febrero 27, 2019

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Robert Hass: Miseria y esplendor


Robert Hass


Convocados por un recuerdo imborrable, ella
sonriente, los dos hablando en la cocina,
antes o después de cenar. Pero ambos están en esta otra habitación,
la ventana tiene vidrios pequeños y ellos sobre un sofá
abrazados. Él la ciñe con toda su fuerza, ella hundida en el cuerpo de él.
Es la mañana, tal vez la tarde, la luz
fluye por la habitación. Afuera,
el día es lentamente reemplazado por la noche,
reemplazada por el día. El proceso tambalea salvajemente
y acelera: semanas, meses, años. La luz en la habitación
no cambia, entonces es simple lo que está pasando.
Ellos tratan de transformarse en uno solo
y algo lo impide. Hay una ternura compartida, pero temen
que sus gritos breves, agudos, los reconciliará al momento
en que vuelvan a caer. Entonces se frotan uno con el otro,
sus bocas están secas, luego húmedas, luego secas.
Se sienten en el centro de un deseo
poderoso y confuso. Sienten
que son casi un animal,
arrastrado a la playa de un mundo -
o arrimado a la puerta de un jardín -
sin poder admitir que nunca serán admitidos.

Misery and Splendor


Summoned by conscious recollection, she
would be smiling, they might be in a kitchen talking,
before or after dinner. But they are in this other room,
the window has many small panes, and they are on a couch
embracing. He holds her as tightly
as he can, she buries herself in his body.
Morning, maybe it is evening, light
is flowing through the room. Outside,
the day is slowly succeeded by night,
succeeded by day. The process wobbles wildly
and accelerates: weeks, months, years. The light in the room
does not change, so it is plain what is happening.
They are trying to become one creature,
and something will not have it. They are tender
with each other, afraid
their brief, sharp cries will reconcile them to the moment
when they fall away again. So they rub against each other,
their mouths dry, then wet, then dry.
They feel themselves at the center of a powerful
and baffled will. They feel
they are an almost animal,
washed up on the shore of a world—
or huddled against the gate of a garden—
to which they can’t admit they can never be admitted.



Traducción: Adam Gai
Otros poemas de Robert Hass, aquí
Imagen: The Daily Californian

febrero 26, 2019

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Rodrigo Flores Sánchez



Rodrigo Flores Sánchez




Plan anual de trabajo calendarizado 2011






hay un eco

en la junta hay un eco

un eco que no proviene de quien habla

de quien coordina la reunión

diríase de la voz cantante

monologante



hay un eco

un eco periférico

accesorio

no sé si el eco viaja en el aire acondicionado

o expulsa en mí su aire enrarecido

en mis condiciones laborales

sobre la mesa de trabajo



ese eco

ese hueco

es un eco que me cava

que cava en mí

que acaba en mí

que va cavando en mí

y que me hace escucharlo

incesantemente

con impaciencia





hay un eco en la sala de juntas

es un eco que escucho

al que escucho

del que transcribo lo que dicta

al menos parcialmente

aquí

en esta hoja



un eco maquinal

una consigna

una orden de trabajo

una conjura

una esperanza de paro

un eco como pala que me pisa

que me entierra

que me sepulta en su rumor indoloro



es un eco o un semblante

es un rostro que gesticula

y me derrota con sus muecas

yo me abstraigo de la junta cuando percibo el eco

cuando lo escucho cuando lo huelo

cuando descubro al eco derrotarme

hay un hueco en el monitor

y en el monitor hay calendarios

procesos de trabajo diagramas de flujo



en mi cabeza hay un hueco

un jadeo que me cava

un ojo que me atisba

yo busco que me cave

y que me acabe

y que me ponga boca

y que me hable

y que me bale lánguido en la oreja



en la junta se habla de rutas críticas

de trabajo co la bo ra ti vo

yo me como lo que va quedando

lo que me deja el eco

de lo que hablan

las rutinas los automatismos de sus rostros

yo me colmo de aire acondicionado

de las órdenes exhibidas como propuestas

de las líneas jerárquicas yo me colmo



y sonrío

amable

deferente

respetuoso

comedido



y luego anoto que escucho un eco

y luego entonces escucho el eco

y al fin y al cabo para no mirarme

para no detenerme y descubrirme

invento voces

percibo ecos

me incitaré al pavor










febrero 24, 2019

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Tatiana Faia



Tatiana Faia




primer poema de berlín






para Francisca Camelo




en la soledad de los claustros de kreuzberg

un santo carga en lo alto y sin secretos

su cruz envuelto por la noche

no tiene otro color sino el blanco

su vestido pero yo quería que fuera

azul oscuro y bordado de estrellas

con un aire

de solemne, salvaje, agreste



su consagración es incompleta

marítima, ululante

como nosotros él falló al unirse a los normandos

revelarse solitariamente creyente

y así consolado por un sosiego de piedra

lo guardan ahora nosotros y esta cámara

pequeños animales noctámbulos

la memoria distante de martirios

en gloria febril y efímera

que a él tampoco lo consuelan

y una absurda calma

una estoica y autoritaria indiferencia

contra los borrachos que a veces cortan

por las cercas del jardín

contra los turistas detenidos

para la ocasional fotografía

triunfa también algo en nosotros

pero no sabemos qué

y este santo que no tiene sinapsis

tampoco nos sabría decir



y quiero que él cante

y que nos cuente todos sus secretos

si algo lo tocó tanto como nos conmueven

los amigos que nos esperan a altas horas de la noche

o en las horas de madrugada en todas las ciudades distantes



esta noche sin embargo dos solitarias muchachas

recorren en línea recta la distancia entre esto

y checkpoint charlie

el santo tal vez pregone

como sugiere la cruz en lo alto

la otra mano erguida con un pulgar ligeramente curvado

tal vez lo que él diga haga efecto

en este ser tarde y estar todavía sobrias

como los santos en sus momentos de piedra

que no fueron hechos para soportar

toda esta ruina que nos rodea

aunque no sea aún esta, francisca, la conversación

que va a tropezar con mi absurda necesidad

de más estatuas de santas en éxtasis

más estatuas de santos que se divierten

en todas las alamedas de todos los jardines

de todos los claustros del mundo



la atención a una promesa también es esto

este momento dado por una amiga

un tiempo fuera de su rigor







en el inicio de una primavera


que carga con ella la cicatriz de un largo invierno


un inicio voraz y en color rojo


de frutos que brotarán enteros y dulces


porque tampoco queremos


creer en un dios que no baile


en un dios que no acepte nuestra sangre


y su velocidad caliente


sus juegos de inquietud y retroceso


ávido de pequeñas absurdas conquistas


un dios que no se siente a conversar con nosotros


es lo que no podríamos soportar





porque también en los momentos de pausa


el ardor del mundo carga su propio peso


se abre en su fuego contra la contracción


de un puño que se cierra sobre nuestros úteros


nuestros brazos nuestros ojos


nuestra alegría que nadie podrá romper


que nadie podrá romper





pero pienso que el ardor del mundo


cuenta hasta el tiempo


de cuánto duró esta pausa


tan inclemente que sabrá hasta


cuánto tiempo le llevó al azúcar


de sucesivas barras de chocolate


haber redundado en sugar rush





pero se desprende y cae





ya está en la luz inscrita en el cuerpo del santo


en la ausencia prometida por delicados detalles


de su brocado de mártir


mira cómo incluso él




para estar tan iluminado


tiene que ser vivo, pedestre, pagano


capaz de una caminata en línea recta


luz que viene de abajo hacia arriba y así se acepta









Berlín, 25 de mayo de 2018


Oxford, 28 de mayo de 2018







primeiro poema de berlim






para a Francisca Camelo




na solidão dos claustros em kreuzberg

um santo carrega ao alto e sem segredo

a sua cruz envolto pela noite

não tem outra cor que não o branco

a sua veste mas eu queria que fosse

azul escuro e orlado de estrelas

com qualquer coisa

de solene, selvagem, agreste



a sua sagração é incompleta

marítima, ululante

ele como nós falhou em juntar-se aos normandos

revelar-se solitariamente crente

e assim consolado por um sossego de pedra

guardam-no agora nós e esta máquina fotográfica

pequenos animais noctívagos

a memória distante de martírios

em glória febril e efémera

que também a ele não o consolam

e uma absurda calma

uma estoica e autoritária indiferença

contra os bêbados que às vezes cortam 

pelas vedações do jardim



contra os turistas que param


para a ocasional fotografia


triunfa também sobre algo em nós


mas não sabemos o quê


e este santo que não tem sinapses


também não nos saberia dizer





e eu quero que ele cante


e que nos conte todos os seus segredos


se algo o moveu tanto quanto nos comovem


amigos que nos esperem pela calada da noite


pelas horas cedo da manhã em todas as cidades distantes





nesta noite no entanto duas solitárias raparigas


fazem em linha recta a distância entre isto


e checkpoint charlie


o santo talvez pregue


tanto o sugere a cruz ao alto


a outra mão erguida com um polegar ligeiramente curvado


talvez o que ele diga pegue


a este quanto de ser muito tarde e estarmos sóbrias


como os santos nos seus momentos de pedra


que não foram feitos para arcar


com toda esta perda que nos rodeia


ainda que não seja ainda esta, francisca, a conversa


que vai descambar para a minha absurda necessidade


de mais estátuas de santas em êxtase


mais estátuas de santos a divertirem-se


em todas as alamedas de todos os jardins


de todos os claustros do mundo





a atenção de uma promessa também é isto


este momento dado por uma amiga


um tempo fora do seu rigor







na abertura de uma primavera


que carrega nela a cicatriz de um longo inverno


uma abertura voraz e em vermelho


de frutos que hão-de brotar inteiros e doces


e também nós não querermos


acreditar num deus que não dance


num deus que não aceite o nosso sangue


a sua velocidade quente


os seus jogos de inquietude e retrocesso


tão pronto para pequenas absurdas conquistas


um deus que não se sente para uma conversa connosco


é o que não poderíamos aturar





porque também nos momentos de pausa


o ardor do mundo arca com o seu próprio peso


abre-se no seu fogo contra a contracção


de um punho que se fecha sobre os nossos úteros


os nossos braços os nossos olhos


a nossa alegria que ninguém poderá quebrar


que ninguém poderá quebrar





mas penso que o ardor do mundo


conta até o tempo


de quanto durou esta pausa


tão inclemente que saberá até


quanto tempo levou até o açúcar


de sucessivas barras de chocolate


ter redundado em sugar rush





mas descola-se e vai cair





já está na luz inscrita no corpo do santo


na ausência prometida pelos delicados detalhes


do seu brocado de mártir


para ficar tão iluminado


tem de ser assim vivo, pedestre, pagão


capaz de uma caminhada em linha recta


luz vinda de baixo para cima e assim aceite








Berlim, 25 de Maio de 2018


Oxford, 28 de Maio de 2018









febrero 23, 2019

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Pablo Anadón: sobre un episodio de la vida de Rudyard Kipling




Rudyard Kipling



Termino de ver la hermosa y terrible película "My boy Jack", sobre un episodio de la vida de Rudyard Kipling y su familia, cuando el hijo mayor, John, de 17 años, decide alistarse como voluntario en el ejército, impulsado en parte por su padre y los principios heroicos y nacionalistas de

su padre, y en parte por su deseo de alejarse de la atmósfera "oscura y depresiva" (al decir de la hermana menor de John, Bird) de la casa familiar. Kipling, por su prestigio y su influencia en los altos mandos, logra que su hijo sea enrolado, a pesar de haber sido exceptuado por la edad y por ser corto de vista. Es ascendido a teniente y enviado a Francia, donde apenas llegado participa en la batalla de Loos, del 25/28 de septiembre de 1915, en la que es herido y declarado desaparecido. Los padres hacen todo lo posible para dar con su paradero, hasta que un soldado que estaba a sus órdenes y que participó a su lado en la ofensiva británica, los visita para contarles lo que vio en la sangrienta refriega, en la que murieron 50.000 soldados ingleses e irlandeses y aproximadamente 25.000 soldados alemanes (en ella murió el jovencísimo poeta británico Charles Sorley (1895-1915), y el escritor Robert Graves, también miembro del ejército británico, sobrevivió y describió en su autobiografía la batalla). Se atribuye a este episodio trágico el origen del conocido poema de Kipling "My boy Jack", con el que concluye la película:





"Have you news of my boy Jack?”

Not this tide.

“When d’you think that he’ll come back?”

Not with this wind blowing, and this tide.



“Has any one else had word of him?”

Not this tide.

For what is sunk will hardly swim,

Not with this wind blowing, and this tide.



“Oh, dear, what comfort can I find?”

None this tide,

Nor any tide,

Except he did not shame his kind —

Not even with that wind blowing, and that tide.



Then hold your head up all the more,

This tide,

And every tide;

Because he was the son you bore,

And gave to that wind blowing and that tide!







Mi hijo Jack







“¿Tienen noticias de mi hijo Jack?”

No con esta marea.

“¿Y cuándo piensan que regresará?”

No con tal viento ni con tal marea.



“¿Una palabra suya alguien tendrá?”

No con esta marea.

Porque lo hundido no puede nadar,

No con tal viento ni con tal marea.



“Oh querida, ¿un consuelo podré hallar?”

No con esta marea,

Con ninguna marea,

Salvo que a nuestra sangre supo honrar —

Incluso con tal viento y tal marea.



Alza, pues, la cabeza cuanto puedas,

Aun con esta marea,

Y con cualquier marea;

Porque él fue el hijo al que le diste aliento,

Y entregaste a este viento, a esta marea.












Rudyard Kipling (1865, Bombay, India Británica /1936, Londres, Gran Bretaña)

Imagen: vozpopuli



febrero 21, 2019

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Alberto Cisnero: adiós con escénica rapidez...


22



polvo y niebla
de los callejones, ya no me

siento solo.
espero no llegar muy lejos, espero

que por la
mañana me encuentren sonriendo

por un sueño
que no se truncó. mirando largo

rato el blanco
de la página, en silencio.

la tierra
mantiene su imperio despedazando

hombres,
puentes, casas. levantamos banderas

ajenas y hasta
alguna nuestra. cualquiera

puede identificar
y elegir el bien. esa es mi

tapera, mi
destrucción, mi fantasía desarticulada.

aquí estoy,
alegre, dispuesto a incluirla

en la
deferencia sutil de algún epigrama.

y recuerden los
viejos camaradas: no recitamos

los mismos
libros que nuestros mayores,

los suplimos
con furor.



27



sucedió algo
determinado. prometí algo

sin decir qué,
rendí las llaves de una ciudad,

lo empeñe todo
y empecé de nuevo.

para
escribirlo. para procurar evidencia.

para obligarme
a creer en esa peripecia que hace

brotar flores
de mistol, del aire, tan sólo

con aludirlas.
definitivamente, no hay prisa.

un cielo
impecablemente negro, el papel

limpio y vacío
y perfectamente ordenado

mientras
nuestras moléculas se confunden,

tienden hacia
lo que van a destruir, establecen

su propia
relación con el pasado.

cosas que uno
nunca aprendió

y que recuerda
nomás. o que imagina querer.

existen como
este manuscrito, un río o un rincón,

indiferentes a
quien lo descifre o a quien

vaya a hundirse
en él.



33



todo ya fue
escrito hace mucho tiempo.

los insectos
estivales chocaban contra

la lámpara. ahora
lo único que te resta es exponer

material de
desecho, reiterar la sencilla crónica

de su pasado,
los atributos externos

con los números
pegados en ellos para los salones

de subasta. y
que sea incompleto o repelente

en la vetustez
de su tema. estuviste ausente

y encontrás de
pronto las puertas cerradas

y las ventanas
a oscuras. y tras el frescor de ese

primer cortejo,
devuelto a su sentido prístino

el impulso de
ponerle un fin iracundo, resolvés

escribir otro
poema (cedido, propio, hurtado),

no importa sobre
qué. extendés la mano y te decís

adiós con
escénica rapidez, sorprendido sin una

opinión sobre
los detalles faltantes, sin ocultarte,

permaneciendo
en un rincón.



De: "Forma parte de mi guerra", Barnacle, 2019
Otros poemas de Alberto Cisnero, aquí

febrero 19, 2019

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Alicia Silva Rey: "Pero la ninfa ha despertado a la intemperie..."


Alicia Silva Rey

27



La hora del banquete ha llegado.
Se celebra el aniversario
de algo que nadie recuerda.
El rumor de la prohibición del
banquete
es simulacro que excita y amortigua
susurros
al modo de la antigua provocación
o el sangriento altercado.

Nos paseamos silenciosos
por fuera de toda invitación al banquete,
por este patio sin molduras.
Arrojamos, a veces, río adentro,
desde portales agrios,
nuestros cuerpos lampiños.

En el ápice de su esbeltez
la luna marrón como un venado
se eleva, ronca y seca.


No hay grullas en Dublín 


No hay grullas en Dublín.
Entre mayo y noviembre
abre el embarcadero Gingelgracht.
Se recorre la ciudad (Amsterdam)
en hidropatines
que provee el mismo embarcadero (no es caro).
Los padres y sus niños salvajes
atraviesan ciegamente, aun bajo la lluvia,
esa mollera fermentada,
una ciudad (Amsterdam - Dublín),
bajo cobertores impermeables
que el embarcadero entrega junto con
chocolates y mapas metalizados.
Después,
dormiré en habitaciones con grullas
adosadas a paredes de estuco
(no serían grullas o sí, acaso).


Una palabra desencadena un mundo



Una palabra desencadena un mundo.
Una palabra que podría ser reemplazada
por otra: lepidóptero.
o por un estado específico de su metamorfosis: ninfa.
Pero la ninfa ha despertado a la intemperie
durante una tormenta,
en el centro de la tempestad.
Su estructura ha perdido parte de
la materia recién nacida.
Alguien no la nombra ni polilla ni mariposa nocturna;
la enuncia secretamente y por lo bajo.
Luego dice “falena”. Y se cae rendido a los pies de esa palabra
y nada más que ella existe en la metonimia del deseo.
Adentro de mi pensamiento soy ese paisaje
en lo separado de mi rostro que no debe,
que ya no debo a nadie.



Alicia Silva ReyDe: "El poder de unos límites", Barnacle, 2019
Alicia Silva Rey (1950, Quilmes, Buenos Aires, Argentina) 
Escribió: La mujercita del espejo (1985), Fragmento de correspondencias (1996-2003), Cartas a la iguana (2012), La Pared al Padre -novela (2013), Lazos de amor-relatos (2013) y Boleros, 2015. 
Publicó: La solitudine (Buenos Aires, CILC, 2009), (circa) -2004-2007 (Añosluz Ediciones, 2014) y Partes del campo (Ediciones de la Eterna, 2015), Orillos (Barnacle, 2015) y El poder de unos límites (Barnacle, 2017). 
Colaboró con Gustavo Fontán en el guión de su película La madre (2010). Escribe en del Sur, agenda cultural de Quilmes y en Archivos del Sur.
Otros poemas de Alicia Silva Rey, aquí




febrero 16, 2019

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Jonatán Reyes



Jonatán Reyes






|00|12|











el vértigo
aviva las cosas inanimadas


como un
desliz es una hora errónea.


quién sabe. sólo
sabemos que nunca


llega la
hora / sino que hay que llegar


a ella / sí
/ claro está. hay que llegar


como una
colisión / llegar y meterse


en sus
concavidades / y ser cardumen


brazada /
delta / lo que sea / y sellar


la cáscara /
bucear.





o también /
digamos


                                     que nosotros 


somos la
hora que / nos alargamos 


y
astillamos 


    y que a su vez nos descolonizamos


que la hora
es nuestra propia 


                        y hermosa desolación.





venidera sí
la nauseabunda sensación


cuando nos
enteramos / a contratiempo


que el
pegamento se terminó.  sí / 


siente el
levitar intrincado 


                             siente la fecha cómo


se
despega                                 


                  mira los dígitos a media ruta


mira el
punto de cierre / allí dilatándose

siente la
anémona que revienta bajo la piel.











|00|19|











hoy saliste
de la máquina e imitaste


el zumbido
del cuerpo cuando revienta 


en lo
profundo





hoy saliste
de la máquina 


trenzada y
telepática / con tu huella 


impresa en
el augurio lábil de los días 





y te sentí
interferencia / te sentí brizna


de otra
rauda que se tuerce maleza





te sentí
danza nada más 


                             sobre esa loseta


trastocada /
de frente 


al cénit que
te inventa / de un sólo golpe.













|00|24|











hemos
predicho esta zona fingida


la
insensatez de lo que se despega


la herida
viva hasta su trascendencia





pero /
digamos que seguimos siendo


perros de
sol que se descascaran con


el trueno /
que el silencio dispone


lo insólito
a la redonda / que 


la belleza
irradia en su derrumbe





esta
clarividencia que nos vincula es 


la
dilatación de tu cuerpo cuando se


tuerce en el
mío / desliz de tu carne 


reproducción
de un futuro que sutura


las cáscaras
como si fuesen augurios





diríase la
nada es el dorso de otra caricia


la corteza
retiembla en su traslado


el ramaje
nos presagia / que un fin fuese
















































absurdo /
pues la vida reinicia en su trance.











De: "Databending", Barnacle, 2019





Jonatán Reyes (1984, San Juan, Puerto Rico)


Ha publicado los libros:Actias Luna(2013), SunnySonata (2014), Aduana (2014), Filmina (2016), Perdíamos la gracia y el verano (2017) y Data de otro ardor (2018).


Su poesía fue publicada en diversas revistas internacionales de literatura y poesía, de Colombia, Argentina, Venezuela, España, Grecia, Italia, Brasil, Ecuador, Estados Unidos, Chile, Bolivia y México. Su libro El oleaje que nos deshace resultó finalista del Premio Internacional de poesía Francisco de Aldana. En 2018 recibió el Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero por su poemario Data de otro ardor.


Ha sido traducido al italiano, griego, inglés y portugués.


Es director y editor de la revista de poesía Low-fi ardentía






febrero 07, 2019

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Robin Myers: "Viendo una fotografía de mi abuela Estela, a quien nunca conocí"









Robin Myers







Después de Coahuila, Del Río, San Antonio, Chicago y Janesville, en Wisconsin,




de la revolución y sus fronteras de arena movediza y de su padre ansioso en pleno caos,




después de aquel trabajo largo y almidonado que tuvo él en la compañía Parker, leyendo




sin palabras, día tras día, el periódico con una de las manos detrás que se alargaba en busca del tazón




de chiles jalapeños, después de que nacieran uno tras otro la hermana y los hermanos,







algunos con nombres que en la lengua cambiaron de idioma y otros que hincharon




sus bordes ingleses como un mosquitero en el verano, después de los rebozos y las faldas




y los sombreros y los minúsculos violines que debieron tocarle a los vecinos, ninguno




de los cuales se parecía a ellos, cuando se presentaron,




después de la universidad, a la que ella marchó, sola y en contra de las órdenes —luego de que, como se dice




cuando las jovencitas hacen esas cosas, “huyera de su casa”—, después




de su amante egipcio y el horror de los padres de ambos, después de la guerra,




después de que mi abuelo, un filósofo alto, pelirrojo y gesticulador, fuese enviado




a una nave en mitad de un océano repleto de metal, y después de un feroz




brote de varicela que lo hubiera matado pero que en realidad lo rescató




de aquello que diezmara a los demás y en cuya compañía estaba, después de un




hermano muerto y luego otro, el que había querido morir, y antes que




sus hijos, tres de ellos —cuatro, contando al que vivió unos días




antes de que él naciera: Bruce—, mi padre era el segundo, antes de aquella casa en Denver




con jardín trasero, antes de aquellos perros cuyas caras ella tomaba entre sus manos




para lanzar insultos amorosamente en esa lengua que sus padres no hablaban ya




salvo entre ellos, antes del par de años en Lima, antes de que ella diera su permiso a los hijos




de ya no ir a esa estricta escuela católica donde les escocían las palmas de las manos,




antes de que mi padre y su hermano, en la más refulgente acción de triunfo




que puede concedernos una infancia, arrojaran al mar sus libros de texto desde un acantilado,




antes de la casa que ella y mi abuelo habían querido construir en un pueblo de Michoacán




con nombre de columpio —E-ron-ga-rí-cua-ro— y no lo hicieron nunca, antes




que a él se le parara el corazón, antes de aquellos años afligidos que mi padre pasó como asistente de hospital,




pedaleando de forma delirante bajo la nieve rumbo a sus talleres literarios al salir de su turno por las noches,




antes de la otra guerra, de las tres conscripciones de mi padre, salvado cada vez por ésta




u otra báscula, antes de que viese a mi mamá en un aeropuerto, antes de Nueva York




y los suburbios y de mí y de mi hermano y de todos los sitios donde hemos crecido,




antes de abrírsele México de nuevo, al fin, pero no como ella lo había imaginado,




recorriéndolo a solas, rentando una vieja casa en una ciudad con nubes bajas y oscuras escaleras




que subían y bajaban desde el lago —una ciudad más grande ahora, tumefacta




de tráfico a lo largo de sus calles raquíticas, una tierra arrasada en forma tal que la hubiese hecho trizas




de haber vivido como para saberlo—, antes de aquellas cartas que le escribió a mi padre




en sus dos lenguas y antes de haber estado yo al pie de la catedral de Xalapa,




desconociendo si ella había entrado alguna vez ahí —yo no—,




pero con la sospecha de que ella, al menos, había estado allí también, al pie,




mi abuela —de veintisiete, veintiocho años, quizá de treinta—




baila a solas en un vestido blanco, con los brazos ligeros y descalza,




con faldas que en torno a ella lo barrían todo en una ráfaga de gracia,




su rostro oscuro inclinado a la cámara pero sin ver hacia ella,




sonriendo un poco, como si se asombrara a sí misma en silencio,




como si ella supiera que tenía algo hermoso en su interior




y había vivido ahí todo ese tiempo,




y que había decidido,




en ese mismo instante


y con su ayuda,




hablar.










On Seeing a Photograph of My Grandmother, Estela, Whom I Never Met










After Coahuila, Del Rio, San Antonio, Chicago, and Janesville, Wisconsin,


after the revolution and its quicksand borders and her father smoldering in the shuffle,
after his long, starched-collar tenure at the Parker Pen Company, wordlessly
reading the newspaper every day, a hand drifting out behind it to feel for the bowl
of little peppers beside him, after the sister and brothers born in succession,
some with names that changed language on the tongue, some that swelled into
their English edges like a screen door in summer, after the skirts and scarves
and hats and tiny violins they were instructed to play for the neighbors, none
of whom looked very much like any of them, when they came to call,
after college, which she left for, alone and against orders —after, as people say
when young women do such things, she “ran away from home”— after
her Egyptian lover and the horror of both her parents and his, after the war,
after my grandfather, a tall, grinning, ruddy-haired philosopher, was sent
on a ship to the middle of an ocean teeming with metal, and after a ferocious
bout of chicken pox that could have killed him but actually plucked him out
of what slaughtered the others in whose company he’d gone, after one
dead brother and then another, the one who’d wanted to die, and before
her sons, three of them —four, counting the one who lived for just a few days
after he was born: Bruce— my father the second, before the house in Denver
with the garden in back, before the dogs whose faces she’d take in her hands
to lovingly insult in the language her parents had stopped speaking to everyone
but each other, before the two years in Lima, before she let her children
stop going to the steely Catholic school where their palms had smarted,
before my father and his brother flung, in the most resplendent gesture of triumph
a childhood could possibly grant, their textbooks off a cliff and into the sea,
before the house she and my grandfather had longed to build in the Michoacán town
with a name like a swing—Er-on-ga-rí-cua-ro—and never did, before his
stopped heart, before my father’s stricken years as a hospital orderly,
biking delirious in the snow to his writing workshops after the night shift,
before the other war, my father’s three drafts, each time reprieved by this
scale or that one, before he saw my mother in an airport, before New York
and the suburbs and me and my brother and everywhere that’s grown us up,
before Mexico opened itself to her again at last, but not as she’d imagined,
going it alone, renting an old house in a city with low clouds and dark stairs
clambering up and down from the lake —a larger city now, tumefied
with traffic along its skinny streets, land ravaged in ways that would have
pierced her had she lived to know— before the letters she’d write to my father
in her two tongues, and before I stood on the steps of the Xalapa cathedral,
not knowing whether she would have ever gone in —I have not—
but suspecting that she would, at least, have stood here too,
my grandmother —twenty-seven, twenty-eight, maybe thirty—
dances by herself in a white dress, soft-armed, barefoot,
her skirts sweeping up around her in the gust of her grace,
her dark face tilted toward the camera but not looking into it,
smiling a little, as if quietly astonishing herself,
as if she knew she had something beautiful inside her
that had lived there all along
and had decided,
right at that very moment,
with her help,
to speak.












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Traducción: Hernán Bravo Varela 

Fuente: https://www.revistadelauniversidad.mx/


Imagen: Youtube