julio 31, 2018

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Daniel Freidemberg





Abril   













Acá la noche. La  




        hilera de luces 




de la avenida, atrás,  




y acá, ahora, alta, en la 




noche, una estrella.  




               ¿La misma? 









No sé: una es- 




trella, al- 




go ahí, en  




           lo alto 




del mundo, en  




el mundo,  




que brilla, 









como si  




fuera a irse,  




o no alcanzara  




del todo a llegar. 





Ni la palabra  




ni el recuerdo:  




una estrella, 




tic de luz 




puesto, vaya a  




saber por  




quién o qué, a brillar 




sobre lo negro del presente, 




y acá el presente, con  




estrella y todo. 









Estrella y 




            todo:  




            un gran  




telón de escombros 




se arrumba al fondo: 




ni un comienzo ni un fin. 









Miro esa luz que 




la palabra “estrella” no toca. 



















Abril (XIV) 

















Había que, dijeron, blindar, 




yo lo creí, para escribir, la rosa,  




pero al fin blindamos 




sitios para escribir, era que el aire 




tocaba el nervio, y yo no quise, 




no quiero gritar. Escrito en un  




Mc Donald’s de barrio: descubrí 




la gran pasión, la mayor de todas, 




la que se cambia, como el dinero, por todas: 




la Indiferencia. Escrito en un Mc Donald’s 




de barrio: Indiferencia. No supe, no 




quise blindar las palabras: 




miren estos agujeros, estos tropiezos, esta confusión. 












Abril (XXIII) 

















Sobre tu amor y tu 




debilidad, cuando avancen 




hambrientos los perros, 




los ojos rojos de terror, 




que se lo coman todo y 




acabemos, 






una vez y otra vez. 















Daniel Freidemberg (1945, Resistencia, Chaco, Argentina)

De: "Abril", Barnacle, 2016

Imagen: Youtube









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"La greca nítida de sombras..." (Anthony Hecht)


Una greca, palabra proveniente del Latín graeca​ es un ornamento que consiste en:



  • Franjas donde se repite un mismo motivo. Se usaban en Grecia como ornamentos, tanto en arquitectura como sobre utensilios de cerámica, y probablemente también en el vestido. De allí su nombre. Sin embargo, se las encuentra también en la egipcia y asiria, así como en la de los mixtecos.

  • una faja más o menos ancha en forma de cadena por la continua repetición de un mismo dibujo

  • líneas o listas que van tomando diversas direcciones, especialmente aquéllas que forman siempre ángulos rectos.

  • es una especie de cuadro en el que su contenido es un mismo dibujo realizado muchas veces.



Ha tomado el nombre por considerarse este adorno originario de la arquitectura griega, aunque cabe destacar que su nombre original en dicha cultura es el de Méandro (Μαίανδρος). El meandro es un ornamento griego que se compone de una U encadenada mientras que dibuja un trazado más complejo incluyendo una retroalimentación al volver.​


Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Greca





Una excusa para reproducir este hermoso poema:







Una colina







En Italia, donde estas cosas pasan,

tuve una vez una visión —se entiende:

no como las de Dante, no la visión de un santo,

quizá ni una visión de veras. Con mis amigos

curioseaba en la plaza soleada

muy de mañana. La greca nítida de sombras

de las grandes sombrillas cubría el pavimento:

bajíos relucientes en que anclaba la breve

armada de carretas. Libros, monedas, mapas,

paisajes burdos, feas estampas religiosas,

todo en venta. Colores, ruidos,

manos al vuelo: gestos exultantes;

aun el regateo



cual verbosa piedad subía hasta el oído.

Y entonces ocurrió: todo calló de pronto,

y oscureció; los carros, la gente y el mismísimo

gran Palacio Farnese, con todo y tanto mármol,

se hicieron aire. En su lugar había

una colina ocre pelada. Cuánto frío

hacía, casi helaba, con presagios de nieve.

Como viejos herrajes, los árboles: chatarra

junto a un muro de fábrica. No había viento y no hubo

más sonido en un rato que el crujido levísimo

del hielo que mis pies quebraban en el lodo.

Vi un pedazo de cinta enredado en un seto,

no otro signo de vida. Y luego oí

como el trueno de un rifle. Un cazador, pensé:

no estaba solo, al menos. Pero entonces llegó

el golpe, suave, como de papel,

de una gran rama que caía no sé dónde, invisible.



Y fue todo, a excepción del frío y el silencio

que, como la colina, se anunciaban eternos.



Resurgieron los precios, y los dedos: fui devuelto

al sol y a mis amigos. Pero por más de una semana

me aterró la amargura pelada que había visto.

Todo esto ocurrió hace unos diez años

y no me preocupó hasta que hoy, por fin,

recordé esa colina: está justo a la izquierda

del camino que sale de Poughkeepsie, y de niño

pasaba horas mirándola en invierno.






Anthony Hecht