abril 30, 2018

, ,   |    |  

Revista "Hablar de poesía"















Escribe Laura Wittner: “Un cielo, un lago, un bosque o todo un paisaje pasan por el tamiz del lenguaje y la subjetividad antes de aparecer, reconstruidos y vigorizados, en el texto. Schuyler atraviesa una escena campestre y sale con flores pegadas en la ropa y colores tonalizando su conciencia. La escena lo atraviesa y sale con nueva estructura, nuevos sentidos, una música única”. James Schuyler, quien fuera secretario personal de Auden durante su estancia en Ischia, es el más íntimo de los llamados “Poetas de Nueva York”. Basta señalar que su primera lectura pública aconteció en 1988. Versos breves y estrofas largas como una columna vertebral; capturador de instantes fugaces, su mirada pictórica y su capacidad descriptiva hacen de sus poemas vívidos trazos de una imaginación atenta a las fluctuaciones de los colores en las frutas, las luces de las pasiones y las intermitencias del ánimo

 


LOS CRISANTEMOS COREANOS


Acá en este jardín
son enormes y como margaritas
(¿por qué no? ¿no es el
margaritón un cristantemo?),
arbustivos y de tallo grueso,
las hojas hacia arriba
apuntan al pedúnculo del que
surgen las flores en
forma de sol. Me encanta
este jardín en todos sus humores,
aun bajo su capa invernal
de yerba de sal, o ahora,
en octubre, cuando no queda
más que la mitad: aquí
una rosa, allí una mata
de acónitos. Esta mañana
uno de los perros mató
una lechuza. Bob vio
cuando pasó, trató de
intervenir. El airedale
le partió el cuello y la dejó
ahí tirada. Ahora el ave
está enterrada junto a un
manzano. Ayer
vimos desde la mesa
al búho, inmenso en el crepúsculo,
volando en círculos por encima del campo
con silenciosas alas de búho.
El primero que se haya
visto por aquí: ahora ya no está,
no es más que un sueño recordado.


Los perros ladran. En
el estudio suena música
y Bob y Darragh pintan.
Yo garabateo en una
libretita en una mesa del jardín,
con una camisa demasiado gruesa
para el sol de mediados de octubre
hacia el que miran todos los
crisantemos coreanos. Tengo
al lado un libro soso,
un corazón de manzana, cigarrillos,
un cenicero. Detrás de mí florece
la ruda que le regalé a Bob.
Luz sobre las hojas,
tanto para ver, y
lo único que veo en realidad es ése
búho, su volumen perturbando
el crepúsculo. Pronto
voy a olvidarlo: ¿qué
hay que no haya olvidado?
O que algún día no vaya a olvidar:
este jardín, la brisa
en calma, incluso
las palabras, crisantemos coreanos.


(Traducción de Laura Wittner, Una ciudad blanca, Gog & Magog, Buenos Aires, 2012).




 http://hablardepoesia.com.ar/






abril 26, 2018

,   |    |  

Erich Hackl




Poesía austríaca






Cuando las mujeres dejaban el huso y la rueca.

Antes de encender la lámpara de petróleo.

Era el momento de contar historias.
Ese placer de escuchar, ese goce.
Las sombras dentro, tras la ventana la nieve.



Cuando terminaban con las plumas de los edredones.

Antes de encender la lámpara de petróleo.

Era el momento de poner las sillas junto a la pared.

Ese placer al bailar, ese goce.

Las chicas dentro, tras la ventana la nieve.


La fiesta del sastre, así llamábamos a la felicidad

de la hora del crepúsculo, entre luz y luz.





//







Un entierro así

llegó a ser más divertido que una boda.

Sólo que durante la comida

no había música para bailar.

El muerto no racaneaba:

había sopa de albóndiga de hígado,

carne de vaca cocida con rábano picante

y de postre una tarta contundente.


Cerveza y aguardiente a voluntad.

Licor de huevos para las viejas.

Té con ron para los acatarrados.

café con leche para los niños.

Vino caliente para el señor cura.


El viejo Schinböck había dispuesto

que la banda de música de San Leonardo

tocase en su entierro

con una buena melopea.

Su último deseo se cumplió,

y resonó lastimosamente en los oídos.

Al aprendiz del zapatero de Rebuledt,

que tocaba el tambor grande,

se le escapó la baqueta durante el desfile,

salió volando en círculos

y se ahogó en la charca de apagar incendios.


El viejo Schinböck no había caído

en que los que llevaban el féretro

también formaban parte de la banda.










Erich Hackl (1954, Steyr, Austria)Traducción: Pilar Montilla y Manuel LaraImagen: ABC.es

Gracias a Jonio González




abril 22, 2018

,   |    |  

Frank O'Hara






Poetas norteamericanos




Chez Jane







La jarra blanca de chocolate llena de pétalos

traga trastos alrededor en un ojo mareante

de cuatros en punto de ahora y por venir. El tigre,

maravillosamente rayado e irritable, salta

sobre la mesa y sin perturbar un pelo



de la atención sin aliento de las flores, mea

en la maceta, justo por su delicado surtidor

Un susurro de vapor sube de la uretra

de porcelana. “Saint-Säens!” parece susurrar,

rizándose infaliblemente alrededor de las pelotas peludas

del terrible minino, que está sacando músculo mentalmente.

Ah! Estate conmigo siempre, espíritu de ruidosa

contemplación en el estudio, el Jardín

de los Zoos, las tardes eternamente fijadas!

Allí, mientras la música araña su escrofuloso

estómago, la ruda bestia emerge y se yergue

clara y cuidadosa, conociendo siempre el peligro exacto

en este momento acariciando sus colmillos con

una lengua dada enteramente a usos lujuriosos;

que solo hace un momento dejó caer aspirina

en este atardecer de rosas, y ahora tira una silla

en el aire, para agravar lo realmente amenazante.









A un paso de distancia de ellos







Es mi hora del almuerzo, así que me voy

a dar un paseo, entre los taxis

coloreados de bullicio. Primero, por la acera

donde los trabajadores alimentan sus sucios y

brillantes torsos con sándwiches

y Coca-Cola, con los cascos amarillos

puestos. Les protegen de los ladrillos que caen,

supongo. Luego hacia la

avenida donde las faldas dan vueltas

sobre tacones y se inflan sobre

rejillas. El sol calienta, pero

los taxis agitan el aire. Miro

las ofertas en relojes de pulsera. Hay

gatos jugando en el serrín.

Hacia Times Square , donde la señal

desparrama humo sobre mi cabeza, y más arriba

la cascada cae suavemente. Un

negro está de pie en la puerta con un

palillo, agitándose lánguidamente.

Una corista rubia taconea: él se sonríe

y se frota la barbilla. Todo

de repente da un bocinazo: son las 12:40 de un jueves. 

El neón de día es

un gran placer, como Edwin Denby escribiría,

como lo son las bombillas de día.

Me paro a por una hamburguesa con queso en JULIET’S

CORNER. Giulietta Masina, mujer de Federico Fellini, è bell’attrice.

Y chocolate malteado. Una mujer

en zorros en un día así mete su caniche

en un taxi.

Hay varios puertorriqueños

en la avenida hoy, lo que

la hace bella y cálida. Primero

murió Bunny después John Latouche,

después Jackson Pollock. Pero, está

la tierra tan llena como la vida estaba llena, de ellos?

Y uno ha comido y uno camina,

pasando las tiendas con desnudos

y los posters de TOREO y

el Manhattan Storage Warehouse

que pronto demolerán. Antes

pensaba que tenían el Armory

Show allí.

Un vaso de zumo de papaya

y vuelta al trabajo. Mi corazón está

en mi bolsillo, es “Poemas” por Pierre Reverdy.







Otros poemas de Frank O'Hara, aquí

Traducción: Isabel Berzal Ayuso

Fuente: Ibioculus



Imagen: Poetry Foundation







Chez Jane







The white chocolate jar full of petals

swills odds and ends around in a dizzying eye

of four o’clocks now and to come. The tiger,

marvellously striped and irritable, leaps

on the table and without disturbing a hair

of the flowers’ breathless attention, pisses

into the pot, right down its delicate spout.

A whisper of steam goes up from that porcelain

urethra. “Saint-Saëns!” it seems to be whispering,

curling unerringly around the furry nuts

of the terrible puss, who is mentally flexing.

Ah be with me always, spirit of noisy

contemplation in the studio, the Garden

of Zoos, the eternally fixed afternoons!

There, while music scratches its scrofulous

stomach, the brute beast emerges and stands,

clear and careful, knowing always the exact peril

at this moment caressing his fangs with

a tongue given wholly to luxurious usages;

which only a moment before dropped aspirin

in this sunset of roses, and now throws a chair

in the air to aggravate the truly menacing.












A Step Away from them






It’s my lunch hour, so I go

for a walk among the hum-colored

cabs. First, down the sidewalk

where laborers feed their dirty

glistening torsos sandwiches

and Coca-Cola, with yellow helmets

on. They protect them from falling

bricks, I guess. Then onto the

avenue where skirts are flipping

above heels and blow up over

grates. The sun is hot, but the

cabs stir up the air. I look

at bargains in wristwatches. There

are cats playing in sawdust.

On

to Times Square, where the sign

blows smoke over my head, and higher

the waterfall pours lightly. A

Negro stands in a doorway with a

toothpick, languorously agitating.

A blonde chorus girl clicks: he

smiles and rubs his chin. Everything

suddenly honks: it is 12:40 of

a Thursday.

Neon in daylight is a

great pleasure, as  Edwin Denby would

write, as are light bulbs in daylight.

I stop for a cheeseburger at JULIET’S

CORNER. Giulietta Masina, wife of

Federico Fellini, è bell’ attrice.

And chocolate malted. A lady in

foxes on such a day puts her poodle

in a cab.

There are several Puerto

Ricans on the avenue today, which

makes it beautiful and warm. First

Bunny died, then John Latouche,

then Jackson Pollock. But is the

earth as full as life was full, of them?

And one has eaten and one walks,

past the magazines with nudes

and the posters for BULLFIGHT and

the Manhattan Storage Warehouse,

which they’ll soon tear down. I

used to think they had the Armory

Show there.

A glass of papaya juice

and back to work. My heart is in my

pocket, it is Poems by Pierre Reverdy





abril 15, 2018

,   |    |  

Nicolás García Sáez


Poesía argentina





Termópilas 




Tengo el cuerpo de Leónidas en las Termópilas

lacónico entre los jardines menos temblorosos de Esparta

claros y luces estoicas de aquel verano un poco rabioso (la duda es barroca)

los soldados se mueven, llevan uvas, espadas 

los periceos asisten al fogón celebrado a orillas del Eurotas

ya habrán notado la movilidad que tienen las damas frente al David 

de mil ocho catorce



Se cuelan entre los céfiros las melodías de pantanos remotos

los siervos aplauden tibiamente

trueques o descuentos

(gritos de comercio) 

no le hacen jaque al agujero


Desde el cielo: La Maravilla

el cabo y el rabo de Italia

Grecia, Albania

del Jónico al Boreo


De curso, de cuenca

Cabo Karagol en Corfú

Cantabria, Epiro, el Peloponeso

y allí

abajo

si

otra vez las Termópilas




Evolución 




Aquello partió 

bajo la sombra del ombú

con un sapo

y su bella rana

reposando para siempre en el jardín


hubo un gato

con diminutivo célebre

que llegó un día

y al otro se fue

rompiendo pedazos de mi corazón


hubo un axolotl

que en pocos meses

regeneró sus piernas (amputadas)

y se deslizó bajo el barro

de una barca oscura mexicana


hubo un lémur negro

que mordió a un gusano

envenenado

equivocado

para alucinar con el cianuro en las alturas de un baobab


hubo un mono loco con cóctel

de alcohol frutado

con la espuma en la boca

de un puercoespín

hubo un reno buscando un hongo bajo la nieve


hubo, si, un delfín amarillo

que se adhirió 

también

a mi piel

para multiplicar sus voces


de puntos cardinales

para armar

en una sola pieza, a un animal fabuloso

aquel 

El Único, esencial 

cubierto por el recuerdo de todos los demás



Un perro 




Hay un viejo blues de Pink Floyd

en el que un perro ladra, canta

despierta amaneceres, el mar

y un sol uruguayo


aquel cachorro manso

parecido a un esqueleto

desterrado del campo seco

el hambre y el fracaso


gris, nublado, liberado

no es azul, es luminoso

las olas mueren y allí está

el perro de mi infancia encerrado en la ciudad


recuerdo a otro, ese valiente

un perro insoportable

que quiso ser el dueño de un barrio serrano

y lo pagó muy caro, con un escopetazo cobarde


recuerdo al montón de hijos hambrientos

que aquel tonto ingenuo 

tuvo con la perra, que a las cuatro de la mañana 

viene a pedir comida a mi casa


perros antes, nunca se pierden, o después 

ahora veo

a mi amigo más fiel 

siendo él, tan glotón

reencarnando, gordo y satisfecho, a todos los demás




Latina




Me conmuevo entre las piedras tan extrañas

con espinas que no pinchan

orgullo férreo y duro

que de tanto se hace etéreo

irrompible/tan sensible

con las sombras del perdón


Ante la mera mención de América Latina

la piedra se irrita

incomoda su letargo

que no tiene perspectiva

ni pasión


Y sin embargo (o tal vez por eso) la lloro

epifanía triste que sabe

que esa misma piedra

es tan América

y Latina

como yo




POEMA QUE PUDO HABER SOÑADO EL TITANIC EN EL FONDO HELADO DEL MAR, LA NOCHE DEL 31 DE DICIEMBRE, CUANDO TODO EL MUNDO FESTEJABA EL CAMBIO DE MILENIO




Ya han pasado más de ochenta años

en los que pasé de ser

el Monumento al Encanto

a esta ruina partida, perdida

tristísima, abandonada

oscura, siniestra

y llena de fantasmas


Desde aquí abajo, esta noche, yo juro

que dentro de ochenta años exactos

gracias a las bacterias

los submarinos cleptómanos

y toda la ayuda de mi deterioro

no seré entre el agua un fracaso

ni dentro de mi vergüenza un fantasma




POEMA QUE PUDIERON HABER SOÑADO LAS AGUAS DEL SUPER KAMIOKANDE EL 12 DE NOVIEMBRE DE 2001, LUEGO DE LA IMPLOSIÓN DE MILES DE TUBOS FOTOMULTIPLICADORES




Neutrino, hijo del Sol, veloz como la misma luz

elemento oscuro a lo largo y ancho del Universo

testigo del colapso moribundo de todas las estrellas

rebelde o ameno, extraño cómplice de la relatividad 

entre práctica y teoría comulgaste por fin como materia


Sumidero de tantas energías arrojando entre supernovas

tu aura, la del mínimo eterno, cambiando el sabor del vacío

tauónico, muónico, electrónico, alquimia de las antipartículas

compartimos tu humor esta noche entre los cristales que flotan

y las miles de astillas, hundiéndose muy lentamente hacia el fondo




Epifanía número 12




Los poemas de Paul Eluard sólo resonaban dentro de ella cuando se encontraba inmersa en el agua. Apenas respiraba y ponía un pie en la superficie todo se volvía impreciso, o, por el contrario, demasiado preciso y los versos más exquisitos del galo rebelde (primer esposo de la Gala daliniana) parecían perderse en algún lugar remoto de sus recuerdos, que allí, bajo el sol ardiente o alguna nube gris e incluso, a menudo, bajo la luz de la luna, se deshacían tal como lo hacen todas las olas que abrigan a los siete mares.




Epifanía número 22




Estábamos en el cielo, volando con esos trajes pomposos que utilizan los paracaidistas para esos menesteres. El detalle era que no teníamos paracaídas. Alguien nos desplazaba (y aquí el verbo ¨desplazar¨ como sinónimo de expulsar) luego de haber dormido, no en un avión, sino en alguna tapera inspirada en “Los Olvidados” de Buñuel. Podíamos sentir la inmensidad y el vértigo, la altura, decenas de miles de metros bajo nuestros pies. Todo era brillante, luminoso, celeste y borroso. Había algo muy bello y angustiante al mismo tiempo conviviendo entre nosotros. Adrenalina pura. Yo me olvidé de eso cuando, de la nada, apareció un fotógrafo volador, también con el traje de pájaro falso y ostentoso, sin paracaídas, que anunció:

 -Digan whisky, por favor.












Nicolás García Sáez (1970, Buenos Aires, Argentina)