septiembre 30, 2016

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Tour de recuerdos
















mirar atentamente


antes de cruzar la barrera deLa Pampa. 




Del otro lado de las vías 




nos reciben las campanillas azules, 




megáfonos de la conciencia. 









(vi a un hombre y vi 




a un tren en movimiento hacia 




el punto zodiacal de los destinos. Y 




no pude gritar) 




Me detengo en una esquina 




de cordón infinito 




y espero un encuentro conmigo. 









Oh sortilegio del ajado amanecer sobre el río, tras 




la ropa tendida a secar. 









No me bañé en aguas sagradas, 




pero me iluminé con el río que parece mar 




y ahora en esta esquina 




espero iluminar el resumen de mi vida. 









"Te lo digo en español, 




deja de oler tanta mierda y escúchame." 



















© Pedro Donangelo







Pedro Donangelo
































Imagen: Alex Colville



septiembre 28, 2016

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Jair Cortés

Enfermedad de talking











Puso incendio para el café,

quitó la tapa del cerillo

y se sacudió los perros de la cabeza.

La ventana de su librero

dejaba entrar la caja vieja de zapatos

que días antes había visto envuelta en el diciembre agrio tostado del vaso.

Miró su rostro en el cajón:

sintió entonces la pintura correr por su latido,

ánimo del suelo el de su cuerpo recostado sobre la fina azotea comprada en Venecia.

Preguntó por ella:

respondió el toc (tic tac) toc de un pájaro que voló dentro de la licuadora.

-No sé más de mí-

contestaron las voces terribles de su gripe

que, a estas alturas de la fragancia,

habían ya cocinado una pasta compuesta con letra de molde.

Dijo adiós,

pero un ligero, casi imperceptible bosque,

le abrazó de pronto, y ella, de sí,

volvió otra vez a lo real

y contempló la cuchara ciega

que buscaba, esta vez,

azúcar por encima de la mesa.

















Jair Cortés (1977, Calpulalpan, México)

Fuente: Revista Omnibus



Imagen: milenio.com



septiembre 26, 2016

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Antonio Cisneros



Karl Marx, died 1883 Aged 65'











Todavía estoy a tiempo de recordar la casa de mi tía abuela y ese par de grabados:

«Un caballero en la casa del sastre», «Gran desfile militar en Viena, 1902».

Días en que ya nada malo podía ocurrir. Todos llevaban su pata de conejo atada a la cintura.

También mi tía abuela —20 años y el sombrero de paja bajo el sol, preocupándose apenas

por mantener la boca, las piernas bien cerradas.

Eran los hombres de buena voluntad y las orejas limpias.

Sólo en el music-hall los anarquistas, locos barbados y envueltos en bufandas.

Qué otoños, qué veranos.

Eiffel hizo una torre que decía «hasta aquí llegó el hombre». Otro grabado:

«Virtud y amor y celo protegiendo a las buenas familias».

Y eso que el viejo Marx aún no cumplía los 20 años de edad bajo esta yerba

—gorda y erizada, conveniente a los campos de golf.

Las coronas de flores y el cajón tuvieron tres descansos al pie de la colina

y después fue enterrado

junto a la tumba de Molly Redgrove «bombardeada por el enemigo en 1940 y vuelta a construir».

Ah el viejo Karl moliendo y derritiendo en la marmita los diversos metales mientras sus hijos saltaban de las torres de Spiegel a las islas de Times y su mujer hervía las cebollas y la cosa no iba y después sí y entonces vino lo de Plaza Vendóme y eso de Lenin y el montón de revueltas

y entonces

las damas temieron algo más que una mano en las nalgas y los caballeros pudieron sospechar

que la locomotora a vapor ya no era más el rostro de la felicidad universal.



«Así fue, y estoy en deuda contigo, viejo aguafiestas.»

















Otros poemas de Antonio Cisneros, aquí












Imagen: dedomedio.com




septiembre 24, 2016

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Anne Michaels



Fontanelas









Cuando ha de ser olvidado excepto el amor,


cuando ha de ser perdonado, incluso el amor.





W.H. AUDEN "Canción"








Greda y hayas. El mar de invierno

se busca a sí mismo en la nueva oscuridad

volviéndose casi incoloro.



Trajimos a nuestra hija aquí

antes de ser mortal. Antes de saber yo

que una persona puede ser una oración. Antes de

haber bañado alguna vez a un niño, antes de

sentir que la muerte de otro

podía ser la mía propia.



Hemos avanzado, cada año

un poco más adentro, hasta el lugar

donde la tierra es geología, donde los objetos se definen

por el espacio que les ocupa.

Donde las proteínas se ensamblan

en las almas. Hemos venido en invierno,

bajo la lluvia. A las islas, a la abadía, siempre

con frío, siempre mirando

para recordar. Fotografiando las ruinas

cerca de Roan Fell. En North. Beach y

en Melmerby Fell. Todos los lugares donde la tierra

se desmigaja por los bordes.

Parajes que vimos

desde el amor. Desde el amor

a la hierba alta de un arenal que ruge bajo dos mil

millas atlánticas de luz de luna, su olor borrado

por la sal como si una mujer invisible

nos abrazara en la oscuridad; el rastro

del trébol en el aliento de la vaca, en la dulce leche,

trenzado por el viento en la hierba alta,

sus raíces anudando arena. Islas fértiles

de lava porosa e islas tan secas que la lluvia

abolla la turba, huellas

parietales en la gneis

como apacibles lagos

en un cerebro infantil.



Islas ulteriores. No áridas

sino meticulosas. Ni una flor silvestre

marchita.



El angosto cauce un desfiladero de dos mil

millones de años. Las recónditas islas de basalto

un verde de cincuenta millones de años donde los pavos

fertilizaban jardines frondosos y alzaban rápidamente

el vuelo desde macizos setos de rododendro,

mientras los azúcares y fosfatos, la timina

y citosina, la guanina y adenina

se alineaban y dividían en sus tres grados de fluidez;

en el invierno, bajo la lluvia.



No hay canción que el mar

no tuviera en su boca.





*





El color de la mermelada

en las montañas de noviembre,

sombras minerales. Un hilo de carretera se pega a la costa.

Tienda, hotel, destilería.

Los misteriosos senderos de la turba

pueden volcar un camión como si fuera de juguete;

las mareas tragan un barco en segundos.

Un mar glacial mordisquea las cuevas y deja atrás

playas fermentadas para varar todo su grosor por encima de

                                                                                         [las olas.

Desde Ardlussa, donde termina la carretera,

siete millas por el bosque tupido de robles

hasta la mortecina granja de Orwell,

los silenciosos ojos de cinco mil ciervos rojos

cercándole en la noche.



Desde Ardlussa, donde termina la carretera.





*


Juntos hemos velado por la caliza y la apoptosis,

por las teorías refutadas y los abates Gloria y

Breuil, que iban tras la pista de niños en las cuevas pintadas

de Altamira y Lascaux. Por Jaques Loeb y

Jaques Monod, cuya fe era la biología,

sabedores de que el temor es como una manzana,

más dulce allí donde se recoge la luz,

bajo la piel. Por todo

lo que la ciencia abre para saber

lo que hay dentro, Iréne Carie buscando la verdad

en una placa de parafina. Por pruebas tan increíbles

como la propia muerte de uno. Por icebergs

tan viejos como la piedra. Por la esfinge de granito

y por los doscientos cincuenta kilos de sacerdote

de Isis,

izado en la oscuridad

del puerto de Alejandría tras un baño en el mar

de seiscientos años.


Y por todo cuanto

la huella de una mano ha trazado en la cueva,

y por los nueve meses, y el doble

de tiempo que tardan las fontanelas en cerrarse.



He observado a una mujer mientras nadaba

en North Beach, su vientre rosa

un eclipse surgiendo de las olas; más tarde,

la historia que contó, tan cerca de mí

el olor del café, el ruido del hielo, el suave chasquido

de los billares a lo largo de su Europa y sus bosques,

con prisa por hablar antes de que el amor le hiciera olvidar

por dónde empezar. Mucho antes de

las primeras veinte células, antes

del cuerpo lúteo, antes

del corazón microscópico,

mucho antes de las manos y los ojos.



Regresé a North Beach y a

sus palabras, en el lago

el vacío invernal, la marea arrastrando una rama

por la arena mientras los nérveos pliegues

se derretían. Antes del cerebro, antes de que las branquias

se convirtieran en huesos y orejas; "la primera

información genética compartida con los peces".





La distancia que recorre un niño,

decenas de miles de años

una célula. Células que saben

cómo cicatrizar una herida de lado a lado,

desde el interior. Células que saben

ensamblarse o volver a

ensamblarse unas a otras.

Para regenerar la sangre y la piel,

como una estrella de mar que pierde sus brazos

y los hace brotar de nuevo.

El cuerpo es un palacio de la memoria;

como la "escritura interior" de Simónides,

donde cada detalle de cada estancia se corresponde

con uno de los novecientos setenta versos

de la Eneida de Virgilio,

o como las tribus que utilizan todo el Sáhara

para recordar una historia.



Catálogo de la entropía.



La huella primitiva, las islas de sangre.

Proteína sagrada.





*





Vinimos a la fotografía de la noche. Al desfiladero,

a la pelicula ennegrecida por los últimos átomos

del dia. Luego miraremos con el rostro

casi en el papel para ver las olas,

pliegues de sombra más oscuros que la oscuridad

revelada. Anula nuestra

invisibilidad el blanco

del aliento.



Tarea difícil, este aguardar

la oscuridad, la lenta disgregación

de la luz del sol, imposible registrar

el instante que sucede al anterior

como lo es nombrar el instante en que el embrión

se convierte en feto; el único momento del día

en que la teoría del quantum parece razonable. Cuando la

                                [clave

es una sensación. Pienso en el crepúsculo de Heisenberg,

su paseo por Faelled Park con la intención fija

de liberar el universo de las olas,

apretando la cabeza con las manos, concentrado

en sus p's y q's. O en su paseo por el puerto

de Copenhague contemplando un carguero "fabuloso

e irreal en la brillante tiniebla azul...

las leyes biológicas ejerciendo su poder

no sólo en las moléculas proteinicas sino

en el acero y la corrientes eléctricas..."

O a las cuatro de la mañana leyendo

en el suelo el Timeo de Platón, ni

de día ni de noche, el instante en que comprendió

"que las más pequeñas partículas de materia

deben reducirse a una fórmula matemática."

Como lugares sagrados levantados con

piedras laicas — el priorato devastado del Muro de Adriano

o el monasterio cisterciense levantado entre altares

paganos a Júpiter y Silvano —

el espíritu se enreda en el mecanismo del quantum.

Células hijas, organelos, mórula.

La forma del vientre

prefigura la forma de la cabeza.

Desde Ardlussa a North Beach.

Desde la piedra al átomo.

Desde el átomo a la piedra.



La química de la observación;

Mirar hasta que el río

nos trague, hasta que la rojez

de la piedra colme nuestras venas.

Mirar hasta que seamos

vistos. Pero esto es sólo un deseo.

Abandonamos el calor de nuestras sombras

en el musgo conmocionado por la helada.

Incluso tu cámara


ve más; el detalle que ansías.

Nos forzamos a ver

lo que ve la cámara, lo que el ojo no puede; y es tan válido

como una filosofía. Un abrazo

del fracaso, como si

en el mismo instante, es imposible,

atrapáramos el reflejo visible

de lo que es invisible.

El blanco de nuestro aliento en la oscuridad.



Cómo fotografiar esto,

la oscuridad cuando uno ha hablado

demasiado. La oscuridad

de un sentimiento repentino. La oscuridad

del amor.



El mar un papel desplegado;

la lluvia colmando cada pliegue.

Un surco brillante de sal,

un surco de espuma.

Fosfeno.



Oscuridad con esperanza.





*



Un domingo de invierno.

En la superficie,

peregrinando por la caliza, los espeólogos se tumban,

el aliento de la tierra en el pelo,

el aliento de la profundidad oscura,

diez metros y treinta mil

años. De cabeza

se sumergen en la corriente del aire.



Dieron un grito en una estancia

demasiado profunda para el alcance de las lámparas,

el sudor mineral de un espacio

de la blancura de una película proyectada en la oscuridad.

Desplegaron un sendero de plástico negro

a lo largo del suelo reluciente de calcita;

así su andadura no perturbaría

los huesos esparcidos, los dientes y

huellas de animales arcanos.



Bisontes y mamúts en carbón de leña y ocre.

En el pasadizo de los caballos

se quedaron sin palabras,

un regocijo

impronunciable.



Al lado de sus pies,

bajo la mirada fija de los melancólicos caballos,

la huella de dos manos.



Ascendieron hasta el limpio

escalofrío del desfiladero, a oscuras,

la afilada luz de las estrellas

cristalizando su aliento.

Aturdidos, no podían sino descender otra vez.

Y otra vez más al olor del lodo húmedo;

esa tercera vez a través del pasadizo,

casi a medianoche, al final

llevando a alguien que no se lo creería

sin verlo por sí misma








la hija de un espeólogo.



«Habíamos perdido toda noción del tiempo."






*








Llevas tu cámara


bajo tierra.


La lluvia hiere la nieve. Largos cortes de lodo


ennegrecen el sendero. Encendemos las lámparas


y bajamos. Tus sesenta trillones de células


y los míos. En las cuevas de Aldéne y de


Fontanet los niños del paleolítico jugaban


mientras sus padres pintaban. Pequeñas huellas


de sus pies y sus rodillas en el Iodo.


Miles de años después, los niños regresan:


Maria, que encontró el bisonte


en el cielo de piedra de Altamira;


Marcel que siguió a su perro, Robot,


hasta la boca de Lascaux.








Ocho semanas después, las manos.


Una boca sin labios.





Veinticinco semanas después, los filamentos


siguen un rastro de aliento


químico en la corteza del cerebro


y conectan orejas y ojos.


Treinta semanas después un susurro del quantum:


el pensamiento.










A ligera diferencia


del tiempo geológico,


lleva generaciones




convertirse en isleño.


Sólo los espíritus se ganan un sitio.





El viento restriega el aire, tan limpio


que incluso el corazón más abrumado


recuerda todo lo que ama.





*








Bañamos a nuestra hija,


una oración de cada lado,


como si la laváramos


con una canción.


Dedos tan frágiles como cuchillas de hierba.


Miles de huevos


ya en su interior.








*





Amar como si también


hubiéramos elegido el dolor.








*





Todo amor es un viaje por el tiempo.





Orilla pulida, cuevas pintadas,


desfiladeros de caliza.


Ciruelas y agua fría en el desierto.








El río en invierno. Esta lejanía.











De: "Buceadores de la piel", Bartebly Editores, 2003

Traducción: Jaime Priede









Los huesos del amor, por Javier Rodríguez Marcos en El País









Los poemas de Anne Michaels (Toronto, 1958) parecen escritos con los ojos cerrados. Es decir, su lectura produce la sensación de las voces oídas en la oscuridad: suenan más claras que a la luz del día y a la vez más secretas, más severas y también más cercanas, como una confidencia. Con la publicación de Buceadores de la piel (Skin divers en el original, que remite también a la modalidad de buceo a pulmón libre, sin traje y sin botellas de aire), toda la obra de Michaels está ya traducida al castellano: sus dos primeros libros de poemas,

El peso de las naranjas y Miner's pond (ambos en Bartleby), y su única novela, Piezas en fuga (Alfaguara). Cabría decir que esa novela es el mayor poema de la escritora canadiense, una intensa mezcla de narración, reflexión y poesía en torno al Holocausto, el exilio y la memoria y en torno al drama de expresar todo eso. "Ninguna palabra tiene tanto sentido como una vida, / solamente el cuerpo pronuncia perfectamente el nombre de otro", se leía en el poema que cerraba El peso de las naranjas, y esa certeza es la que recorre este tercer libro, marcado de principio a fin por un erotismo que conlleva a su vez toda una teoría del lenguaje. Una teoría, por cierto, que se remonta al momento en que no existía la palabra teoría. Por eso este libro habla del alma y de los genes, de la noche oscura y de la noche de los tiempos. No hay, pues, división entre razón y sentimiento; los huesos también piensan. Y la carne: "Entonces, el amor, / tan alejado del cuerpo, se alcanza sólo / por vía del cuerpo. El tiempo es el alambique / que transforma lo conocido / en misterio". Así, si la piel es para Michaels un yacimiento arqueológico, el cuerpo es como el tronco de un árbol que guarda en sus anillos la memoria de todo lo que ha sido, incluido el sonido del hacha que lo corta: "En tus manos todo lo que has perdido, / todo lo que has tocado. / En un rincón de tu cabeza / cada promesa y / cada promesa rota. En tu piel, / cada vez que fuiste rechazado, / cada vez que fuiste aceptado". En cierto sentido, la escritura de Michaels funciona por acumulación, como las capas del subsuelo, mezclando elementos orgánicos y minerales, topónimos y términos científicos. De ahí que sean los suyos poemas llenos de gente, de tiempos, de lugares, poemas atravesados no por una idea del amor, sino por la experiencia física y química del amor ("Tus sesenta trillones de células / y los míos"). Narrativos pero no prosaicos, los versos de este libro -traducido con solvencia por Jaime Priede en una edición que lamentablemente no reproduce el texto original- parten de la certeza de que, como se apunta en el monólogo dramático que la poeta ha puesto en boca de Marie Curie, a la verdad le gusta ocultarse en lo abierto 







Imagen: bookfans.net






Otros poemas de Anne Michaels, aquí







Se denomina gneis a una roca metamórfica compuesta por los mismos minerales que el granito (cuarzo, feldespato y mica) pero con orientación definida en bandas, con capas alternas de minerales claros y oscuros. (Wikipedia)