febrero 28, 2015

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Alberto Cisnero


Forma parte de mi guerra




1



agosto. invierno en gregoria pérez de denis, santa fe.
mil nueve cuarenta. simple tierra y oscuridad. sé de dónde
vengo. y dónde me saco la mugre. es cuanto puedo hacer, pa.
gracias por dejar leerteló. para mi seguís siendo un héroe.
no sé si perdiste un brazo o una pierna. seguís siendo
hermoso por todo lo que hiciste.




15



era la señal de partida para las naves. si otros la conocían
es porque
ya se  supieron
perdidos desde antes. pero no entonces, no entonces.
no se dejaba reducir a una expresión más sencilla la luz, al
golpear
los cuerpos. 
volvieron a cederme el asiento junto al fuego.
no salimos de ningún cuento de hadas. afuera están el
bosque,
el invierno y la oscuridad. una tosca y lúgubre narración
épica, si
querés. yo no puedo cumplir tus promesas. allá teníamos una
casa
con vestíbulo, fondo y un rosal. la ciudad es rara vista
desde acá.
mitad dorada, mitad oscura y todo amontonado como bártulos
en un cajón. luego un ruido a lata, el chasquido de un
fósforo
y el mundo comparece alrededor de la minúscula llama azul.
la crónica latina una batalla perdida hace nueve siglos
también comenzaba así: tengo cuarenta años. nací en las
casas,
eso lo sabés. pasé la mitad de la vida en esta querencia.
recordar es acudir a una ciudad vieja, pero no es una trampa
como esta noche que niega y derrumba todos los refugios,
todas las cosas edificadas por los hombres, para que puedan
alzar
la cabeza. cómo sobrevivir en este mundo de públicas
confesiones.
contuvo la lengua, dirán. leyó documentos, hizo resúmenes,
copió
referencias. siempre faltaran muchos años para completar la
historia.
había más suciedad que hierba, pero la llamaban hierba.



17



viajo radiante de alegría, envuelto en la paz del domingo
y el tañido de las campanas, bebiendo con mucho denuedo,
frente a casas saqueadas y en llamas, por caminos atestados
de fugitivos. estío. oh, vivir la mejor aventura de mi
generación
en un lugar extraño que muy pocos conocen y que menos aún
sabrían pronunciar. unas simples maniobras bajo un cielo
cálido
y azul, con olor a espuma sucia de la marea, para impedir
la extinción del fuego y del uso del subjuntivo en la poesía
provenzal arcaica. un día escribiré las tonadas alegres
y despreocupadas, la sensación de que esta es la mejor época
de mi vida. un suvenir de días más felices, una promesa de
futuro.
nadie pensó que era un héroe pero que dentro de unos años
no sería más que un tullido. todos nosotros, mendaces de
servicio,
todos heridos e infrascritos. así nuestros miedos más
íntimos
se extendieron a un circulo de desconocidos. esa guerrita
es bella en las pupilas de críticos, literatos y eruditos.
simplifiquemos el pensamiento, normalicemos la violencia:
muchos han caído o están hospitalizados o asilados por
insanía.
padre me dio consejos, los demás bebidas fuertes.
cuesta más perseverar que ser valiente.






Alberto Cisnero (1975, La Matanza, Provincia de Buenos Aires, Argentina)
De: "Forma parte de mi guerra", inédito.​​
Escribió: La sustancia en infracción (2002), Los dados de la
muerte (2004), Mil brillos apagados (2007), Akullico (2009), El precursor químico (2009),Tagsales (2010), Adiós y hasta pronto (2010), El movimiento obrero granizado (2011),Robé un auto para trasladarme a las soledades vivientes (2012), Ajab 2012),Oquei, gracias (2013), Las casas (2013) y las novelas Hablamos cuando se pueda (2011)y Treinta dineros (2012).​​​​​​
Publicó: El límite de la materia (Ediciones Ruinas Circulares,2012), Tagsales (Encausto Edictores,2013) , Adiós y hasta pronto (
Dio Fetente, 2013), El movimiento obrero granizado (Barnacle, 2014) y Robé un
auto para trasladarme a las soledades vivientes (Barnacle,2015).
Imagen: foto de Mario Efron

febrero 26, 2015

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Guido Gozzano



El paseo de las estatuas











... las blancas antiguas estatuas

acéfalas o chatas,

de misterio difusas

en las pupilas vacuas:



Veranos que las copias

de las flores y de las aristas

ocasionan mixturas

dentro de las cornucopias,



Dianas que sostienen el arco

y los brazos extendidos

y las pupilas dirigidas

hacia las presas al paso,



Leda que se mira

en las aguas con el reo

cándido cisne, Orfeo

que afina su lira,



Juno, Ganimedes,

Mercurio, Deucalión

y toda la legión

de otra muerta fe:



hermas defensoras

de un bello antiguo mito,

de mi tedio infinito

únicas consoladoras,



criaturas sublimes

de mármol, caras antiguas

compañeras y únicas amigas

de mis dulces años primeros:



heme aquí, retorno a vosotras,

después de la larga ausencia,

sin vida ya, sin

ilusiones, luego



que todo me ha tentado,

todo: incluso la inmortal

gloria y el bien y el mal

y todo me ha tediado.



La bisabuela mía

vosotras ya la consolabais

y ahora consoláis

a pesar de la melancolía



del pálido nieto:

habladle de la antepasada

cuando peregrinaba

en las épocas remotas,



llevando sus jadeos

por estos solos paseos

bajo sombras sepulcrales

ya hace más de cien años.



Es cierto que la misma

pena mía la tenía

pero que un sentido tenía

fino de poetisa.



¿Solamente a dolerse

venía a esta bóveda?

¿O bien alguna vez

le gustaba rimar,



cantando su dolor

entre vosotras, hermas, entre

los boj y los cipreses,

y su lejano amor?



¿Era su figura

maravillosa y fina,

la boca pequeñita

como en la miniatura?



¿Divididos los bellos cabellos

en dos bandas onduladas

así como las beatas

de Sandro Botticelli?



¿Tenía un peplo blanco

de seda adamascada

y que la gracia hábil

abría un poco de lado?



(En vano la abertura

sujetaban tres broches

de finísimos granates,

porque el caminar



lento descubría al ojo

la pantorrilla escultural

y la pierna de marfil

hasta casi la rodilla).



¿Llevaba un cinturón de bellas

Medusas en cielo sereno

que constreñía el seno

hasta arriba de las axilas?



¿Y ostentaba los bellos

piececitos empolvados

con los dedos constelados

de gemas y de camafeos?



Yo vuelvo a ver así a la solitaria

peregrinar aún entre los espesos

mirtos y entre las urnas, las hermas, cipreses

la cándida persona estatutaria.



Los faunos se doblaban a escrutar,

codiciosos, la belleza; a su pasar

se volvían las Diosas a remirar

la hermana magnífica de carne.



No siempre estuvo sola: un día despierto

pareció el recuerdo de los antiguos espectros:

y aquella mañana la poetisa apareció

toda vestida de brocado rojo.



También llevaba, contra su costumbre,

dos rosas rojas en las negras melenas:

lucían las pupilas azules como

renovadas por insólita luz.



Baja al parque y deja sobre un coro

dos libros: Don Juan y Parisina.

Luego palidece: una sombra se acerca

entre los bosques del mirto y laurel.



¿Quién viene entonces? Y entre las plantas

un joven bellísimo avanza

(Alma no tiembles, no tiembles)

y es su paso un poco claudicante.



¿Quién viene entonces a los sueños y al olvido?

(Alma no tiembles, no tiembles).

Tiene los iris color de verde mar,

es en el semblante similar a un dios.



Es Él, es Él quien viene por el maestro

camino de los laureles; he aquí: está ya de cerca

(¿y era este el lugar? ¿Este mismo?...)

y mi antepasada le pone la diestra.



Y el poeta rebelde de los Britanos

la blanca mano se inclina a besar

(Alma no tiembles, no tiembles)

Entre estos boj… Ya hace casi cien años. 





Il viale delle statue







… le bianche antiche statue

acefale o camuse,

di mistero soffuse

nelle pupille vacue:



Estati che le copie

dei fiori e delle ariste

arrecano commiste

entro alle cornucopie,



Diane reggenti l’arco

e le braccia protese

e le pupille intese

verso le prede al varco,



Leda che si rimira

nell’acque con il reo

candido cigno, Orfeo

che accorda la sua lira,



Giunone, Ganimede,

Mercurio, Deucalione

e tutta la legione

di un’altra morta fede:



erme tutelatrici

di un bello antico mito,

del mio tedio infinito

sole consolatrici,



crëature sublimi

di marmo, care antiche

compagne e sole amiche

dei miei dolci anni primi:



ecco, ritorno a voi,

dopo la lunga assenza,

senza piú vita, senza

illusïoni, poi



che tutto m’ha tentato,

tutto: anche l’immortale

gloria e il bene e il male

e tutto m’ha tediato.



La bisavola mia

voi già consolavate

ed ora consolate

pur la malinconia



del pallido nipote:

parlategli dell’ava

quando pellegrinava

nell’epoche remote,



recando i suoi affanni

per questi ermi viali

all’ombre sepolcrali,

or è piú di cent’anni.



È certo che la stessa

mia pena la teneva

però che un senso aveva

fine di pöetessa.



Soltanto a dolorare

veniva a questa volta?

oppure qualche volta

piacevale rimare,



cantando il suo dolore

tra voi, erme, lungh’essi

i bussi ed i cipressi,

e il suo lontano amore?



Era la sua figura

maravigliosa e fina,

la bocca piccolina

qual nella miniatura?



Divisi i bei capelli

in due bande ondulate

siccome le beate

di Sandro Botticelli?



Aveva un peplo bianco

di seta adamascata

e che la grazia usata

apriva un po’ di fianco?



(In vano l’apertura

fermavan tre borchiati

finissimi granati,

ché la camminatura



lenta scopriva all’occhio

il polpaccio scultorio

e la gamba d’avorio

fino quasi al ginocchio).



Portava un cinto a belle

Meduse in ciel sereno

che costringeva il seno

fin sopra delle ascelle?



Ed ostentava i bei

piedini incipriati

da i diti constellati

di gemme e di cammei?



Io rivedo cosí la solitaria

pellegrinare ancora tra gli spessi

mirti e fra l’urne e l’erme ed i cipressi

la candida persona statutaria.



I fauni si piegavano a guatarne,

cupidi, la bellezza; al suo passare

volgevansi le Iddie a riguardare

la sorella magnifica di carne.



Ma non sempre fu sola: un dí riscosso

sembrò il ricordo delle antiche larve:

e in quel mattin la poetessa apparve

tutta vestita di broccato rosso.



Anche portava, contro il suo costume,

due rose rosse nelle nere chiome:

lucevan le pupille azzurre come

rinnovellate da insüeto lume.



Scende nel parco e posa sopra un coro

due libri: Don Giovanni e Parisina.

Poi trascolora: un’ombra s’avvicina

fra i boschetti del mirto e dell’alloro.



Chi viene dunque? Ed ecco fra le piante

un giovane bellissimo avanzare

(Anima non tremare, non tremare)

ed è il suo passo un poco claudicante.



Chi viene dunque ai sogni ed all’oblio?

(Anima non tremare, non tremare).

Ha l’iridi color di verde mare,

è nel sembiante simile ad un dio.



È lui, è Lui che vien per la maestra

strada dei lauri; or ecco: è già da presso

(ed era questo il luogo? Questo stesso?...)

E l’ava mia porgegli la destra.



E il poeta ribelle dei Britanni

la bianca mano inchinasi a baciare

(Anima non tremare, non tremare)

fra questi bussi... Or è quasi cent’anni.





De «Poemas dispersos», 1904, en G. Gozzano, Le poesie, ed. de E. Sanguineti, Torino, Einaudi, 1990 [1973].






Nota del traductor: La palabra “busso” [“busso”  actualmente y en tiempos de Gozzano significaba “golpe”, “sacudida”] es anacrónica también en los tiempos de Gozzano. Se trata del “bosso”, el “boj”. “Entre estos boj” es correcto. Los cultismos y usos anacrónicos son normalísimos en Gozzano para provocar el mundo fantasmagórico suyo tan característico y llevar el poema al tiempo pasado y “obsoleto” donde se desenvuelve perfectamente.






Guido Gozzano: Era hijo del ingeniero Fausto Gozzano y de Diodata Mautino, hija de un ardiente partidario de Giuseppe Mazzini y Massimo D'Azeglio. Su vida transcurrió entre Turín y la pequeña ciudad canavesana de Agliè, donde la familia poseía varias casas (Villa Il Meleto) y un gran parque. Debido a su mala salud, faltó con frecuencia a la escuela, y, tras una enseñanza secundaria poco brillante, se matriculó, en 1903, en la Facultad de Derecho de Turín. No llegó, sin embargo, a obtener la licenciatura, ya que prefirió asistir, con algunos amigos que forman con él el grupo de los "crepuscolari" ("crepusculares"), los cursos de literatura que daba el poeta Arturo Graf, muy admirado por los jóvenes literatos de la ciudad.


Graf era partidario de un pesimismo leopardiano atemperado con un socialismo de tipo espiritual, y era por tanto muy admirado por los jóvenes intelectuales turineses, que veían en su pensamiento un posible "antídoto" contra el gusto dannunziano que imperaba en la época. Gracias a él, Gozzano se liberó del gusto decadente que dominaba sus primeros versos, y en esta época se dedicó a estudiar con atención la obra poética de Dante Alighieri y Francesco Petrarca.


En mayo de 1907 sus condiciones de salud, que ya eran precarias, se agravaron a causa de una violenta pleuresía y desde aquel momento tuvo que pasar su vida entre la costa ligur y alguna aldea de montaña. Ese año inició también una relación, que inicialmente fue sólo epistolar, con Amalia Guglielminetti, a quien había conocido durante los encuentros de la Società di Cultura. Las "Cartas" de amor entre Gozzano y Amalia Guglielminetti, escritas en los años 1907-1909, dan testimonio del amor que Guido sintió por la poetisa, cuya estrecha relación duró hasta su muerte.1


En 1909, tras abandonar sus estudios de Derecho, se dedicó por completo a la poesía. En 1911 publicó su libro más importante, I colloqui, dividido en tres secciones: Il giovenile errore, Alle soglie e Il reduce. El éxito que obtuvo su obra valió a Gozzano un gran número de solicitudes para colaborar en periódicos y revistas, como La Stampa, La Lettura y La Donna, en cuyas páginas publicó tanto poesía como prosa.


En 1912 se agravó su estado de salud, y decidió emprender un largo viaje a la India para buscar climas más propicios. El viaje, que se prolongó desde febrero a mayo de 1912, no le dio el beneficio esperado pero sí le permitió escribir, con ayuda de la fantasía y de muchas lecturas, varios textos en prosa sobre el viaje que serían después recogidos en un volumen y publicados póstumamente, en 1917, con el título de Verso la cuna del mondo.


En marzo de 1914 publicó en La Stampa algunos fragmentos de su poema "Farfalle", llamado también "Epistole entomologiche", que quedó incompleto. Ese mismo año recopiló en el tomo I tre talismani seis cuentos de hadas que había escrito para el Corriere dei Piccoli.


Mostró siempre interés por el teatro y el cine, y trabajó en la adaptación de alguna de sus novelas a estos medios. En 1916, año de su muerte, trabajó en el guion de una película, que no llegó a realizarse, sobre san Francisco de Asís.



Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Guido_Gozzano








Traducción: José Muñoz Rivas, Licenciado y doctor por la Universidad de Murcia
en filología, desde 1993 es profesor titular de filología italiana en
la Universidad de
Extremadura. Ha sido lector de español durante años (1987-1993) en el
Departamento de Ciencias Literarias y Filológicas de la Universidad de Turín,
donde realizó su tesis doctoral sobre la poesía de Cesare Pavese.



Su actividad investigadora se
centra primordialmente en la literatura italiana moderna y contemporánea aunque
haya afrontado las de otras épocas. Aparte ésta, otras líneas de investigación en
las que trabaja son “la estructura del género cancionero”, la “traducción
literaria” y la “literatura comparada”.


De entre sus publicaciones
cabe destacar el libro La poesía de
Cesare Pavese (atravesando la mirada en el espejo)
, Universidad de
Extremadura, 2002, así como otros ensayos sobre este autor italiano publicados
en revistas especializadas.


Ha abordado la obra de otros
autores italianos contemporáneos también en revistas especializadas (Guido
Gozzano, Eugenio Montale, Pier Paolo Pasolini, Alfredo Giuliani, Giuseppe
Ungaretti, etc.).


Finalmente, ha traducido del
italiano al castellano obras de creación literaria: Claudio Magris, Las voces, en Sibila. Revista de Arte y Literatura, enero de 1995; Alfredo
Giuliani, Versos y noversos, Secretariado
de Publicaciones de la Universidad de Murcia, 1991; Guido Gozzano, Poesía, Renacimiento, Sevilla, y
Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 2014; Los coloquios, Madrid, Visor Poesía,
2014. 


Actualmente prepara los
trámites editoriales para la publicación de su edición del primer libro de
poemas de Guido Gozzano, La vía del
refugio
sin saber aún dónde se publicará finalmente.








Imagen: Gozzano con la madre Diodata en la villa Il Meleto

febrero 25, 2015

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Fernanda Agüero









1. En este cuerpo estuvo Eva











en este cuerpo estuvo Eva


bebiendo los tragos absurdos de su soledad


imaginando


que no hay alambres de púas


en mi cuello


ni cepos en los pies





mariposa de trapo


ala frágil


abrazo en la noche





me vuelve caminante su voz libertaria


arropa la infancia en un pueblo lejano


besa las huellas


el barro


el aire que ventila mi sangre


cuando la pienso


con sus pies sin dios sobre la tierra





en un rincón de mí


ella ha tejido una cruz que parpadea











2. La muerte











la muerte


fue la cruz aquella 
con el fulgor del asesino


el amor


una daga corrompiendo su cuerpo y su mirada





el aire era cianuro


la serpiente en tu cuello


y el mundo (el frágil mundo )


el de las falsa amapolas


el de la muchacha rosa y sus perros


era atravesado por los tristes rostros del final





ya no sirve tu cántico cayendo en las trincheras


ya no serás la dama la fiesta el glamour





sobre el sendero humeante


el traperío


los cuerpos rotos


los nunca


los sin noche





los muertos


borran tu nombre del poema que quiero escribir












Fernanda Agüero (Salta, Provincia de Salta)


De: "Entre la cruz y el barro"


Imagen: Facebook de FA




febrero 23, 2015

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Rubén Reches















Entra al café...                                              





                 


                                                               
A Eduardo Alvarez Tuñón












           Entra al café iluminado y grande como el salón de fiestas de un barco. Encuentra a sus amigos alrededor de una mesa demasiado estrecha, apiñados en desorden tal como los fue reuniendo el azar de una noche de domingo. Apenas terminan los saludos, se apodera de la palabra. Habla fuerte, refuta con facilidad y lanza datos, argumentos y noticias de última hora con una vivacidad y una memoria asombrosas. Poco a poco el resto se limita a escucharlo, a reir en voz alta de sus bromas más mordaces.




        De pronto, el recién llegado se descubre una mancha blanca de polvo en una rodillera del pantalón. No se la limpia, pero no quiere que nadie se la vea y la esconde hundiendo la pierna debajo de la mesa.




          Esta mañana estuvo en el cementerio. Se sentó en una tumba, arañó la tierra, se le mojaron de lágrimas las manos y se pegó puñetazos en los muslos. Después, peinándose, empezó a caminar despacio hacia la parada del colectivo.




       Ahora, sentado en un local del centro de una ciudad inmensa que dispersó sus cementerios por las lejanas periferias, piensa que nadie, en ese café de los vivos, imaginaría que con él entró allí un poco de tumba.




         Cegado por el orgullo que al adolescente da el dolor, cree que haber traído una siembra de muerte adonde los elegantes clamorean o se acurrucan le da algo ya de la ciencia de los ancianos y los moribundos. ¡Y ni siquiera advirtió aún cuántas de las suelas que pisan cada día el centro de la ciudad luminosa tienen pegado pedregullo de cementerio!
















Rubén Reches (1949/2018, Buenos Aires, Argentina)


Imagen: Foto de Daniel Arias en Facebook de RR



febrero 21, 2015

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Jorge Aulicino, un poema inédito


Jorge Aulicino


La firmeza de la soledad en los manubrios




No necesito los anchos campos para oír la soledad
poblada –
oír o ver, oler o palpar, un sentido debe dar cuenta de esto.
Estás parada ahí,
tras un sillón, en un estrecho espacio, de espaldas a una ventana
de vidrios esmerilados –
no puedo evitar un escalofrío a lo Poe, pero recuerdo,
y el recuerdo hace tu sombra más amable.
La diafanidad de los campos y los espectros tienen un raro vínculo.
Sustancial es esta ancha soledad en las
motocicletas estacionadas sobre la vereda.
Tarde de diciembre, 2013. Buenos Aires.
Sustancial en el agobio que siente hasta el sol estrellado
contra un cielo de celeste ardiente.
El desierto de gentes recorrido, de beduinos, de
motociclistas sin raíces,
pero cuyas raíces portan el lejano partir de una embarcación cualquiera,
una chalupa guerrera, un barco al palio, un petrolero.
Raíces imantadas de desierto y de soledad y de palabras
que se recuerdan, que mitigan, que ahondan a la vez, el fantasma.
Nadie escribe en estas paredes Viva mi madre. Nadie
escribe la verdad.



Otros poemas de Jorge Aulicino, aquí
De: "El Cairo", libro inédito
Imagen: foto de Leticia Scattini

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Severo Sarduy





El émbolo brillante y engrasado...





El émbolo brillante y engrasado
embiste jubiloso la ranura
y derrama su blanca quemadura
más abrasante cuanto más pausado.

Un testigo fugaz y disfrazado
ensaliva y escruta la abertura
que el volumen dilata y que sutura
su propia lava. Y en el ovalado

mercurio tangencial sobre la alfombra
(la torre, embadurnada penetrando,
chorreando de su miel, saliendo, entrando)

descifra el ideograma de la sombra:
el pensamiento es ilusión: templando
viene despacio la que no se nombra.














Severo Sarduy (1937, Camagüey, Cuba / 1993, Paris, Francia)

Fuente: http://amediavoz.com/sarduy.htm



Imagen: www.letraslibres.com




febrero 18, 2015

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Julián Herbert









Discurso del ramo














una hormiga es una hormiga es una hormiga


aunque una rosa ya no sea una rosa





quiero decir: nadie reirá


si le regalo a Sonia un ramo de hormigas rojas





si le regalo un ramo de hormigas


se la pueden comer


sobre todo si ella acaba de hornear los


polvorones





           y


¿qué hago yo sin Sonia


sin hormigas sin


polvorones?





(no confío en la moral


de estos insectos:


son capaces de entregar su reino a cambio de una coca
cola)





[de niño creía que las hormigas eran los cochecitos y
soldaditos con los que el


diablo jugaba





pero luego crecí y supe que el diablo es muy viejo y no
descansa y





dudo que tenga tiempo para el odio interracial los coches
bomba





aún estoy convencido sin embargo


de que son musulmanas:


viajan en fila india





gustan la arena seca


a veces se extravían en medio del trabajo


confundidas


como si estuvieran rezando]





no


conozco


el sabor de


las hormigas





ni he pensado en lo dulce lo fatal de sus


picaduras





no sé


si sueñan (aunque


sí: seguramente sueñan con ampliar su casa)





yo nada más recito


me obstino frente a tu puerta


con un


ramo de hormigas rojas


y un librito


de


Manuel Acuña

bajo el brazo












Julián Herbert (1971, Acapulco, México)

Fuente: http://repositories.lib.utexas.edu/bitstream/handle/2152/22836/pterodactilo6_poesia_herbert.pdf?sequence=23









Licenciado en letras españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Es autor de los libros de poemas El nombre de esta casa (1999), La resistencia (2003), Kubla Khan (2005), Pastilla camaleón (2009) y Álbum Iscariote (2013); del libro de cuentos Cocaína (manual de usuario) (2006); del volumen de ensayos Caníbal. Apuntes sobre poesía mexicana reciente (2010), y de las novelas Un mundo infiel (2004) y Canción de tumba (2011), traducida al francés, inglés, portugués e italiano. Es coautor, junto con León Plascencia Ñol, de la colección de relatos Tratado sobre la infidelidad (2010). Publica crónicas, artículos y reportajes en medios impresos de México, Chile, Alemania y Argentina. Fundó en Saltillo, en 2009, el colectivo de arte interdisciplinario Taller de la Caballeriza. Ha sido vocalista de dos bandas de rock: Los Tigres de Borges y Madrastras. Forma parte del colectivo de electropoesía Id Machine. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (2003), la Presea Manuel Acuña (2004), el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola (2006), el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez (2008), el Premio Jaén de Novela (2011) y el Premio Iberomaericano de Novela Elena Poniatowska (2012). Ha sido miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte en dos ocasiones.





Imagen: www.artv.cl




febrero 16, 2015

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Carina Sedevich







La naranja de hoy estaba seca.



La turgencia no garantiza nada.



Ni el color rabioso, ni el botón saliente

que acaricié en la góndola del súper.



La naranja de ayer no era perfecta

pero sus gajos estallaban.



Eran bastante buenas las naranjas

que me tocaron durante la semana.



Hoy el recuerdo de otro jugo no me alcanza.



Y el amor que tuve

no me moja la boca.











///











A veces es triste lo que hago con mis manos.



Hoy remendé el camisón de seda

que me trajiste de la China.



Lo uso solamente para mí:



se va gastando

y no habrá más camisones de la China.



Sólo éste.



Lo voy a usar como solía usar tu amor:

todos los días.



Que dure lo que dure

y que conserve las huellas



de mi cuerpo,

que sigue estando vivo,



y de todas

las cosas aledañas.















Otros poemas de Carina Sedevich, aquí 



Imagen: propiedad de la autora





















Carina Sedevich nació en la ciudad de Santa Fe en 1972 y reside en Villa María, Córdoba, Argentina. Ha publicado los libros “La violencia de los nombres” (Ediciones Fe de Ratas, Santa Fe, 1998), “Nosotros No” (Lítote Ediciones, Santa Fe, 2000), “Cosas dentro de otra cosa” (Lítote Ediciones, Santa Fe, 2000), "Como segando un cariño oscuro" (Ediciones Llanto de Mudo, Córdoba, 2012), “Incombustible” (Alción Editora, Córdoba, 2013) y “Escribió Dickinson” (Alción Editora, Córdoba, 2014). Parte de su obra ha sido editada también en España, así como en antologías y publicaciones literarias de diversos países. Es licenciada en comunicación y especialista en semiótica. 























febrero 15, 2015

febrero 13, 2015

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Eugenio Montale: Pero el sol ya declina...








Poesía italiana contemporánea







En
el jardín 


  













Desciendes
del gran camino 


y te
domina un cielo 


azul
estivo. Una nube 


blanca
de linos refresca 


la
canícula a tu arribo. 


Nos
sentamos en la banca habitual. 


Después
de un rato un soplo de viento 


y tu
sombrero de paja comienza a remolinear. 


Lo
sostienes, te vuelves a sentar. 


El ala
del gran pino marino 


como
vela desplegada nos arrastra. 


Quisiéramos
bordear 


de
este litoral toda la costa, 


llegar
en un dueto de nombres, de recuerdos, 


hasta
Nervi. 


Pero
el sol ya declina, 


difunde
su esplendor en rayos oblicuos, 


dispar,
regresa, y la memoria de tardes 


iguales
duplica los horizontes, 


traduce
en otros días 


aquel
momento fugaz que desaparece. 


Ahora
también el viento calla.






Otros poemas de Eugenio Montale, aquí


De: "Diario póstumo", 1996




Imagen: www.sevencrossways.com









Nel Giardino. Discendi dal gran viale / e ti sovrasta un cielo / azzuro estivo. Una nuvola / bianca di lini rinfresca / la canicola al tuo arrivo. / Ci sediamo sulla solita panchina. / Poi d’un tratto un soffio di vento / e la tua paglia comincia a turbinare. / L’afferri, ti risiedi. / L’ala del grande pino marino / come vela spiegata ci trascina. / Vorremmo bordeggiare / da questo litorale tutta la costiera, / giungere in un duetto di nomi, di ricordi / fino a Nervi. / Ma il sole già declina, / diffonde il suo lucore in raggi obliqui, / dispare, torna, e la memoria di sere / uguali raddoppia gli orizzonti, / traduci in altri giorni / quel momento fugace che scompare. / Ora anche il vento tace.