enero 24, 2018

,   |    |  

Sonja Åkesson






Poesía sueca





Una carta





¡Hasse!

¡Hans Evert!

¿Te acuerdas de mí?

No fui tu primera chica

claro

pero tu fuiste mi primer chico.

Ibas constantemente en la bici, una Rambler,

y llevabas la gorra en la nuca

y yo iba en la barra con mi abrigo rojo

y a veces en la parrilla.



Una tarde nos caímos en la cuneta.

Qué canciones cantabas.

Ya entonces eran viejas:

“A casa de mi chica

tarde o temprano

me lleva el camino

a casa de mi chica

que escribe

que me quiere”

aún oigo tu voz con precisión:

azafrán y canela y unos granos de mostaza

y tú desafinabas un poquito en todos los tonos.

Tu hermana estaba gorda y se llamaba Jenny

Cuando empezamos tú tenías 17 años y yo —

no, no me atrevo a decirlo.

Podrías acabar en la cárcel.

Tú estabas siempre bronceado por el sol.

Luego llegó la movilización.

¿Recuerdas aquella cabaña de la orilla del lago azul

con el gallo y el gato y los abedules?

Imagínate que viviésemos allí ahora.

Yo hubiese tenido un montón de críos

que se lavarían en una palangana

en la cómoda

antes de ir a la catequesis dominical.

Tu hermana, la gorda Jenny,

hubiese sido mi cuñada.

Pero no hubiese tenido suegra.

Tu padre la había matado de un tiro

y luego se había cortado el cuello

con una navaja de afeitar.

Una vez me enseñaste una foto de ellos.

A veces te emborrachabas un poco.

Entonces ponías en el manillar

ramilletes de jazmín

o ramitas de peral en flor.

Una vez te lo hiciste

con otra chica.

Cuando enloqueció tu padre te escondiste en un

armario.

Él también había pensado matar a tiros a los hijos.

Yo mentía todas las noches.

Nunca había mentido antes.

Cuando mentía hacía como

si yo no fuese yo.

Simulaba que era un sueño.

Pretendía que ni siquiera era yo

la que soñaba.

Mi madre tenía un olor ligeramente acídulo.

Se le había caído el pelo.

Ella lloraba

y yo también lloraba convulsivamente

aunque sólo era un sueño,

y aunque tampoco era yo la que soñaba.

Todos los días eran un solo sueño.

Una noche mi madre se sentó con abrigo y sombrero.

Imagínate que lo hubiesen hecho,

quiero decir si me hubiesen echado de casa.

Imagínate, yo que lloraba reclamando a mi madre

desesperadamente

cuando sólo llevaba una semana en casa de la prima Ruth.

Tú eras bueno con los niños.

Y no quiero decir nada irónico.

Yo no era un niño.

Tú eras muy bueno con los hijos del campesino.

Tú eras también bueno con la vieja señora de la

limpieza.

La gente decía que eras bueno con los hijos del

campesino

y con la vieja señora.

“Un saludo con el viento quiero yo enviar

a mi padre y a mi madre y la chica de mi lugar”

Cuando cantabas te subía y bajaba la nuez.

Tú padre llevaba mucho tiempo sin levantarse,

paralítico,

creo que a raíz de un accidente.

Tu madre estaba muy guapa en la foto.

Luego estalló la guerra

y durante varios años

no fui la chica de nadie en particular.

Durante algunos años no mentí nunca.

Más adelante te hiciste de los de Pentecostés

y te casaste, bastante rico

con una chica, con finca, también de Pentecostés.

Te encontré una vez.

Le habías pedido perdón a Dios, dijiste.

Me sonó bastante estúpido.

Sabía que me deseabas.

¿Cuántos años puedes tener ahora?

¿45?

¿Sigues en la congregación redimido?

¿Crees que tu padre estará en el infierno?

¿Hueles todavía un poco a caballo?

Aunque seguramente tendréis tractor.















 Nació en Buttle, en la isa de Gotland, en 1926. En 1951 se trasladó en Estocolmo, donde descubrió su vocación por la escritura. En 1957 publicó su primer libro de poemas, Situationer (Situaciones), pero su verdadera irrupción en el panorama literario no llegaría hasta 1963, con su obra Husfrid (Paz hogareña), libro que la convirtió en una de las figuras centrales del movimiento feminista y de la corriente poética conocida como «nueva sencillez».













Posteriormente publica Jar bor i Sverige (Vivo en Suecia, 1966), donde rompe con las convenciones de género; Pris (Precio, 1968), donde ensaya el collage y el poema en prosa; y Sagam om Siv (La Saga de Siv, 1974), incursión en el haiku.













A mediados de los años setenta, aquejada de problemas psiquiátricos, se traslada a Halmstad. Fallece de cáncer de hígado en 1977. Ese mismo año ve su último libro, Hästens öga (El ojo del caballo).







"Vivo en Suecia", Antología poética, Vaso Roto Ediciones, 2015




Traducción: Francisco J. Uriz





Imagen: varavitmansslav.weebly.com


enero 21, 2018

,   |    |  

Jorge Ortega






Poesía mexicana





Subida al monte Urgull








Al fondo el mar, el sobrio mar

 de fondo 

que se nos desdibuja.



Entre robles y helechos

 la espiral de piedra no pulida,

 las furtivas

 y onduladas

 terrazas del musgo.



La espuma de la hiedra

trepando por los troncos,

los cauces de hojarasca 

crujiendo bajo una pisada en falso.



Rampas. Escalones

pacientemente relamidos

por el inofensivo alud del vaho.



Y el final en dónde o para cuándo:

la cumbre se escabulle a nuestros ojos,

pirámide borrada por la selva 

en una distracción.



A mayor esfuerzo, menor la extenuación, 

mejor la claridad de los confines

o pronta la llegada.



El poema se hace en el trayecto,

trata lo que tardamos

en alcanzar la cima 

y descubrir ahí lo perseguido en vano,

la veleidad del aire, el resbaloso pez de las alturas.












El jarrón










Donde no hay un jarrón

hay un jarrón.



Es el jarrón

que fabrica el deseo, el jarrón



que no compraste en Nápoles

pero que participa

de una memoria herida

por la desposesión.



Lo huérfano de ti,

aquello que anhelaba tu rescate

en el momento preciso



detona en la pupila, logra empinar el río

del aire peregrino que traslada 

las ofrendas de unos

          a otros 

                      territorios.



El jarrón que aún te aguarda en Nápoles

se acostumbra al espacio que no ocupa, crece

en la repisa austera de la sed

pintándose solo.



¿O es acaso el entorno el que se adapta

a la forma añorada?









Jorge Ortega (1972, Mexicali, México)



enero 19, 2018

,   |    |  

George Franklin











A la izquierda del noveno hoyo    






El viento sopla a través del campo de golf en sombras.  

Nadie juega a esta hora. Ningún carro se abre paso 

por el verde. El verde ni siquiera es verde sin la luz del sol.   

Más allá de la reja, bolas de golf extraviadas 

se hunden cada vez más en la tierra. 

Con cada aguacero desaparecen un poco más. 

La luna ilumina la boca blanca de la trampa de arena. 

Parece que se hablaran entre ellas en un idioma íntimo. 

Algo acerca de la filosofía y la dificultad de sentirse en casa. 

A la izquierda del noveno hoyo, un estacionamiento 

divide el universo en líneas paralelas y delimita espacios.  

Aquí y allá, una lámpara define los espacios de otra manera 

Este oscuro, aquel claro. Desde dentro de una casa, 

la música suena y las sombras se alejan 

y regresan a través de la cortina de una ventana.  

Podrían estar danzando o tratando de evitar rozarse entre sí. 

De luchar o abrazarse. Luego una sombra cubre a otra 

y la luz de un televisor oscila en colores apagados.   

Afuera, todas las cosas los miran: 

el campo de golf, el estacionamiento, la luna. 










Luchas de arañas 






En los campos de trabajo del norte, hay luchas entre arañas 

Me lo dijeron mis estudiantes la semana anterior 

Como los presos cazan arañas, las almacenan 

en botellas de vidrio, las ceban con polillas e insectos 

hasta el día en que cada una de ellas trata 

de arrancar a mordiscos la cabeza de la otra 

mientras los prisioneros hacen apuestas y miran. 

Esto me recordó de inmediato al Conde Ugolino 

En Dante, que roía la espalda del esqueleto 

de su enemigo Ruggiery, como si el hambre y la ira 

jamás se satisficieran. Eso es estar en el infierno 

Pensé, pero no estaba totalmente en lo cierto 

También pensé en Tertuliano, en la manera en que describió   

uno de los placeres en el cielo, que sería mirar hacia abajo 

el sufrimiento de los condenados. Mis estudiantes 

se han reunido en círculos junto a sus literas, en el verano 

del norte de la Florida, un clima bastante similar al infierno 

y miran hacia abajo, dos arañitas  que se desgarran 

la carne entre sí. Durante unos minutos 

estaban en el cielo. 










Left of the Ninth Hole 


   



The wind blows across the golf course in the dark. 

No one is playing now.  No carts edge their way 

Around the green.  Even the green is not green 

Without sunlight.  Beyond the fence, lost golf balls 

Sink incrementally into the ground.  With each rain, 

They disappear a little more.  The moon illumines 

The sand trap’s white mouth.  They seem to be speaking 

To each other in a private language.  Something about 

Philosophy and the difficulty of feeling at home. 

To the left of the ninth hole, a parking lot divides 

The universe into parallel lines and defined spaces. 

Here and there, a lamp defines the spaces differently: 

This one dark, that one light.  From inside 

A house, music is playing, and shadows move back 

And forth across a curtained window.  They could be 

Dancing or even trying to avoid each other’s touch, 

Fighting or embracing.  Then one shadow covers 

Another, and the light of a television flickers 

In muted colors.  Outside, everything is watching them: 

The golf course, the parking lot, the moon. 



   






Spider Fights 


  



In the work camps up north, they have spider fights. 

My students told me this last week, how 

The prisoners catch spiders, keeping them in 

Glass jars, feeding them insects and moths 

Until the day when two spiders will each 

Try to chew off the other’s head, while 

The prisoners place bets and watch. 

It reminded me at first of Count Ugolino in 

Dante, gnawing at the back of his enemy 

Ruggieri's skull—hunger, like 

Anger, never satisfied. That’s what it means 

To be in hell, I thought. But, I wasn’t entirely right. 

I also thought about Tertullian and how he described 

That one of the joys of heaven would be to look down 

On the suffering of the damned. My students 

Had gathered in circles by their bunks in the North 

Florida summer, a climate close enough to hell, 

And stared down on two small spiders tearing 

At each other’s flesh. For a few minutes, 

They were in heaven. 



  






George Franklin


Traducción: Ximena Gómez


Fuente: www.alastorliterario.com



,   |    |  

Diego L. García







el aire acondicionado zumba y corta

en breves fracciones de tiempo. estoy

inmerso en esa similitud animal (recuerdo

las palomas en la casa vieja). constante

custodia de objetos sucios, fuera de sitio.

si hubiera visto un cuadro con un paisaje
de ríos y árboles y hubiera intentado


entrar en él hasta hallarme sumergido

en sensaciones realísimas, sé
que el aire acondicionado sería siempre
el fondo, el telgopor raspado en la base
de la caja. digo: fracciones. y hay
ahí una ventana. quién está del otro lado?
ya sé la respuesta. pero la pregunta se escurre:
quién está del lado en el que estoy?
no alcanzaron los pájaros ni el arrullo de
la palabra “arrullo” en medio de una escena
pintada a la perfección. el cartón soporta
un viaje de encomienda hacia cualquier parte
y así el corazón llega dejándose nombrar







Otros poemas de Diego L. García, aquí



Imagen: Foto M Biaggini





enero 15, 2018

,   |    |  

Ricardo Costa





Una naranja







El cuchillo recorta circularmente la naranja

bajo su cáscara.

Hace correr el jugo entre el filo y la pulpa,

marcando el cauce de un camino líquido

que rodea a la fruta para venirse a tu mano.

Viéndote ejecutar esa maniobra, pienso que

algo terrible ocurriría con mi corazón

si tu apetito cayera en desgracia.

Ese movimiento giratorio, ese descascarar

en crudo para llegar al brillo de la pulpa,

daría con la parte más débil de un hombre

y la desnudez de su sangre brotaría hasta

manchar sus ojos de la manera más vergonzosa.

La diferencia la marcaría el ángel que mueve

tus manos.

Porque la fruta gira entre tus dedos para que

su carne se abra por entero a la luz.

En cambio, un corazón se pudre si no se lo corta

en el momento preciso.

Queda dudando lejos, cavado en una ruina oscura,

a treinta y cinco centímetros por debajo

de la boca.








Otros poemas de Ricardo Costa, aquí









enero 11, 2018

, ,   |    |  

Señalador: Milo de Angelis


Milo de Angelis / Ginebra Magnolia



Todo estaba ya en camino. Desde entonces hasta aquí. Todo

el tiempo, luminoso, rozaba los labios. Toda
la respiración se concentraba en el collar. Las sombras
de Lambrate cerraron la puerta. Toda la habitación,
absorta, se convirtió en el primer latido. El negro
de tus cabellos contra el amarillo del último rayo.
Desde entonces hasta aquí. Era el primer día del verano.
El silencio nos llenaba la frente. Todo estaba
ya en camino, desde entonces, todo estaba aquí, único
y perdido, nuestro y remoto. Todo pedía
permanecer a la espera, de volver a su verdadero nombre.






enero 07, 2018

,   |    |  

Amelia Biagioni



Oh, Infierno...






Oh, Infierno,




te agradezco
la causa perdida,
la tiniebla entre los dientes,
las manos de humo
y esa espalda acosándome.
Te agradezco
el crepúsculo de piedra que no cesa.
Te agradezco
que existas cuando respiro.
Porque eres el recinto
donde encuentro,
retenidos por el ojo y el fuego,
los nombres y las formas
de la dicha.







Cada día, cada noche








Cada día

me levanto sin nombre,

y en la nuca

una sombra

tenaz, ajena, a filo,

me acusa desde siempre;

y la culpa

total, indescifrable,

entera, me usurpa,

no sé quién soy, me oculto, huyo,

y me pierdo extranjera.

Hasta sentir,

cada noche,

una luz

fiel, entrañable, mansa,

que vuelca desde siempre

río, libélulas, sol, trébol

en mi cabeza más lejana,

y le apoya

alguna, aquella mano;

y cuando empiezo a recordarme,

un ruido sucio, espeso,

de sombra,

se interpone en la nuca

y despierto

sin nombre.

















Amelia Biagioni (1916, Gálvez, Santa Fe / 2000, Buenos Aires, Argentina)

Fuente: Facebook de Jonio González. Poemas de "Poesía completa", Adriana Hidalgo, 2009