julio 31, 2016

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Valle de Traslasierra, Córdoba, Argentina











por Pablo Anadón






Tantas veces que lo he hecho a lo largo de los años, y nunca me canso ni me aburriré de hacer el cruce de las Sierras Grandes. Amo ese paisaje austero, de rocas pardas y pastizales ocres en invierno, con vertientes que bajan por las laderas después de las lluvias, águilas que vuelan en círculos sobre los precipicios al costado de la ruta, y al fondo, al descender, el Valle de Traslasierra, verde y azul, nítido o neblinoso según los días, con el espejo sinuoso del Dique de la Viña. Hoy fue un día soleado, despejado, sin una nube, y el paisaje era aún más hermoso que de costumbre. Ir escuchando música y fumando es casi la felicidad, como hoy, y si hay una hermosa mujer con quien ir conversando y compartiendo mates, es la felicidad sin más, como hace unos días. Esta siesta, como siempre, hice un alto en Lo De Ramallo, un lugar que ya me es entrañable, lo mismo que su gente. El dueño, Ramallo, le pidió a una de las buenas mozas, Laura, que me mostrara una escultura que en unas horas iban a instalar en el salón: era el águila que baja todos los días a buscar su trozo de carne, y que ahora me enteré que tiene nombre: Rita. La escultora resultó ser rusa, y ya me dieron su teléfono, porque además de esculpir, da clases particulares de idioma. A ella le encargarán también grupos escultóricos con otros animales de la zona, para un museo temático que crearán en el Parador. Pedí mi habitual café con un sándwich de pan casero, la hija del dueño me convidó una empanada frita, y me instalé en la terraza. Estaba terminando mi café, ya frío, fumando y leyendo una espléndida página de Brodsky sobre un poema de Thomas Hardy, que ya querría traducir, cuando escuché una música dulce y asordinada: era un muchacho que tocaba un “hand drum” (aquí se lo conoce como “sattva”, me explicó el ejecutante), un instrumento de sonido casi mágico, órfico, que usa la escala pentatónica, capaz de serenar, como la canción que oyó el Conde Arnaldos, a la naturaleza. Me quedé escuchándolo y mirando la tarde un rato y continué viaje. En el camino comprendí algo que no es ninguna revelación, pero que yo sentí como tal: no importa la hora de llegar, no importa llegar, aunque lo que nos espere pueda ser dichoso, estar en viaje ya vale la pena. Ahora me doy cuenta de que a esa revelación la he leído antes: está en el poema “Ítaca” de Kavafis. Igual, no es lo mismo leer que hacer la experiencia de una epifanía así, y yo la tuve hoy, en mi querido camino de las Altas Cumbres.



Itaca










Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.


Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.


Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.


Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.


Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.









Constantino Cavafis








Traducción, Pedro Bádenas de la Peña


Otros poemas de Cavafis, aquí


Enlaces relacionados con Pablo Anadón







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Andrea Cabel









Andrea Cabel (1982, Lima, Perú)







Imagen: revistacritica.com







En breve cárcel






Muera lo que deba morir; lo que me callo.


Anto­nio Gamoneda







Invades el camino


De punta a punta,



Como una rueda


Y tu nom­bre mas­tica una espera


Sen­tada


Sobre el lomo de un erizo,


Con la mirada en la puerta,


Con tus caren­cias latién­dote en los ojos


Con tu esper­anza en un nom­bre de estó­mago amplio



Y mi necesi­dad de salir del borde del suelo


Para olvi­dar tu aban­dono para acari­ciar por dentro


esta vol­un­tad donde pende una línea


como una boca que se abre frente a la voz de un ani­mal que llora.



Te encuen­tro entre grandes voces seme­jantes a la mía


Esti­rando los muros con latas rel­lenas de piedras


Cubier­tas de fru­tas secas


dul­ces como el ros­tro de una anciana


dul­ces como la mor­dida de una tormenta


el camino bor­deado de plan­tas de sed, de ros­tros muertos,


Mírame, llena de puer­tas cerradas


cubierta de una infan­cia mal curada



mírame frágil



sabi­endo de mi tiempo como una habitación rota


como un colchón sum­iso al tiempo


a un cuerpo solitario


nadando entre rabia


y pudor


nadando


aus­tero



inválido.








julio 30, 2016

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Antonia Pozzi







Imagen: parliamoitaliano.altervista.org




Recuerdo que, cuando estaba en la casa,


de mi mamá, en medio de la llanura,


había una ventana que miraba


hacia los prados: en el fondo, el dique arbolado


escondía al Ticino y, todavía más al fondo,


había una franja oscura de colinas.


Entonces, yo no había visto el mar


sino una sola vez, pero conservaba de él


una áspera nostalgia de enamorada.


Hacia la noche fijaba el horizonte,


semicerraba un poco los ojos: acariciaba


los colores y los contornos entre las pestañas:


y la franja de las colinas se aplanaba,


trémula, azul: a mí me parecía el mar

y me gustaba más que el mar verdadero.











Antonia Pozzi (1912 / 1938, Milán, Italia)

















julio 23, 2016

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Un poema extraordinario de Raymond Carver traducido por Adam Gai


Traducción de Adam Gai


En Suiza 



Lo primero que hay que hacer en Zurich
es tomar el trolebús No. 5 al zoológico
hasta el fin  del recorrido
y bajarse. Ir sabiendo
lo de los leones. Cómo  sus rugidos
pasan desde el complejo del zoológico
al cementerio de Flutern.
Allí camino por
el hermosísimo sendero
que lleva a la tumba de James Joyce.
Siempre fue un hombre de familia, está aquí
con Nora, su mujer, por supuesto.
Y su hijo, Giorgio,
que murió hace unos años.
Lucía, su hija, el gran dolor de su vida,
aún vive, aún confinada
en un sanatorio psiquiátrico.
Cuando le trajeron la noticia
de la muerte de su padre, dijo:
¿Qué está haciendo ese idiota  bajo tierra?
¿Cuándo le va a dar por salir?
Nunca nos quita el ojo de encima.
Me quedé un rato. Creo
que le dije al señor Joyce alguna cosa en voz alta.
Debo haberlo hecho. Sé que debí hacerlo.
Pero ahora no recuerdo qué
y tengo que dejar las cosas así.
Una semana después de aquel día, partimos
de Zurich en tren a Lucerna.
Esa mañana temprano, tomé
el trolebús No. 5 una vez más
hasta el final de la línea.
El rugido de los leones cae sobre
el cementerio, como la vez anterior.
El césped ha sido  cortado.
Me siento allí por un rato y fumo.
Uno se siente bien estando allí,
junto a la tumba. Yo no tenía
nada que decir esta vez.
Esa noche jugamos  en las mesas
del Grand Hotel-Casino
en  la costa misma del lago Lucerna.
Más tarde fuimos a ver un espectáculo de striptease.
¿Pero qué hacer con el recuerdo
de aquella tumba que me venía a mí
en  medio del espectáculo,
bajo la luz rosada,  muda, del escenario?
No hay nada que hacer.
O sobre el deseo que vino después,
que desplazó todo lo demás
como una ola.
Más tarde, nos sentamos en un banco
debajo de algunos tilos,  bajo las estrellas.
Hicimos el amor.
Metiéndonos uno  dentro de la ropa del otro.
El lago a unos pocos pasos.
Después, nos mojamos las manos
en el agua fría.
Entonces, volvimos a nuestro hotel,
felices y cansados, dispuestos a dormir
ocho horas.
Todos nosotros, todos nosotros, nosotros todos,
tratando de salvar
nuestras almas inmortales, ciertos caminos
aparentemente  más indirectos
y misteriosos
que otros. Estamos pasándola
bien aquí. Pero esperamos
que pronto todo sea revelado.



In Switzerland



First thing to do in Zurich is take the No. 5 "Zoo" trolley  to the end of the track, and get off. Been warned about the lions. How their roars  carry over from the zoo compound to the Flutern Cemetery.  Where I walk along  the very beautiful path to James Joyce's grave. Always the family man, he's here with his wife Nora, of course. And his son, Giorgio, who died a few years ago. Lucia, his sorrow,  still alive, still confined  in an institution for the insane.  When she was brought the news of her father's death, she said: What is he doing under the ground, that idiot? When will he decide to come out?  He's watching us all the time.  I lingered awhile. I think  I said something aloud to Mr. Joyce. I must have. I know I must have.  But I don't recall what, now, and I'll leave it at that.   A week later to the day, we depart Zurich by train for Lucerne.  But early that morning I take  the No. 5 trolley once more to the end of the line. The roar of the lions falls over  the cemetery, as before.  The grass has been cut. I sit on it for a while and smoke.  Just feels good to be there, close to the grave. I didn't  have anything to say this time.   That night we gambled at the tables at the Grand Hotel-Casino on the very shore of Lake Lucerne. Took in a strip show later. But what to do with the memory  of that grave that came to me in the midst of the show,  under the muted, pink stage light? Nothing to do about  it.  Or about the desire that came later,  crowding everything else out,  like a wave.  Still later, we sat on a bench under some linden trees, under stars.  Made love with each other.  Reaching into each other's clothes for it.  The lake a few steps away. Afterwards, dipped our hands into the cold water. Then walked back to our hotel,  happy and tired, ready to sleep  for eight hours.   All of us, all of us, all of us trying to save  our immortal souls, some ways  seemingly more round- about and mysterious  than others. We're having a good time here. But hope  all will be revealed soon. 



Otros poemas de Raymond Carver, aquí
Adam Gai nació en Argentina y vive en Israel. Es Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires y Doctor en Letras por la Universidad Hebrea de Jerusalén. Fue catedrático de literatura española y latinoamericana en la Universidad de Tel Aviv y en la de Jerusalén. Publicó en diversas revistas digitales y en las antologías Grageas (Ediciones Desde la Gente, Buenos Aires, 2007), La monstrua: Narraciones de lo innombrable (Vavelia, México, 2008)  y Otras miradas (Ediciones Desde la Gente, Buenos Aires 2008).
Referencia: es.paperblog.com


julio 21, 2016

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Ignacio Di Tullio









A través de la oscuridad








veo la percha

colgando de la puerta del placard.

Mi uniforme de hombre

prolijamente dispuesto

como cada noche:

pantalón, camisa

y un saco arrugado por el cansancio

esperan que dentro de cinco horas

alguien les preste un cuerpo.

Una humanidad duplicada

ficha y cumple horarios,

los trabajos nocturnos

a espaldas del mundo.

Son las dos:

aquel difuso ser que no soy

cuelga de una percha.

Se cobra cada hora

y espera a que se hagan las siete

para que alguien me vuelva a llamar

como dicen que me llamo.









Ignacio Di Tullio (1982, Buenos Aires, Argentina)





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Otros poemas de Jorge Spíndola





va rodando sobre el mundo







ahora manejo un peugeot 404 modelo 79

voy evadiendo el precipicio

ese pozo profundo donde algún día caeremos





cae la helada del invierno

y la noche se ha puesto blanca



unos carteles oxidados

señalan lugares inexactos

geografía fuera de su sitio



aquí no hay indicios de tu nombre



/parada kunzel 2 km./

unos surtidores de nafta abandonados

parecen cristianos a la izquierda del camino



línea sur donde todo se evapora

aquí voy una vez más con el viejo peugeot

alumbrando un pedazo de la ruta



todo ha sido tan fugaz

como esa liebre

encandilada por los focos



la luz abre dos túneles helados

en la espalda del camino



ahí va ese que soy

y todos los que fui



va rodando sobre el mundo

silencioso



a 80 km. por hora



y no hay indicios de tu nombre









atardecer en la ruta





la oscuridad ya abre su boca

lamiendo la materia del paisaje


labios oscuros besan y beben


filas de postes perdidos a lo lejos


alambrados y matas


ya son saliva de la noche


caen torres caseríos


todo límite se disuelve adentro de su boca


vagos rumores


relinchos escarchados


salen del campo como penas


luces veloces


pasan huyendo sobre la lengua de la ruta


sobre el espejo retrovisor


todavía arden unas nubes


van flotando como enaguas






sopla







suave rumor y a veces golpes

estremecidas chapas

soplan su suave llanto



aullaba mi perro en esas noches

el cerco de chapas crujía

con un hilo más agudo



arena en la boca de esas noches



latas volando por una pampa interminable

baldes de lata en semicírculos

golpeando los bordes de la casa



exhalación interminable/

oxígeno del mundo



sopla como un mar en la memoria

sopla aún el suave llanto

y las hojas de los sauces se agitan como sombras

verdes sombras de otro verde más lejano



cuándo tocaremos el fondo de tu tristeza

exhalación interminable/ oxígeno del mundo

sopla en mí tu suave llanto










De: "Perro lamiendo la luna y otros poemas, Ediciones del Jinete Insomne

Otros poemas de Jorge Spíndola, aquí







julio 16, 2016

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Gabriela Wiener









había hecho demasiadas cosas por ti








Once I wanted to be the greatest


Cat Power







toqué varias puertas

antes de dar con la correcta y ahí estaba él

oculto en la buhardilla que nos habían

conseguido

para pasar la noche juntos



era un viejo amigo de la universidad

yo recordaba haber leído sus poemas

como un murciélago recuerda a otro

el asco que produce en los demás

sus vuelos de mamíferos oscuros



sabía que él estaba triste yo también

miré de reojo la cama donde íbamos a dormir

calculando si cabríamos

colgados de las patas



sin rozar las finas membranas de nuestras tristezas



la chica que amaba

lo había vuelto a abandonar

y por alguna razón

por la misma razón

quería retenerla por última vez

solo decía que era hermosa

y había hecho demasiadas cosas por él



desde la ventana se veía un patio en el que las hojas

temblaban después de la lluvia y de nuestros pasos

él se inclinaba hacia el vacío pensando que

tarde o temprano saldrían de allí las falsas revelaciones



de repente hablaba y sacudía sus lágrimas

antes de que pudiera verlas

esperando que yo dijera algo más o menos sensato



lo escuché

nunca había escuchado tanto a alguien

y cuando pude hablar

le conté una historia y pensó

que era más triste que la suya lloró también por mí

sin honor



cuando se hizo de noche

los amigos y yo lo arrastramos al bar de los africanos

me dijo que le sorprendía que pudiera disfrutar

y entonces le conté otra historia:

hubo un tiempo en que quise ser la mejor

ahora ya no me atrevo

le dije

puedo permanecer muchas horas

mirando cautivada lo que no seré

lo que no tendré solo por pedirlo

lo que no escribiré

puedo cortarme los brazos

y bailar sobre mi sangre



lo llevé a casa y lo tapé hasta el cuello

debíamos dejar la buhardilla muy temprano

y eso hicimos

arrastrando nuestras maletas



no teníamos a dónde ir

ninguno de nuestros amigos contestaba el teléfono

y cuando me di cuenta ya debía tomar un vuelo hacia mi vida

hacia lo que quedaba de mi vida

y ya no parecía tan valiente

















Gabriela Wiener (1975, Lima, Perú)


Fuente: Nayagua





Imagen: www.scoopnest.com

julio 14, 2016

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Dana Gioia

Insomnio















Escuchas lo que tiene que decir la casa.

Tuberías ruidosas, fugas de agua en lo oscuro, 

muros hipotecados que, inconformes,

se trocan y voces que se apilan en barullo infinito

de quejas cortas, como sonidos de familia

que año con año has ido aprendiendo a ignorar.

Debes oír las cosas que posees, 

todo aquello por lo que trabajaste en los últimos años,

el rumor de los bienes, de cosas averiadas,

partes flojas a punto de caer desprendidas.

Enrollado en las sábanas, recuerda todos

esos rostros que nunca te fue dado amar.

Cuántas voces te habían esquivado hasta ahora,

el horno ventilado, la duela bajo el pie

y las acusaciones constantes del reloj

que cuenta los minutos registrados por nadie.

La claridad terrible que trae este momento,

la perspicacia inútil, la oscuridad intacta.











Dana Gioia (1950, Hawthorne, California, Estados Unidos de Norteamérica)

Traducciòn: Hernán Bravo Varela



Imagen: dailytrojan.com



Insomnia



Now you hear what the house has to say. / Pipes clanking, water r unning in the dark, / the mortgaged walls shif ting in discomfort, / and voices mounting in an endless drone / of small complaints like the sounds of a family / that year by year you’ve lear ned how to ignore. // But now you must listen to the things you own, / all that you’ve worked for these past years, / the mur mur of property, of things in disrepair, / the moving parts about to come undone, / and twisting in the sheets remember all / the faces you could not bring yourself to love. // How many voices have es - caped you until now, / the venting fur nace, the floorboards underfoot, / the steady accusations of the clock / numbering the minutes no one will mark. / The ter rible clarity this moment brings, / the useless insight, the unbroken dark.

julio 10, 2016

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Jorge Spíndola








ya lo sé 







yo ya sé 

lo que es el amor. 



yo aprendí a beber vino cuando trabajaba 

en la pampa de salamanca al borde de la ruta 3. 

aprendí a beber callado mirando las martinetas 

que se iban siguiendo la alambrada. 



de vez en cuando un camión 

como un incendio perforaba la tarde y pasaba 

dejando un suspiro en las retinas de los perros. 

a lo lejos había un molino negro 

el viento agitaba sus pedazos 



molino deshecho 

sin aspas para el vuelo chaperío sin alas 

llorando en pozo de la noche. 



yo bebí borracho en las alturas a mi no me digan nada. 

perdí una camisa buscando ovejas en la nieve 

perdí los sentidos mareado en una torre 

que se alzaba como un sueño en la chatura de la estepa/ un mirador creo que era. 

y ya sé lo que es el amor 





(por las noches yo dormía 

en un catre adentro de una casilla) después de apagar el alumbrado 

(un lister a todo culo) desaté los perros 

y me quedé bebiendo 

con los ojos mezclados con la noche 



con la piel hecha un silencio 

como un solo cuerpo enmudecido por la pampa. 



en la pieza brillaban por la luna 

las latas de aceite supermóvil multigrado/ el viento ladraba a la ventana. 

el viento es un perro desgraciado aullando en las orejas del insomnio. 

los vehículos pasaban en la ruta con ráfagas de luz en esa pieza. 

y por eso 

yo ya sé lo que es el amor 



yo recé borracho el padrenuestro para que 

un auto con dardos veloces pasara iluminando el cuerpo de thelma tixou

que brillaba en el almanaque 

de aquella noche de aquel invierno de esos años. 

thelma estaba espléndida en esas soledades tenía un vestido rojo 

que ardía ante mi boca cuando las luces 

la encendían como llama en pleno vuelo. 



yo ya sé lo que es la sangre 

cuando arde como aceite en la penumbra. 



el cuerpo de ella era un planeta girando en el abismo 

y yo su único habitante

me ataca como una sed cada vez que me acuerdo de esa diosa. 



el amor es como apretar una foto de thelma tixou en la garganta de la noche

o el amor es otra cosa animal que se espanta que vuela lejos 

y uno 

no ha tenido el gusto. 








Jorge Spíndola (1961, Comodoro Rivadavia, Chubut, Argentina) 

De: "Perro lamiendo luna y otros poemas", Ediciones del Jinete Insomne, 2013). Prólogo: Liliana Campazzo

Enlaces:


Imagen: f de Jorge Spíndola



(*) Thelma Tixou es una bailarina, cantante y actriz.





julio 08, 2016

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Anne Michaels














Tierra a la vista

















El cielo susurraba


todo el día en el fondo del mar y las velas


no podían hincharse. En el muelle, 


los perros bebían el aire seco


con lenguas escrutadoras.


Teníamos agostada la piel que revelaba


la ropa. Por el bulevar


los postigos se cerraban de golpe contra el sol.


Los niños deslizaban mensajes por las tablillas,


partículas de papel a la deriva por la calle.





El deseo nos buscaba por toda la ciudad, por


la angosta Altestrasse, bajo el balcón de Lenin, 


delante de la terraza en la que Goethe tomaba su café.


En cafés donde el aire fresco gira


en una sombra. Todo el día el deseo a nuestra espalda


mientras trepamos desde el nacimiento del río hasta el puente.


Una gaviota suspendida en el aire,

debilitada. Todo el día el deseo calando su dedo


en mi vientre, subiendo por el húmedo espinazo.


Me resistía volviendo el rostro


ante su aliento.





La ciudad despertaba. Los perros desplegaban sus patas


y se levantaban. Uno a uno, los postigos se abrían,


una vislumbre de voces


se amontaba en el aire.





La misma soledad que nos oculta


nos revela de nuevo.





Como cabello extendido en el mar,


lentamente la oscuridad desemboca en oscuridad.
















No hay ciudad que no sueñe











No hay ciudad que no sueñe


con sus orígenes. En las manos de los ladrilleros


se desintegra el lago desaparecido,


el fondo del barranco donde la memoria de los ríos


quiebra la extensión de la luz. Todos los inviernos


almacenados en ese jardín


geológico. Los dinosaurios duermen en el metro


entre Bloor y Shaw, una cuna de huesos


bajo el eco de los rieles. La tormenta


que encendía la ciudad con el voltaje


de la primavera cuando teníamos dieciocho años


sobre la tierra lisa. El ferry surca la lluvia,


el viento se humedece con la música de una boda y la canción


del carbono en la piedra y el hueso

una carta de amor que el viento suelta de la mano, sin leer. 














Anne Michaels (1958, Toronto Canadá)

De: "Buceadores de la piel", Bartebly Editores, 2003

Traducción: Jaime Priede



Enlaces






Imagen: www.theguardian.com




julio 07, 2016

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Abrupto de murga







no acarreo otro bagaje que este mirar por la ventanilla.

Busco mi destino en un solo sentido, literal y geográfico.

Las calles retroceden,

acierto mejor si digo que el colectivo avanza.

Las calles retroceden y piensan por mí,

desaceleran su huida cerca de la curva del lago de Palermo.

Un ensayo de repiqueteo se oye

alto

y más alto, pico del último fervor,

pausa o silencio,

abrupto de murga al atardecer.









®Pedro Donangelo



























"La Torre de Babel", Brueghel

julio 06, 2016

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Elder Silva







Proyecto de postal











En la fotografía hay una mancha oscura.

¿Una mosca? ¿Las patas de una mosca?

¿Las mandíbulas de una mosca justo

cuando abría el diafragma de la

cámara?

Tus ojos no quedaron

fijados para siempre en esa foto

a la cual te negabas.

Y ante la que

pusiste insostenible argumentos:

El acné. Las ojeras. El desarreglo

de los jeans.

Aunque imperfecta,

yo guardo esa fotografía entre otros

tantos papeles indelebles,

por si un día devengo entomólogo o

algo parecido,

y decido estudiar

el comportamiento de las moscas

con respecto a las vírgenes amadas,

o de cómo se frustran los poemas

en relación

a la KODAK, tu posterior olvido,

los insectos.









Aguas benditas




los dos bajo la ducha:
tu mano moviendo los grifo amarillos
(equivocados)
el tránsito del agua por lo lugares recien amados
de tu cuerpo,
Senos altos bajo la cascada,
la lluvia del pelo en el entorno de los hombros,
las manos comerciando con tu vientre,
con los movimientos pretorianos de tu boca desnuda.
El niágara habitual en casa del poeta solo,
a donde llegabas, te mojabas
Ibas y venías
siempre intacta.

(Olímpica en el corredor de los departamentos.)

El niágara habitual bajo el cual el mundo desaparecía.
al menos, el de las malas ideas
el de borrascosas tardes.











Elder Silva (1955, Pueblo Lavalleja, Salto, Repùblica Oriental del Uruguay)



Enlaces: Página de poesíaBartolo/me cautiva



Imagen: f de Elder Silva



julio 03, 2016

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Fina García Marruz


Últimas palabras


¿Quién nos abrió los ojos

sin dejarnos noticia
del regalo?
¿Sobre qué lágrimas
dormimos una noche?
¿Quién aserró los árboles
y encendió luego el fuego
de la cena?
¿Entenderá alguna vez
la vida ciega
esa delicadeza que se oculta?



La llama




Haces de fuego hacen arder

los rollos inservibles de películas,
las variantes violinísticas de un hueco
de agua, de una escalera rodante,
las cómicas variantes de cualquiera
de nuestros sucedidos diarios.
Haces de fuego borran
el trabajo inaudito de lograr lo simple.
Mientras otros se jactan del monto de su esfuerzo
tú lo ocultas, como hace la flor, o hace el arte.



Fina García Marruz (Josefina García-Marruz Badía, 1923, La Habana, Cuba)
Fuente: f de Marina Kohon
Imagen: cubadebate.cu

julio 02, 2016

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Mark Strand












La rosa











Las penas de las rosas crecían cada vez más.

Retorcida en un campo de malezas, la rosa desamparada

sintió una sola vez la brisa del paraíso, y se murió.

Los chicos exclamaron: "Dale, rosa, volvé,

que te queremos, rosa". Luego alguien les explicó que pronto

tendrían otra rosa: "Queridos míos, vamos

al estanque; inclínense en la orilla y contemplen

sus propias caras que los observan. "¿No la ven ahí ahora,

cómo abre los pétalos, sube a la superficie y se transforma en ustedes?"

"¡Ay, no!", dijeron ellos. "Nosotros somos lo que somos. Nada más".



Qué perfecto. Qué antiguo. Qué irreparable.












De: "Me va a encantar el siglo XXI", Ediciones Gog & Magog, 2011

Otros poemas de Mark Strand, aquí

Traducción: Ezequiel Zaidemwerg



Imagen: nybooks.com







The rose











The sorrows of the rose werw mounting up.


Twisted in a field of weeds, the helpless rose

felt the breeze od paradise just once, then died.

The children cried, "Oh rose, come back."

We love you, rose". Then someone said tht soon

they'd have another rose. "Come, my darlings,

down to the pond, lean over the edge, and look

at yourselves looking up. "¿Now you do see it,

its petals open, rising to the surface, turning into you?"

"Oh no", they said. "We are what we are-nothing else."



How perfect. How ancient. How past repair.