íntimos.


Las confidencias son un arma


de doble filo. Alivian el peso de la culpa,


pero convierten el futuro en algo parecido


a una pista de hielo en el desierto.











Carlos Alcorta (1959, Torrelavega, Cantabria, España)

Del libro próximo a publicarse: "Ahora es la noche"

Enlaces:


Imagen: www.revistatarantula.com






enero 12, 2015

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Rutger Kopland













XI











Todos los años que estuve mirando


en la terraza del río


pensé yo: así como aquí, como debe ser





nada falta, nada sobra


es fácil comprenderlo


es demasiado obvio para describirlo


pues allí está





el paisaje con el río


que nunca habré de conocer











Rutger Kopland (Rutger Hendrik van der Hoodakker , 1934, Goor / 2012, Glimmen, Holanda)


Traducción: Carlos Ciro



Referencia: Jonio González en Facebook 




Imagen: www.rvtnoord.nl







XI








Al die jaren dat ik zat te kijken


op het terras aan de rivier


dacht ik: zoals hier, zo moet het zijn





niets ontbreekt, niets is overbodig


het is te eenvoudig om te begrijpen


te vanzelfsprekend om te beschrijven


zo ligt het daar





het landschap met de rivier


ik zal het nooit kennen