octubre 29, 2017

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Laura García Del Castaño

El sabor de lo desecho







ahora que vacilamos

como dos trozos de madera en el mar

el oleaje nos distancia

a una medida en la que podemos sentir

la resignación

una fuerza de tempestad mayor

a nosotros mismos

la respiraciòn del destino

que nos quiebra

algo insiste entre nosotros

y con esa ansiedad

alimenta este muerto

porque lo perecedero se impregna mejor

en el vacío

lo sabemos nosotros y ese perro callejero

que desgarra

el sabor de lo desecho







De: "Los demonios del mar", Ediciones del Dock,  2015

Otros poemas de Laura García del Castaño, aquí







octubre 28, 2017

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César Simón




















Regreso en el tren



Gracias a Alejandra Boero que publicó en Facebook el primer poema que transcribo aquí, me remito a la búsqueda de poemas de César Simón en el  navegador. "A media voz" recopila varios poemas con una breve reseña biográfica. Hoy lo empiezo a conocer.






Las palabras de Orfeo





-¿No estás ahí, no estás?

Y avanza a oscuras,

y se detiene y palpa,

y reclama a lo hueco.

-Pero ¿ acaso no estás ahí,

y este vacío no es tu cuerpo,

y el eco de los cuartos no es tu voz,

y los muros tu carne?

¿Y las vigas no son tus huesos,

y el suelo no son tus pasos,

y el aire del pasillo no es tu aura,

y tu huida las puertas

y mi deseo todo,

y tu presencia nada,

nada,

nada?



Lo que nos diste



Avena diste, nubes.

Diste el silencio de la tierra,

la densa pulsación de un vino

que lamía la carne. Diste el ocre

ribazo que alimenta

esas brozas.

Sabíamos de las piedras

-de noche allí se posan los mochuelos-,

las diferentes copas y los modos

de estar, de ser ásperos, duros,

el olivo, el almendro, el algarrobo.

Para nosotros era el tiempo raudo,

más difícil la llama de la sangre;

pues yo creía ver

en el tostado rosa de la piel

los puntos

de arena aún,

la sal ya seca en finos

encajes, en el pelo aún mojado

de aquella agua del mar que en él olía;

yo allí creía ver algo más hondo

que un fácil cuerno de abundancia.

Oh ribazo clemente, entonces vino

tu cuerpo, vino tu sustancia,

tu hondura, tu volteo

en la luz, en las nubes y la broza.

Vino entonces el acto de las ropas,

tosco, el tanteo de los frutos

que a las manos prendían en sus cepos.

Y nosotros sabíamos, no obstante.

que estábamos perdidos,

hundidos en la tibia madriguera,

en el vergel viscoso de un instante.

Allí, prietos, como un canto rodado

en el lecho del río; allí, entregados,

mas sin perder la aguja que te punza

la frente. Y, por eso mismo,

serios, humanos, con la vida cierta,

verdadera, en sus límites tenaces.

Aquí había de ser la salvación

o no sería nunca.

No, no lo sería.

Así había que ser, amargos

como el baladre en medio de la rambla;

ásperos, duros, como la carrasca;

simples, intensos, sin quererlo ser ,

como el tomillo; sabedores mudos,

como la roca, como el cielo raso,

que allí están y allí insisten, y allí esperan.



Regreso en el tren



Suave

la noche.

Blanca

la espuma, a flor

de labios. Tu cabeza

tronchada, cómo pende

del hombro.

Noche. Las estaciones

del trenecillo suburbano.

Acacias, bugambilias,

nísperos, tras de verjas, los caminos

entre acequias corruptas, de aguas negras

y brillantes. Bultos de moreras,

ásperas cañas de maíz

en dirección al mar. La Malvarrosa.

Ancho vagón de polvo y papelillos.

Cierras los ojos. Sientes

tu cuerpo joven, derrumbado, quieto,

pero germinativo y oloroso

como el estiércol. Sientes

cómo viene el azahar de oscuras fuentes,

cómo se emboscan las barracas

-girasoles, higueras-,

cómo ladran los perros a distancia,

cómo canta la vida desde el fondo

del barro.

Ya viene el mar, ya hueles

su frescor y su sal, su oscura mole

fragorosa. Ya caminas, ya sigues

al lado de las tapias. La Cadena,

el manantial de Sellarim, jardines

rotos, perdidos, de azulejos,

de fuentes y de bancos de azulejos.

Estrellas. Lejos los silbidos

del tren. Oh madreselva,

verdad, oh dispersión confusa,

aquí amaron tal vez -ficus enormes-,

aquí venían en calesa -blancos trajes

de seda cruda, gasas y sombreros

al viento, al mar-, aquí tomaron

zarzaparrilla, helados. Aquí urdieron

entrevistas nocturnas. Tantas cosas

que ignoras, tantos nombres

que ignoras, tanta dicha,

tanta pasión, que tú nunca sabrás.

Y ahora estos jardines

que pasaron de moda, estos solares,

estos faroles rotos, estas tapias

de bambú, de jazmines, de mojadas

pasioneras.

Oh noche, cómo es frágil

tu paso, cómo es joven

tu ropa descolgada y polvorienta;

cómo están secas estas manos

vacías, que te duelen, entre tanta

facilidad. Mas cómo es grande y pura

la ligereza, el temple con que bebes

lo que te dan: la vida misteriosa,

la densidad oscura, informe, vaga;

este total, lejano desvarío

de tus pasos, en medio del perfume

de los huertos, este ir a casa mudo,

prieto, febril, dichoso, ebrio de muerte.











Poeta español nacido en Valencia en 1932.
Se doctoró en Filosofía y Letras con una tesis sobre Juan Gil-Albert. Fue director del Instituto Luis Vives de Benetússer y profesor de Teoría de la Literatura.Aunque cronológicamente pertenece a la llamada « generación segunda de posguerra»,  su poesía 
coincide con la generación del setenta, década en la que apareció la mayor parte de su obra. Las siguientes publicaciones contienen su obra: Pedregal, "Premio Ausias March 1970", Erosión 1971, Estupor final 1977, Precisión de una sombra 1984, Quince fragmentos sobre un único tema: el tema único 1985,  Extravío 1991 y Templo sin dioses, obra con la que ganó el "Premio Internacional Loewe de Poesía" en 1996. Falleció en 1997.  © http://www.amediavoz.com/simon.htm




Imagen: www.taringa.net

octubre 27, 2017

octubre 26, 2017

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Carlos Barral

Poesía española



A veces









A veces cuando era

temprano todavía para verte

o cuando la ventana

se abría a la distancia y al sonido

de tanto hierro puesto y tanta arena

que cruje a tierra extraña en los caminos

remoto a la esperanza

me volvía a aquel sitio en que dejamos

las soledades juntas y las voces.



Te hallaba limitada

de corazón disperso y de alegría

por todos los costados y flotando

en la noche segura y abundante

que nunca se consuma.



Sin embargo a lo lejos

tan pronto me acogías con los nombres

de las cosas comunes, en sigilo

sentía que tu isla no estaba ya a mi alcance.



Entonces por entero

reincorporado al límite del cuerpo

volvía a la certeza de la espera.














Carlos Barral (1928 / 1989, Barcelona, España)

Enlaces: A mediavoz



Imagen: El Periódico


octubre 21, 2017

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Claudia Prado: Lo primero es la casa y la voz de su madre ¿la voz de su madre y la luz? ¿el golpe de luz al levantar la persiana?





pájaro azul. Ariel 





Lo primero es la casa 

y la voz de su madre ¿la voz  

de su madre y la luz? ¿el golpe de luz 

al levantar la persiana?  

Nos despertaba y siempre 

decía algún verso. Él habla rápido  

y, en lo que va del por ejemplo 

al ejemplo de lo que ella  

podía decir una mañana  

espero las palabras que hicieron  

de mi amigo el que conozco, este  

que camina por una ciudad mediana  

este que incendia después la soledad 

llenando con letra manuscrita sus papeles.  

El ejemplo llega y no son versos.  

Mientras la primera luz  

entraba al cuarto 

su mamá decía: A levantarse 

que pájaro azul ya está en el mate. 

Supe después que pájaro azul  

era una yerba. Y cuando la vi 

por supuesto, me compré un paquete. 

No explica más, pero yo entiendo: 

Si la poesía 

es en parte convicción,  

por qué no serían versos  

los de la publicidad de yerba. 

A una línea la sigue otra línea, 

una vida de escribirlas, la letra  

manuscrita en el cuaderno. 







las cuentas. Emiliano 





Les hace dar tantas vueltas a la casa 

como errores en las cuentas  

hayan cometido. 

El hombre manda sin moverse 

la gordura incrustada en el asiento  

en el cuerpo un temblor 

que viene de su brazo, de la mano  

con que agita su sombrero en abanico. 

Ellos corren y la tierra  

se les pega a los mocos, en las lágrimas.  

Cansados, se quedan un ratito 

del otro lado de la casa 

ahí no puede verlos, hermanos  

compartiendo una vergüenza  

ni se miran. 

Pero el niño comerciante  

hace otras cuentas en silencio 

a cada vuelta sumas largas sin errores 

cuánto alambre, latas, chapa 

podría vender a los gitanos 

si espera a que regresen, si acumula    

todo el año. Podría incluso 

huir con la ganancia. ¿Y si no vienen? 

El hombre ahora está quieto, está dormido 

ellos siguen dando vueltas a la casa 

después se sientan a la sombra 

al otro lado.  













Otros poemas de Claudia Prado aquí






octubre 17, 2017

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Eugenio Montale: tres versiones del poema "Delta"



Tres versiones del poema "Delta"





DELTA / Versión: Pablo Anadón










La vida, que se rompe en los trasiegos

secretos, la he arraigado en vos:

esa que se debate en sí, y casi parece
que de vos nada sepa, ahogada presencia.



Cuando el tiempo en sus diques se sofoca,

acuerdas tu existencia a la de ella, inmensa,

y resurges, memoria, más visible,

de la oscura región donde bajabas,

como ahora, después de la tormenta,

vuelve a adensarse el verde de las ramas

y el cinabrio, en los muros, se oscurece.


Todo ignoro de vos, salvo el mensaje

mudo que me sostiene en el camino:

si como forma existes, o aprensión

en la niebla de un sueño te alimenta

la costa que se enturbia, enfebrecida,

cuando restalla en ella la marea.


Nada hay de vos en este vacilar de las horas

grises o desgarradas por un fulgor de azufre,

salvo el silbido del remolcador

que emerge de las brumas, llega al golfo.










DELTA / Versíon Armando Uribe

















La vida que se gasta en los trasiegos


secretos he ligado a ti:


ésa que se debate en sí y parece


casi que no te sabe, presencia sofocada.



Cuando el tiempo se atasca en sus rompeolas


tu acaso al suyo inmenso reconcilias,


y afloras más precisa, memoria, de la oscura


región donde bajabas, como ahora


al escampar se espesa


el verde en los ramajes, el bermejo en los muros.



Todo ignoro de ti, sino el mensaje


mudo que me sustenta en el camino:


si existes, forma, o escrúpulo en el humo


de un sueño te alimenta


y la costa que se afiebra -turba- y contra


la marea crepita.



Nada de ti en el vacilar de horas


grises o desgarradas por un lampo de azufre


sino el silbido del remolcador


que de las brumas llega al golfo.





DELTA / Versíon: Horacio Armani




La vida que se rompe en los trasiegos


secretos a ti he unido:

esa que se debate en sí misma y parece

casi no conocerte, presencia sofocada.


Cuando el tiempo se obstruye en sus esclusas

tu vicisitud conformas a la suya, inmensa,

y afloras, memoria, más evidente,

de la oscura región a la que descendías,

como ahora, tras la lluvia, se reaviva

en las ramas el verde, el rojo en las paredes.


De ti lo ignoro todo, menos eses mensaje

mudo que me mantiene en el camino:

si existes, forma o superstición de la humareda

de un sueño, te alimenta

la costa que enfebrece, turba y bulle

enfrente a la marea.


Nada hay de ti en el vacilar de las horas

grises o rasgadas por una llama de azufre

más que el silbido del remolcador

que desde la neblina arriba al golfo.



DELTA





La vita che si rompe nei travasi


secreti a te ho legata:

quella che si dibatte in sé e par quasi

non ti sappia, presenza soffocata.


Quando il tempo s’ingorga alle sue dighe

la tua vicenda accordi alla sua immensa,

ed affiori, memoria, più palese

dall’oscura regione ove scendevi,

come ora, al dopopioggia, si riaddensa

il verde ai rami, ai muri il cinabrese.


Tutto ignoro di te fuor del messaggio

muto che mi sostenta sulla via:

se forma esisti o ubbia nella fumea

d’un sogno t’alimenta

la riviera che infebbra, torba, e scroscia

incontro alla marea.


Nulla di te nel vacillar dell’ore

bige o squarciate da un vampo di solfo

fuori che il fischio del rimorchiatore

che dalle brume approda al golfo.






octubre 16, 2017

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Sharon Olds







La timidez




Entonces, cuando nos unimos, me volví

más tímida. Me volví completa, gozosa,

y más tímida. Puede que haya brillado más, reflejado

más, y desde muy dentro de mí surgió

un resplandor que me atravesaba, pero yo no estaba

jugando, ahora. Me sentía como alguien

pequeño, debajo de las vigas de una Iglesia, o en

una catedral, los espacios abovedados del cuerpo

como un bosque sagrado. Estaba quieta cuando no estaba

haciendo esos sonidos metálicos, orbitales, oxidados,

los sonidos de acabar, en la bisagra de la materia con

lo que sea que no es materia. El me lleva a

acabar y acabar, como a otro mundo en el

centro de éste, y después, si él empieza a

acabar cuando estoy descansando siento

un asombro inmenso, casi siento

miedo, a veces por un momento siento

que no me debería mover, ni hacer ningún mido, como

si él estuviera solo, ahora,

aullando en una tierra salvaje,

y sin embargo sé que estamos en este lugar

juntos. Pensé, ahora es el momento

en el que podría volverme más amorosa, y mis manos

lo acariciaron tímidamente, secretas como el cielo,

y mi boca habló, y en la voz de mi

amado, por los huesos de mi cabeza, gimieron

campos, y me uní a él otra vez,

ni tímida, ni osada, liberada, entrando

al verdadero hogar, donde los árboles se inclinan hacia la

tierra y sin embargo siguen de pie, entonces estábamos acostados

jadeando, como a salvo de un desastre, y por instantes

sin fin, sucedió algo sobre lo que

había oído hablar, se me ocurrió

que no sabía que era ajena

a este hombre, no sabía que estaba sola.  







Última hora



En el medio de la noche, me hice una cama

en el piso, alineándola fielmente a mi madre,

la cabecera hacia las colinas, los pies hacia la Bahía donde

los pájaros vadean para buscar moluscos—me acosté,

y el primer cascabel de la muerte sonó

con su autoridad del desierto. Ella tenía ese aspecto de

niño cantor en un ventarrón,

pero su cara se había vuelto más material,

como si los tejidos, almacenados con su vida,

estuvieran siendo reemplazados desde algún abastecimiento general

de jaleas y resinas. Su cuerpo la respiraba,

crujidos y chasquidos de mucosidad, y después

ella no respiraba. A veces parecía

que no era mi madre, como si hubiera sido sustituida

por un ser más adecuado a esa tarea,

una criatura más simple y más calma, y sin embargo

saturada del anhelo de mi madre.

La palma de mi mano le rodeaba la coronilla

donde latía su corazón feroz, la otra mano sobre su

hombro pequeño, me mantuve a la par de ella,

y entonces empezó a apurarse,

a adelantarse, después se quedó quieta y su

lengua, manchada con motas de maná,

se levantó, y un jadeo se formó en su boca,

como si lo hubieran forzado a entrar, después la calma. Después otro

suspiro, como de alivio, y después

la paz. Esto siguió por un rato, como si ella estuviera

expresando, sin apuro,

sus sentimientos sobre este lugar, su tierna

y apesadumbrada conclusión, y después, contra

la palma de mi mano en su cabeza, el regalo de no

sufrir, ningún latido;

por momentos, sus labios parecían curvarse— y después sentí que ella no estaba ahí, sentí como si ella siempre hubiera querido escaparse y ahora se hubiera escapado.

Entonces se transformó,

despacio, en una cosa de hueso,

que marcaba el lugar donde ella había estado




The Shyness




Then, when we were joined, I became


shyer. I became completed, joyful,

and shyer. I may have shone more, refleeted

more, and from deep inside there rose

some glow passing steadily through me, but I was not

playing, now, I felt like someone

srnall, in a raftered church, or in

a cathedral, the vaulted spaces of ihe body

like a sacred woods. I was quiet when my throat was not

making those iron, orbital, rusted,

coming noises at the hinge of matter and

whatever is not matter. He takes me into

ending after ending like another world at the

center of this one, and then, if he begins to

end when I am resting I íeel awe, I almost feel

fear, sometimes for a moment I feel

I should not move, or make a sound, as

if he is alone, now,

howling in the wilderness,

and yet I know we are in this place

together. I thought, now is the moment

I could become more loving, and my hands moved shyly

over him, secret as heaven,

and my mouth spoke, and in my beloved’s

voice, by the bones of my head, the fields

groaned, and then I joined him again,

not shy, not bold, released, entering

he true home, where the trees bent down along the

ground and yet stand, then we lay together

panting, as if saved from some disaster, and for ceaseless

instants, it carne to pass what I have

heard about, it carne to me

that I did not know I was sepárate

from this man, I did not know I was lonely.




Last Hour





In the middle of ihe night, I made myself a bed


on the floor, aligning it true to my mother,

head to the hills, foot to tire Bay where the

wading birds forage for mollusks—I lay

down, and the first death-rattle sounded

its desert authority she had her

look of choirboy in a high wind,

but her face had become matteryer,

as if her tissues, stored with her life,

were being replaced from some general supply

of gels and rosins. Her body would breathe her,

crackle and hearth-snap of mucus, and then

she would not breathe. Sometimes it seemed

it was not my mother, as if she’d been changelinged

with a being more suited to the labor than she,

a creature plainer and caímer, and yet

saturated with the yearning of my mother.

Palm around the infant crown of her

scalp where her lieart fierce beat, palm to her

tiny shoulder, I held even with her,

and then she began to go more quickly,

to draw ahead, then she was still and her

tongue, spotted with manna spots,

lifted, and a gasp was made in her mouth,

as if forced in, then quiet. Then another

sigh, as if of relief, and then

peace. This went on for a while, as if she were

having out, in no hurry,

her feelings about this place, her tender

sorrowing completion, and then, against my

palm to her head, the resolving gift of no

suffering, no heartbeat;

for moments, her lips seemed to curve up—

and then I felt she was not there,

I felt as if she had always wanted

to escape and now she had escaped.

Then she tumed,

slowly, to a thing of bone,

marking where she had been.










Otros poemas de Sharon Olds, aquí

De: "La materia de este mundo", Gog & Magog, 2015

Traducción: Inés Garland / Ignacio Di Tullio

Imagen: ABC







octubre 14, 2017

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Juan Carlos Moisés


Un pollo mojado





Amor, humor, dolor: palbras de uso

común, qu en el poema buscan

tener ocupación cuando lo leas.

No de otro modo es posible admitir

que los sustantivos también contemplan

un punto medio y justo de las cosas.

Tu cuerpo ya había recibido las descargas

de fondo, con sus detonaciones,

y algo cambió para siempre cuando

el bisturí en la mano del cirujano,

bajo la luz irreal del quirófano,

se deslizó desde la axila hasta el centro

de tu mano, indoloramente,

y no sólo porque nos habiámos

propuesto desestimar la congoja.

El pelo te había crecido de nuevo

y fue una sorpresa la aparición

de unos rulos entrometidos

con los que nos permitimos

especulaciones chistosas.



De regreso a nuestra casa del sur,

donde pies y pensamientos se aparean

de igual modo, al final del día,

en la curación de cada noche, trataba

de que no me temblaran las manos

en el momento de ayudarte

a cambiar la gasa de los drenajes.



Hoy, durante la mañana, volví a pensar

en la otra escena teatral que anoche

nos tuvo de protagonistas exclusivos

en la intimidad del baño de la casa.



¡Ay, mi amor, mi amor!, dijiste,

como queja, cuando entraste decidida

a no salir. Y mientras te desnudabas

frente al espejo con un pudor

que no conocíamos y me preguntabas

cuánto iba a tardar en la ducha,

podía ver a través del vapor

la imagen mutilada de tu cuerpo

que devolvía el reflejo empañado.



¡Toda la vida te amaré!, dije, cantando.

¿Te parece poco? (no hacía falta decir más),

y te reclamaba para que te unieras

bajo la lluvia caliente como antes.

Tu respuesta fue salpicarme con gotas

de agua fría que en la canilla del lavatorio

juntaste en el cuenco de tus manos.



¡Soy un pollo mojado!, dije, tiritando.

Giré la canilla y salí con los pies

resbaladizos fregándome los ojos para ver

que me esperabas con una mueca

en tu cara al alcanzarme la toalla como si

fueras Eva recibiéndome en el paraíso.

Te asusté cuando di ese grito en el espasmo:

¡Aaah, esto sí que es el amor!





De: "El jugador de fútbol", Ediciones La carta de Oliver, 2015







Un bar en el camino





Cuando entré a ese baño de bar

del camino y la puerta se trabó

sin explicación, creí encontrarme

en el mismo infierno; no advertí

que hubiera lo que estrictamente

se llama fuego, crepitaciones,

gritos de dolor, sólo unos pocos malos

olores que me envolvieron

y la lamparita que no prendió.

Para estar en medio de la pampa alta

y desmesurada ese baño era un lugar

demasiado pequeño, sucio, opresivo.

Ni las frases chistosas escritas

en la pared con letra despatarrada

fueron capaces de provocarme

la mueca de una risa.



En las manchas de humedad

del revoque descascarado

vi con horror la sombra del que soy,

vi rostros no amados,

vi todo lo que no se desea ver:

de mí, de los otros, de lo otro.

Dije es el fin, ahora sé cómo es

la última visión de una persona.



Mi única esperanza fue

el ventanuco; después de forcejear

en lo alto durante unos momentos,

el hierro viejo, debilitado, carcomido

por el óxido, cedió,

y cielo y nubes entraron

increíblemente a tiempo.





Flamencos en la laguna





Esos flamencos todo

el día al sol sumergen

la cabeza movediza en el agua

apoyados en el firme equilibrio

de una de sus patas; están clavados

en la laguna, tallados en el aire.

Cada tanto rompen la monotonía,

curvan el fino pescuezo, el pico se levanta,

estiran la pata encogida y dan un paso largo

y lento que se hunde y se clava

como la pata anterior,

que ahora se pliega y espera

mientras bajan la cabeza a bucear.

Todo el interés está ahí, en la turbiedad

del fondo, en los pequeños hallazgos nutritivos.



Ninguno de esos actos minuciosos

me incluye, ni soy de la familia de esas aves;

tampoco soy lo que se dice trigo limpio

para acercarme a refrescar mis pies

sin que algo no deseado ocurra

en el plan trazado por los flamencos.



Y aunque no son mis ojos los que ven bajo esa agua

ni tengo plumas rosadas, no me aguanto: mordido

por las hormigas de la curiosidad

que siempre me empujan a donde no me llaman

me acerco a la orilla

todo lo que más puedo,

hasta que en el límite de la confianza

los flamencos levantan vuelo

con tres o cuatro aletazos,

las flacas patas colgando sobre la laguna.



Si yo fuera ellos

daría un rodeo largo y sin pausa

con la esperanza de que se fuera el entrometido

y entonces volvería lo más campante

con las alas desplegadas

a posarme otra vez en medio de la laguna,

una sola pata apoyada

en la turbiedad del fondo.



Pero se ve que esos flamencos

tienen otros planes para resolver el dilema,

y acribillados inútilmente

por la doble intención de mi mirada

siguen adelante y se pierden en el cielo

capaces como son de ver a lo lejos

adónde lleva el camino.








De “Animal teórico”, Ediciones del Dock, 2004







Otros poemas de Juan Carlos Moisés, aquí









octubre 12, 2017

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Wallace Stevens










Estudios de dos peras



I


Oposculum pedagogum.

Las peras no son violines,

desnudos o botellas.

No se parecen a ninguna otra cosa.



II


Son formas amarillas

compuestas de curvas

combándose hacia la base.

Son toques rojos.



III


No son superficies planas

de curvados perfiles.

Son redondas, 

ahusadas en el vértice.





IV


Tal como están modeladas

hay porciones de azul.

Una tiesa hoja seca culega

del vástago.





V


El amarillo resplandece,

brilla en distintos amarillos,

limones, verdes y naranjas

que florecen en la piel.



VI


Las sombras de las peras

son burbujas sobre el verde mantel.

Las peras no se ven

como el observador quiere.