01 octubre 2017

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Pablo Seguí

Canción

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Ella quiere otra cosa, 
a veces, que lo que 
yo quiero, nada más. 
Pero ¡cómo me duele, 
Ahora, que se muestre  
indiferente, lejos! 
Canción, decile que ardo, 
que humeo negramente, 
que mis labios se agrietan.   



Un mundo  



Yo sé que las palabras 
ni las fotos podrán  
tenerte nunca. Que 
el beso que nos dimos  
anoche se conserva 
apenas, desleído 
por la ingrata memoria. 
Que esa risa que estalla 
de repente en tus labios,  
y que yo no manejo 
ni aunque lo intente, surge  
cuando quiere o querés 
que es inútil grabar  
para los venideros  
ese tacto a distancia  
que sonriendo me ciñe.  
Somos ese detalle 
que el otro guarda, que 
recuerda, del que abjura 
o por el que suspira 
o se alegra. Es posible 
que ahora que dormís 
no me tengas presente: 
soñás, quizá, con una 
minuciosa manada 
de elefantes a punto  
de entrar en un bazar;  
o con esa perrita 
que te daba la pata  
anoche. Lo que sí 
es cierto es que, callado,  
y cansado, y desnudo,  
escribo sobre vos. 
Y lo más cierto es que 
estas pobres palabras, 
que leerás mañana  
por la mañana, con  
un mate, a las corridas, 
jamás conseguirán  
mostrar el modo claro 
en que tu cuerpo luce 
de noche al descansar. 
Todavía más cierto 
es que no importa. Puede 
que el futuro no sepa 
nada de vos, ni de  
tus labios rumorosos.  
Los míos guardarán 
su forma, su tibieza, 
su increíble dulzura. 
Ya no puedo olvidarte, 
señora que ha logrado, 
sólo con ser, hacer  
de estos días un mundo.   



Otro verano y éste   



Increíble. Si pienso en esa noche 
de lluvia en que entreví 
la verdad de los cuerpos al mirar  
aquella lluvia que,  
potente, se volcaba sobre las 
carnosas hojas tras 
el vidrio, tras la reja repujada, 
al cabo de los años 
y de una suerte inteligente y ciega 
que atrás dejó los nombres 
de aquellos seres negros que querían  
que negara sin más  
la brisa, me doy cuenta de que nada 
de lo que ahora tengo 
me faltó nunca. Cuánto se engañó 
mi corazón con fuentes  
retorcidas, perversas; cuánto encuentro 
de lo de siempre en vos, 
amor, en tu palabra y en tu risa, 
e incluso en los desplantes 
intempestivos, aguerridos, altos 
de tanto orgullo tuyo,  
respiración que canta. Reconozco 
caricias y destellos 
reveladores de la más ociosa  
infancia que, latente  
n en nuestros rostros de crecidos,  
aflora como un fuego, 
como sonrientes llamas que se besan, 
o más bien como imanes 
que, separados, se buscaban desde 
la lejanía. O como 
lo que jamás podremos olvidar: 
el amor a la vida, 
nacido de una noche de verano, 
de la lluvia, lo verde, 
y ahora constatar que curioseabas, 
de algún modo, detrás 
de esos cristales, duende, aquellos ojos  
que luego te supieron.  





De: "Otro verano y éste", Barnacle, 2017
Otros poemas de Pablo Seguí, aquí
Pablo Seguí (1973, Córdoba, Argentina)
Entre los 8 y los 17 años estudió violín, para luego volcarse hacia la poesía. Ha publicado tres libros: Los nombres de la amada (Alción, 1999), Claves y armaduras (Foja/Cero, 2005) y Naturaleza muerta (El Copista, 2011).  Desde hace varios años ya publica sus poemas en sucesivos blogs, entre los cuales figuran: El tren y la mujer que llena el cielo, La lección de piano, El bakelita, Por el jornal, Crocante de seco y el actual, Voces en La Babía. Los poemas que componen Otro verano y éste han sido seleccionados de algunos de dichos blogs.  


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