agosto 29, 2016

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Adolfo García Ortega










Los vasos de Morandi











He ahí la astucia de las formas


y el secreto privado de los colores;


he ahí una medida para el mundo,


a veces pura, a veces sórdida,


siempre ligeramente manchada


como una gota de pintura blanca


resbalando por un pincel usado;


sabiduría y zozobra están ahí,


dentro del apacible vidrio


de esos vasos vacíos y en calma. Pero


también están en su interior todos los


días de una vida cualquiera; los 


enormes, los esplendorosos


hechos de una biografía anónima y común.


A mi entender, eso pintó Morandi:


la vida entera, sucia y general.











Adolfo García Ortega (1958, Valladolid, España)

Fuente: Luvina N°79


Imagen: teinteresa.es




agosto 23, 2016

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Monika Rinck











Charco










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dice él: el sufrimiento es un charco.

digo yo: sí, el sufrimiento es un charco.

porque el sufrimiento yace en una cuenca

atravesado por peces y huele mal.

dice él: y la culpa es un charco.

digo yo: sí, la culpa también charco.

porque la culpa se derrama en una depresión

y alcanza la axila elongada

de mi brazo que se extiende hacia arriba.

dice él: la mentira es un charco.

digo yo: sí, la mentira del mismo modo charco.

porque en verano por las noches se puede

hacer un picnic en las orillas de la mentira

y allí siempre se queda algo olvidado.













Traducción: Cecilia Pavón






teenage winter again 












en invierno en new haven en un banco del big green,


horas cercadas de iglesias, cómo no nos helamos,
sí que nos helamos, este anhelo del sur,


y en cambio qué rotunda claridad la del acuerdo
en que eso no es posible. la temperatura, el frío
nos afectaba como habría de afectar a un animal —
no cabía pensar en ninguna otra cosa.


pero éramos personas, y pensamos: melancolía

y teníamos razón, habíamos vuelto a perder.





cejas










leo que así de grande fue una vez el área
conocida por ceja. cuelgo un cartel y espero.


he visto a la ceja volverse campo. su caza furtiva.
que no era nada comparado al insomnio batido


en que nuestras pestañas nunca se cerraban

y el ojo de escarabajo miraba y miraba y miraba.
sólo que era la piel bajo los ojos, que todo


lo mostraba, preocuparse por sí, por este rostro
que aún tenemos, en todas las mañanas por llegar.











Traducción: Ibon Zubiaur





Ganadora del premio Kleist, Monika Rinck es una voz indiscutible de la poesía alemana contemporánea. En septiembre, la poeta participará del Festival Internacional de Poesía de Rosario invitada por el Goethe-Institut. También traductora, antes conversará en Buenos Aires sobre poesía y traducción con Silvana Franzetti y Jorge Fondebrider.



Literatura


21, 23 y 24/09/2016

Biblioteca del Goethe-Institut Buenos Aires (Av. Corrientes 343) y Festival Internacional de Poesía de Rosario

Monika Rinck

“Imagínese que usted entendiera todo de inmediato…”, inquiere Monika Rinck en el tono apelativo que atraviesa su último libro de ensayos en torno a la relevancia de la poesía como género. A falta de resistencia propia o por parte del poema, el lector debería aceptar de antemano la pérdida de toda posibilidad de asombro y sorpresa. Risiko und Idiotie [Riesgo e idiotez] es en efecto un muy poético volumen de “escritos polémicos”, en el que la autora alemana se ve impelida a defender la existencia misma del poema (por más incomprensible que pudiera parecer, o justamente por eso). “Ocuparse de poemas no le va a quitar tiempo”, exhorta Rinck. Todo lo contrario, la lectura del poema más bien devuelve al lector al proceso de pensamiento.



Ganadora en 2015 del premio Heinrich von Kleist (el importante galardón literario en lengua alemana que también ganaron figuras como Bertolt Brecht, Heiner Müller, Ernst Jandl, Alexander Kluge, Ferdinand von Schirach o Katja Lange-Müller), Monika Rinck es hoy una de las voces indiscutibles de la poesía alemana contemporánea. Además de escribir, la poeta traduce del húngaro en dupla con Orsolya Kalàsz, lleva adelante proyectos de cooperación con músicos y compositores y, “de vez en cuando” –dice–, enseña en la Universidad de Artes Aplicadas de Viena. Rinck  nació en 1969 en Zweibrücken, estudió literatura comparada, filología alemana y estudios de la religión en Bochum, en Berlín y en la Universidad de Yale New Haven, y hoy vive en la capital alemana. Prolífica escritora, desde 1989 viene publicando en diferentes editoriales, últimamente en kookbooks, la diva entre las editoriales independientes de Alemania. Honigprotokolle [Protocolos de la miel] es su último libro de poesía, que fue publicado por kookbooks en 2012 y recibió el premio Huchel. En 2015, la misma editorial publicó Risiko und Idiotie. Varios de los poemas de Monika Rinck pueden leerse además en distintos idiomas en el sitio Lyrikline. Multipremiada, Rinck es miembro del PEN Club, de la Academia de las Artes de Berlín y de la Academia Alemana de Lengua y Poesía.




En su segunda visita a la Argentina de la mano del Goethe-Institut, Monika Rinck participará del Festival Internacional de Poesía de Rosario, donde presentará poemas traducidos por la poeta y traductora argentina Silvana Franzetti y por Carlos Capella, poeta y diseñador argentino que vive actualmente en Berlín. Antes, Rinck será parte en Buenos Aires de uno de los encuentros abiertos del Club de Traductores Literarios coordinado por Jorge Fondebrider en la biblioteca del Goethe-Institut. Hablarán sobre el poema, y sobre traducción.




Actividades de Monika Rinck en Buenos Aires y en Rosario




►Poetas que traducen poetas


Monika Rinck en diálogo con Silvana Franzetti y Jorge Fondebrider

Miércoles 21 de septiembre de 2016 a las 19 h. El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires en la biblioteca del Goethe-Institut, Av. Corrientes 343. Entrada libre y gratuita.



►Monika Rinck en el Festival Internacional de Poesía de Rosario

Monika Rinck presentará poemas traducidos por Silvana Franzetti y Carlos Capella.

Viernes 23 y sábado 24 de septiembre de 2016. Más información próximamente en el sitio web del festival, http://www.fipr.com.ar/2

016/



Fuente: Goethe Institut



Imagen: rbb-online.de





agosto 21, 2016

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Enrique Molina

Sin ninguna duda







Los pasos se repiten sobre sí mismos y retumban tristemente en la oscurudad.

Las copas se han llenado de piedras.

¿Y quién cierra la puerta? Los escaparates

exhiben sólo pájaros muertos y diarios de otro siglo.



La ronca sirena de los barcos silba en el alma con el amanecer de las antípodas

pero apenas retumba en la cueva de la rata.

Siempre el mismo lugar, la misma lágrima.

Rostros que reflejan nada, mientras baila el verano y alguien vela

       por ti sin saber para qué ni hasta cuándo.



¿Que te detiene en estos días perseguidos si no poderes del fondo de la 

       tierra...?

Una venda sin fin que todo lo envuelve a manera de una momia.

La hija preferida de la lluvia, tan lejana, te abre los brazos y puede

       amarte, pero jamás alcanzarás sus labios.



Siempre temblarás en el viento susurrante que acuna el deseo, ante 

      la total belleza cegadora que asoma tras las cosas.










Otros poemas de Enrique Molina, aquí



Imagen: gacetamercantil.com







agosto 20, 2016

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Señalador: Louise Glück





Louise Glück / Revista Crítica



Caballo



¿Qué te da el caballo
que no puedo darte yo?


Te observo cuando crees estar solo,
y cabalgas en el campo, detrás de la cuadra
con tus manos hundidas
en las oscuras crines de la yegua.
Conozco entonces lo que yace detrás de tu silencio:
tu desprecio, tu odio por mí, por nuestro matrimonio.
Y aún así pides mis caricias. Lloras
como lloran las novias, pero te observo
y noto que no hay pajecitos a tu alrededor.
Entonces ¿qué hay en ti?

Nada, pienso. Sólo la prisa
por morir antes que yo.

En un sueño te he visto cabalgar
sobre los campos arrasados. Luego
desmontas; caballo y tú caminan juntos
en la oscuridad, sin sombras.
Y yo sentía las sombras venir hacia mí
—ellas, dueñas de su albedrío por la noche,
pueden ir a cualquier parte.

Mírame. ¿Crees que no lo entiendo?
¿Qué cosa es el caballo
sino un pasaje fuera de esta vida?



El fuego



Si hubieras muerto cuando estábamos juntos
no hubiera querido nada de ti.
Ahora te pienso como si hubieras muerto, es mejor.

A menudo, en las frescas tardes de primavera
cuando, con los primeros brotes,
entra al mundo todo lo que es mortal,
encendía una fogata para los dos,
con ramas de pino y manzano. Una y otra vez
las llamas disminuyen, relumbran
mientras cae la noche y podemos
vernos uno al otro con claridad.

Durante el día nos contentamos,
como antes,
con la hierba alta,
con las verdes puertas de madera y las sombras.

Y tú nunca dices
“déjame”
—a los muertos no les gusta estar solos.



Versiónes: Jorge Esquinca
Otros poemas de Louise Glück, aquí
Imagen: barclayagency.com

agosto 15, 2016

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Gerardo Gambolini







Nayib Chammás







Según un tatuaje del brazo, en 1881

nació en Líbano, en Amioun,

hijo de Abraham y Futín.

A los 14 años se fue a Pensilvania, Pittsburgh y Filadelfia

y otras ciudades

a vender peines, tabaco, botones y baratijas a los mineros.

Luego discutió con sus hermanos, dejó el dinero

y comenzó la vuelta.

Anduvo por Budapest, en el reino de Hungría,

Praga y Varsovia que eran pobres,

burgos y villas con los primeros humos de la centuria

y aldeas atadas al borde de los caminos, como cruces

pecados

o el mirar de los viejos;

tarde o temprano, hijas todas de la guerra.

Más años pasaron

y en Arabia

se unió con Ada, de quince, en invierno.

Llegaron a Guadalupe y tuvo negocio,

una quinta y ocho hijos

—algunos mejores que otros—

tres varones y cinco mujeres. Una de ellas fue mi madre.

En 1913

Santa Fe volvió a inundarse hasta la quiebra de los comercios.

Se levantó y se hundió más veces, y terminó hundido.

Siempre pasaron los años;

luego comenzaron a morir: Ada, mi abuela; Antonio, mi tío; Magda,

y mi madre.

En Buenos Aires por fin,

todavía fascinado por América,

flaco y recordando a su mujer murió en brazos de mi tía.

Noventa y seis veces llegó a ver el cambio de estaciones,

y si Dios no existe, su paso por la historia o la tierra

habrá sido en poco tiempo una mentira, lo que una gota

como siempre, es en el fondo de un río despiadado,

o ni siquiera, inconmovible.








De: "Faro vacio", Buenos Aires,1983

Otros poemas y enlaces sobre Gerardo Gambolini, aquí





agosto 13, 2016

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Eugenio Montale: "...sino el silbido del remolcador que de las brumas llega al golfo."




Delta







Delta











La vida que se gasta en los trasiegos

secretos he ligado a ti:

ésa que se debate en sí y parece

casi que no te sabe, presencia sofocada.



Cuando el tiempo se atasca en sus rompeolas

tu acaso al suyo inmenso reconcilias,

y afloras más precisa, memoria, de la oscura

región donde bajabas, como ahora

al escampar se espesa

el verde en los ramajes, el bermejo en los muros.



Todo ignoro de ti, sino el mensaje

mudo que me sustenta en el camino:

si existes, forma, o escrúpulo en el humo

de un sueño te alimenta

y la costa que se afiebra -turba- y contra

la marea crepita.



Nada de ti en el vacilar de horas

grises o desgarradas por un lampo de azufre

sino el silbido del remolcador

que de las brumas llega al golfo.







Otros poemas de Eugenio Montale, aquí

Versión: Armando Uribe



Imagen: carlacerati.com

agosto 11, 2016

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Louise Glück





Semejanza final



La  última vez  que vi a mi padre  ambos hicimos lo mismo.
El estaba parado en la puerta de su habitación,
esperando que yo acabase de hablar por teléfono.
Que él no estuviera pendiente a su reloj
era una señal de que quería conversar.

Conversar para nosotros siempre significó lo mismo.
El decía algunas palabras, yo decía unas de vuelta.   
Y en eso consistía. 

Casi terminaba agosto, hacía mucho calor, mucha humedad.
Al lado los trabajadores arrojaban gravilla fresca  en la marquesina.


Mi padre y yo evitábamos estar solos;
No lográbamos conectarnos, hablar por hablar.
Era como si no existieran
otras posibilidades.
Así que esta era especial: cuando un hombre se esta muriendo,
hay de que hablar.    

Debe haber sido temprano en la mañana. De un lado a otro de la calle
los aspersores empezaron a funcionar. El camión del jardinero
apareció al final de la cuadra
hasta que se detuvo para estacionarse.

Mi padre quería contarme cómo era eso de morirse.
Dijo que no estaba sufriendo.
Dijo que se había quedado esperando el dolor, aguardando, pero nunca vino.
Lo único que sentía era una especie de debilidad.
Le dije lo mucho que me alegraba, que me parecía que tenía suerte.  
Algunos de los maridos se subían a sus carros para ir al trabajo.
No gente que conociéramos. Nuevas familias,
familias con niños pequeños.
Las amas de casa se paraban en la marquesina,  gritando o haciendo ademanes. 

Nos dijimos adiós como acostumbrábamos,
Sin abrazarnos, nada dramático.
Cuando el taxi vino, mis padres lo observaron desde la entrada,
Agarrados de las manos, mi mamá tirando besos como suele hacer,
ya que le molesta cuando una mano no se  está usando.
Pero por primera vez, mi padre no sólo se quedó parado ahí.
Esta vez saludó. 

Eso mismo hice yo en la puerta del taxi.
Como él, saludé para esconder el temblor de mi mano.



Traducción: Frank Báez


Otros poemas de Louise Glück, aquí
Fuente: www.revistapingpong.org
Imagen: Poetry Foundation

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Fernando Pessoa


Poema en línea recta 







Aún no he conocido a nadie que hayan molido a palos. Todos mis conocidos han sido campeones de todo. 

Y yo, tantas veces despreciable, tantas veces inmundo, tantas veces vil, Yo, tantas veces innegablemente parásito,

Imperdonablemente sucio, 

Yo, que tantas veces no he tenido la paciencia de bañarme, Yo, que tantas veces he sido ridículo, absurdo, 

Yo, que he dado públicos traspiés en las alfombras de etiqueta, Que he sido grotesco, mezquino, sumiso y arrogante, 

Que he sufrido ofensas y he callado, 

Y que cuando no he callado todavía he sido más ridículo: 

Yo, que les he parecido risible a las camareras de hotel, Yo, que he advertido guiños entre los mozos de cuerda, 

Yo, que he hecho picardías financieras y he pedido prestado sin pagar, Yo, que a la hora del puñetazo lo he esquivado 

Agachándome hasta más debajo de donde era posible el puñetazo; Yo, que he padecido la angustia de las pequeñas cosas ridículas, Yo compruebo que en todas esas cosas no tengo par en el mundo. 

Todos los hombres que conozco y me dirigen la palabra Jamás han tenido un acto ridículo, jamás han sido ultrajados, 

Jamás han dejado de ser príncipes – todos ellos príncipes – de la vida... 

Ojalá pudiese oír la voz humana de alguien Que confesara no un pecado, sino una infamia, Que contara no una violencia, sino una cobardía. No, todos son el Ideal si les oigo y me hablan. 

Es tan vasto mundo, ¿no habrá quien confiese que ha sido vil alguna vez? ¡Oh príncipes, hermanos míos, 

ya estoy harto de los semidioses! 

¿Es que no hay seres humanos en el mundo? ¿Seré acaso el único ser vil y equivocado de la tierra? 

Podrán no haberles amado las mujeres, Podrán haberles traicionado – pero ridículos, ¡nunca! 

Y yo, que he sido ridículo sin que me hayan traicionado ¿cómo voy a hablar con esos superiores míos sin titubear? Yo, que he sido vil, literalmente vil, 

Vil en el sentido mezquino e infame de la vileza. 















Otros poemas de Fernando Pessoa, aquí

agosto 10, 2016

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Odysseas Elytis




















Lo ulterior de los sábados













Shshsh...nada ya, nada blanco o terso nada ya Embriagador,

melodioso, nada; ninguna nube iluminada

            por detrás





Ni siquiera compañía humana





Algo fúnebre, desfalleciente, luego que el día de la Pasión

Comenzó a inclinarse hacia el costado y a hundirse



              lentamente



Qué alma parte y huele

El aire tan intensamente que no resisto más



Shshsh...nadie sabe en medio de la oscuridad, salvo Allá

arriba entre los guijarros, escucha, ruidos de otros

mundos como de pescadores o



de cuerpos que penetran uno en el otro mientras tiembla todo alma



El cielo



y una estrella encuentra inesperadamente valor para tocar tu frente



parto lleno de errores de besos que permanecieron sobre mí

y qué hermosos los cipreses en lo alto





Qué hermoso también que comiencen a adquirir de nuevo otro fundamento

Los acontecimientos celestes. Los jacintos de los astros, las tristezas, los perfumes



y otras viejas sensaciones que perdiste más allá de la materia del cielo



He aquí que ahora toman forma: la piedra y la tumba y el soldado



Los blancos velos de las mujeres y la larga Procesión de los que murieron injustamente





Tiempos que hace mucho me dejasteis

huérfano y no hallé sostén en ninguna parte



Shshsh...pero nadie, nadie sabe. Ni siquiera el viento

Si es el viento el que enloquece cuando piensas. Te



vuelves confiable por ti mismo

Pues



        tus manos estaban acostumbradas

        a jardines arbolados donde



El mar entra y se retira llenando todo de pequeñas flores

Sopla el viento, sopla y se reduce el mundo. Sopla Sopla y se acrecienta

el otro mundo; la muerte el mar



        glauco e interminable La muerte el sol sin ocaso.









Odysseas Elytis (1911, Heraclión / 1996, Atenas, Grecia)



Imagen: trianarts.com

agosto 06, 2016

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Roberto Piva


























Paranoia en Astracán











Yo vi una linda ciudad cuyo nombre olvidé

donde ángeles sordos recorren las madrugadas tiñendo sus ojos con lágrimas invulnerables

donde niños católicos ofrecen limones a




pequeños paquidermos que salen escondidos de los corrales donde adolescentes maravillosos cierran sus cerebros

a los tejados estériles e incendian internados donde manifiestos nihilistas distribuyendo pensamientos

furiosos acometen la descarga sobre el mundo donde un ángel de fuego ilumina los cementerios

de fiesta y la noche camina en su hálito

donde el sueño de verano me tomó por loco y decapité al Otoño de su última ventana

donde nuestro desprecio hizo nacer una luna inesperada en el horizonte blanco

donde un espacio de manos rojas ilumina aquella fotografía de pez oscureciendo la página

donde mariposas de zinc devoran las góticas hemorroides de las beatas

donde las cartas reclaman drinks de emergencia a lindos tobillos arañados

donde los muertos se fijan en la noche y aúllan por un puñado de penas lánguidas

donde la cabeza es una bola digiriendo los acuarios desordenados de la imaginación











Visión de Sao Paulo de noche












Poema Antropófago bajo Narcótico

















En la esquina de la calle São Luiz una procesión de mil personas enciende velas en mi cráneo

hay místicos hablando idioteces al corazón de las viudas y un silencio de estrella partiendo en vagón de lujo fuego azul de gin y tapiz coloreando la noche, amantes

chupándose como raíces

Maldoror en copas de marea alta

en la calle São Luiz mi corazón mastica un pedazo de mi vida

la ciudad con chimeneas creciendo, ángeles limpiabotas con su argot feroz en la alegría plena de las plazas,

muchachas desharrapadas definitivamente fantásticas hay un bosque de cobras verdes en los ojos de

mi amigo

la luna no se apoya en nada yo no me apoyo en nada

soy un puente de granito sobre llantas de garajes subalternos teorías simples escaldan mi mente enloquecida

hay bancos verdes desplegados en el cuerpo de las plazas hay una campana que no repica

hay ángeles de Rilke dando las nalgas en los mingitorios reino-vértigo glorificado

espectros vibrando espasmos

besos resonando en una bóveda de reflejos

grifos tosiendo, locomotoras aullando, adolescentes roncos enloquecidos en la primera infancia

los malhechores juegan yoyo en la puerta del Abismo yo veo a Brama sentado en flor de loto

Cristo robando la alcancía de los milagros

Chet Baker gañendo en la vitrola

yo siento el choque de todos los hilos saliendo por las puertas rotas de mi cerebro

yo veo putos putas patanes torres plomo placas chopes vitrinas hombres mujeres pederastas y niños se cruzan y se abren en mí como luna gas

calle árboles luna medrosos surtidores colisión en el puente ciego durmiendo en la vitrina del horror

me disparo como una tómbola

la cabeza hundiéndoseme en la garganta llueve sobre mí mi vida entera, angustia ardo

me agito

en las tripas, mi amor, yo cargo tu grito como un tesoro enterrado

quisiera derramar sobre ti todo mi epiciclo de ciempiés libertos

asco furia de ventanas ojos bocas abiertas torbellinos de vergüenza, correrías de marihuana en picnics flotantes

avispas paseando en respuesta de mis ansias muchachos abandonados desnudos en las esquinas angélicos vagabundos gritando entre las tiendas y los

templos entre la soledad y la sangre, entre las colisiones, el parto y el Estruendo















Roberto Piva (1937 / 2010, São Paulo, Brasil)



Imagen: alchetron.com

agosto 05, 2016

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Harry Clifton










Tren nocturno por el Brennero














¿Por qué debería parecernos tan extraño 


estar retrocediendo,
dejar Alemania, mientras las horas cambian,


con toda la historia
en reversa, los pasajeros que duermen
sobre ruedas engrilladas, y todo el mundo a oscuras?


Era pasada la medianoche cuando salimos.
Los cohetes de Año Nuevo se apagaban
en las calles de Munich — el desorden del festejo,


los petardos, el vidrio roto,
y doscientos años de revolución
tardando en irse, como un olor a azufre en la nariz. . . .


El guarda tose en el pasillo, toda la noche.
Puede quedarse con nuestros documentos
si a la mañana nos los devuelve


sellados. Nuestro único deseo
es dormir en la paz del calor corporal
—¡que ninguna antorcha brille entre nosotros!—


mientras otro descifra por los reflejos
las luces que se mueven,
la dirección verdadera del tiempo. . . .


Los Alpes no nos importan —
Innsbrück, Brennero, Bolzano. Un sordo rugido
al pasar por cada túnel —


Las cumbres de Europa
siempre nos parecieron frías. Mejor soñar
con Munich y sus luces navideñas


o los maniquíes de Florencia,
ante uno de los cuales despertaremos seguro
por la mañana, después de una eternidad.


Cerca del alba, el sonido de voces —
Una estación desconocida. ¿Cuánto estuvimos aquí?
¿Una hora? ¿Una noche? ¿Doscientos años?


Palabras en italiano por un megáfono
‘. . . .Bologna, Firenze, binario tre . . .’
A la deriva en la oscuridad. Mil novecientos


ochenta y nueve fue y pasó —
Las alturas están a nuestra espalda.
Los primeros vendedores empujan sus carritos,


humeantes, por la aurora del Día Uno.
Dos vagabundos, un empleado ferroviario,
bajo la luz de un bar de la estación,


beben su trago amargo. Por un instante
la vida es igual para todos nosotros,
con cara de sueño, en el amanecer de la humanidad.




























Harry Clifton, (1952, Dublin, Irlanda)



Traducción: Gerardo Gambolini









Imagen: www.iristimes.com


agosto 04, 2016

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Manuela R. Fernández

Mujer creciente






la habitación

parece achicarse

sus paredes firmes

me dejan sin opciones

entonces recuerdo

un hormigueo va creciendo

y me empuja

la veo

apenas perceptible

me convoca

entonces salto

me expando

y respiro

toda esa luz

me define.









Tuve miedo de perder mi libertad

pero esta vez fue diferente

el temor se coló por mi espalda

en un escalofrío interminable



Es algo normal

dicen los ecos




algo muere

y algo nace

a cada segundo

pero esta vez

es en mí.








Tengo frío

estoy sola

y me duele

llegan, hacen preguntas

rostros ajenos me callan

alrededor, vacío

paredes desnudas

una luz inmaculada

me perfora los ojos

en esta cama de piedra

no me puedo mover

entonces, sin preguntar

me oprimen

me cortan

mi cuerpo parece no servir

y ya va siendo hora

solo quiero despertar

y tenerte conmigo.











Manuela R. Fernández (1979, Buenos Aires, Argentina)

De: "Ecos en bermellón", Barnacle Libros, 2016










agosto 02, 2016

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Frank Stanford












Todos los que están muertos 






Cuando un hom­bre ya sabe que otro 

lo anda buscando, 

el hom­bre no se oculta. 

No se espera 

a pasar otra noche 

con su esposa 

o a acostar a sus hijos. 

Se pone una camisa limpia y un traje oscuro, 

y va a la barbería 

para dejar que otro lo rasure. 

Cierra los ojos, 

se recuerda a sí mismo cuando niño, desnudo 

y recostado en una roca junto al agua. 

El hom­bre pide, luego, la loción especial. 

Los viejos se colo­can junto a la silla, en fila, 

y el bar­bero rocía un poco a cada uno 

de ellos en las manos. 












La luz que ven los muertos











Son muchos los que vuelven 

después de que alisó el doc­tor la sábana 

en torno de su cuerpo 

y dejó el cuarto para hacer su llamada. 

Han muerto pero viven. 

Se les conoce como los muer­tos que vivieron a través de sus muertes, 

y en mi familia 

se les tiene por sabios y honestos. 

Flotan fuera de sus cuerpos 

y se pren­den del techo como una palomilla, 

sigu­iendo los afanes de todos los demás en torno suyo. 

Las voces e imá­genes de los vivos 

se van desdibujando. 

Un bramido los traga 

bajo las ruedas de una tiniebla sin dolor. 

En la distancia 

hay alguien 

pare­cido a un guar­davía que agita una linterna. 

La luz aumenta, crece una flor blanca. 

Se vuelve muy intensa, como música. 

Ven los ros­tros de gente a la que amaron, 

los que en ver­dad murieron y hablan dulcemente. 

Ven en un sem­bradío a su padre, sentado. 

Ter­minó la cosecha, y su silla de mim­bre quedó lista. 

Lleva una toalla alrede­dor del cuello 

que huele a tónico de ron. 

Luego ven a la madre 

de pie, a espal­das suyas, con un par de tijeras. 

Sopla el viento. 

Ella le corta el pelo a él. 

Los muer­tos han con­tado his­to­rias como éstas 

a los vivos. 







Imagen: thirdmanrecord.com




Leyenda aún oscura de la poesía esta­dounidense del siglo xx; a menudo com­parado  con Whit­man y Rim­baud, Frank Stan­ford (Rich­ton, Mis­sis­sippi, 1948-Fayetteville, Arkansas, 1978) se sui­cidó poco antes de cumplir los treinta años. Incur­sionó en el cine y la edi­ción inde­pen­di­ente. Pese a su corta vida llegó a pub­licar casi una decena de volúmenes, inclu­ido El campo de batalla donde la Luna dice que te amo [The Bat­tle­field Where the Moon Says I Love You], de 1977, un poema épico de más de quince mil ver­sos sin estro­fas ni pun­tuación. La poesía reunida de Stan­ford, What About This [¿Y qué me dices de esto?], pub­li­cada este año por la pres­ti­giosa edi­to­r­ial Cop­per Canyon, ha lla­mado poderosa­mente la aten­ción de críti­cos y lec­tores en todo el mundo, e incluye cien­tos de pági­nas inédi­tas en verso y prosa. Los poe­mas aquí pre­sen­ta­dos con­sti­tuyen, con toda seguri­dad, las primeras ver­siones al español de la vasta, mag­nética y a menudo escalofri­ante obra de Stan­ford.*





Frank Stanford (1948, Richton / 1978, Fayeteville, Estados Unidos de Norte América)

Nota y traducción: Hernán Bravo Varela 

Fuente: Revista Crítica