junio 26, 2016

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Yusef Komunyakaa


Yusef Komunyakaa,

Las cartas de amor de mi padre


Los viernes abría una lata de Jax
al volver de la fábrica,
& me pedía que le escribiera una carta para mi madre
que enviaba postales de flores del desierto
más altas que hombres. Él rogaba,
prometiendo no volver a golpearla
nunca más. A mí me alegraba en cierto modo
que ella se hubiera ido, & a veces quería
incluir un recordatorio: que la “Polka Dots & Moonbeans”
de Mary Lou Williams
jamás deshinchó los moretones.


Su delantal de carpintero siempre lleno
de clavos viejos, un martillo de orejas
colgando al costado & cables de extensión
enroscados en los pies.


Las palabras salían de debajo
de la presión de mi bolígrafo: Amor,
Cariño, Nena, Por favor.
Nos sentábamos en la silenciosa brutalidad
de voltímetros & terrajas,
perdidos entre las frases...
El reflejo de una cuña de cinco libras
en el suelo de cemento
arrastraba un crepúsculo hacia adentro
por la puerta del cobertizo.
Yo me preguntaba si ella se reía
& las sostenía sobre una hornalla.
Mi padre sólo sabía escribir
su nombre, pero podía mirar los planos
& decir cuántos ladrillos
llevaba cada pared. Ese hombre,
que robaba rosas & jacintos
para su jardín, se paraba ahí
con los ojos cerrados & los puños ovillados,
escribiendo con trabajo una sola palabra, 
casi redimido por lo que trataba de decir.



Traducción: Gerardo Gambolini
Otros poemas de Yusef Komunyakaa, aquí
Enlaces: Círculo de poesía
Imagen: The New York Times

junio 25, 2016

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Bertolt Brecht




Primavera de 1938













Hoy, domingo de Resurrección, muy de mañana

una nevada azotó de repente la isla.

Había nieve entre las plantas verdes. Mi hijo

me llevó hasta un damasco pegado a la tapia de la casa

apartándome de una poesía en la que denunciaba

a quienes preparaban una guerra que

al continente, a la isla, a mi pueblo, a mi familia y a mí

nos puede tragar. En silencio,

cubrimos con un saco

el árbol a punto de helarse.








Bertolt Brecht (1898, Ausburgo / 1956, Berlín Este, Alemania)


Fuente: f de Claudia Masin


Imagen: investigacionescena.blogspot.com

junio 22, 2016

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Pablo Anadón: Apuntes de viajes (Córdoba - Ranchos, 17-VI-16)





I. De pronto, ya en la provincia de Buenos Aires, al levantar la vista de la ruta, sobre la llanura que doraba ―literalmente― el sol de la tarde, una luna traslúcida, espectral, en el cielo aún azul, tan hermosa que casi daba pena. II. Las vacas en los campos, pastando apacible, resignadamente, y las vacas encerradas en el acoplado de un camión, mirando a través de las rendijas. Increíblemente, sólo ahora he recordado el poema “Tren de ganado” de Horacio Castillo: 









“Somos inocentes, gritábamos desde los trenes.  




¿Era de noche o de día? ¿Estábamos vivos o muertos?  




Asomados por el tragaluz mirábamos la inmensa llanura.  




De pronto un mugido nos traía el recuerdo de Ifigenia  




y volviéndonos hacia nuestros hijos los apretábamos contra el pecho.  




¿Qué es aquello? El sol. ¿Qué es aquello? Una nube.  




Habíamos olvidado el color del mar, el olor de la lluvia.  




Los que sabían de estrellas habían olvidado sus nombres  




y les dábamos los nombres de nuestros hijos para orientarnos al regreso.  




¿Qué es aquello? Un árbol. ¿Qué es aquello? Un río.  




Y un canto gregoriano se elevaba a nuestro alrededor,  




hablaba por todos los destinados al sacrificio.  




Somos inocentes, gritábamos desde los trenes.  




¿Era de noche o de día? ¿Estábamos vivos o muertos?” 







III. Sensación, a menudo, de ternura (no se me ocurre ahora otra palabra más exacta o expresiva), ante el paisaje, la llanura infinita, los árboles en fila a los costados de un camino que lleva a una casa, la luz del sol sobre toda la extensión del campo, la luna llena apareciendo y reapareciendo al frente y a la izquierda de la ruta, sobre las ramas ocres o verdinegras de invierno ―sensación semejante, tal vez, a aquélla de la que habrán surgido las palabras de Wilcock, que volvieron a menudo a mi memoria durante el viaje: “los campos de una incógnita Argentina / inexpresablemente espiritual.” 



Fuente; f Pablo Anadón



Imagen: cainabella.blogspot.com









junio 19, 2016

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T. S. Eliot









Una partida de ajedrez











La Silla en que estaba sentada, como un bruñido trono
se reflejaba en el mármol, donde el espejo
sostenido por columnas labradas con pámpanos y racimos
entre los que un dorado Cupido atisbaba
(otro escondía sus ojos detrás del ala)
duplicaba las llamas de candelabros se siete brazos
arrojando luz sobre la mesa mientras
el centelleo de sus joyas, derramándose en rica profusión
desde estuches de raso, subía a su encuentro;
en frascos de marfil y cristal coloreado
abiertos, acechaban sus extraños perfumes sintéticos,
en ungüento, en polvo, o liquido, turbaban, confundían
y ahogaban los sentidos en fragancias; agitados por el aire
que se renovaba desde la ventana, ascendían
engrosando las alargadas llamas de las velas,
lanzando su humo hacia la laquearia,
agitando el dibujo del artesonado.



Enormes leños de un naufragio tachonados de cobre
ardían en verde y naranja, enmarcados por la piedra coloreada,
en cuya triste luz nadaba un delfín cincelado.
Sobre el antiguo manto de la chimenea se exponía
como si una ventana diera sobre la selvática escena,
la metamorfosis de Fiomela, por el bárbaro rey
tan rudamente forzada; sin embargo allí el ruiseñor
henchía todo el desierto con inviolable voz
y ella seguía gimiendo, y el mundo siguen aun,
"yag yag" a sucios oídos.
Y otros ajados muñones de tiempo
se narraban en las paredes; formas atónitas
asomaban, inclinándose, silenciando el cuarto cerrado.
Por la escalera se arrastraban pasos.
A la luz del fuego, bajo el cepillo, sus cabellos
se abrían en puntas de fuego
encendidos en palabras, luego se aquietaron en feroz calma.
"Estoy mal de los nervios esta noche. Sí, mal. Quédate conmigo.
Háblame. ¿Por qué no hablas nunca? Habla.
¿En qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?
Nunca sé en que piensas. Piensa."
Pienso que estamos en el callejón de las ratas
donde los muertos perdieron sus huesos.
"¿Qué ruido es ése?"
El viento bajo la puerta.
"Qué ruido es ése ahora? ¿Qué hace el viento?
Nada, otra vez nada.
"¿No sabes nada? ¿No ves nada? ¿No recuerdas
nada?"
Recuerdo
Perlas son éstas que fueron sus ojos.
"¿Estás vivo, o no? ¿No tienes nada en la cabeza?"
Pero
Oh Oh Oh Oh ese Shakespeherian Rag…
Es tan elegante
Tan inteligente
"¿Qué haré ahora? ¿Qué haré?
Saldré como estoy, y me pasearé por la calle
Con el pelo suelto, así. ¿Qué haremos mañana?
¿Qué haremos nunca?"
El agua caliente a las diez.
Y si llueve, un coche cerrado a las cuatro.
Y jugaremos una partida de ajedrez,
apretando ojos sin párpados y esperando un golpe en la puerta.
Cuando el marido de Lil fue desmovilizado, dije...
Sin medir palabras, yo misma se lo dije a ella,
APURENSE POR FAVOR QUE CERRAMOS
ahora que Albert vuelve, procura estar un poco a la moda.
Querrá saber qué has hecho con ese dinero que te dio
para ponerte algunos dientes. Te lo dio, yo estaba allí.
Sácatelos todos, Lil, hazte una linda dentadura,
te dijo, lo juro, no soporto verte así.
Ni yo tampoco, dije, y piensa en el pobre Albert
ha estado cuatro años en el ejército, necesita diversión,
y si no se la das tú, otras lo harán, le dije.
Oh, ¿es eso?, dijo ella. Algo así, le dije.
Entonces sabré a quién agradecérselo, dijo ella, y me miró fijo.
APURENSE POR FAVOR QUE CERRAMOS
Si no te convence haz como quieras, le dije.
Otras pueden elegir si tú no puedes.
Pero si Albert se larga no será porque no te lo avisaron.
Deberías avergonzarte, le dije, de parecer una anticuada.
(Y sólo tiene treinta y uno)
No puedo remediarlo, dijo ella, poniendo cara larga,
con esas píldoras que tomé para abortar.
(Ya con cinco, y casi muere a causa del pequeño George.)
El farmacéutico dijo que todo andaría bien, pero no fui más la misma.
Eres una gran tonta, le dije.
Bueno, si Albert no te deja tranquila, es tu problema, le dije,
¿por qué te casaste si no quieres hijos?
APURENSE POR FAVOR QUE CERRAMOS
Bueno, ese domingo Albert ya estaba en casa, y tenían
Jamón ahumado caliente,
Y me invitaron a cenar, para que apreciara qué belleza el
Jamón caliente...

APURENSE POR FAVOR QUE CERRAMOS
APURENSE POR FAVOR QUE CERRAMOS

...asnoches Bill. ...asnoches Lou. …asnoches May. …asnoches.
Gracias gracias. …asnoches. ...asnoches.
Buenas noches, señoras, buenas noches, dulces señoras,
buenas noches, buenas noches.





T. S. Eliot (Thomas Stearns Eliot, 1888, St. Louis, Missouri, EUA / 1965, Londres, Gran Bretaña)



Fuente: Zoopat
Versiòn: Alberto Girri


Enlaces:






Imagen: collider.com

junio 18, 2016

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Mi relación con Dios: entre la devoción y la duda.





Por Diego Muzzio






Unas semanas antes de tomar la primera comunión, mi padre se desmayó en la ducha. Aneurisma cerebral. Lo internaron. Estuvo hospitalizado una semana. Una de esas noches, recé. No para que se salvara: recé para que se hiciera la voluntad de Dios. Si su voluntad era que mi padre viviera, mucho mejor. Pero lo que yo quería era una resolución a tanta incertidumbre. La angustia me aplastaba el pecho y yo quería volver a respirar. A la mañana siguiente, Dios había expresado su voluntad: mi padre estaba muerto.


Yo tenía diez años; comulgué por primera vez viendo la imagen del ataúd de mi padre, que no podía borrar de mi cabeza. El mundo, de pronto, se había vuelto pura intemperie.


Mi familia era católica como suelen serlo la mayoría de las familias de clase media, es decir, de la boca para afuera. Mis padres no eran practicantes. Sin embargo me bautizaron y, más tarde, me mandaron a hacer la primera comunión. Era una tradición, una obligación social.Solo que yo me tomé las cosas en serio. La muerte de mi padre profundizó la fe que ya sentía y, a los diez años, creía con la convicción y la pureza propias de la infancia.


Hasta empezar el secundario, fui católico. Tomé la confirmación, iba a misa, me confesaba, comulgaba. Cinco años en un colegio religioso pulverizaron totalmente mi catolicismo. Las autoridades y profesores responsables de nuestra educación religiosa parecían ensañarse especialmente con las enseñanzas de Jesús. En esas aulas se seguía una doctrina ciega, fascista, muy alejada del amor y de la misericordia cristiana. El cura, que también era el director, aprovechaba la confesión para sonsacar a los alumnos información sobre quién se copiaba en los exámenes. Si alguien se atrevía a discutir los axiomas religiosos que alguna profesora intentaba meternos a la fuerza en la cabeza, era inmediatamente tildado de imbécil o expulsado del aula. Pero, además de eso y seguramente lo más importante, a esa altura yo ya conocía todas las atrocidades cometidas por la Iglesia a lo largo de la historia.



Resultado: en cinco años me transformé en un acérrimo enemigo de esa Iglesia de la que había formado parte. Ingresé a ese colegio siendo un católico convencido y egresé dispuesto a ridiculizar a cualquiera que dejara en el aire el más leve tufillo de incienso.


Desde los catorce o quince años escribía poesía, pero debe haber sido a los veinticinco que leí por primera vez al poeta norteamericano T. S. EliotLos hombres huecos y La tierra baldía me deslumbraron, pero Miércoles de ceniza me abrió todo un nuevo campo de lectura. Por esas páginas luminosas andaban dando vueltas el Antiguo y el Nuevo Testamento, la liturgia de la misa, Dante, temas centrales de mi formación como creyente; y, aunque hacía ya varios años que pensaba haberme sacado de encima la pesada mochila religiosa que cargaba desde la infancia, la lectura de Eliot me sacudió como ningún otro autor volvió a hacerlo, antes o después. No solo me proyectó de nuevo al interior de ese mundo que yo creía haber dejado atrás, sino que me autorizó a replantearme el tema de la fe.


En esa época, trabajaba como cadete en una agencia de turismo, en el centro, y pasaba el día caminando y leyendo. Si tenía que hacer la cola del banco o en alguna compañía aérea –de hecho mi trabajo consistía básicamente en hacer filas– sacaba un libro del bolsillo y me ponía a leer. Cuanto más larga la cola, más tiempo de lectura. Pero lo mejor que me podía pasar en la semana era tener que llevar un pasaje a algunos de nuestros clientes en Flores o en Pompeya. Eso significaba que tenía aproximadamente cincuenta minutos de viaje en colectivo de ida y cincuenta de vuelta: más de una hora y media para leer sin interrupciones.


Gracias a T. S. Eliot empecé a interesarme en los místicos, teólogos y escritores religiosos. En esos viajes en colectivo, en esas largas filas frente a la ventanilla de algún banco –los bolsillos cargados de cheques y dinero en efectivo–, leía a San Juan de la Cruz, a San Agustín, al Maestro Eckhart, a Pascal, a Merton, a Bloy. Cuando me tocaba el turno y levantaba los ojos del libro que estuviese leyendo y avanzaba hacia la ventanilla para cobrar un cheque o depositar una suma de dinero, sentía una especie de golpe, una ducha helada de realidad. El mundo en el que había estado sumergido hasta ese momento, las ideas y sentimientos que me habían tenido absorto eran tan distintas de mi rutina laboral que, de pronto, al emerger, me sentía agobiado, exhausto por el peso tenebroso e inútil de lo cotidiano.


A veces, en el camino de regreso a la oficina, pasaba por la puerta de una iglesia. Nunca había estado tentado de volver a entrar en una. Sin embargo, de un tiempo a esta parte –seguramente a causa de ese abismo que se abría cuando cerraba cualquiera de mis libros y volvía a la “realidad” o al presente, como se quiera–, me sorprendía con un pie en el umbral, aunque siempre lograba rechazar la tentación y rápidamente daba media vuelta y volvía a internarme entre la muchedumbre. Hasta que, un día, atravesé la puerta y me senté en uno de los bancos del fondo, y allí me quedé un rato, en la penumbra, lejos del ajetreo de la calle.


A partir de entonces, entrar un rato a la iglesia se volvió una costumbre. Mientras estaba allí no rezaba, no pensaba en nada en especial. Sólo me quedaba unos minutos y volvía a trabajar.


Poco a poco, gracias a esas lecturas, empecé a darme cuenta de que podía creer en Dios sin adherir a la Iglesia Católica y sin sentirme irremediablemente estúpido. Esto, que para muchos tal vez parezca una obviedad, no lo es tanto cuando se ha formado parte de la Institución. Por otra parte, si hombres tan inteligentes como los físicos Max Planck –quien afirmaba, al igual que los místicos judíos, que la materia no existe–, Albert Einstein o Blaise Pascal, habían creído en Dios: ¿por qué yo no podía creer a mi modo? ¿Por qué no podía reconciliarme con mi fe, aunque no volviera a confesarme, a comulgar o a ir a misa nunca más?


Los Pensamientos de Blaise Pascal (1623-1662) era uno de los libros que más leía. Con apenas veinticuatro años, Pascal era ya un renombrado matemático. Para ayudar a su padre, Comisario Real y jefe de recaudación de impuestos de Normandía, Blaise inventó la «rueda de Pascal» o Pascalina, considerada como una de las primeras calculadoras. Su conversión súbita y definitiva, una noche del año 1654, a raíz de un accidente en el que pudo haber perdido la vida, me interpelaba constantemente. Pascal escribió enseguida su experiencia y, durante el resto de su existencia, llevó abrochado aquel “memorial” en el interior de su jubón. No sabemos exactamente en qué consistió esta visión, pero sí que duró un par de horas. El escrito comienza con la palabra FUEGO, en grandes letras mayúsculas, y en el mismo se repiten las palabras “certidumbre, sentimiento, gozo, paz”.


También leía mucho a León Bloy, sobre todo su libro La sangre del pobre. La sangre del pobre es el dinero, afirmaba el francés, y desarrollaba la idea de que hay una maldad inherente en la riqueza, ya que el que tiene mucho es porque se lo está quitando a muchos otros. Ahí veía yo la utilidad de ese fuego, escrito con mayúsculas, en el memorial de Pascal, aunque para él fuera otra cosa. En mi concepción cristiana, el dinero era el mal absoluto, el verdadero enemigo de Cristo.Jesús había abominado de los ricos y echado a los mercaderes del Templo. “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el Reino de los Cielos”, había dicho Jesús, según el evangelista Mateo. Había que quemar el dinero, abolirlo. El egoísmo, la codicia, el ansia de enriquecerse, era para mí la peor aberración y el motivo de la mayor parte de los males del mundo (sigo pensando lo mismo, aunque hoy puedo vivirlo de otra manera). En aquel momento, sin embargo, mi trabajo me obligaba a estar a diario en contacto con dinero. No me pertenecía, pero lo transportaba, debía cuidarlo y ponerlo a buen recaudo para que su dueño, con mi aceptación tácita, continuara perpetuando un sistema injusto e inhumano. En esos desplazamientos constantes entre el banco y la iglesia en la que me recluía durante algunos minutos al día, pensaba en lo contradictorio, lo paradójico que era el hombre, yo el primero: cuanto más abstracto era aquello que adoraba –ya se llamara Dios o Dinero–, más monumentales eran los edificios que levantaba para simbolizarlo.


Muchas veces pensé en deshacerme de la plata que llevaba encima, dársela a alguien que de verdad la necesitara. Como ese dinero no me pertenecía, como no podía quemarlo, empecé a deshacerme del mío. Lo regalaba, lo perdía, me lo sacaba de encima. Mi sueldo ya era escaso pero, cuando adopté dicho comportamiento, no llegaba ni a la mitad del mes. Comía poco, no compraba nada que no fuera indispensable. Al mismo tiempo, volví a rezar. Como había sucedido con la enfermedad de mi padre, no rezaba para pedir nada en especial. Yo sabía que no se reza para pedir, sino sólo para agradecer. Así que oraba. No lo hacía de manera automática, no era la mera repetición de ciertas frases en determinado orden. Oraba consciente de lo que hacía, pensando en el sentido y en la profundidad de cada palabra.


Mis actividades básicas se resumían a caminar, leer, escribir poesía y orar.


Ahora tengo que explicar lo más difícil. Al cabo de unos meses de esta vida, empecé a sentir un cambio. Era una sensación física, un estado de alegría profunda. Alegría, esa es la única palabra que puedo invocar, aunque era algo más que eso, también era una especie de paz que me asaltaba en cierto momentos del día, momentos siempre breves pero muy intensos.


Un día, ese estado me sorprendió caminando por una calle del microcentro. Esta vez fue más fuerte que otras. De pronto, dejé de escuchar el ruido alrededor, todo adoptó otra velocidad, y sentí una fuerza que me agarraba de la nuca y me tiraba hacia arriba, suave, literalmente; duró apenas segundos. Después, abruptamente, terminó.


Durante un tiempo, seguí leyendo a los místicos, pero luego la poesía me llevó hacia otros lugares, otros autores. Sin embargo, nunca pude olvidar esos meses. No volví a experimentar nada igual. Nunca supe qué nombre darle a esa fuerza que, durante unos segundos, me levantó del piso.


Tal vez era la mano de mi padre.





junio 12, 2016

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Silvia Camerotto

La deriva



El predominio del sapo sobre la mosca
Con un pie en cada lado
acomodás los álbumes familiares
Tres décimas de amianto son justas y necesarias
porque no encendiste fuegos fatuos
pero empezaste tarde
y ahora es el momento de emprender la retirada
Hubieras sido la superficie plana de un paisaje
que se mira desde un auto
el bajío o nada más, los asuntos que se olvidan
No los blasones que se ostentan en la reja de una casa
Es que cayó la niebla y el camino a la cocina es un acantilado
Ni sangre ni buena voluntad sino la cólera de dios
que todo lo que toca convierte en oro



De: "La grosse fuge, Ediciones dle Dock, 2012
Otros poemas de Silvia Camerotto, aquí

junio 11, 2016

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Sharon Olds





Hijos grandes




Uno desde una dirección, otro

desde otra, un día vuelven, juntos,

y de pronto mi cuerpo cabe

en el aire que ocupa, y mi cerebro

entra en mi cráneo otra vez, y mi mente

en mi cerebro, y sobre los relieves anticlinales de mi

mente juega la luz. La semana anterior en la playa había visto

un ser que al principio no pude nombrar,

una criatura baja, erguida, con una cabeza

redonda y el cuerpo echado hacia atrás y unas

extremidades cortas que destellaban a los lados y debajo

como las puntas de una estrella, tanto que parecía brillar,

titilar en la arena - era un pequeño

primate, y detrás de él venía otro,

más pequeño y más primitivo,

un guiño deslumbrante, centelleante,

era un bebé. Y ahora nuestra hija

duerme en el sillón, no siete kilos

seiscientos, sino más o menos de mi tamaño,

su cara maravillosa compleja delicada,

tranquila. Y nuestro hijo, anoche, miraba de cerca

a su enamorada mientras susurraban por un instante, qué tierna,

atenta mirada tenía. Los criamos

diariamente, quiero decir cada hora- cada minuto

éramos de ellos, ninguna hora pasaba en la que no estuviéramos

criándolos- llevándolos, soportándolos, alzándolos

en brazos, por placer, y para que pudieran ver,

más allá, lejos de nosotros.







De: "La materia de este mundo", Ediciones Gog & Magog, 2015

Traducción: Inés Garland e Ignacio Di Tullio





Grown children





One from one direction, one

from another, one day they come back, together,

and suddenly my body fits

in the air it is standing in, and my brain

fits in my skull again, and my mind

in my brain, and over the anticlines of my

mind light plays. Last week I had seen

a being on the beach I couldn't name at first,

a short, upright creature with a round

head and swaybacked torso and brief

appendages flashing to the sides and below

like the beams of a star, so it appeared to

sparkle,

to twinkle along the sand-it was a tiny

primate, and behind it along came another,

tinier and more primitive,

a dazzling winking, scintillating

along, it was a baby. And now our daughter

is sleep on the couch, not six pounds

thirteen ounces, but about my size,

her great complex, delicate face

relaxed. And our son, last night, looking elosely

at his sweetheart as they whispered for a moment, what a tender

listening look he had. We raised them

daily,  I mean hourly-every minute

we were theirs, no hour went by we were not

raising them-carrying them, bearing them, lifting them

up, for pleasure, and so they could see,

out, away from us.












Otros poemas de Sharon Olds, aquí



Imagen: barclayagency.com





junio 07, 2016

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Jesús Sepúlveda








El animal tiene hambre











El animal tiene hambre

de fulgor y estambre

Tiene hambre



Ha muerto tratando de cazarlo

Suspirando

última y fatalmente



El hambre brinca

Tiene vigilias



Hay lomos liberados

que bailan / se calientan

Beben agua con sospecha



La hambruna enrarece

¿O pan o azúcar o té

o gas

o la mano tierna?



El animal tiene hambre

de bondad



Famélicos aquellos que engordan

dejando sin comer al otro

u otra

que permaneció atenta a sus cachorros



El animal tiene hambre

Recorre zanjas

lomas

Viaja



Se para en dos patas y escarba la colmena

Abre sus alas y se arroja de un risco



El animal tiene hambre

cuando va en bandada

o vende sus pulmones sus ojos

su bondad su bronca

que quedan colgando de los ganchos de la carnicería



No hay matarifes sin matadero



hay una revista. un cuento. una micro

y el barrio donde se crió el que escribe



Hay matanzas



Generales los jiferos que llevan delantal plástico

o cotona blanca como los doctores

los químicos los curas los investidos



O botones dorados / jinetas

o terno

A cuero limpio

o sudado



Cuando el animal tiene hambre

todo está tenso

Se desmoronan los libros

se parte la tierra



En el jardín brotan flores de otoño

En la glorieta irreal y necesaria

corre la brisa

pasa la gente



El hogar es uno

que fuma sentado en el patio de su casa

o en un hotel

o aguarda silencioso en el rincón de la infancia

o espera afuera

hasta que abran la mampara



El hambre sale y entra por las rendijas

Hace ranuras

Respira

Trepa rejas

Se alimenta



El animal en cambio no espera

desfallece o muerde

Tiene hambre

y frío



No sabe vivir

con dolor y angustia

pero trata



Se prepara once / se baña

o no se baña



Se harta hasta el hartazgo



Sorbe

Remoja el pan



Se serena un rato











Jesús Sepúlveda (1967, Santiago de Chile, Chile)

Fuente: Jornal de poesía





junio 04, 2016

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Lisandro González







4.








Desde la ventana

se abre un corazón sentimental

hacia fuera y hacia dentro.



Las paredes del departamento

del que espera —al menos— un grito de los muebles

o canción del desayuno



deberían tener color especial,

o ser de tela liviana que mostrara

ese corazón anfibio



a piedras que de vez en cuando

el cielo arroja.

El corazón respirará como mariposa



dispuesto al vuelo rasante

sobre lugares comunes

ametrallado por las piedras.









9. 





El dolor describe  

su línea aséptica 

mientras el ruido del resonador 



musicaliza. 

Luego, en la calle 

se recorren lugares donde el dolor 



ha tomado antes 

formas mucho más sofisticadas 

y perversas, 



sabido tallar 

la marca del diente 

en órganos más etéreos y sensibles. 



Así el otro dolor, el aséptico 

se transforma 

casi en alivio. 







13.






El analgésico y el alcohol

pueden potenciar sus efectos

como la madrugada



y elenco en retirada de la noche.

Los fracasos del amor

pueden tener efecto similar



y algo parecido suceder

con ladridos,

sirenas y el ruido de los autos,



todos juntos hasta creerse música

de una película sin director

o poema anónimo.



Y un buen verso resplandece

junto a otro

condenado al ruido.







23.






Los fenómenos naturales

y especialmente

variaciones de la luz



en su dialéctica

siguen siendo

temas ineludibles.



Una pequeña ventana del baño

puede ofrecer

múltiples posibilidades



y hasta algún tipo

de felicidad

en la humilde orfebrería



que el poeta

atesora

en el olvido.






Lisandro González (1973, Resistencia, Provincia del Chaco, Argentina. Reside en Rosario, Santa Fe)

De: "Poemas lumbares", Ediciones UNL, 2014





junio 03, 2016

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Eduardo Espósito












Introducción al Zen






A Daitsez Suzuki






Cuando la voz del vendedor ambulante

corra en sentido contrario a la dirección

en que va el tren

Y ambas fuerzas se conjuguen en un punto

en el que una rubia eche humo descuidada

sin importarle el resto de los pasajeros

ni en cartelito de prohibido fumar

Cuando el piropeador de turno

el ciclista y el hombre de la bolsa con corbata

se encuentren en el mismo vagón

para hablar de la carrera del domingo

Y mamá regrese del tatoo

y me muestre el piercing en la lengua

Cuando las nuevas hordas bárbaras

desciendan en la última estación

y arrasen con cuanto imperio choripán

panchito o huevo duro encuentren

Y yo a diez centímetros del suelo

mirando todo esto

pueda tomar una coca

tranquilamente en una esquina

sin importar que me pasen por encima

la edad la economía

y alguno que otro gobierno de facto

Entonces habré asegurado la paz para mi alma

Entonces los árboles de la terminal

albergarán más pajaritos al fin

que mi cabeza.









Otros poemas de Eduardo Espósito, aquí